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Wifredo Lam

La jungla (1943)

n. 1902 en Sagua la Grande (Cuba), f. 1982 en París

Aguada sobre papel sobre lienzo, 239,4 x 229,9 cm


Nueva York, The Museum of Modern Art

La obra de madurez de Wifredo Lam, surgida en los años cuarenta, refleja tanto el arraigo
del pintor en la cultura de su patria cubana como sus diferencias con la vanguardia europea.
Bajo la influencia de los movimientos del viejo continente redescubrió sus impresiones
infantiles ligadas a la naturaleza de todo lo original (descompuesto ante en el espejo del arte).
Después de terminar su formación en la Escuela de Bellas Artes de La Habana, en 1923 Lam
se inscribió en una escuela de pintura independiente en Madrid y completó su educación
estudiando a los antiguos maestros en el Prado. Con todo, el factor realmente decisivo para
su desarrollo como pintor fueron los cuatro años que pasó en París, de 1938 a 1941. Allí
frecuentó la compañía de Pablo Picasso, con quien expuso en Nueva York en el año 1 939
en las Perls Galleries.
Como es natural, en París Lam entró en contacto con el círculo proscrito de los surrealistas,
cuyo interés por lo sobrenatural, lo irracional y lo mágico cayó sobre suelo fértil en el caso
del pintor: «Cuando era pequeño, me asustaba mi gran imaginación. A las afueras de Sagua
la Grande, cerca de nuestra casa [...] empezaba la jungla [...] nunca vi espectro alguno, pero
los inventé. Cuando de noche salía a pasear, tenía miedo de la luna, del ojo de la sombra. Me
sentía ajeno a todo, diferente de los demás. No sé por qué. Soy así desde la infancia».
La jungla de su infancia resurge en los cuadros sobre la selva que Lam pintó a principios de
los años cuarenta, tras huir del fascismo y regresar a su país. En su composición de mayores
dimensiones, La jungla, de 1943, entremezcla la caña de azúcar con apariciones monstruosas
muy ligadas a las creaciones surrealistas de Picasso, de la misma época. Sin embargo, a
diferencia del malagueño, Lam no confiere a esas apariciones inspiradas en la escultura
africana y en el arte primitivo un efecto monumental, sino que subraya su multiplicidad y su
omnipresencia entre la densa vegetación, en la que parecen imponer sus incesantes
murmullos.
«Mientras lo pintaba [el cuadro La jungla], tenía las puertas y ventanas del taller abiertas. Al
pasar, la gente lo veía y gritaba: no miréis dentro, es el diablo. Y tenían razón. Uno de mis
amigos ha descubierto en la obra un espíritu parecido a cierta representación medieval del
diablo. Sea como sea, el título no hace referencia a las características paisajísticas de Cuba,
donde no existe jungla, sino bosque, monte y manigual; en el fondo del cuadro aparece una
plantación de caña de azúcar. Mi pintura debería transmitir un estado psíquico.»
Los seres vivos y las plantas de esa «jungla» se presentan con la misma materialidad metálica,
sumidas en una luz lúgubre que los caracteriza como seres originados por la fantasía, una
fantasía muy cercana al interés de los surrealistas por la sexualidad y la violencia. La
estilización con que Lam reviste las formas vegetales y orgánicas está muy lejos del
ilusionismo propio de los maestros consagrados que practicaba, por ejemplo, Salvador Dalí,
y tampoco tiene demasiado que ver con los cuadros de bosques de Max Ernst. Por el
contrario, su estilo se encuentra más próximo a la pintura de Matta, que como la de Lam,
pese a todos sus elementos figurativos y gracias a la rítmica repetición de determinadas
formas abstractas, parece anticipar ya el expresionismo abstracto.