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Serie de Sermones – La Riqueza del Cristiano

Sermón N°9 – La riqueza en la obra de Cristo


Por: Jorge Betancur

Como comunidad de fe, estamos desarrollando una serie de sermones que hemos titulado “La Riqueza
del Cristiano” basado en la carta del apóstol Pablo a la iglesia de Éfeso. La palabra “riqueza” tiene el
sentido de “plenitud de bienes”.

Esta plenitud Dios la otorga al creyente por medio de la unión vital con Cristo. Es “en” Cristo que
alcanzamos nuestras riquezas, es “en” Cristo que alcanzamos la plenitud de vida.

Las declaraciones doctrinales que hemos desarrollado hasta el momento han sido majestuosas, el
apóstol Pablo por medio de una formidable doxología ha abierto nuestro entendimiento para explorar y
gustar de las abundantes riquezas disponibles para su iglesia.

En primer lugar, abordamos la riqueza de nuestra elección, la cual es la primera causa de nuestra
salvación y tiene como propósito la transformación a la imagen de Cristo. Fuimos elegidos para ser un
pueblo santo.

En segundo lugar, abordamos la riqueza de nuestra predestinación. Desde antes de la fundación del
mundo, él había hecho provisión en Cristo para que los hombres caídos pudieran volver a ser hijos de
Dios por medio de su adopción.

En tercer lugar, abordamos la riqueza de su gracia, en donde, entendimos que la gracia es un aspecto
importante del carácter de Dios. La gracia es otro de los distintos atributos que forman parte del amor
de Dios. Dios trata a sus hijos no por sus méritos o por lo que valen o por lo que se merecen, sino
simplemente trata con ellos por su bondad y generosidad.

En cuarto lugar, abordamos la riqueza de su redención, que es la base sobre la cual se construye nuestra
salvación. Sin redención no podemos ser reconciliados con Dios. Sin ella seguimos siendo enemigos, no
sus hijos. Todo cristiano debe tener esto claro: sin la redención de la cruz no hay posibilidad alguna de
que seamos salvos.

En quinto lugar, la seguridad de la herencia que el creyente tiene en Cristo, está garantizada por Dios
mismo quien, la reserva para nosotros en los cielos, pero, al mismo tiempo el creyente que tiene la
garantía de la herencia, tiene también la certeza o seguridad del disfrute de la herencia al ser, el
creyente mismo, guardado.

En la última entrega de esta serie de sermones, abordamos la riqueza en el conocimiento de Cristo. Las
riquezas de la gracia de Dios para con su Iglesia no deben ser desconocidas por aquellos que han
gustado la salvación, antes bien, todos debiéramos estar saturados de ese conocimiento porque de esto
depende el que llevemos vidas agradables para nuestro Padre, el cual se goza en que llevemos
abundantes frutos espirituales.

Con esto en mente, el sermón de esta tarde lleva por título “La riqueza en la obra de Cristo”

Efesios 2:1-10 “1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,2
en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe
de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales
también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad
de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.4
Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros
muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él
nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en
los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo
Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9
no por obras, para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para
buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

En Efesios 2:1-10 Pablo nos aclara lo que significa recibir la salvación y ser parte del cuerpo de Cristo,
esto es Su Iglesia.

El apóstol nos llevara por un viaje en la acción histórica-redentora de Dios en nuestras vidas, y para ello,
nos los ejemplificara por medio de nuestra condición. La condición del pasado (vv.1-3), La condición del
presente (vv.4-6) y La condición del futuro (vv.7-10)

1.- La condición del pasado (vv.1-3)

El cristiano no debe olvidar la condición espiritual desde la que Dios lo alcanza para darle la bendición
inmerecida de su gracia. Para enfatizarlo, el apóstol comienza recordando el pasado de los cristianos, de
quienes dice “estaban muertos”.

No se trata de una muerte en sentido figurado, sino de la realidad espiritual por consecuencia del
pecado, al que Pablo llama “delitos y pecados”.

La palabra griega para delitos “paraptoma” se usa para desviaciones de la senda recta, y la que se
traduce como pecado “hamartia” se usa para hablar de pensamientos, acciones, palabras y obras que no
dan en el blanco.

Esta muerte es la separación de Dios a causa del pecado. Es el término de la vida espiritual en la
experiencia humana, a causa de la interrupción de la comunión con Dios, origen, razón y experiencia de
vida.

Romanos 3:23 “23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”

La evidencia de este estado de muerte se manifiesta en la forma de andar. El verbo andar es el termino
adoptando para designar el vivir. La forma de vida de los creyentes entes de la obra salvífica en Cristo,
era vivir como muertos, era vivir en la esfera de la muerte.

2.- La condición del presente (vv.4-6)

La salvación es una manifestación de la misericordia divina. Misericordia es la expresión y acción de la


actividad divina frente a la miseria humana. Solo puede existir misericordia cuando hay un miserable.

Dios, sin exigencia alguna, ama al caído, pecaminoso y rebelde. Dios ama al que está muerto en sus
delios y pecados.

Una actuación semejante pone de manifiesto la dimensión del amor de Dios que es “rico en
misericordia”.

Los recursos de la riqueza en misericordia son tan infinitos como lo es Él mismo. Por tanto, la salvación
en sus múltiples expresiones o manifestaciones, es la consecuencia de su amor misericordioso, como lo
dice Miqueas 6:8 es un “amar misericordia”.
1 Juan 4:10 “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos
amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”

No se trata de un amor de correspondencia, sino un amor incondicional, orientado hacia quienes nunca
merecieron tal afecto. Es un amor eterno mostrado antes de cualquier evento.

La misericordia de Dios es abundante, sin medida e ilimitada, porque Él es rico “plousios” en este
maravilloso recurso divino.

Por su misericordia y amor hacia nosotros es que proveyó la manera en que pudiésemos volver a Él, esto
es, volver a la vida.

De ahí, que la mayor riqueza de la obra de Cristo, es poder gustar de una nueva vida. Es en Cristo que
esta la vida y es por Cristo que hoy nosotros tenemos vida.

Juan 10:27-28 “27 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 28 y yo les doy vida eterna; y
no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.”

Al llegar a una vida cristiana, dejamos de estar alienados de la vida de Dios, llegamos a tener vida
espiritual a través de nuestra unión con la muerte y resurrección de Cristo.

Lo que el apóstol Pablo está enseñando es que la vida nueva, la vida eterna, se recibe solamente
mediante la unión vital con Cristo, solo por medio del hijo tenemos vida.

Juan 3:36 “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida,
sino que la ira de Dios está sobre él.”

La doctrina de la identificación con Cristo es la clave para entender la experiencia de la vida nueva en Él.

Gálatas 2:20 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que
ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por
mí.”

Las consecuencias de la identificación con Cristo son primeramente el poder para dejar de servir a la
carne y sus deseos; en segundo lugar el poder para dejar la esclavitud que produce la sujeción a
ordenanzas humanas; y en tercer lugar, el poder de dejar de ser esclavos al servicio del pecado.

Las consecuencias de la identificación con el Resucitado, conducen a una nueva posición, viviendo en el
Espíritu y siendo una morada de él para una vida de justicia.

Esta vida no es una reparación de la anterior naturaleza pecaminosa, sino la dotación de una vida
procedente y vinculada con Dios mismo.

1 Juan 5:12 “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.”

3.- La condición del futuro (vv.7-10)

La traslación de una posición de muerte a otra de vida y una de ira a otra de bendición en los lugares
celestiales en Cristo, ocurre para hacer patente o manifiesta la gracia de Dios. La iglesia se convierte en
exponente universal ante todos en el tiempo venidero haciendo visible la realidad de la gracia de Dios.

Esta realidad se manifiesta por medio de un andar en buenas obras, las cuales han sido preparadas por
Dios de antemano. En la unión vital con Cristo, no solo el creyente está capacitado en Él para hacer
buenas obras, sino que Jesús se convierte también en el ejemplo a seguir en la senda del bien obrar.
1 Pedro 2:21 “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros,
dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas”

Estas obra no está preparadas de antemano para que hagamos, sino que, para que anduviésemos en
ellas.

Andar aquí tiene el sentido de “estilo de vida”. Dios estableció ese buen obrar para que cada creyente
muestre en su vida la condición de lo que es ser una nueva criatura en Cristo.

Esta nueva creación de Dios tiene necesariamente que despojarse del viejo hombre, para vestirse del
nuevo que se va renovando conforme a la imagen del que lo creo.

Colosenses 3:9-10 “9 No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus
hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta
el conocimiento pleno”

El camino de la vida cristiana no puede ser otro que el de la reproducción, o conformación a Cristo, en el
poder del Espíritu. Ese es el destino final y definitivo que el Padre ha preparado para quienes son una
nueva creación en Cristo.