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Análisis de La ética protestante y el espíritu

del capitalismo de Max Weber


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 POR CIUDADANO 014-Q
 EN FILOSOFÍA POLÍTICA
 — 27 DIC, 2008
El libro “Ética protestante y el espíritu del capitalismo” (1904-1905) es junto con sus
conferencias “El político y el científico” la obra más conocida de Max Weber. A
pesar de los años trascurridos desde su publicación las ideas expresadas por
Weber sobre el espiritu capitalista y su origen en el protestantismo son aún hoy
objeto de controversia.
Weber constata que la religión protestante es la predominante entre las clases
capitalistas alemanas. Siendo la diferencia entre capitalistas protestantes y
capitalistas católicos enorme Weber llega a la conclusión de que la ideología
protestante promueve de un modo u otro la construcción del capitalismo.

¿Pero qué es el espíritu del capitalismo? cabe preguntarse. La ética del


capitalismo plantea que el fin supremo de nuestra vida es la adquisición de
riquezas por ellas mismas, la búsqueda del enriquecimiento no es visto como un
medio para un fin; el empresario capitalista no busca enriquecerse para retirarse
sino que busca el enriquecimiento por sí mismo. El goce, el descanso o el retiro no
son los objetivos de la mentalidad capitalista aunque sí puede ser el fin de los
miembros de las economías capitalistas poco integrados en el sistema.

“[…] el summum bonum de esta “ética” estriba en la persecución continua de


más y más dinero, procurando evitar cualquier goce inmoderado, carece de toda
mira utilitaria o eudemonista, tan puramente ideado como fin en sí, que se
manifiesta siempre como algo de absoluta trascendencia e inclusive irracional ante
la “dicha” o el rendimiento del hombre en particular. El beneficio no es un medio
del cual deba valerse el hombre para satisfacer materialmente aquello que le es de
suma necesidad, sino aquello que él debe conseguir, pues esta es la meta de su
vida.”
(del capítulo “El espíritu del capitalismo”)
El capitalismo actúa como un orden extraordinario en el que el individuo queda
atrapado inexorablemente, el empresario que no se amolde a la ética capitalista
está abocado a desaparecer.

Sin embargo no hay que confundir la sempiterna “auri sacra fames”, la simple
avaricia con el capitalismo pues, frente al deseo inmoderado de conseguir dinero
de cualquier modo el capitalismo admite que no todo vale. El fin es la acumulación
de beneficios por ellos mismos pero esta acumulación de beneficios debe
realizarse de manera respetuosa con las normas del juego económico. La estafa,
la malversación, el desfalco o el nepotismo no son comportamientos aceptables
dentro de la economía capitalista, de hecho la persecución de la corrupción
económica en las sociedades capitalistas es un hito casi sin precedentes en la
historia de la humanidad. A diferencia de la simple ansia de dinero el capitalismo
acepta unas reglas precisas y más o menos inquebrantables para el juego
económico.
El capitalismo ha estado muchas veces a punto de instaurarse, en la Antigüedad
mediterránea o en Oriente, pero siempre chocó con la mentalidad “tradicionalista”
según la cual un hombre trabaja con el propósito de vivir o, como mucho, de vivir
bien. Muchos mercaderes hacían un capital que usaban para acceder a la nobleza
o para vivir de las rentas, esto rompía la dinámica capitalista de buscar más y más
riquezas e invertir los beneficios en obtener más beneficios. En pugna con la
mentalidad natural según la cual la riqueza es un medio y no un fin en si misma el
capitalismo tuvo difícil imponerse como mentalidad predominante. Entonces
¿cómo llegó a surgir el capitalismo si se oponía al secular tradicionalismo?

El catolicismo que consideraba este mundo manchado por el pecado original se


amoldaba perfectamente a la mentalidad tradicionalista, los retiros monásticos son
un ejemplo de esto: la verdadera vida es la vida contemplativa, alejada del trasiego
del mundo. Con Lutero la visión del trabajo cambió en el cristianismo y se
transformó en una manifestación palpable del amor al prójimo, ante Dios toda
profesión tiene el mismo valor. Lo propio de la Reforma fue acentuar el valor ético
del trabajo como profesión. Pero en Lutero aún sigue vivo el espíritu del
tradicionalismo ya que la asunción de la profesión era algo que el hombre debía
realizar como una misión impuesta por Dios; lo único novedoso fue la desaparición
de los llamados “deberes ascéticos” (superiores a los “deberes con el mundo”) y el
fin de la conformidad con la situación asignada a cada cual en la vida social o
profesional. El verdadero punto de inflexión que permitió la instauración del
capitalismo fue el nacimiento del calvinismo:

“El trabajo social del calvinista en el mundo se hace únicamente in majorem Dei
gloriam. Y exactamente lo mismo ocurre con la ética profesional, que está al
servicio de la vida terrenal de la colectividad. Ya en Lutero vimos derivar el trabajo
profesional especializado del “amor al prójimo”. Pero lo que en él era atisbo
inseguro y pura construcción mental, constituye en los calvinistas un elemento
característico de su sistema ético. Como el “amor al prójimo” sólo puede existir
para servir a la gloria de Dios y no a la de la criatura, su primera manifestación es
el cumplimiento de las tareas profesionales impuestas por la lex naturae, con un
carácter específicamente objetivo e impersonal: como un servicio para dar
estructura racionalizada al cosmos que nos rodea. Pues la estructura y
organización (pletóricas de maravillosa finalidad) de este cosmos, que según la
revelación de la Biblia y el juicio natural de los hombres parece enderezada al
servicio de la “utilidad” del género humano, permite reconocer este trabajo al
servicio de la impersonal utilidad social como propulsor de la gloria de Dios y, por
tanto, como querido por El.”
(del capítulo “Los fundamentos religiosos del ascetismo laico”)

El calvinismo cree en la predestinación de la salvación. El hombre no puede hacer


nada para salvarse, no es nada comparado con Dios; es el mismo Dios el que
otorga la gracia a los elegidos. Mientras el católico puede obtener el perdón de sus
pecados en la confesión y el luterano podía reparar con buenas obras los actos de
debilidad, el calvinista no podía hacer nada para obtener la gracia de Dios ya que
provenía de Dios mismo y nada podía hacer el hombre. Sin embargo había un
signo que delataba a los elegidos por Dios: su pureza moral que se extiende a
todos los actos de su vida, hasta el más nimio. Este puritanismo moral llevado al
ámbito profesional hizo que el cumplimiento del deber del trabajo por sí mismo,
rehuyendo el descanso en la riqueza y la ostentación fueran signos de la gracia
divina. El afanoso puritano calvinista llevaba una vida éticamente planificada y
metodizada en todos los ámbitos de su existencia para buscar en este
cumplimiento de la norma la seguridad de haber obtenido la gracia. Este afán
puritano en el trabajo, tan alejado de la natural mentalidad tradicionalista, fue la
que permitió el surgimiento del capitalismo en los Países Bajos y Centro Europa
donde predominaba la población puritana.

Al final, como era de esperar, las riquezas acumuladas pervirtieron el espíritu


puritano y lo fueron debilitando hasta incluso el secularismo laico no obstante,
como dice Weber “el capitalismo victorioso no necesita ya de este apoyo religioso,
puesto que descansa en fundamentos mecánicos”. En otras palabras, una vez que
se asentó el capitalismo tomó vida propia creando necesidades y construyendo los
medios para su perpetuación sin necesidad de que la ideología puritana lo siguiese
sustentando.

El espíritu del capitalismo

Debe entenderse como un nuevo estilo de vida sujeto a ciertas normas de una
“ética” determinada. Lo característico de esta “filosofía de la avaricia”, es el
ideal del hombre honrado digno de crédito, y más aún, la idea de una
obligación frente al interés de aumentar su capital. La prudencia en los
negocios, es un verdadero ethos. De la interpretación de los textos de Franklin,
la moralidad es útil porque proporciona crédito y al igual con otras virtudes. La
ganancia es el fin del hombre no un medio de satisfacción, el resultado de la
virtud en el trabajo.

El capitalismo actual actúa como seleccionador de sujetos. Para no ser


apartado de la vida social deben integrarse en la economía específicamente
capitalista.

Es el tradicionalismo, como conducta, el primer escollo que tuvo que salvar el


“espíritu” del capitalismo, el cambio de mentalidad que lleva, de ganar lo
necesario para seguir viviendo, a ganar más y más dinero pasando por rebajar
los salarios para incrementar la producción. El capitalismo requiere de grandes
masas a las que alquilar por bajo precio, pero cuando se trata de realizar un
trabajo cualificado nunca resulta efectivo, ni incluso es medio para la mayor
producción. Exige el trabajo como fin, y éste es difícil de hallar. Este espíritu lo
encontramos ligado a personas con una educación religiosa, con más
capacidad de concentración y actitud de sentirse obligado. En Sombart, se
aprecia, al hablar de “sistema de economía de satisfacción de las
necesidades”, una identificación con el concepto de suficiencia de la antes
aludida necesidad tradicional, que junto al lucro serían las dos motivaciones del
originario capitalismo. Y este fenómeno se da de continuo, sólo a veces
interrumpido por ese “espíritu” del capitalismo que entra y sale cada vez con
más fuerza y que viene representado por una profesión sistemática para
alcanzar el lucro.

La intrusión del espíritu capitalista, o lo que es lo mismo, la nueva economía


industrial que relega a la tradicional, se introdujo gradualmente y no de forma
pacífica, tanto por la desconfianza de todos como por la oposición a estos
nuevos hombres impregnados del nuevo espíritu y casi blindados para cumplir
con sus inquietudes e iniciativas, encarnados en algunos grandes nobles cuya
riqueza no es para ellos. Les acompaña un irracional sentido del buen
cumplimiento de su profesión. Curiosa relación existe entre este sentido del
trabajo y la ética del momento que deplora a aquél y aún lo justifican algunos
moralistas (escuela nominalista), licitándolo por la necesidad del comercio.

Toda investigación que pretenda indagar sobre las aptitudes racionales debe
tener en cuenta una máxima y es que, es posible racionalizar la vida desde
todos los puntos de vista y en todas direcciones. Lo importante es escarbar en
el espíritu que encierra esta concepción del trabajo, a esa irracional motivación
por ese modo de producir, por esa profesión.

II. La relación entre la ascesis y el espíritu capitalista

Será el análisis de escritos inspirados en la práctica de la cura de almas, de


diversos autores, para encontrar las conexiones entre las ideas religiosas del
protestantismo ascético y el espíritu fundamental de la actividad económica;
reparando en especial en Richard Baxter, que bebió de las fuentes del
calvinismo, y máximo exponente del puritanismo inglés, por su consecuente
idea de la profesión. La ociosidad es moralmente reprobable, placiéndole a
Dios el cumplimiento de su voluntad a través de la profesión, un fin prescrito
por él, que ni aún con la abundancia y riqueza se está exento de su
cumplimiento por ser un precepto divino. De una profesión especializada se
desprende una vida ordenada, un carácter metódico de la ascesis que incluso,
a diferencia de Lutero, justifica el cambio razonado de trabajo, que será
considerado grato por Dios si es éticamente aceptado, bueno para la
comunidad y sobre todo provechoso.

El ascetismo racional protestante se oponía al goce despreocupado de la


existencia, la ostentación de la riqueza, la diversión y a la pérdida de tiempo,
propia de la sociedad monárquico-feudal, a la superstición y al modo irracional
de comportamiento, pero al tiempo legalizaba el afán de lucro so pretexto de
precepto divino.

En la cadena de producción son reprobables al igual, conductas desleales y


afán de lucro por el lucro que es en sí mismo una tentación. El concepto de la
nueva vida; abnegación por el trabajo profesional como fortalecimiento de
nuestra fe representará el “espíritu del capitalismo.

Consecuencia lógica de cercenar el consumo y el lucro por el lucro es la


acumulación de capital en forma de ahorro cuyo fin más lícito sería la inversión
que, según donde lo enmarcamos, acumulaban fincas rústicas o desarrollaban
la agricultura como importante actividad económica, siendo por ese orden el
proceso seguido en Inglaterra. Estos ideales de vida; el nuevo hombre
económico, fracasó al otro lado del atlántico, donde el puritanismo dominante
no resistió la dura prueba de las tentaciones de la riqueza. Patente es que en
todas las religiones, la secularización de la riqueza ha sido uno de sus grandes
escollos, y fuente de las reformas iniciadas.

Profesión, es al igual la del trabajador, incluso con sueldos bajos y que la vida
no ha brindado mejores oportunidades, como la del enriquecimiento del
empresario. Según Baxter, la ilustración dejaba atrás al puritanismo, no
necesitando el capitalismo resurgido de lazos religiosos algunos, siendo el
deber profesional una concepción ahora secularizada y creada desde la
religiosidad. Quizás esto no lleve a una nueva era de especialistas “sin
espíritu”, hombres vacíos.

Pero el sentido histórico que debe prevalecer en nuestro estudio debe


conducirnos a nuevos problemas aún por sondear. La influencia que pudo tener
el racionalismo ascético en el funcionamiento de los grupos sociales, su salida
desde la oscuridad del convento a lo mundano, su relación con el humanismo,
que no era racionalismo puro, en el desarrollo del empirismo filosófico, y su
evolución histórica hacia su disolución, representada en el utilitarismo;
contemplando así el verdadero alcance cultural del protestantismo ascético

Nada desdeñable sería estudiar ahora los condicionantes o influencias que la


cultura y la sociedad hicieron forjar ese ascetismo protestante que provocó,
moldeó y originó el actual espíritu del Capitalismo.
En una sola frase la tesis de Weber es que el mundo protestante es más
exitoso económicamente que el mundo católico gracias al influjo de la
religión protestante en cada uno de sus individuos: amor al trabajo, honradez,
ahorro y un apego permitido a lo material, algo que el catolicismo solo supo
predicar a medias los domingos pero no controlar ni inculcar en la
cotidianeidad de su pueblo.

En base a estudios estadísticos propios, en la Alemania de principios del s.


XX, el autor comienza señalando que en dicho país los protestantes participan
en la posesión del capital mucho más que los católicos. La primera causa de
esta diferencia es que la Reforma trajo consigo una dominación eclesiástico-
religiosa de la vida cotidiana mucho más estricta y rigurosa que la católica, en
ese entonces un “poder extremadamente suave” sobre la vida de los
individuos. La iglesia católica “castiga al hereje, pero es indulgente con el
pecador”. Las pujantes clases burguesas aceptaron la tiranía puritana
protestante e incluso la defendieron, ensalzando así el trabajo, la vida pura, el
ahorro, entre otros.

También sus estadísticas señalan que los protestantes acuden y estudian para
profesiones de tipo industrial y mercantil en mayor proporción que los
católicos, quienes prefieren en su mayoría los estudios humanistas. Plantea
que las causas provienen de características propias a cada confesión y no a
contingencias histórico-políticas.

El gusto por el humanismo en desmedro de la ciencias podría explicarse por


un mayor “alejamiento del mundo” por parte del catolicismo, que ha educado
a sus fieles en un espíritu de indiferencia ante los bienes mundanos. Los
protestantes tachan esto de pereza; los católicos en cambio, a los protestantes,
de materialistas… “que sería consecuencia de la laicización de todo el
repertorio vital llevada a cabo por el protestantismo”. Weber da a entender
que el católico es conformista y prefiere la seguridad, mientras que el
protestante se atreve con el peligro y la exaltación.

Las “formas más puras e íntimas de la piedad cristiana” se hallan también en


el área protestante. El énfasis protestante no está en la confesión sino en la
conducta: trabajo, pureza, no alcohol, no fiestas, si familia, si ahorro. Los
protestantes son famosos por su laboriosidad: los hugonotes en Francia eran
un buen ejemplo en el seno del catolicismo. Énfasis en la conducta:
“minuciosa reglamentación religiosa de la vida”. Otro ejemplo es la tolerancia
de Federico I de Prusia, quien permitió que los menonitas no hicieran el
servicio militar porque sabía de su enorme capacidad de trabajo.

“La falta más absoluta de escrúpulos cuando se trata de imponer el propio


interés en la ganancia de dinero es una característica peculiar de aquellos
países cuyo desenvolvimiento burgués capitalista aparece “retrasado” en
relación a la medida de la evolución del capitalismo en Occidente. Cualquier
fabricante sabe que es justamente la falta de conscienziosità de los
trabajadores de países como Italia (a diferencia de Alemania por ejemplo) uno
de los obstáculos principales de su evolución capitalista, y aún de todo
progreso en general”. Estas probidad y escrúpulo en un capitalismo exitoso
provienen de la rigurosidad y vigilancia de los preceptos inculcados por el
protestantismo en la vida de cada cual.

Continúa con el espíritu del capitalismo: la diferencia entre católicos y


protestantes no está tampoco, según él, en la intensidad del “impulso
adquisitivo” por parte de los segundos, ni en su desarrollo, puesto que una
intensidad desenfrenada, sin escrúpulos, es perjudicial al espíritu capitalista.

Uno de los principales obstáculos que tuvo que afrontar el espíritu capitalista
fue la conducta tradicional de trabajar para la suficiencia, “ganar lo necesario
para seguir viviendo”. De poco sirvió para combatir esta conducta el trabajo a
destajo (una temporada corta ganando mucho dinero); luego se intentó lo
contrario, bajar el nivel de los salarios, asunto que resultó hasta ciertos límites.
También propone un capitalismo como una selección económica de sujetos.
Los salarios bajos a veces perjudican fisiológicamente y por lo tanto se
selecciona a “los más inútiles”. Dice que el salario bajo es contrario a los
trabajos cualificados.

El trabajo como un fin en sí, como “profesión”, como algo querido, es algo
que el “capitalismo exige”, y que no se logra con salarios altos o bajos sino
con educación, mediante moralización religiosa por ejemplo, asociándola con
la economía.
Pre-capitalismo: trabajo doméstico, oficios. Por tradicional entiende el trabajo
para cubrir las necesidades de la vida y un poco más, sin ansia de capital
acumulándose. Esto es típico de sistemas precapitalistas. Pero cuando el
empresario decide enriquecerse (con cambios en sus medios de producción,
reorganización de políticas de compras y ventas…) los demás están casi
obligados a seguir sus pasos, porque el primero acapara. El hombre
precapitalista detesta al capitalista.

Origen del capitalismo; dos leitmotiv según Sombart: la “satisfacción de las


necesidades” y el “lucro”. La seguridad eterna, la despensa bien llena, o la
capacidad de adquirir cualquier cosa. Así el enriquecerse se convierte en
“profesión”.

Weber niega que la racionalización del Derecho privado haya sido algo
fundamental en el auge del capitalismo. Tampoco la filosofía laica y
racionalista (s. XVIII) “floreció de modo exclusivo ni siquiera dominante en
los países económicamente más adelantados”. El racionalismo “no es en modo
alguno campo abonado para que florezca esa relación del hombre con su
“profesión”, en el sentido misional, que requiere el capitalismo”. “La
dedicación abnegada … al trabajo profesional… era y sigue siendo uno de los
elementos característicos de nuestra civilización capitalista”.

La palabra “profesión” tiene un matiz religioso en todos los pueblos de


mayoría protestante, mientras que carece de él en los católicos, y en las
lenguas antiguas sólo el hebreo parece tener un matiz religioso para esa
palabra. Beruf (significa profesión pero también misión), en alemán, y calling
(profesión, pero también usado para significar vocación, dote,
apasionamiento), en inglés. Dichas palabras nacieron de traducciones de la
Biblia, pero “no del espíritu del texto original sino precisamente del espíritu
del traductor”, de la traducción de Jesús Sirach pasó al lenguaje de los demás
pueblos protestantes que la adoptaron. Así el trabajo obtiene un sentido
sagrado. La “superación de la moralidad terrena” se realiza según el
protestantismo mediante el cumplimiento de los deberes que cada cual se
impone según su posición en la vida y su profesión, y no mediante la ascesis
monástica. Pero sin embargo Weber no considera el sentido del trabajo como
castigo desde la expulsión del paraíso, bastante distinto de “misión”, y si los
protestantes en su mayoría siguen los preceptos y los sentidos de la Biblia,
dicha concepción aparecida en el génesis no debió haber sido omitida. No
olvidemos el Génesis, según el cual Adán y Eva fueron expulsados del paraíso
y obligados a trabajar después de probar el fruto prohibido.

El protestantismo rompe definitivamente con la vida monástica; según Lutero


aquella es “el producto de un desamor egoísta” que “carece de valor para
justificarse ante Dios”, que “se sustrae al cumplimiento de los deberes”; en
cambio ensalza el trabajo profesional como amor al prójimo. Weber señala el
nexo con Adam Smith: “la división del trabajo obliga a cada cual a trabajar
para los demás”; de paso anula completamente la autosuficiencia.

La concepción del trabajo y la profesión es una de las mayores aportaciones


de la Reforma y de Lutero. Pero Lutero no puede relacionarse directamente
con el espíritu del capitalismo, pues se encuentran en sus palabras diatribas
contra los grandes mercaderes, contra la usura, el préstamo y el interés.

La visión paulista (San Pablo) del trabajo y de la profesión es la de un medio


al que no de le debe atribuir excesiva importancia; pues lo importante es
conseguir la bienaventuranza. Es decir que el trabajo no es la bienaventuranza,
según la concepción paulista. El protestantismo temprano asocia trabajo y
profesión al destino: “cada cual debe permanecer en la profesión y estado en
el que le ha colocado Dios…”.

La Reforma es inimaginable sin la evolución “personalísima de Lutero”, pero


su “obra no hubiera sido duradera sin el calvinismo”. Católicos y luteranos
aborrecen por igual al calvinismo, porque este muestra una enérgica
dedicación puritana al mundo.

La reforma o las influencias religiosas no son indispensables ni para el


nacimiento ni para el desarrollo del capitalismo pero si participan e influyen
en él; basta “establecer si han existido afinidades electivas entre ciertas
modalidades de la fe religiosa y la ética profesional” para demostrarlo.

Iglesias reformadas, puritanas o ascéticas: calvinismo, pietismo, metodismo,


bautistas (bautizantes), presbiterianas. El metodismo nace en el s. XVIII
dentro de la iglesia anglicana; se separa de ésta al llegar a América. El
pietismo nace del calvinismo inglés y holandés, se unió a la ortodoxia y
finalmente se incorporó al luteranismo. El movimiento puritano (o ascético)
atacaba los fundamentos del anglicanismo, al parecer igual de poco riguroso
con sus fieles que el catolicismo; el puritanismo se abocaba a la fidelidad de la
relación moral-vida.

El hombre debe recorrer solo su camino en la búsqueda de la felicidad eterna,


camino ignorado pero prescrito de antemano: “nadie podía ayudarle; no el
predicador, porque sólo el elegido era capaz de comprender el espíritu de la
palabra de Dios; no los sacramentos…” porque sólo son medios para aumento
de su gloria; tampoco la iglesia, que fuerza a los hombres a cumplir esos
preceptos. “Este radical abandono… de la posibilidad de una salvación
eclesiástico sacramental era el factor decisivo frente al catolicismo. Con él
halló acabamiento el proceso de “desencantamiento” del mundo”. El hombre
busca él solo a Dios y a la bienaventuranza, y además está predestinada a
encontrarla.
El desencantamiento y el rechazo a todo lo mágico sacramental alcanzó en los
puritanos por ejemplo, a enterrar calladamente a los suyos. Solo Dios otorga la
gracia. Puritanos: “no confiar demasiado en la ayuda y amistad de los
hombres”, “desconfiar del amigo más íntimo”… “Dios debe ser el único
confidente del hombre”. El calvinismo, a diferencia del luteranismo, eliminó
la confesión privada ante un sacerdote.

“El sumo bien a que aspira la religiosidad: la certidumbre de la gracia”. El


calvinismo quiere alcanzarla según la máxima: “Dios ayuda al que se ayuda a
si mismo”, y no por las buenas obras como pretende el catolicismo, sino
mediante “un sistemático control de si mismo”. El cristiano medieval hacía
buenas obras ocasionales, sobretodo para expiar pecados. El calvinismo
insiste en transformarlo en cotidiano, en hacer de cada pedazo de vida una
buena obra y una perfecta conducta. El luterano también se expía mediante las
“buenas obras”.

El pecado original y el trabajo como castigo es solucionado por el luteranismo


como una obediencia, penitencia cotidiana para la remisión de los pecados.

El metodismo es muy cercano al calvinismo; las buenas obras ocasionales no


son el medio para pasar del estado natural al estado de gracia (status gratiae)
sino la aplicación conductual en cada hora y acción; racionalización de la
conducta era el principio del puritanismo, “para sustraer al hombre de los
apetitos irracionales”, para asegurar la “primacía de la voluntad planificada”;
todo esto se transforma con el tiempo en el “reservado autocontrol… del
gentleman inglés y angloamericano".

La educación de la conducta trabajaba sobre la voluntad. El calvinismo


masificó la conducta monacal (que Weber llama ascética), que en la religión
católica solo practicaban los monjes. Se predica la vida santa para todos. Se
transforma “el ascetismo sobrenatural en una ascesis puramente “profana”,
terrenal”; la reforma le puso entonces “barreras a la huída del mundo”.

El catolicismo también intentó masificar el ascetismo cotidiano, sin resultados


pero con intentos: siempre se encontraba con corruptores, como las
indulgencias, que los reformistas siempre consideraron como el peor de los
males. Los calvinistas pasan a no aceptar más que gente pura (regenerada) en
sus iglesias. Esto es considerado como una medida anticorrupción.

Lo más leído por los puritanos: los salmos y las sentencias de Salomón.

El luteranismo “carecía del impulso interior hacia el autocontrol constante y la


reglamentación planificada de la propia vida”; uno podía salvarse con
arrepentimiento. El luterano parece despreocupado de caer en el status
naturalis porque puede volver a levantarse con sus propias alas. “Lo esencial
no es tanto la santificación práctica como la remisión de los pecados”. El
luteranismo pone acento en la comunión con Dios en “este mundo”.

Metodismo: “método” para “producir el acto sentimental de la conversión”,


“metodización sistemática de la conducta como medio de alcanzar la certitudo
salutis”, o estado de gracia; “unión de la religiosidad sentimental (“hasta los
más imponentes éxtasis”) y a la par ascética con la creciente indiferencia y
repulsa hacia los fundamentos dogmáticos del ascetismo calvinista”. Aunque
el calvinismo también quiere regular la vida, es mucho más parco y carece de
sentimientos, para los cuales tiene una verdadera repulsa, pues considera
engañoso todo lo sentimental. “El metodismo aspiró desde un principio a
ejercer una misión sobre las masas”, mediante la sistematización de la
conducta… pero a través de la fuerza del sentimiento.

Bautizantes, o bautistas, muestran en sus comienzos un fuerte alejamiento del


mundo; a esta iglesia sólo pertenecían los regenerados, los que oyeron el
llamamiento de Dios; al mismo tiempo, al ubicar cada vez más la atención en
Dios, se rechazaba la idolatría, y con el tiempo se reducía el poder de la Biblia
como agente regenerador, a tal punto que los cuáqueros eliminaron el
bautismo y la comunión.

Evolución del protestantismo: primero contra los curas, después contra los
sacramentos, los santos, la virgen maría, la idolatría… la Biblia! Sólo Dios,
sólo la luz interior. Fuerte antiautoritarismo en el protestantismo tardío. Se
abandonaba también la doctrina de la predestinación: se aguardaba la acción
de Dios. Barclay: “hay que callar para que en el alma impere la serena
tranquilidad que deje oír la palabra de Dios”, pero esto mediante el desarrollo
de las “virtudes ascéticas en el trabajo profesional”. “Desde Lutero (seguido
en esto por los bautizantes) se habría condenado el ascetismo sobrenatural
monástico, considerándolo contrario al espíritu bíblico…”.

Principio Goethiano: “ el hombre activo es desleal, solo el contemplativo tiene


consciencia”.

Calvinismo: sumisión autoritaria y policíaca; sectas (bautistas, menonitas,


cuáqueros): sumisión espontánea.

El nexo con el sistema capitalista: “lo más importante es, empero, que la vida
propia religiosamente exigida al “santo” no se proyectaba fuera del mundo, en
comunidades monacales, sino que precisamente había de realizarla dentro del
mundo y sus ordenaciones. Esta racionalización de la conducta en el mundo
con fines ultramundanos fue el efecto de la concepción que el protestantismo
ascético tuvo de la profesión”.
Baxter, presbiteriano, rama del calvinismo: Chrisitian directory, compendio de
moral puritana. Spener: Dificultades teológicas, representante del pietismo
alemán. Barclay: Apology, representante de los cuáqueros. Baxter contra el
enriquecimiento, diferente de Calvino; para Baxter el enriquecimiento no era
un obstáculo, tampoco para los puritanos.

Para los católicos el peligro que representaba, supuestamente, la riqueza,


estaba en el descanso en la riqueza; se condena el ocio, el lujo, el sueño
excesivo (de 6 a 8 horas como máximo).

Baxter exalta el trabajo duro y continuado, corporal o espiritual; lo justifica:


trabajo como más antiguo y acreditado medio ascético, y como el preventivo
más eficaz contra la unclean life (literlamente: la vida sucia, o la vida en
pecado, diría un católico). Contra las tentaciones sexuales: dieta sobria,
régimen vegetariano, baños fríos, pero sobretodo: “trabaja duramente en tu
profesión”. “Sentir disgusto en el trabajo es prueba de que falta el estado de
gracia”. Diferencia con Aquino: “trabajo necesario sólo naturli ratione”.

Mormones: “Pero un cristiano no puede ser un mozo de cuerda o un holgazán,


y ser bienaventurado. Está destinado a ser picoteado hasta la muerte y
arrojado de la colmena”; así ponían al individuo entre trabajar o ser eliminado;
esto produjo entonces las asombrosas creaciones económicas de esta secta.

Común acuerdo: los ricos también deben trabajar. El protestantismo tardío: “el
trabajo y la profesión no son algo predestinado a lo que debemos
conformarnos (como en el luteranismo) sino el medio de enaltecer la honra de
Dios”; “Lutero nunca rompió con la indiferencia paulina hacia el mundo”.

Baxter: partidario de la profesión fija (stated calling), porque sino “todos los
trabajos son puramente ocasionales y efímeros” y se le dedica así “más tiempo
al ocio que al trabajo”, mientras que el profesional “realizará en orden su
trabajo” sin vivir en perpetuo desorden.

La utilidad de la profesión y su agrado para Dios era medida según: 1.-


criterios éticos 2.- importancia para la colectividad 3.- provecho para el
individuo.

Los puritanos veían a Dios en los detalles y en la economía: “Si Dios os


muestra un camino que os va a proporcionar más riqueza…”. La mendicidad
es reprobable. Condenaban las artes no científicas, el teatro, de manera
absoluta el desnudo, el hablar superfluo, todo obrar sin un fin; el deporte no es
alentado, las fiestas y las borracheras, repudiadas. Esto reprimía el consumo,
sobretodo de los lujos. Pero ni puritanos ni cuáqueros condenaban la riqueza.
El puritanismo, el calvinismo, los cuáqueros, favorecieron la acumulación de
riqueza hasta la aparición del “hombre económico”; pero este no resistió las
tentaciones y dejó la religión. Así las religiones y su veneración al trabajo
sentaron las bases del hombre moderno, cómodo y ateo en la práctica. Acción
secularizadora de la riqueza. Wesley: ante el surgimiento de la riqueza: “no
veo, pues, como sea posible… una larga duración de cada nuevo despertar de
la religiosidad verdadera. Pues necesariamente, la religión produce
laboriosidad (industry) y sobriedad (frugality), los cuales son a su vez causa
de riqueza”.

Mientras que la ética medieval había llegado a glorificar la mendicidad en las


órdenes mendicantes, sectas protestantes y las comunidades estrictamente
puritanas no admiten la mendicidad.

La exaltación del trabajo por el ascetismo religioso: “ponía a su disposición


trabajadores sobrios, honrados, de gran resistencia y lealtad para el trabajo”,
trabajo que es transformado en un fin querido por Dios; y por otra parte se
justificaba la desigualdad económica como algo planeado por Dios… que
persigue “finalidades ocultas”. Y hoy en día entonces, “la idea del “deber
profesional” ronda por nuestra vida como un fantasma de ideas religiosas ya
pasadas”.