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OBITUARIO: IN MEMÓRIAM

JUAN GOYTISOLO 16/11/2010

Edmond Amran el Maleh, miembro de la comunidad judía establecida en el actual Marruecos desde antes de
la llegada de los árabes en el siglo VII, fue un testigo excepcional de la historia contemporánea de su país:
marroquí, judío, educado en la escuela laica francesa y a horcajadas por tanto entre culturas diversas tomó
parte en la lucha por la independencia.

Edmond Amran el Maleh, miembro de la comunidad judía establecida en el actual Marruecos desde antes de
la llegada de los árabes en el siglo VII, fue un testigo excepcional de la historia contemporánea de su país:
marroquí, judío, educado en la escuela laica francesa y a horcajadas por tanto entre culturas diversas tomó
parte en la lucha por la independencia durante el Protectorado y fue uno de los fundadores del Partido
Comunista.

Su guerra fue la de un hombre solo: un combate contra el poder colonial de un país cuya lengua se convertiría
más tarde en el instrumento destinado a transmitir sus emociones e ideas, combate incomprendido y criticado
por la mayor parte de los judíos, y afiliado a un partido al que se había adherido por razones morales y que
abandonaría más tarde por los mismos principios éticos que guiaron su vida.

Escritor marginal en razón de las circunstancias, supo expresar de forma admirable esta experiencia
compleja y a fin de cuentas única. Tras el exterminio de las comunidades judías europeas por la barbarie nazi
y la monstruosidad de la Shoa, asistió con dolor y tristeza al desarraigo del más del 90% de la población judía
marroquí conducida o, por mejor decir, embridada a la tierra prometida de Palestina. La herida abierta
entonces por esta diáspora no podía ser exorcizada sino por la escritura.

La mezcla feraz de la rica tradición espiritual judía, del arraigo humano y cultural marroquí y de la lengua
literaria de adopción marcaron el itinerario singular de su novelística de Edmond Amran el Maleh.

Novelista en francés -autor de excelentes novelas como Recorrido inmóvil, Ailén o La noche del relato, Mil
años y un día- no escribió como la mayoría de autores magrebíes para el lector de la antigua metrópoli. Su
destinatario mental fue el lector marroquí. Por dicha razón introdujo en la lengua adoptiva -como otro gran
marginal, el argelino Kated Yasín- un elemento desestabilizador mediante su adaptación a la sintaxis y a la
prosodia de su judeomarroquí materno. Con una notable destreza -como señalé en mi introducción a la
versión española de Recorrido inmóvil- instila en la lengua del colonizador esa subversión a la vez narrativa,
semántica e ideológica que vertebra la totalidad de su obra. Más aún: no cambia de tema argumental de un
libro a otro como suelen hacer los fabricantes de productos editoriales, sino que cambia el planteamiento de
la materia novelesca y la renueva en cada obra obligando al lector a volver atrás y a releerla. Como decía Jean
Genet, "la dificultad es la cortesía del autor con el lector". Su actitud estuvo siempre en los antípodas de estos
pensadores, que, conforme a la acepción del término "pensador" en la baja Edad Media, distribuyen pienso al
ganado de lectores de anchas tragaderas.

Concluiré esta triste evocación del escritor para hablar del amigo y del hombre. Conocí a Edmond a fines de
los años setenta del pasado siglo y desde entonces, con la añorada Marie Cécile Dufouor, formaron parte del
círculo de mis mejores amigos. Su fidelidad a la justicia hizo de él un defensor valiente de la causa palestina,
hecho que le cerró muchas puertas en el mundo intelectual parisiense. Pero esta fidelidad a sí mismo y al
valor revulsivo de la literatura le convierten en una figura ejemplar en esta época, la nuestra, de busca
compulsiva de éxito mediático y de miseria política.

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