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EL OCÉANO DEL

CIELO

-A Philip K. Dick y a Rod Serling

Yo... no sé quién soy. Tampoco sé en donde estoy ni como llegué hasta aquí. Un nimbo obscuro

eclipsa mi mente. Nada hay en mis reminiscencias. Un misterioso personaje con el epíteto de “El

Mnemonista” me ayudará a resolver el enigma de mi criptomnesia. Eso es lo único que sé. Sin

embargo, para hacer más onerosa mi tarea, ignoro la manera de encontrar a esta figura, sea quien sea.

Algo aberrante está corrompiendo a la frágil copa de cristal de mi mente. No sé qué cosa sea

pero es algo de naturaleza monstruosa. Me es difícil expresar mis sensaciones. La afasia que abacora

mi lengua me lo impide. Ni siquiera hay catacresis que me ayude a definir mis embarulladas

emociones. Sin embargo, intentaré hacerlo. Todo me parece raro. Como si perteneciera a los imperios

de la inexistencia. Como si la república de la realidad fuera reflejada a través del cristal anarquista de

un espejo empañado. Como si ni tú ni yo fuéramos reales ni existiéramos. Esa es una disquisición

demente, ¿no es así?

Mientras cavilo estas cosas, me percato de otra anomalía. El aire que respiro presenta un olor
repugnante. No es una peste cualquiera sino un hedor increíblemente anormal, como el pútrido aroma

de una miasma que corrompe mi cuerpo y mis sentidos. Nadie más parece darse cuenta de esta

insondable fetidez. Solo yo la percibo y, tras moverme de un lugar a otro, parece seguirme a donde

quiera que yo vaya. ¿Qué significa esto? ¿Solo yo puedo olerla o acaso soy yo el que emana ese hedor

tan agudo y penetrante?

Miro a mí alrededor. Estoy en un callejón. Atrás de mí hay una pared. Enfrente veo a gente que

va y viene. Todo parece normal a excepción de un extraño y muy tenue resplandor que parece emanar

en forma de vapor del interior de los objetos en mis cercanías. Tras examinarme a mí mismo por

completo, me doy cuenta que también presento este inusual brillo gaseoso.

Me muevo hacia la salida del callejón, y al hacerlo, voy dejando en el aire una estela de

fisiogramas que desaparece en poco tiempo, como si fueran un mapa ageométrico de mis movimientos.

El efecto es impresionante. Detengo mi caminar y me pongo a reflexionar en mi atípica situación.

“¿En qué clase de estado alterado de consciencia estoy?”, me digo, “¿Por qué tengo esta clase

de alucinaciones?”.

Sospecho fuertemente que me han suministrado algún tipo de narcótico desconocido y

experimental, pues aunque las imágenes y aromas que llegan a mi cerebro están completamente

corrompidas, conservo en gran parte mi lucidez y capacidad de pensamiento.

Tengo la sensación de estar padeciendo este abyecto estado por horas. Tal vez por días. No lo

sé. ¿Qué clase de sustancia enteógena habrán inoculado en mi torrente sanguíneo? Ninguna dura tanto

tiempo. ¿Soy una especie de experimento cruel? ¿Una rata de laboratorio en un laberinto? ¿Soy solo un

triste psiconauta que se perdió en un viaje alucinógeno?

No tengo respuestas para ello. Debo apresurarme a hallar a “El Mnemonista”. Solo él contestará

mis preguntas y nadie más. No debo perder mi tiempo. No sé cuánto más pueda resistir. Mi mente se

puede astillar en cualquier momento.

Reanudo mi andar y salgo rápidamente del callejón en donde estaba pero mis piernas responden
de manera extraña. Como si flotaran. Entonces, otro inquietante suceso acaece. En un instante me

hallaba situado en el fondo del callejón y al siguiente estaba en la esquina contraria del mismo. No

recuerdo el recorrido intermedio. ¿Cuál es la razón de ello? ¿Acaso he comenzado a perder más

recuerdos? ¿Que fue lo que hice o me hicieron durante ese lapso de tiempo?

Muchas preguntas y ninguna respuesta. Decidido a dar con ellas, busco la manera de orientarme

nuevamente y comenzar la búsqueda de “El Mnemonista”, así que miro la esquina del callejón, donde

hay un letrerito que muy claramente dice:

“ESTA CIUDAD SE LLAMA ÁVALON”.

“¿Ávalon?”, me pregunto yo con gran desconcierto, “¡No existe ninguna ciudad llamada

Ávalon! ¿En dónde diablos estoy?”.

Súbitamente, todo da vueltas. El vértigo me invade. Cierro mis ojos. Doblo las rodillas un poco.

Me llevo los dedos índice y cordial de ambas manos a las sienes de mi cabeza.

La gente pasa a mi lado con indiferencia. En su ajetreado paso, algunos de ellos me rozan, otros

me empujan y algunos más me golpean. Caigo al suelo. Me sostengo sobre mis dos rodillas y una

mano. A nadie le importa mi estado. Mi cara mira la dura acera de concreto.

Repentinamente, tal como llegó, el vértigo me abandona y yo me levanto con calma del suelo.

¿Qué me está sucediendo?

Dirijo mi vista nuevamente hacia la esquina del callejón, en busca del letrerito que decía: “Esta

Ciudad Se Llama Ávalon”. Para mi gran sorpresa el anuncio ya no está.

Parpadeó dos o tres veces. Me froto los ojos y me acerco a la esquina donde anteriormente lo vi,

pero el cartel ha desaparecido. Lo busco en el piso. Tal vez por alguna extraña razón se haya caído de

su anterior sitio durante mi ataque de náuseas. Sin embargo, tras examinar minuciosamente el piso

jamás aparece el objeto buscado.

¿Lo imaginé? ¿Lo aluciné? ¿Qué diferencia hay entre imaginación y alucinación? ¿Puede ser

posible que el letrerito jamás existiera?


La angustia oprime mi pecho. La amargura anida en mi garganta y la paladeó lentamente a

tragos pequeños como un vino tinto. Nada de esto tiene sentido. Me siento afligido. Lleno de

incertidumbre y confusión. Deseo saber que está pasando pero presiento que eso jamás sucederá.

Me siento impelido a mirar hacia arriba, sin saber bien la causa por la cual lo hago, así que solo

alzo la vista al cielo. Lo que veo me deja sin aliento.

Veo un cielo tan vasto, sin nubes y grande que más bien parece un océano majestuoso e

inmenso agitándose de manera perturbadora y suave. Su calmada danza me hipnotiza sin remedio y me

pierdo en su inquietante rotación y balanceo. ¡Oh, no puedo creerlo! ¡Que cielo tan hermoso e

imponente! ¡Jamás en mi vida había visto algo así! Ante tan impresionante visión iconográfica no

puedo evitar que unas lágrimas escapen de mis ojos.

Las olas del cielo me arrullan. Los latidos de mi corazón se desaceleran. Me tranquilizo.

Respiro profundamente.

Sin dejar de mirar “El Océano Del Cielo”, de pronto veo algo que nuevamente me estremece.

Una figura femenina desnuda, cual Venus anadiómena desencadenada, parece emerger de lo más

profundo de él. Me quedo atónito columbrando semejante espectáculo surrealista. No lo puedo creer.

¿Es esta otra alucinación?

En busca de corroborar o refutar lo que estoy viendo, detengo bruscamente a un transeúnte,

tomándolo del brazo.

-¿Ves lo que yo veo? ¿Ves lo que yo veo? -le pregunto iterativamente, señalando

desesperadamente el cielo con mi dedo índice derecho-, ¿Lo ves? ¡¿Lo ves?! ¡¿Ves una mujer naciendo

del mar inverso?!

El sujeto ni siquiera se molesta en alzar la vista. Lejos de ello, se zafa de mí con un violento

empujón y de un golpe me envía de vuelta al pavimento.

-¡Aléjate! -exclama el individuo con notorio enfado-, ¡Apestas! ¡Inmundo borracho!

Mientras me levanto nuevamente de la acera me pongo a pensar en las anteriores palabras del
hombre.

“Inmundo borracho”, dijo él.

“Borracho”, repito yo.

Sí, eso es. Una nueva idea cruza mi mente.

“Tal vez solo estoy borracho”, me digo casi susurrando en mi mente, “Quizá todo este

espectáculo no es más que el producto de un delirio etílico y nada más”.

Me gusta esa posibilidad, pero en mi interior una lúgubre voz me advierte de la naturaleza

sofista de ese razonamiento.

“¡No!, ¡Estás mal!”, me advierte sin ambages esa misma voz, “Tal vez estás borracho pero no es

el alcohol lo que causa tu peculiar estado y eso lo sabes bien. Tu estado es producto de algo mucho más

siniestro de lo que aparenta. ¡Aprisa, rápido! ¡Debes de encontrar a “El Mnemonista” lo más pronto

posible o todo estará perdido!”.

Enseguida, la zurda voz calla para siempre.

“Si”, digo en mi soliloquio, “debo continuar mi búsqueda”.

Una vez más, dirijo mi vista hacia arriba. Allí esta ella nuevamente, en el piélago incalculable

de la inmensidad del cielo. “Venus Anadiómena”. Desnuda y hermosa. Virgen y escultórica. Húmeda y

renacida. Parece una representación renacentista de la imposibilidad. Me mira en silencio. Se escurre su

pelirrojo cabello después de nadar. Me sonríe ligeramente. Me da la espalda, sin dejar de verme, y

después se zambulle nuevamente en el mar. Emerge y bracea rumbo a un ignoto destino. Se detiene.

Vuelve la cabeza y me invita a seguirla. Luego vuelve a continuar su trayecto.

¿Quién es ella? No lo sé pero me veo impelido a darle alcance y así lo hago. Camino por las

calles, procurando seguir su rastro, sin importarme ya si alguien más la ve. Esquivo a algunas personas

y me estrello contra otras tantas, pero nunca dejo de caminar tras ella.

A ratos, “Venus Anadiómena”, suspende su nado para cerciorarse que la voy siguiendo.

Súbitamente, “El Océano Del Cielo” comienza a gotear hacia abajo y empieza a llover. Primero
poco y luego mucho. Truenos y relámpagos se oyen y miran en el horizonte. En pocos minutos la lluvia

es un diluvio.

Abajo es una tormenta. Arriba una tempestad. Me es difícil seguir a mi musa. Agita los brazos

para que no la pierda de vista en medio de la borrasca. Evita las olas e interrumpe su carrera para darme

tiempo de alcanzarle, cosa que otro poco y no logro.

Un estrepitoso rayo cae justo frente a mí. Como vedando mi paso. Cierro los ojos. Mis oídos

parecen reventar. Retrocedo. Caigo. Una especie de parestesia se apodera de mi cuerpo. Todo oscurece.

No siento nada.

II

¿He muerto? No, no lo estoy. El hedor que antes percibía ha desaparecido. Una extraña música

de fagots parece haberlo sustituido. Algo raro ha sucedido de nuevo. Me siento como en una

hiperrealidad. Abro los ojos. No puedo creer lo que estoy viendo.

Me encuentro en un consultorio. Hay esculturas de centáurides, dríades y sílfides de gran

belleza por doquier. Estoy sentado en una sillita, vestido informalmente. Frente a mí se halla un médico

de apariencia sibarita. También él está sentado. En sus manos sostiene un sobre cerrado. Sin decir una

sola palabra me lo entrega. Lo recibo como si fuera una hagiografía.

-¿Qué es? -le pregunto con ansiedad al galeno, pero éste no responde. Solo imita con sus manos

el ademán de abrir el sobre.

Así lo hago. Me asomó a su interior. Está obscuro. Miro al médico y éste me indica con mímica

que meta la mano. Lo hago, no sin cierto recelo. Mis cejas son un signo de interrogación.

Lo que saco me deja perplejo. Es una hoja muy blanca. La miro.

Contiene un texto que no comprendo. Parecen unos resultados clínicos. Le doy la hoja al doctor,

esperando que él pueda resolver mi duda. Él mira detenidamente la hoja, saca su bolígrafo, hace unas
anotaciones, como si fueran garabatos, y me la devuelve.

“NO ESTÁS DROGADO”, decía el papelito.

Mis ojos pestañearon un par de veces antes de replicar a su paralogismo.

-¿No estoy drogado? -pregunto estupefacto, pero no obtengo respuesta del galeno. Solo me mira

con sus ojos exangües.

-¿Cómo sabe que esa era mi duda? -vuelvo a preguntar pero el sujeto no responde. Pierdo la

paciencia y doy un fuerte puñetazo a un escritorio que solo hasta ese momento me doy cuenta que

existe. Como si antes de este instante no hubiese estado allí.

¿Por qué no me responde? -le digo casi gritando-. ¿Es usted mudo? ¡Necesito que me diga algo!

¡Quiero respuestas! ¡No tengo ni puta idea de lo que me está pasando! ¡Parece que todo ha

enloquecido! ¡Nada en este lugar tiene sentido! ¡Necesito hallar a “El Mnemonista”! ¡El me aclarará

todo! ¿Sabe dónde puedo hallarlo?

El supuesto médico solo sonríe estólidamente, sin dejar de mirarme. Su sonrisa solo me

enfurece más. Lo tomo de las solapas, lo levanto de la silla y le pregunto, apenas susurrando:

-¿Acaso eres tú ¨El Mnemonista”?

El galeno, sin inmutarse, niega su cabeza. Él no es “El Mnemonista”.

Cuando estoy a punto de darle un golpe en la cara al matasanos, las ventanas del consultorio

médico estallan abruptamente. Las esculturas de los seres feéricos se hacen añicos. Todo explota. La

melodía de los fagots se vuelve una orquesta de cacofonías. Oscuridad.

III

Vuelve a haber silencio. Grito para romperlo. El eco reverbera por medio segundo. Ya no tañe

ninguna canción. Oigo unos pasos que se acercan apresuradamente. Intento moverme pero no puedo.

Tengo puesta una camisa de fuerza. Presiento que el final de mi odisea llegará pronto. Suena el
lejano sonido de unas llaves que se encajan en una cerradura. Luego el chirriar de una pesada y oxidada

puerta que se abre, rechinando larga y metálicamente. Después, el pegar de varios pares de zapatos de

goma contra el concreto. Pisadas apagadas sobre suelo húmedo.

La luz entra y llena a medias la ¿recámara? Mis ojos se lastiman con el resplandor. Parpadeó

hasta que los destellos ya no me hieren. Una figura se acerca hasta mí. Otras le siguen. No puedo ver el

rostro de ninguna de ellas, pues están a contra luz. Sin importar como se muevan, su faz permanece

siempre entre las sombras. En contraste, sus batas son resplandecientemente blancas.

Las siluetas hacen un círculo a mí alrededor. Sacan unas libretitas y empiezan a hacer

anotaciones. Siempre sin decir una sola palabra o emitir ruido alguno. Como si fueran una curia de

marionetas siniestras en un teatro guiñol.

-¿Qué pasa? –pregunto-. ¿Dónde estoy?

Una de las figuras, la más alta, se inclina levemente hacia mí y me dice:

“Estás en un manicomio”.

Sus palabras me quitan los colores de la cara. Ahora todo tiene sentido. Me echo a reír.

“Tenía razón”, me dije, “¡Lo sabía: estoy loco!”.

Mis histéricas carcajadas suenan por todo el recinto.

Los seres en penumbras, aquellos cuyos rostros jamás puedo ver, dejan de escribir y me

observan con curiosidad.

“¡Lo sabía!”, me repito a mí mismo, “¡Todo fue siempre un delirio mío!, ¡Ja!”.

Las figuras sin faz y de bata blanca parecen desconcertadas.

-¿Por qué ríe? –pregunta una de ellas.

No contesto. Sigo riendo sin importarme mi entorno. El ser tuvo que repetir su pregunta para

que yo la respondiera.

-¡Me río porque estoy loco! ¿No lo ve? ¡Jodidamente loco!

Las siluetas, al oír mi respuesta, se ven unas a otras, confusas, y comienzan a susurrar entre
ellas.

-Señor –me dice la misma figura que siempre hablaba-. Usted no está loco.

Detengo mi risa en seco. Miro hacia donde me parece que están sus ojos, pues no puedo saberlo

con certeza al no poder ver su cara nunca.

-¿Qué dice? –pregunto, completamente desconcertado-. ¡Usted dijo que me hallaba en un

manicomio!

-El que esté en un manicomio no significa que está loco -replicó rápida y categóricamente la

figura.

Los engranajes de mis pensamientos se detienen un instante.

-Si no estoy loco -pregunto- ¿por qué estoy encerrado en un manicomio y con una camisa de

fuerza puesta?

Todas las figuras sin faz me miran al mismo tiempo.

-Creo que tiene usted razón -me dice con elegancia la misma figura de siempre-, ¡nada de esto

tiene sentido!

“No puede ser”, pienso para mis adentros, “Está sucediendo otra vez”.

No hubo más palabras. Todo oscurece.

IV

Cuando la luz regresa me encuentro en medio de un mar en tempestad. Truenos y relámpagos

surcan por mi cabeza. Mis oídos casi revientan. Miro hacia arriba y veo una ciudad. Esa cuyo nombre

es “Ávalon”. Entonces lo comprendo. No estoy en cualquier mar. Estoy en “El Océano Del Cielo”. Veo

a unos metros de mí a “Venus Anadiómena”. Intento nadar hacia ella, y ella hacia mí, pero las grandes

olas nos lo impiden. Las gotas de agua salada se introducen en mis ojos y los enrojecen e irritan. La sal

nubla mi visión. A causa de esto, pierdo el rastro de “Venus Anadiómena”.


Unas manos me sujetan fuertemente de los pies y me arrastran hacia las profundidades del mar.

Trago agua. Mis pulmones se anegan de ella. No puedo respirar. Tardo unos segundos en darme cuenta

de la identidad de mi agresor. Es “Venus Anadiómena”. Desea ahogarme. Sirena asesina. Siempre lo

planeó así. No puedo liberarme de ella. Su fuerza es descomunal. Entro en pánico. Sus uñas se encajan

en mis tobillos.

Cuando estoy a punto de perder el sentido mis pies son liberados. Desesperado, nado hacia la

superficie para poder respirar. Después de tomar aire me percato que ha habido un cambio. Estoy en

otro escenario, en una especie de caverna con salida al mar.

En el fondo de la gruta hay un hombre muy delgado, agazapado como si fuera un animal herido,

vestido únicamente con una túnica larga y oscura. Tiembla. En sus brazos sostiene un libro

descomunalmente grande. Lo esconde, se aferra a el como si fuera lo más valioso de su vida.

No hay ni rastro de “Venus Anadiómena”. Me acerco al hombre. Luce como un octogenario.

Sus ojos delatan locura. Me mira con recelo.

-¿Eres “El Mnemonista”? -pregunto.

-Si -responde él, como refunfuñando, encorvándose ante mí presencia-. Yo soy “El

Mnemonista”.

“¡Sí!”, me digo a mí mismo triunfante, “¡por fin lo he hallado!”, “Él me ayudará a saber lo que

está pasando”.

-¿Que me sucede? –pregunto, pero el anciano no responde. Solo recula aún más ante mí

presencia.

-¡Responde! -ordeno yo, alzando la voz pero sin obtener respuesta.

-Yo soy “El Mnemonista” -vuelve a decir el viejo, como si fuera un autómata-. Eso es lo único

que sé.

Doblo las rodillas en señal de derrota. Golpeo la arena bajo mis pies descalzos. Unas lágrimas

mías hicieron aún más salado “El Océano Del Cielo”.


“El Mnemonista” no tenía capacidad intelectiva.

De pronto, fijo mi vista en el libro que sostiene. Una idea alumbra mi mente. Violentamente

arrebato su texto, a pesar de sus protestas. El tomo es pesado. Debe tener más de mil hojas. Lo abro y

enseguida lo hojeo rápidamente. ¡Nada hay escrito en sus amarillentas páginas! Busco de manera más

exhaustiva, hoja por hoja, hasta que doy con la única que parece tener algo escrito.

Las letras son difíciles de leer. Como si se movieran en una danza de grafos para encriptar su

mensaje. ¿Estoy alucinando otra vez? El anciano se resigna. Se dedica únicamente a observar

furtivamente mis movimientos. Como al acecho, a la espera de un movimiento en falso mío para

recuperar su tesoro más preciado. Tras mucho esfuerzo, logro leer algo. El epígrafe.

“TEST DE REALIDAD”, decía.

“¿Test de realidad?”, me digo pues me parece irracional el título. Salto de inmediato a las

siguientes líneas. Lo que a continuación leo me vuelve ateo de la razón y creyente del sin sentido. Eran

siete oraciones las que allí había escritas. Siete y nada más. Todas ellas incoherentes.

“Probar si se puede respirar con la nariz completamente cerrada”, “Probar si se tienen las

manos de un color extraño, demasiados dedos u otras anormalidades”, “Probar si se tiene una visión

perfecta”, “Probar, cuando se salta, si se cae zambulléndose en el agua”, “¿Es nuestro aspecto normal al

mirarnos a un espejo?”, “¿Nos podemos mirar la nariz con un ojo cerrado?”, “¿Los relojes indican una

hora razonable?”.

Eso era todo. No había más letras en todo el libro. Lo arrojo al piso. El octogenario lo recoge al

instante, pero algo ha cambiado en él. Su mirada ya no presenta atisbos de enajenación alguna.

-¿Aún no te das cuenta de lo que está sucediendo? –me pregunta-, ¿Puede ser posible que aún

no recuerdes nada?

Yo niego con la cabeza.

-Te suplico que me digas donde estoy si es que lo sabes –imploro, por completo derrotado-. Ya

no aguanto más.
El viejo me vuelve a entregar el libro. Lo tomo y lo abro. Ahora todas sus páginas estaban llenas

de letras. ¿Cómo era eso posible? Cuando estoy a punto de comenzar a leer el anciano me interrumpe.

-El libro que sostienes en tus manos es “El Oniriconomicón”, también conocido como el

vademécum de los sueños –me dice con calma-. Como imaginaras, ¡estamos en un sueño! Nuestra

tragedia es que somos onironautas que no pueden despertar.

-¿Cómo llegó a pasar ello? –digo yo, ávido de respuestas.

-Somos parte del “Proyecto Lucy” –explica el anciano-. Un experimento ilegal por parte de un

selecto grupo de científicos del sueño que se autonombraron “Los Onirólogos”. Ellos deseaban

controlar por completo los sueños lúcidos. Todo fue de maravilla. Lograron el dominio absoluto del

mundo onírico de un ser humano pero existía un inconveniente. El despertar. Verás, te lo ilustraré con

un par de preguntas. ¿De qué sirve dominar los sueños si no puedes dominar cuando despertarás? ¿De

qué te sirve ser omnipotente solo durante las ocho horas qué duermes? En la búsqueda de remediar este

problema, “Los Onirólogos” hallaron formas de prolongar un sueño lúcido hasta por sesenta y seis

horas, pero nunca más allá de ese lapso de tiempo Hasta ahora, nadie sabe la causa de ello. Es como

una frontera infranqueable. Entonces apareciste tú. Lograste tener sueños lúcidos por más de sesenta y

seis horas. Lo hiciste bien. Tal vez demasiado. Fuiste mucho más allá del límite. Cuando “Los

Onirólogos” intentaron despertarte para conocer el secreto de tu éxito no lo consiguieron. Intentaron

todo para traerte de vuelta pero fracasaron. Así que has estado durmiendo por semanas, meses…

¡Incluso años! ¡Tú estás allá fuera en medio de electroencefalogramas, electrooculogramas y

electromiogramas! ¡Las polisomnografías indican que jamás regresaras al estado de vigilia! En un

esfuerzo desesperado por salvarte me introdujeron en tu sueño. ¿Te das cuenta de las implicaciones?

¡Somos los primeros seres humanos en estar soñando el mismo sueño! Al entrar en tu mundo onírico te

busqué pero nunca te encontré. Aún así, pude averiguar la causa de tu desgracia. Te habías topado con

“algo”. Hasta hoy, no sé que cosa sea ese “algo”, pero hizo que perdieras el control de tu sueño lúcido.

Te volviste náufrago de tu propio subconsciente. Al toparme yo también con ese “algo” me pasó lo
mismo que a ti. Me perdí. Por su parte, “Los Onirólogos" habían previsto una eventualidad como ésta.

Para poder sortear esta adversidad, me dieron un “TEST DE REALIDAD”. Tú, atávicamente, lo

imaginaste como “El Oniriconomicón”. Ese libro contiene una serie de oraciones que me darían pistas

para darme cuenta de estar en un sueño y poder despertar. Cuando leíste en voz alta esas oraciones

echaste a andar el proceso de anamnesis y me hiciste recordar todo.

Mis emociones son un laberinto. Tengo muchas preguntas. Tantas que no se por cual empezar.

Escojo la primera que me viene a la mente.

-Esos científicos del sueño de los que me hablaste, “Los Onirólogos” –digo en voz alta-, ¿Cuál

es su objetivo? ¿Qué fin persiguen para poder tener control absoluto sobre los sueños y su despertar?

-No lo sé –responde el viejo, cabizbajo-. Me temo que no lo sé. Nadie los conoce en persona.

Solo actúan a través de intermediarios.

Camino de un lado a otro de la caverna. Observo todos los detalles a mí alrededor. Me cuesta

creer que no es la realidad. Incluso parece más real que ella. Miro a los ojos al anciano.

-Ahora qué sabemos que esto es un sueño –pregunto -, ¿Cuál es el siguiente paso?

Mi interlocutor suspira profundamente.

-Ahora viene lo más difícil: El Despertar –contesta pausadamente-. Te lo explicaré. En

circunstancias normales, las personas tienen sueños sobre los recuerdos de cosas que sucedieron hace

días, semanas, meses, años, etc. Sin embargo, ¿Qué pasa cuando los recuerdos de hace días son sueños?

Entonces se empieza a tener sueños sobre sueños. ¿Y qué pasa cuando los recuerdos de hace semanas

son sueños? Entonces se empieza a tener sueños sobre sueños sobre sueños. ¡Y así sucesivamente hasta

llegar a años! Ese es nuestro caso. Después de estar soñando por años, los recuerdos de hace unos días,

semanas o años son, a su vez, sueños. Entre más tiempo se duerme más difícil es el despertar. Por ello,

debemos tener cuidado al momento de hacerlo. Si lo llevamos a cabo de forma incorrecta puede ocurrir

un peligroso fenómeno llamado “Falso Despertar”. Básicamente, éste consiste en que soñamos

despertar. Creeremos estar despiertos cuando en realidad estamos dormidos. Si esto sucede todo estará
perdido. Soñaremos eternamente. Jamás regresaremos.

Súbitamente una duda me aborda.

-¿Eres un sueño mío? –pregunto.

-Existen tres clases de verdades –contesta “El Mnemonista”-. La verdad que te conviene a ti, la

verdad que me conviene a mí y la verdad que no nos conviene a ambos. Sobre estas tres verdades, o

cualquiera de sus múltiples combinaciones, se construyen mentiras que pueden manipular realidades

enteras. ¿Soy un sueño tuyo? ¡No lo sé! Tal vez tú seas un sueño mío. Tal vez ambos seamos sueños o

tal vez ninguno de los dos. Se deberá llegar al despertar para saberlo. ¿Estás listo para ello?

No respondo a la pregunta de “El Mnemonista”. Acaricio la portada del “Oniriconomicón”. No

me atrevo a externarlo pero, en el fondo, temo ser solo un sueño. ¿Hay algo más tenebroso que ser una

ficción?

-Sí –contesto al fin, pero con inseguridad, desgano y cierta indiferencia-. Estoy listo para

despertar.

-Muy bien –dice él-. Presta atención cuidadosamente. Es algo muy complejo lo que a

continuación haremos y solo tenemos una oportunidad. Comienza con…

Estoy acostado en una cama. Observo el techo. Parpadeo de vez en cuando. Hace trece noches

que “El Mnemonista” y yo logramos despertar, aunque no todo salió bien. Yo desperté con un

“inconveniente”.

Tras el pasar de los días, nada me sugiere que sigamos en un sueño. Al parecer, conseguimos

evitar el “Falso Despertar”. Aun así, continuaré a la búsqueda de pistas que delaten cualquier detalle

onírico que insinué que ésta no es la realidad.

“Los Onirólogos” han ordenado que no se me deje dormir. Temen que si cierro los ojos y
duermo tengan que pasar años otra vez para hacerme despertar. De esta forma, me inyectan sustancias

para que nunca duerma. “Nadie muere por falta de sueño”. Eso es lo que me han dicho los médicos

para tranquilizarme. No podré dormir, al menos hasta que confiese el secreto para controlar el

despertar. Un secreto que, mucho me temo, tal vez no conozco.

A pesar de las drogas inoculadas en mí ser, tengo breves espacios de tiempo en los cuales sueño

con los ojos abiertos. De esta manera es que logro regresar a “Ávalon”. Allí veo a mi musa. “Venus

Anadiómena”. Nadamos y hacemos el amor en “El Océano Del Cielo”. Ella me besa dulcemente y me

dice que esto aún no ha acabado, que sea fuerte, que el estado producido por el “accidente” que sufrí al

despertar no durará para siempre, aun cuando tengan que transcurrir muchos años.

Según me ha dicho ella, “Los Onirólogos” están experimentando infamemente con fuerzas y

seres que no son cognoscibles ni tienen explicación. Estos últimos ya han celebrado un juicio sobre los

primeros y su sentencia es atroz. No quiso darme detalles del castigo, a pesar de que rogué por saberlo,

pero inexorablemente será aplicado.

Me dice que soy un ser especial. Me dice que el mundo real es indigno de mí. Me dice que

inevitablemente llegará el día en que el despertar ya no se interpondrá nunca más entre nosotros y ya no

me iré jamás de su lado.

“Quién duerme sin soñar, bebe agua sin saciar su sed. Quien sueña sin dormir sacia su sed sin

beber agua”, me dijo ella una vez, justo antes de que regresara a la realidad.

Al principio no entendí su acertijo. Cuando lo dilucidé le di la razón.

Hoy solo estoy a la espera del día que mi cuerpo deje de ser mi prisión terrenal y me vuelva a

unir con aquellos que son etéreos.

“El Mnemonista” no era un anciano. Era un cuadripléjico. El que dos personas hayan

compartido el mismo sueño trajo inesperadas y nefastas consecuencias. Al menos para mí. Sucedió una

especie de metempsicosis. Yo desperté en su cuerpo y él despertó en el mío.