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CALIFICACIÓN REGISTRAL DE MANDATOS

JUDICIALES
Carlos Alfredo Gómez Anaya
Notario de Lima

S
i bien los actos no se inscriben para ser válidos, sino que se
inscriben porque son válidos, son innegables los beneficios
que brinda el Registro a los actos que logran inscribirse, como
en nuestro caso. Ello puede condensarse en un solo concepto:
Oponibilidad.

De los actos inscribibles, uno que mayor debate ocasiona es el referido a


la inscripción de los mandatos judiciales. El tema estriba en que el artículo
2011 del Código Civil Peruano contiene una excepción a la regla de
calificación integral en el Registro, al respecto señala:

“Los registradores califican la legalidad de los documentos en cuya virtud se


solicita la inscripción, la capacidad de los otorgantes y la validez del acto, por lo
que resulta de ellos, de sus antecedentes y de los asientos de los registros públicos.
Lo dispuesto en el párrafo anterior no se aplica, bajo responsabilidad del
Registrador, cuando se trate de parte que contenga una resolución judicial que
ordene la inscripción. De ser el caso, el Registrador podrá solicitar al Juez las
aclaraciones o información complementarias que precise, o requerir se acredite el
pago de los tributos aplicables, sin perjudicar la prioridad del ingreso al Registro.”

En resumida cuenta, el segundo párrafo del referido texto legal constituye


una seria restricción a la función calificadora que asiste al Registrador
Público, tema sobre el cual se han esbozado múltiples apreciaciones,
conciliadoras en un caso y excluyentes en otras, entre la función calificadora
del Registrador frente a la función jurisdiccional.

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Un argumento usual fue el esgrimir que la limitación del artículo 2011 sólo
limita al principio de legalidad, pero que no enerva la plena vigencia de
los otros principios registrales. El punto débil de dicha posición está en
que el Principio de Legalidad es el elemento percutor de la vigencia de
los otros principios. Dado que si el Registrador verifica el cumplimiento
del tracto sucesivo, el respeto de la prioridad registral, la vigencia de la
legitimación registral, el efecto de oponibilidad o la fe pública registral,
es porque precisamente el principio de legalidad expuesto en el artículo
2011 del Código Civil se lo permite, o desde una lógica imperativa se lo
ordena. De modo que cuando se limita el control de legalidad, se limitan
en realidad la actuación de los otros principios registrales. En resumen,
enervado el principio de legalidad, enervados también la actuación de los
otros principios registrales.

Se argumenta también que el Registrador no puede entrar a cuestionar el


fondo del asunto de la cuestión dilucidada, pero sí le corresponde verificar
la adecuación de lo ordenado con el antecedente registral; argumento que
no se condice con lo expresado en la norma en cuestión, pues esta señala
“... por lo que resulta de ellos, de sus antecedentes y de los asientos de los registros
públicos. Lo dispuesto en el párrafo anterior no se aplica, bajo responsabilidad del
Registrador, cuando se trate de parte que contenga una resolución judicial que
ordene la inscripción...”.

Corresponde entonces ensayar una apreciación distinta del referido


enunciado legal, sin llegar a su violentación y con un perfectible encuadre
dentro del ordenamiento constitucional. Porque si bien la norma
fundamental señala en su artículo 38º que todos los peruanos tienen el
deber de respetar, cumplir y defender la Constitución y el ordenamiento
jurídico de la Nación, no es menos cierto que no resultan irrestrictas las
actuaciones al amparo de dicho deber; máxime si fácilmente le podemos
contraponer el concepto de función asignada, esto es el deber como
categoría jurídico moral, que debe ceder frente al ejercicio de una función
como mandato imperativo ineludible y excluyente.

Y precisamente en la cúspide del ordenamiento se encuentra el máximo


decisor: El órgano jurisdiccional. Y lo que le resulta competente, no le puede

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ser atribuido a nadie más. Este órgano no es simple boca de la ley, pero su
decisión final tampoco es lo que él quiere decir, porque en la sentencia no
se objetiva su voluntad sino la voluntad de la Ley.

De allí que la garantía de motivación de las decisiones jurisdiccionales


es uno de los principios básicos en su ejercicio, puesto que si la ley está
legitimada, es porque ex ante está legitimado su órgano emisor (la voluntad
legisferante es la voluntad de la nación en un sistema democrático),
entonces la decisión jurisdiccional tiene que encuadrarse en los márgenes
del ordenamiento y así obtiene su legitimidad democrática.

No obstante, es evidente que la función jurisdiccional puede rebasar


las imposiciones legales, de advertirse incompatibilidad con el texto
constitucional, pero no concluye en su derogación, sino sólo en su
inaplicabilidad (procesos constitucionales de la libertad), salvo supuestos
de normas de inferior jerarquía en los que sí puede concluir en su nulidad
(caso de acción popular). Situación que nos puede llevar a argumentar
inclusive una supremacía de la función jurisdiccional frente a las otras
funciones (poderes) del Estado.

Visto así entonces, no corresponde cuestionar los mandatos judiciales con


autoridad de cosa juzgada emitidos dentro de un procedimiento regular
y con las garantías de un debido proceso. Pero la interrogante es, ¿qué
sucede si ese mandato judicial no se adecúa a los antecedentes registrales?
¿corresponde ejercer control de legalidad en el Registro?

En primer lugar debemos desdoblar el control de legalidad en dos


componentes, uno de ellos es su parte sustantiva que se fundamenta en el
principio de legalidad, el cual no se agota en la función registral, sino que
trasunta en todo el ordenamiento jurídico, el cual expresa un sometimiento a
la Ley. Un segundo aspecto es el normativo, que en realidad encierra reglas
que expresan la forma en que se hará vigente el principio de legalidad.

Visto así la vigencia del principio de legalidad no puede tener excepciones


ni limitaciones, ello sin perjuicio que pueda condicionarse las facultades
de quienes están encargados de hacerla efectiva. Podemos entonces

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argumentar que el segundo párrafo del artículo 2011 del C.C. no constituye
una limitación al principio de legalidad, sino más bien una limitación a
la función registral calificadora, la cual no debe menoscabar bajo ningún
supuesto el principio de legalidad.

El establecimiento de dicha limitación es legítima, si consideramos que


subyace en toda organización estatal moderna funciones competenciales
debidamente delimitadas, aunque sin negar cierta ósmosis adecuada y a
veces necesaria, pero sin llegar a una vigencia de ley de vasos comunicantes1.

El principio de exclusividad en el ejercicio de la función jurisdiccional niega


toda posibilidad de arrogarse causas en trámite ante las instancias judiciales
o causas sobre las que ya recayó decisión final. Pero es necesario argumentar
que lo expresado se refiere a causas entendidas como procesos en los cuales
corresponde decidir, o causas en las que ya se decidió; pero otra cosa es
decidir si lo decidido puede o no ser inscrito (actividad no jurisdiccional).
He allí el plano en el control de legalidad registral como una faceta del gran
poliedro que conforma el principio de legalidad, actividad encomendada al
Registrador Público y al Tribunal Registral en última instancia, no sólo como
un deber, sino lo que es más importante, significa la vigencia de una función
en el ejercicio legítimo de un cargo, legal y constitucionalmente atribuido.

No debe causar extrañeza la fuente constitucional del Registro, desde que


la seguridad jurídica es consustancial a todo el sistema jurídico, no obstante
ausencia explícita en el texto constitucional. Allí donde exista un Registro
Público con fuertes efectos sustantivos, estará garantizada la vigencia y
eficacia de los derechos adquiridos, la seguridad en las transacciones y el
mejor vehículo para evitar relaciones conflictuales de derechos. En suma,
la aspiración de la génesis del Estado y el Derecho y que se encierra la
norma fundamental.

1
Una ósmosis significará una relación con intercambio que conservará sus
equivalencias (equilibrio). La ley de vasos comunicantes por el contrario, explica
que para obtener un mayor nivel en un componente tendrá necesariamente que
disminuir el nivel del componente relacionado (originándose por consecuencia un
desequlibrio).

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Si bien habíamos expresado que corresponde al Registro decidir si lo


decidido es inscribible, debe tenerse en cuenta que esta actividad si bien
es principal por ser fundamental en el Registro, es residual con relación
al aspecto del principio de legalidad ya controlado en la emisión de la
decisión emitida por el órgano jurisdiccional, y en ese sentido no entra en
conflicto con ella. Salvo que la actuación del principio de legalidad haya
sido integral; es decir, si la circunstancia de inscribible del acto también
haya sido materia de pronunciamiento judicial, bien como resultado de
una reiteración judicial ante una observación registral o como consecuencia
de un pronunciamiento jurisdiccional en la vía contenciosa administrativa
abierta en cuestionamiento a una denegatoria de inscripción emitida por la
segunda instancia registral.

Residualidad y no complementariedad, como resultado de los efectos de


una declaración de derecho en sede jurisdiccional, respecto del cual la
inscripción tiene efectos declarativos. Óptica distinta sería si examinamos
una medida cautelar en forma de inscripción en donde la ejecución de la
medida surge con el Registro, y como en otros casos, la tutela procesal se
vuelve efectiva sólo si se ampara en la prioridad registral.

No cabe duda que el contenido y vigencia del principio de legalidad


engloba el control de la adecuación del acto con los antecedentes del
Registro, dicha función puede ser ejercida tanto por el Juez como por
el Registrador, pero el sistema jurídico coloca a ambos calificadores en
distintos niveles. De suerte que el primero es contralor del segundo y
puede recalificar lo calificado, modificarlo o dejarlo sin efecto, en tanto
que el segundo no podrá efectuar dicha labor si ya lo hizo el primero con
el sentido de integral. Consiguientemente, la limitación que introduce el
segundo párrafo del artículo 2011 del C.C. no es sino una traducción de la
prohibición de una innecesaria actividad del control, de una situación ya
controlada por un ente supra contralor.

Sería este el presupuesto de juego; de modo que si el pronunciamiento


jurisdiccional no ha incorporado la consideración del antecedente registral,
entonces sí corresponde al Registro examinar dicho parámetro, pero no

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para dejar sin efecto o modificar lo ordenado, pues esta actividad sólo
le asiste al ante emisor del acto originario. Esta sería un segundo nivel
de diferencia. Por lo tanto, Juez y Registrador se encuentran en diferente
grado de control y por ello también sus decisiones tienen distinto nivel de
eficacia.

No obstante, la trascendencia de la inscripción y con ello, de la actividad


que la permite, se torna más verificable respecto de las decisiones
jurisdiccionales que versen sobre actos inscribibles, en los que la prioridad
de su ingreso al Registro determina en realidad la eficacia de la medida;
y con ello la tutela procesal efectiva, es realmente efectiva. Es en la etapa
de ejecución en donde finalmente el proceso se la juega; al justiciable no le
basta con que al final del iter procesal se concluya con la consecución de la
finalidad abstracta del proceso (finalidad mediata), sino con la efectividad
inmediata de su petitorio. Es la actividad registral entonces conformadora
de uno de los basamentos de la administración de justicia: la tutela procesal
efectiva.

Siendo así, al contrario de lo que podría pensarse, dicho basamento se


verá fortalecido cuanto más fuerte sea el control de legalidad a cargo del
Registrador, y la institución registral tenga a su vez más fuertes efectos
sustantivos. En los sistemas registrales no constitutivos, el paradigma de
la llamada adecuación registral tarde o temprano tendrá que ceder frente a
la realidad extra registral.

Situación que podemos apreciar en nuestra la legislación procesal, con la


vigencia de las tercerías excluyentes de dominio o medidas cautelares sobre
bienes inscritos a nombre de personas distintas del demandado. En donde
el quid del asunto del control de legalidad no es precisamente verificar la
adecuación registral, sino la correcta incorporación a la relación procesal,
de la relación jurídica sustantiva y que se expresa en el presupuesto
procesal de la legitimidad para obrar.

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EL REGISTRO Y EL DESARROLLO ECONÓMICO SOCIAL