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La impotencia del cine porno en Bogotá

Hace 10 años existían en Bogotá más de diez salas de cine porno. Hoy sobreviven
solamente dos, Esmeralda Pussycat, sobre la carrera séptima con veinticuatro, y
Novedades, en la calle doce con sexta.

El motivo: la aparición de Internet y la incursión de las cabinas privadas de videos X.

La gran mayoría de los seguidores de las películas triple X en la capital, prefiere la variedad
que ofrecen las páginas de la red y/o la intimidad que garantizan los compartimentos
individuales. Por eso las salas de proyección están en vía de extinción, Novedades cerrará
próximamente y Esmeralda se parece cada vez más al último sobreviviente de una
embestida que acaba con todo lo que se le atraviesa por el camino.

Derrotados por la naciente competencia, los antiguos teatros de cine porno se vendieron a
las ofertas del mercado. El Mogador y el Coliseo se convirtieron en discotecas, el Metro
Riviera y el Trevi, irónicamente, sirven como centros de oración, Eldorado está siendo
adaptado para auditorio universitario y el Vecino Plaza funciona como almacén de rebajas.

El Esmeralda Pussycat

"Aquí entra desde el muchacho que acaba de recibir la cédula hasta el viejito que cobra su
pensión y quiere recordar viejos tiempos", dice Carlos Sánchez, administrador del lugar,
quien admite que aunque el negocio se mantiene, ha caído en los últimos tiempos. "La
posibilidad de ver cine en casa nos ha perjudicado a todas los teatros de cine", aclara.

No hay forma de esconderlo: la sala va en decadencia. La reja del local, una valla metálica
marrón, está rayada con aerosol negro el letrero frontal, que exhibe el nombre del lugar, se
ve sucio y ennegrecido, adentro, en la sala, no hay más de 10 personas, y en la taquilla, una
muchacha joven, apoyada sobre sus codos, pasa con modorra las hojas de un libro gordo
mientras espera la llegada de algún cliente.

Se llama Málory y el libro que tiene entre las manos es Cien Años de Soledad. Lleva poco
menos de un año trabajando como vendedora de boletas en el lugar, está allí todos los días,
incluidos domingos y festivos, de once de la mañana a siete de la noche, gana seiscientos
mil pesos mensuales y asegura nunca haber visto una película X. Calcula un promedio de
20 clientes diarios.

Esta cifra es tremendamente desalentadora si se tiene en cuenta que, según palabras del
propio administrador, "hace treinta años, un filme porno reunía alrededor de tres mil
clientes el día de su estreno".

Hasta 1985 Esmeralda fue una sala de cine familiar, desde entonces es un teatro de cine X.
Pero no es solamente teatro, también tiene cabinas individuales, sex shop y una sección de
comestibles. La entrada cuesta cinco mil pesos y para los aficionados existe una tarifa
especial: tres películas por diez mil. Dos veces por semana se estrenan tres cintas.

Esmeralda Pussycat maneja dos ambientes: uno fuera y otro dentro de la sala de
proyección. Afuera, en el lobby, donde se encuentran la taquilla, el sex shop, unas escaleras
que llevan a las cabinas, los baños, (Evas y Adanes), y la tienda de comidas, todo está
adecuadamente iluminado, los clientes compran su tiquete de ingreso, se detienen por un
paquete de papas y hacen una rápida estación en el baño.

La rutina funciona como en cualquier teatro de cine. Algunos transeúntes se asoman a


curiosear la programación, ('Alborotando el Colegio' a las dos, 'Vacaciones Anales' a las
cinco,) o a preguntar por algún artefacto en el sex shop, y las vendedoras los reciben con el
servicial "en qué puedo ayudarle". El contraste con el interior de la sala es impactante.

Adentro quedan automáticamente abolidos los formalismos y los modos convencionales de


interacción. No hay saludos ni pudores, solo miradas excitadas e inquietas que se cruzan en
medio de la oscuridad. Rige una forma distinta de relacionarse.

Se ve la silueta de un espectador que se levanta de su asiento y, como siguiendo un libreto,


se desplaza en silencio hasta una silla vacía junto a otro espectador. Leonel Silva, el
proyeccionista, comenta que "algunas parejas se toquetean y practican el sexo oral".

Samuel Berdugo, propietario del Laberinto de Zeus, un centro de cabinas triple X, asegura
que el atractivo de las salas de proyección reside en que los asistentes pueden ir rotando
libremente por las sillas, masturbándose unos a otros.

El Laberinto de Zeus

Mientras que Esmeralda registra entre 20 y 25 ingresos en un buen día, el Laberinto de


Zeus, en la calle 23 con carrera sexta, puede llegar a contar hasta 150. Berdugo, el
propietario del lugar, dice que la gran mayoría de sus clientes son gays o parejas swinger, y
asevera que mensualmente recoge alrededor de siete millones en ganancias. "Esto es muy
rentable, los gastos son mínimos. Lo más costoso es el alquiler del lugar, el resto, comprar
las películas y pagarle a los trabajadores, sale muy barato".

En realidad son solamente tres empleados: el tarjetero, un joven que reparte volantes por 18
mil pesos el día, el proyeccionista, que hace las veces de aseador, y una mujer robusta y
risueña que atiende la cafetería.

Y es que, en apariencia, El laberinto de Zeus es eso: una modesta cafetería con tres mesas y
una rockola vieja. Pero detrás de la fachada de tiendita de barrio se esconde el verdadero
negocio: un multiplex de cabinas pornográficas, una sinuosa red de pasadizos oscuros
encabezados por televisores que reproducen videos triple X de diversas categorías, hétero,
homo, zoofilia e interracial, y donde los clientes se trasladan de un espacio a otro según sus
preferencias.
El laberinto desemboca en un salón con capacidad para unas veinte personas, en el que se
proyecta una película en pantalla gigante. Hay, además, una pequeña sala para filmes de
acción, una hilera de cabinas individuales a puerta cerrada, y, en el segundo piso, afuera del
laberinto, un juego de rana.

Berdugo explica que la apariencia de cafetería es para que la gente se sienta más cómoda al
ingresar, más tranquila, "a salvo de los rumores y el qué dirán". La boleta de entrada cuesta
5000 pesos y le permite al cliente quedarse todo el día.

Introducirse en el laberinto es penetrar otra realidad, una realidad clandestina, sombría,


fantasmagórica, pero tan cierta como la que se vive unos metros afuera, sobre la calle 23.

La oscuridad, el coro de gemidos que se desprende de los televisores, la distribución


enmarañada de los corredores, los pantalones abajo, las manchas de semen, los rastros de
vómito, una pareja gay que suspende sus caricias para abrirle paso a un hombre albino que
da vueltas por los pasillos, la convivencia de todo esto en un mismo recinto, además de
aterradora, crea un ambiente caótico, inverosímil, surreal, próximo a lo onírico.

Pero esta aparente anarquía, tan incómoda para aquellos que no suelen frecuentar centros
pornográficos, encubre, sencillamente, un orden distinto al que se maneja afuera, en la
calle.

Hay toda una comunidad gay que se mueve con absoluta naturalidad por El Laberinto de
Zeus, que concurre a diario y que encuentra en él un espacio de grupo, un sistema propio
basado en un equilibrio y en un ritmo electrizantes, indescifrable para quienes están por
fuera de él y que por eso, justamente por estar fuera, lo encuentran perturbador.

Para Samuel Berdugo, el triunfo de su negocio sobre las salas de cine x se debe
principalmente a dos factores. Por un lado, desde el punto de vista económico, asegura que
mantener una sala de cine es demasiado costoso en comparación con un local de cabinas.

Cuenta que Centro Presidente, la empresa que manejaba todos los teatros de películas porno
en Bogotá, desapareció hace más de 15 años por insuficiencia de fondos a pesar de que
tenía buenos ingresos.

La manutención era muy alta. Por otro lado, sostiene que los clientes prefieren las cabinas
individuales a las salas de cine, porque éstas últimas están expuestas al escarnio público,
mientras que las primeras pasan desapercibidas gracias a su bajo perfil. "Las cabinas son
más cómodas y privadas", agrega el administrador del Laberinto de Zeus.

Solamente en el perímetro de la calle 19 a la 24 entre la carrera quinta y tercera, existen 15


centros de video porno.

El Novedades
Nelly, la madre de Carlos Sánchez, el encargado del Esmeralda Pussycat, administra el
Teatro Novedades desde hace diez años. Este es un teatro menor en relación con el otro.

"Antes venía más gente, ahora vienen cinco o seis personas al día, casi todos viejitos", dice
la mujer de aproximadamente 60 años, y especifica que los veteranos, "en su mayoría,
vienen a ver zoofilia".

Ella atribuye la decadencia del lugar a la piratería y a la venta ilegal de películas porno.
Según información de la propia Nelly, el teatro está a punto de cerrar. A pesar de que
ofrece los servicios de cabinas privadas y alquiler de videos en DVD y VHS, no logra
reunir la suficiente clientela para mantenerse.

Supertienda Erótica Pussycat

Supertienda Erótica Pussycat es un alquiler y venta de películas triple X, con servicio de


cabinas, sex-shop y una galería permanente de pinturas eróticas. Su slogan pregona "No
haga la guerra, haga el amor".

Está ubicada en la carrera novena con 60 y tiene una gran acogida en el sector de chapinero.
Según Samuel Berdugo, que hizo una investigación de la industria del porno en Bogotá
antes de abrir 'El Laberinto de Zeus', Supertienda Erótica Pussycat es el centro de cabinas
más importante en el norte de la ciudad. Viernes, sábados y festivos, logra reunir hasta 100
clientes por día.

Gabriel Jaramillo, el encargado de atender el lugar, tiene una explicación personal del éxito
del negocio: "El encierro y las imágenes sexuales son una combinación letal. La gente se
enloquece".

Jaramillo cuenta, que cuando los usuarios abandonan las cabinas, después de ver la película
que eligieron, lucen exhaustos, jadeantes, sudorosos, y el interior de los cubículos queda
salpicado con manchas de semen por todas partes. "Es casi que una orgía entre el
espectador y los actores en la pantalla". La mayoría de los concurrentes son muchachos
menores de 30 años de estrato medio-alto.

Al parecer, al ingresar en las cabinas, pequeños cubículos de un metro cuadrado, se produce


un tremendo desprendimiento del mundo exterior, crece la sensación de intimidad con la
pantalla, hasta un punto en que las escenas de la película se superponen sobre la realidad
del cliente que, de este modo, termina protagonizando aquello a lo que asistía como
espectador. Alquilar una cabina cuesta seis mil pesos. Pueden entrar parejas.

Hay también una salita para siete personas.

DAVID FRANCO
Pontificia Universidad Javeriana
Para Tiempo Universitario