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¿Ha hecho la Iglesia jerárquica una opción por los pobres?

Dada la supuesta muerte de la teología de la liberación, pareciera que ahora se puede hablar de
los pobres sin riesgos. Así, incluso es frecuente escuchar a conferencias episcopales
particularmente conservadoras como la argentina, que se ha hecho una “opción preferencial por
los pobres”. Por supuesto, que para no espantar a los amigos no-pobres suele añadirse “que no es
exclusiva ni excluyente”. Pero ¿realmente hay una opción por los pobres en la jerarquía de la
Iglesia, y particularmente, de la Iglesia en Argentina?

Ni exclusiva, ni excluyente. Excluidos

Es frecuente escuchar que en lugar de hablar de “pobres” se prefiere el término


“excluidos”, incluso la reciente campaña nacional de Caritas Argentina lo utilizó en su lema. Y si
bien el término es valioso en cierto sentido, también hemos de reconocer que puede ser un
término que, de tan inocente, no diga nada. Excluidos no supone necesariamente excluidores, y
eso es un problema. Y es un problema muy grave, porque no va a la raíz del problema que es la
falta de justicia. Así, se puede notar que todo a lo largo de la Oración por la Patria, compuesta
por la CEA, la palabra justicia, está ausente. Y esto, lamentablemente, no es inocente. Algunos
están “excluidos”, pero no es claro que sea por causa de otros, o de un modelo, o de la injusticia.
Una jerarquía eclesiástica que tantas veces se ha mostrado cerca del poder, que es donde
están los verdaderos excluidores, no parece dispuesta a denunciarlos proféticamente. (Y van...) Y
entonces, excluidos y sobrantes parece ser casi lo mismo, y se los “arregla” con sobras. Sobras
de soja, sobras de cosecha, sobras de un vuelto, o sobras de “caridad”. ¿Y la justicia? Las viejas
“cenas show” que organizaba Caritas eran un patético signo de esta actitud lamentable. Hemos
de reconocer claramente que desde hace bastante, con los cambios que hubo en la dirección, se
suprimió esta práctica, pero todavía sigue faltando una voz profética que denuncie la inmoralidad
de que un país que produce alimentos para 300 millones de personas tenga más de la mitad de la
población sumergida en la pobreza. Y la palabra “excluidos” lo sigue disimulando.
Desde los estudios de la antropología, la violencia y lo religioso, parece que el término
“víctimas” sería mucho más adecuado. Porque no hay víctimas sin victimarios. La teología de la
liberación, que desde sus orígenes hasta el presente sabe que el problema principal en América
Latina es la idolatría, sabe que los ídolos reclaman sangre, y víctimas. El Dios dinero, con sus
sacerdotes del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en los templos modernos, que
son los bancos, con sus días sagrados y fiestas, como los días de “shopping”, la Navidad o los
días del niño, la madre, el padre, etc. repitiendo el rito de comprar y vender, exigiendo ortodoxia
de mercado y modelo, sacrifica víctimas para mantenerse vivo, alimentado de petróleo, coltán, y
agua potable; víctimas de las guerras, los niños desnutridos, países sumergidos, esclavos... La
idolatría requiere víctimas, y las víctimas son los pobres.

La justicia primero

Hablar de pobres sin empezar por la justicia es realmente una falacia. La justicia es algo
que se debe, y por lo tanto, no es algo que se puede o no dar gratuitamente. La justicia es algo
debido.
Sin embargo, si tantas veces se ha visto a la jerarquía eclesiástica cerca del poder económico, no
debería extrañar que no lo denuncie: no fue crítica de la política económica de la dictadura,
tampoco de la política del menemismo, no habló claramente de la deuda externa y sólo se limitó
a cuestionar lo que llamó “excesos”. Se dejó asesorar por la “Asociación cristiana (sic) de
dirigentes de empresas”, y ahora organiza un Congreso Nacional de Laicos que se reunirá en la
Universidad Católica (sic) Argentina y concluirá en la Sociedad Rural Argentina (sic). Sin duda
parece muy evidente que si la jerarquía de la Iglesia argentina cree que ha hecho una opción por
los pobres, o tiene un problema muy serio de percepción, o ha creído en la supuesta teoría del
derrame, donde de copas cada vez más grandes caen gotas cada vez más chicas.
Cualquier punto de partida serio debe tener en cuenta que la justicia es un deber
impostergable, e inexcusable. La injusticia es delito, y es pecado, y los injustos deben ser
sancionados e invitados a la conversión, y las víctimas resarcidas y privilegiadas. Cuando no hay
una voz clara que cuestione a los injustos, el silencio, o la diplomacia, se asemejan bastante a la
complicidad. La voz profética de monseñor Romero: “la voz de Dios dice, ‘no matar’... en
nombre de Dios... ¡paren la represión!”, o incluso de Benito XVI: “en nombre de Dios, ¡basta de
terrorismo!” bien podría parafrasearse, “en nombre de Dios, ¡basta de matar de hambre! ¡paren el
terrorismo económico!”. Pero no se escuchan voces eclesiásticas que hablen del Fondo
Monetario Internacional, o del Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, y demás
genocidas. El clamor por la justicia parece tan ausente que cuando se ha pronunciado se ha hecho
con palabras de Juan Pablo II: “una justicia demasiado largamente esperada”, casi como diciendo
“lo decimos porque lo dijo el Papa”.

¿Podemos prescindir de la justicia?

La pregunta así formulada es conscientemente provocadora. Conscientemente, porque


hay una delgada línea que separa un buen prescindir, de un prescindir cómplice y criminal.
Veamos:
Cuando se habla de “opción” puede parecer que esta es “opcional”, y de hecho así se ha
entendido muchas veces. Incluso, cuando el documento de Puebla habla de opción por los pobres
y por los jóvenes olvida que los dos niveles son totalmente incomparables. Porque la Iglesia de
Jesús puede optar por los jóvenes, pero también puede hacerlo por los niños, o por los ancianos,
o por la mujer; son estrategias pastorales y puede elegirse -optarse- una u otra según
prudencialmente se vea su conveniencia. Pero no puede sino optar por los pobres. Porque así es
Dios, porque así es Jesús. Y hacer una opción distinta a la de Jesús no es una opción que sus
seguidores puedan elegir sin optar por la infidelidad.
Cuando se habla de “preferencial” también puede parecer que se pueden tener “otras
preferencias”; al fin y al cabo, “no es exclusiva ni excluyente”. Y al dejar de tener la misma
preferencia que tuvo Jesús pareciera que Jesús no figura en las preferencias. Decir preferencial
debería significar “los pobres primero”, y mientras haya pobres (= siempre), deben ser “siempre
primero”. Si los pobres no están primero es que otras son las preferencias, y allí hemos corrido a
Jesús, lo hemos deformado.
Cuando se habla de “pobres”, nunca faltan las interpretaciones espiritualistas que
deforman más todavía el mensaje de Jesús. Interpretaciones deformadas de la bienaventuranza de
los “pobres de espíritu” sirven para que los más ricos afirmen ser pobres, y terminen apareciendo
como ricos los pobres reales. No se debería olvidar nunca que la pobreza es un pecado, porque es
contraria a la voluntad de Dios: Él no quiere que haya pobres (eso es lo que quiere decir la frase
“pobres tendrán siempre entre ustedes”, que es todo lo contrario a lo que afirmaba un iletrado ex-
presidente con fuentes episcopales). Y para que no haya pobres es que deben estar primero.
Civilizaciones del consumo, la riqueza o la abundancia han demostrado su fracaso, como bien lo
señaló I. Ellacuría cuando proponía buscar una “civilización de la pobreza”. Civilización
probablemente cercana a los dichos del Mahatma Ghandi: debemos “vivir más simplemente,
para que otros simplemente puedan vivir”.
Muchos han señalado que más que buscar la justicia, debemos buscar la gratuidad, y esto
puede ser bueno. O no. La gratuidad puede verse como algo alternativo a la justicia, algo que
debe buscarse “en lugar de” la justicia. En este caso, “optar por los pobres” sería algo que “puede
o no” elegirse, y podría elegirse también otra cosa; hacerlo o no sería algo “libre”. Pero el
problema es que la justicia no es un derecho, sino un deber; no somos “libres” para matar, no
somos “libres” para ser injustos (somos libres de hacerlo, pero no para hacerlo; siguiendo la
clásica distinción de libres de y libres para). Pero algo muy distinto es si la gratuidad es vista
como superadora de la justicia; en este caso, ya no es “en lugar de...” sino “más que...”.
González Faus afirma que “es necesaria una profunda percepción de la gratuidad; el compromiso
por la justicia brota de la experiencia de la gratuidad”. Para resumir: puede no haber
contradicción entre justicia y gratuidad, pero esto se dará si ambas están en el mismo “cauce”, en
cuyo caso, la gratuidad supera la justicia; pero si por gratuidad se entendiera algo que “se puede
o no” estamos ante cauces que son distintos, y no se puede ir sino por el cauce de la justicia.
Como afirmamos más arriba, estamos ante una delgada línea que puede esconder en la palabra
“gratuidad” una disimulada trampa para eludir la justicia. ¿Cómo detectarla? Precisamente, nos
daremos cuenta si la gratuidad está en el mismo cauce de la justicia, si los pobres están en el
centro. Si son lo primero; o también, si las víctimas han dejado de serlo, para sentarse en la mesa
fraterna, y ya no hay víctimas. Podemos afirmar que los pobres son el test de nuestra fidelidad,
como queda claro en el tradicional texto de Mt 25.

La dinámica del Reino

Proponer la gratuidad como superadora de la justicia es una categoría bien típica de la


dinámica del reino. Pero debemos mirarlo en el contexto propuesto por el judío Jesús. Mientras
la teoría de la retribución (dar y recibir), o el esquema de los fariseos se guía por la justicia, Jesús
propone ir más allá; propone el amor. No es “abolir la ley y los profetas” sino “ser perfectos
como el Padre”.
La parábola de los invitados a trabajar a la viña (Mt 20) parece un buen ejemplo. Es
interesante compararla con un texto del Talmud de Babilonia: allí se nos cuenta que Rabí Bun
bar Hiyya murió joven. Como es frecuente en la literatura bíblica, surge la pregunta del por qué
de la muerte prematura del justo. Así, Rabí Ze’era cuenta una parábola: un rey contrató a muchos
trabajadores, a las dos horas pasó a ver a los obreros, y viendo, tomó a uno de la mano y habló
con él, paseándose, hasta el atardecer. Pero a la hora de recibir el jornal, éste recibió lo mismo
que todos los demás. Esto provocó que los otros murmuraran “trabajó dos horas y le has pagado
el jornal entero”. El rey respondió: “con esto no les hago ninguna injusticia: este trabajador ha
realizado en dos horas más que ustedes en todo el día... del mismo modo, R. bar Hiyya realizó en
28 años más que algunos doctores encanecidos en 100 años”. Es evidente que esta parábola se
mueve en el esquema de la justicia, y por eso el pago es igual: porque realizó más que ustedes.
La parábola de Jesús es diferente: “puedo hacer lo que quiero” pero eso sí, es importante señalar
que es verdad que “no soy injusto contigo”, porque ¡no puede ser injusto! ¿Cuál es el criterio?
que un denario es lo necesario para que una familia viva un día, y pagando lo “justo”, los últimos
pasarían necesidad.
Lo mismo puede decirse de la parábola del padre y los dos hijos (Lc 15): el padre le dice
al mayor, que encarna el judaísmo que ha cumplido la ley y “jamás desobedeció una orden tuya”:
“tienes razón, todo lo mío es tuyo” pero “era bueno celebrar” el regreso del “hermano”, que
encarna a “todos los pecadores”. El hijo mayor se guía con el esquema de la justicia y tiene
razón, pero el padre prefiere superar ese esquema, para salirle al encuentro, para
“compadecerse”.
Es lo mismo, también, de la carta a Filemón: Pablo sabe que puede pedirle, y tiene
libertad para hacerlo (parresía), pero confía que el amor de Filemón lo llevará a hacer “más que
lo que te pido”; no es sólo aceptar el “pago” que Pablo le asegura, sino ir más allá.
En realidad, esto es entender el amor como algo propiamente gratuito, como superador, lo
cual es importante. Pero el amor que nos obliga frente al caído, no un amor “light”, no un amor
caprichoso, de “si quiero, si, y si no quiero, no”. Es el amor de misericordia y compasión, no el
“sentimentalismo”, el amor capaz de dar la vida. El amor que ama al otro más que a sí mismo. Es
en este sentido que hay que entender la gratuidad como superadora. Ciertamente, si la gratuidad
fuera “puedo o no, si quiero o no” entonces no tiene nada que ver con el Reino... En suma, la
superación parece dada por lo que se ha llamado la “regla de plata” y la “regla de oro”. La
primera es la que dice que “no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan” (Tob 4,15), la
segunda es más activa, “cuanto quieran que los hombres les hagan, háganselo también ustedes a
ellos” (Mt 7,12), esta es “la ley y los profetas”.

Los pobres en el centro

Lamentablemente, con mucha frecuencia la fórmula “opción preferencial por los pobres”
esconde (indisimuladamente, cuando se insiste en lo de "ni exclusiva ni excluyente) un “se puede
o no” optar por los pobres. No va el ser cristiano en esta opción. Ciertamente, no parece, en este
caso, que se sea de verdad “Iglesia de los pobres”.
Con justicia se puede decir que a lo largo de toda su historia, en la Iglesia hubo quienes
jugaron su vida junto a los pobres. Pero no parece que pueda decirse que siempre, a lo largo de la
historia “la Iglesia lo hizo”; una cosa es Francisco de Asís, otra la Iglesia de su tiempo; una cosa
es Bartolomé de las Casas, otra distinta, la Iglesia de su tiempo.
Es cierto que en nuestro tiempo, la Iglesia va asumiendo los postulados fundamentales de
la Teología de la Liberación, como el compromiso de ser “Iglesia de los pobres”, y que quiere
hacer suya la “opción por los pobres”, pero no es evidente que esas palabras se hayan hecho
carne y habitado entre nosotros, en nuestro caso. ¿Se puede decir que hoy, para la Iglesia en
Argentina, los pobres están en el centro? No lo parece. Y si ese es su firme deseo, queda todavía
un largo trecho. La crisis argentina, que comenzó en 1976 con la política de Martínez de Hoz, y
no se ha modificado más que cosméticamente, sigue engendrando ricos cada vez más ricos a
costa de pobres cada vez más pobres. Si la Iglesia ha optado por estos últimos, debería alzar más
nítidamente su voz profética y acompañar más claramente sus esfuerzos de liberación; debería
arriesgar su prestigio junto a las víctimas del neoliberalismo y echar su suerte “con los pobres de
la tierra”.

Eduardo de la Serna