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Sólo que esa relación no es la mediación moderna, racional, constructiva, deductiva, entre lo
particular y lo universal, entre la experiencia y la razón, entre el individuo y el mundo, entre
el ciudadano y el Estado; esa relación, esa conexión, es la decisión que rompe la transitividad
y la discursividad de la mediación moderna: frente a la excepción un pensamiento sólo
racional "se queda sin palabras", es decir que se bloquea la función narrativa y ordinativa del
logos moderno. El punto en el cual se pertenecen recíprocamente el derecho y el no derecho
es también aquel en el que la razón y la no razón se muestran originariamente unidas: en
Teología política, Schmitt piensa el punto muerto de la razón, el punto en el cual el derecho
y el no derecho, la ley y la contingencia, se tocan originariamente; es decir que piensa el
pasaje aporéico, el tránsito accidentado (la decisión) entre nada-de-norma y forma jurídico
política (Galli, 2011: 69).

“[…] de los dos primeros capítulos de Teología Política se deduce que el ser decidido y el
ser representado constituyen para Schmitt la esencia de la existencia política moderna: la
crítica de la razón jurídica (y política) moderna como ideología de auto-fundamentación lleva
al descubrimiento de las auténticas coordenadas de la existencia política moderna, como
exigencia determinada concretamente por la ausencia de fundamentos ontológicos y por la
insuficiencia de las mediaciones racionales para fundamentar plenamente lo Moderno, que
más bien está estructuralmente infundado y expuesto a la potencia de la ausencia de la
trascendencia (Galli, 2011: 74).

“[…] por secularización (entre sus muchos significados posibles) se entiende aquí que la
modernidad deriva de alguna manera de la esfera de elaboraciones teóricas e instituciones
religiosas en su forma cristiana, y que, por lo tanto, no es autónoma, como lo pretenden la
Ilustración y el discurso de lo Moderno en general: no es un nuevo comienzo, sino que, para
existir, necesita una historia a sus espaldas y presenta siempre un resto en relación con su
supuesta autosuficiencia; de varias maneras es una traducción (Übersetzung) y una
reubicación (Umbesetzung) de los sistemas teológicos tradicionales” (Galli, 2011: 74-75).

Si el mito, como sostiene Schmitt, es el criterio para decidir si una nación o grupo social tiene
una misión histórica y ha alcanzado su momento histórico (Schmitt 1985a: 68), entonces
debemos concluir que el mito más fuerte de la modernidad no es el del conflicto de clase,
sino el de la nación (Bottici, 2007: 228)
En otras palabras, los mitos nacionales son los síntomas de las identidades comunes. Son el
mero epifenómeno de una realidad más profunda, de una identidad ya dada y que encuentra
su fuente en un poder irracional que es fundamentalmente hostil a la discusión racional
(Bottici, 2007: 229)

¿cuál es la naturaleza de la relación temporal entre conceptos y situaciones o circunstancias?


Sin duda, aquí está la clave para la historia de los conceptos, porque cualquier cosa que pueda
y deba ser conceptualizada se encuentra fuera de los conceptos. Toda semántica apunta más
allá de sí misma, aunque sea igualmente cierto que nada perteneciente al ámbito objetivo
puede aprehenderse o experimentarse sin alguna clase de contribución semántica desde el
lenguaje. Las teorías actualmente en boga que reducen la realidad al lenguaje olvidan que
todo lenguaje tiene siempre dos caras. Por un lado, el lenguaje es receptivo y registra lo que
sucede fuera de sí mismo, descubriendo aquello que se le impone sin ser en sí mismo
lingüístico, a saber: el mundo, tal y como se nos presenta pre-lingüísticamente (y no-
lingüísticamente). Por otro lado, el lenguaje, en su función activa, asimila (einverwandelt
sich) todos estos contenidos y estados de cosas (Gegebenheiten) extra-lingüísticos. Cualquier
cosa extra-lingüística que haya de experimentarse, conocerse y comprenderse debe ser
previamente conceptualizada. Como decíamos más arriba, sin conceptos no hay experiencia
y sin experiencia no hay conceptos. Así pues, todo lenguaje es a la vez activo y receptivo;
toma nota del mundo, pero al mismo tiempo es un factor activo en la percepción
(Wahrnehmung)) en la cognición (Erkenntnis) y en el conocimiento (Wissen) de las cosas.
(Koselleck, 2004: 30).

Cada época del pensamiento político y del Estado tiene representaciones que, en un sentido
específico, le parecen evidentes y que –acaso también con multitud de malentendidos y
mitificaciones– parecen las cosas más obvias a grandes masas de la población. En el siglo
xix y hasta entrado el xx esta clase de obviedad y evidencia estaba, sin duda, del lado de la
democracia (Schmitt. Los fundamentos, cit., p. 48)
. En toda percepción jurídica se encuentra esa decisión en el más amplio sentido de la palabra.
En efecto, todo pensamiento jurídico transfiere la idea del derecho, que jamás se torna
realidad en toda su pureza, a un estado de agregación diferente, y le añade, además, un
elemento que no se desprende del contenido de la idea del derecho, ni del contenido de una
norma jurídica general positiva cuando de su aplicación se trata (Teología política, p.31)
Parece que, si bien Blumenberg observa motivos emocionales -razones no atribuibles a
instancias racionales- para tal poder sobre los individuos y la sociedad, y reconoce su estatus
racionalmente impalpable, no ofrece ningún espacio para una exploración teórica adicional
de tal irracionalidad. El recurso de Schmitt a metáforas y ficciones políticas, mitos y teorías
irracionalistas de la violencia se orienta teóricamente y prácticamente precisamente hacia ese
espacio, hacia aquellos momentos en que el poder sobre los seres humanos se convierte en
su propia autoridad legitimadora y se sella del análisis (721 Alexander Schmitz)
“la idea de representación (Repräsentation) se halla tan dominada por el pensamiento de una
autoridad personal que tanto el representante como el representado deben afirmar una
dignidad personal [...] En un sentido eminente, sólo una persona puede representar, y
ciertamente [...] sólo pueden hacerlo una persona que goce de autoridad o una idea que, en la
medida en que sea representada, quede personificada” (Schmitt, 2000: 26).

un modo de relación con respecto a la actualidad; una elección voluntaria que hacen algunos;
en fin, una manera de pensar y de sentir, una manera también de actuar y de conducirse que,
simultáneamente, marca una pertenencia y se presenta como una tarea. Un poco, sin duda,
como eso que los griegos llamaban “ethos”. Y consecuentemente, más que querer distinguir
el “período moderno” de las épocas “pre” o “post-moderna, creo que sería mejor averiguar
cómo la actitud de modernidad, desde que se formó, se ha encontrado en lucha con actitudes
de “contra-modernidad” (Foucault, 1994: II, 8).
“La imagen metafísica que de un mundo se forja una época determinada tiene la misma
estructura que la forma de la organización política que esa época tiene por evidente.
Carl Schmitt; 2009: 44.
Schmitt se adhiere desafiante a esta interconexión. Le asegura que el pasado no se devalúa
permanentemente, que el futuro no surge como una forma sin sentido de "progreso de
proceso". […] Afirma que la filosofía de legitimación de Blumenberg se refiere
constantemente a lo nuevo, pero no puede pensar lo nuevo. (Schmitz; 2017: 719).