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Nikel Lendor

Naryuli
Nunca toques el cachorro de una madre

ISBN 9783962463687

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Edición al cuidado del autor

Diagramación:
Joel A. Mora T., 809-958-6942

Diseño de portada:
Dennys Rivera

Santo Domingo, República Dominicana


2018

Queda hecho el depósito que previene la ley sobre derechos de autor.

Los libros publicados por la editora están impresos en República Dominicana en


papel libre de ácidos, y su proceso de impresión cumple con las exigencias requeridas
por las asociaciones de bibliotecas norteamericanas y europeas para
garantizar su permanencia y durabilidad.
Nikel Lendor

Naryuli
Nunca toques el cachorro de una madre
Abril 2018
CONTENIDO

Agradecimientos 7
Dedicatoria 9
Introducción 11
María 13
No Encuentro a Mi Hija 17
El Día Más Amargo 21
Llegó la Noche 25
Está Sonando el Teléfono 27
Marcos Llega a Casa 29
Empieza la Búsqueda 35
Marcos Regresa al Trabajo 39
La Vida en Casa 45
Desesperación a Media Noche 49
Primer Día en el Rancho 57
El Mundo de Marcos 63
La Visita 67
Un Plan para Encontrarla 71
La Fuga 81
Empieza la Búsqueda 87
El Reencuentro 95
Una Nación Indignada
101
AGRADECIMIENTOS

A Dios, por ser mi padre perfecto, por mostrarme tanto


amor y misericordia, por darme la vida, la capacidad y
mentalidad para poder bendecir a otras personas con lo que él
me ha dado, gracias a él este libro hoy es posible.

A mis padres Nicanol Lendor y Doris Morton por ser las


personas que Dios usó para que yo existiera en este cuerpo
físico, por el amor que siempre me mostraron, y los valores que
me inculcaron.

A mi Esposa Mayuli Natera Hernández, por ser la mujer que


ha estado conmigo en todo momento, la que me ha apoyado, la
que me ha motivado a dar lo mejor de mí, por ser la madre de
mis hijos, y el amor de mi vida.

A Yoris Mora Acosta, por haberme instruido en el temor de


Dios desde mis primeros años en el evangelio, y por amarme
como una madre, Te quiero mucho.

A Ramón Rodríguez y Gisela Jiménez mis líderes


espirituales, mis segundos padres, así de importantes son ellos
para mí.

Al pastor Guido Humberto Torres quien fue mi primer


pastor, y del que aprendí tantas cosas, aunque ya no está entre
nosotros, su amor y enseñanzas siguen en mi corazón y mente.
DEDICATORIA

A todos los padres que están criando hijos, a todos aquellos


que han perdido a un hijo o algún familiar, en memoria de
aquellos que han sido secuestrados, pero no han podido
regresar a casa. Tal vez tu historia se parezca a la que vas a leer
en este libro; si es así, quiero que sepas que te apoyamos, que
personas en todo el mundo oran a Dios por la reaparición de tu
ser querido. Es posible que estés culpando a Dios por lo que ha
sucedido, tal vez has considerado que tienes todas las razones
para hacerlo, es posible que pienses que no tiene sentido creer
en él, si al final permitió que se te quitara alguien que tanto
amas. No sé si mis palabras podrán hacerte cambiar de parecer,
ya que no te escribe alguien que haya pasado por esta tragedia,
pero sé que el Espíritu Santo de Dios si lo hará.

No pretendo juzgarte y decir que no has cuidado bien a tus


hijos, o que no los has protegido como debiste, creo que fuiste
y eres un gran padre, o una gran madre, pero cosas como estas
pasan sin que podamos hacer nada el respecto.

Nunca pierdas la fe en el Señor, pues es él quien puede


librarte del espíritu de depresión o del deseo de suicidio. Los
tragos amargos de la vida nos tocaran a todos, llegaran con un
color diferente, pero algo si es seguro, llegaran, la muerte algún
día llegar, el dolor también lo hará en algún momento.

Dios prometió estar contigo en cada uno de esas situaciones.


Muchas veces la vida golpea muy fuerte, pero cuando eso
sucede es porque Dios sabe que eres capaz de resistir a esas
grandes tormentas. En el mundo miles de familias están
atravesando una situación similar a la tuya, has algo más grande
que tú, anímate, a animar a otros, usa tu testimonio, para que
otros sean consolados, no te alejes de aquel que puede darte las
fuerzas para hacerlo.

Salmos 46:1 Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro


pronto auxilio en las tribulaciones.

Deuteronomio 31:6 Esforzaos y cobrad animo; no temáis, ni


tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va
contigo; no te dejara, ni te desamparara.
INTRODUCCIÓN

En este libro, el escritor y poeta Nikel Lendor quiere llevarte


a la realidad que viven las familias que pierden a un ser
querido; pero específicamente, a los padres que pierden un hijo.
Es alarmante la cantidad de niños que son secuestrados cada
año en América Latina, y el dolor que enfrentan los padres es
inimaginable.

Esta es una historia de ficción, pero con base de testimonios


de hechos reales, el amor sin límites de una madre que ha
perdido a su hija será puesto en manifiesto, su búsqueda
incansable y su instinto de protección poniéndose a prueba.

En medio de una sociedad corrupta y malvada, viven niños


inocentes tratando de vivir la vida que por derecho les
pertenece, pero que muchas veces se las arrebatan personas sin
escrúpulos ni conciencia.

Este libro ha sido escrito con el fin de que los padres


aprendan a valorar más a sus hijos ahora que los tienen con
ellos. El escritor espera que los padres entiendan que lo que
importa más es el cariño y la atención que podamos darles a
nuestros hijos ahora.
MARÍA

Era una hermosa tarde del once de julio, del año dos mil
dieciséis, en la República Dominicana, un país tropical con
bellas palmas de coco y hermosas playas que complementan
cualquier paisaje. El día estaba soleado como de costumbre,
con una temperatura de treinta y dos grados. María era la madre
de tres hermosos hijos: Naryuli la mayor de siete años; Doris
Kaliany la segunda de dos años, y Marlon Esteban el menor de
un año de edad. Ella estaba sentada en la terraza de su casa
descansando después de una mañana agotadora, pues atender a
tres niños no es una tarea fácil, sólo una madre lo hace ver así.

María pensaba acerca de éste día de su cumpleaños, estaba


segura que en verdad sería diferente. Su esposo Marcos no
estaba en casa, ya que trabajaba lejos y sólo podían estar juntos
cada doce días. No tenían casa propia, pero soñaban con
terminar la que habían empezado a construir. Por no tener su
propio nido se mudaban constantemente y casi siempre solía ser
en su cumpleaños o en una fecha especial para ellos, pero por lo
menos esta vez no lo estaban haciendo, ni tenía a un bebé
recién nacido en sus brazos. La mente de María estaba inmersa
en unos de sus anhelos más grande, tener una pequeña casa en
el campo, techada de hojas de zinc, con un río cristalino que
cruzara por la parte trasera, con maderas clavadas en algunos
lugares de la casa de forma estratégica, para que al amanecer
los rayos del sol entraran en esos pequeños rincones, en donde
el resplandor los despertaría cada mañana.
Cuando ella regresó a su realidad, vio pasar a doña Carmen,
una señora de unos ochenta y cuatro años de edad, por sus
arrugas podías deducir que había llovido mucho después de su
nacimiento. Ella siempre soñaba con mudarse a un sector más
comercial, a pesar de su avanzada edad deseaba con todas sus
fuerzas poner su propio negocio, tenía un corazón
emprendedor, a pesar de que sus años de vida se estaban
reduciendo, ella lo seguía intentando, muy en lo profundo de su
corazón sabía que un día lo lograría, pero siempre decía que el
barrio no la ayudaba, me tengo que mudar a otra lugar, y
ubicarme en una calle principal. El pequeño Marlon siempre se
sentaba en el muro de la marquesina, y al verla pasar la invitaba
a comer: –“Mi príncipe que me guardaste hoy”, solía decirle
doña Carmen.

María estaba muy alegre, era madre de tres hijos que


iluminaban sus días y en cierta forma llenaban el vacío que
sentía por la ausencia de su esposo. Marcos se pasó la mayor
parte de su vida sin sus padres ya que ellos viajaban al exterior
y sólo pasaban un mes al año con él y sus hermanos. Mientras
crecía prometía que nunca se apartaría de sus hijos, él quería
evitar que ellos pasaran por lo que él pasó. En realidad cuando
niño no fue muy difícil crecer sin sus padres, el estar sin ellos
para él y su hermano de cierta forma representaba libertad o eso
era lo que pensaban, ya que podían hacer todo lo que querían,
salir, jugar y regresar a casa a la hora de la cena, pero la historia
era muy diferente cuando ellos estaban, el padre de Marcos
tenía un temperamento muy fuerte, una vara y un cinturón eran
sus mejores aliados a la hora del castigo. Cuando Marcos creció
se dio cuenta de que ya no quería esa libertad, pues al escarbar
en su subconsciente notó que no había ninguna imagen
archivada en donde él se viera jugando con su padre, por lo
menos no recordaba si su padre algún día le había expresado
que lo amaba. No porque no lo hiciera; su padre era un hombre
que no expresaba con palabras lo que sentía, aunque sí se lo
demostraba. Fue duro para Marcos crecer, tener una familia, y
darse cuenta que para su sorpresa también tendría que trabajar
lejos de sus hijos, la situación económica lo había llevado a
hacerlo, y fue justo en ese tiempo cuando pudo entender lo que
puede hacer un padre para sustentar a su familia, aunque no
duraba tanto tiempo como lo hacían sus padres.

Esa tarde, después de terminar de hablar con doña Carmen,


María empezó a jugar con su hija mayor Naryuli jugaban a las
escondidas: -“Te encontré, te encontré, te encontré”, se
escuchaba esta palabra una y otra vez, mientras madre e hija
reían a carcajadas, ambas decidieron tomar un receso, y
sentarse en la marquesina para tomar un poco de aire fresco,
mientras lo hacían, por su casa pasó una señora con una sonrisa
angelical y muy agradable, era como una de estas personas que
te cautivan con sus sonrisa. Saludó y halagó la maravillosa
forma de reír de la niña, pues tenían dos pequeños hoyuelos que
se notaban en cada uno de sus mejillas cada vez que sonreía. Se
presentó y dijo: –“Me llamo Elizabeth y acabo de mudarme a
este sector; me gustaría hacer nuevas amigas”. María extendió
su mano y le dijo que estaba encantada en conocerla.

–Qué linda es tu hija, tiene una bella sonrisa, ¿cómo se


llama?

–“Naryuli” respondió María.


–¿Tienes más hijos?

–Sí, tengo dos más, añadió María. Son la luz de mis ojos,
por ellos sería capaz de hacer cualquier cosa, no permitiría que
nadie los arrebate de mis manos.

Por alguna razón María estaba muy feliz, su día habían


empezado de lo mejor, ya tenía una nueva vecina y se acercaba
el momento para estar junto a su esposo.

–“¿Deseas una taza de café?” Le preguntó a Elizabeth.

Juntas se tomaron aquella taza que prometía no ser la


última. Por un momento, entre charlas y café, María recordó el
día que su esposo le declaró que estaba enamorado de ella, eran
sólo adolecentes de doce y catorce años. Ella sonrió pensando
en que para muchas parejas el tiempo aparentaba ser el mayor
enemigo, pero para la relación de ella y su esposo era el aliado
más cercano.

–María, ¿en qué estas pensado? Te fuiste lejos por un


momento.

–Sólo recordando Elizabeth, es que en mi corazón albergo


los recuerdos más maravillosos de mi vida, y salen a flote con
tan solo ver o escuchar algo que me haga recordar.

Pasaron algunas horas, y las nuevas vecinas tuvieron que


despedirse, “que se repita el café”, dijo Elizabeth, “cuando
gustes” contestó María.
NO ENCUENTRO A MI HIJA

La amistad entre María y Elizabeth se hacía cada vez más


fuerte. El olor a café era muy tentador para todos los que
pasaban por el frente de la casa. Todos los días a las cuatro de
la tarde se escuchaba el sonido que era producido por el choque
de las pequeñas cucharas en las tazas mientras mezclaban el
azúcar para endulzar el café, al parecer la pasaban muy bien
juntas.

Dos semanas después del encuentro con Elizabeth, María


preparaba a su hija para ir a la escuela, le dio sus consejos de
todos los días:

–Pórtate bien, no quiero que me den quejas de ti, y no te


subas al carro de nadie.

Naryuli acertando con la cabeza a lo que le decía su madre,


salió de la casa.

Cuando llegó a la escuela, sus amigas la esperaban para


cantar juntas el Himno Nacional.

Al medio día despachaban a los niños para que regresaran a


sus casas. Naryuli como siempre, tomó la misma ruta, pero ese
día decidió pasar por la casa de una de sus compañeras de clase
tardándose más de lo normal. Su madre estaba muy
preocupada. Naryuli regresó una hora después de lo
acostumbrado, sentía un poco de temor ya que sabía que su
madre estaría enfadada. Cuando llegó a casa vio que su mamá
lloraba, pero no lo hacía de dolor, sino por la preocupación que
sentía. Su madre la abrazó de la alegría, ¿qué te he dicho mi
niña? No debes ir a otro lugar sin mi permiso, debes llegar
primero a tu casa, me tenías muy preocupada, pensé que te
había pasado algo, me alegra que estés bien, pero tendré que
castigarte para que no lo vuelvas hacer.

Una semana después, María preparaba a su hija para llevarla


a la escuela, pero no sin antes recitar la frase que adoptó como
su Padre Nuestro de cada día.

–Pórtate bien, no quiero que me den quejas de ti y no te


subas al carro de nadie.

Mientras Naryuli regresaba de la escuela, un carro negro se


detuvo frente a ella, y del susto se quedó paralizada sin saber
qué hacer, pero cuando bajaron los vidrios ella se tranquilizó,
ya que pudo ver que conocía a la persona que estaba dentro, la
cual le dijo:

–Hola mi amor ¿cómo estás? Soy Elizabeth ¿Me recuerdas?


Soy la amiga de tu madre.

La niña le dijo:

–Claro que la recuerdo, ¿cómo está?

Elizabeth le dijo que se subiera al carro para llevarla a su


casa, pero Naryuli recordó las veces que su madre le había
dicho, que no se montara en el coche de ningún extraño, y si
alguien la querían entrar en algún coche, gritara fuerte y
corriera lo más rápido que le fuera posible a un lugar en donde
hubieran personas. Pero esta vez era diferente ya que era
Elizabeth la amiga de su madre, la cual frecuenta pasar tardes
en su casa con su madre.

Con una sonrisa en su angelical rostro Naryuli subió al


coche, Elizabeth subió los vidrios y empezó a conducir. Naryuli
iba muy contenta ya que llegaría más rápido a su casa y no
tomaría el ardiente sol de las doce de regreso.

Elizabeth le dio unas muñecas para que jugara. Al pasar los


minutos, la niña se dio cuenta que no llegaban a su casa, y
comenzó a sentirse nerviosa. Empezó a gritar como le habían
dicho su madre, pero ya era muy tarde, dentro del carro nadie la
escucharía.

–Señora, por favor, lléveme a casa, mi madre debe de estar


llorando, de seguro que me pondrá de castigo otra vez. Estoy
asustada, lléveme a casa.

Por los veinte minutos que habían transcurrido, ya habían


conducido unos diez kilómetros. La niña fue sedada y llevada a
un lugar desconocido.