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Conformación del Sistema Político

Territorial
EL SISTEMA POLÍTICO TERRITORIAL
RAÚL C. REY BALMACEDA
GRACIELA M. DE MARGO

1. Aspectos teóricos

El análisis de la República Argentina contemporánea desde el punto de vista perteneciente a la geografía política
no puede ser realizado en forma cabal sin penetrar, como tarea liminar, en los pertinentes aspectos teóricos. Esto es
así por una sencilla razón: la apasionante temática que aborda la geografía política ha atraído a estudiosos de
distintas disciplinas y también a improvisados que han incursionado, con éxito vario, en esa temática y han producido
algún grado de perturbadora confusión.
Quizá en este orden de ideas la confusión acerca de los verdaderos contenidos, propósitos y límites de la geografía
política y de la geopolítica sea la más perniciosa.

1.1 Concepto de territorio

El concepto de territorio ha adquirido significativa complejidad en los últimos tiempos y ello justifica que en esta
oportunidad lo abordemos con adecuado detalle.

1.1.1 Etimología

La palabra territorio procede del latín territorium y su equivalente castellano aparece entre los años 1220-1250,
derivándose del latín terra.
El diccionario académico de nuestra lengua indica que la palabra territorio, en su primera acepción, significa
«Porción de la superficie terrestre perteneciente a una nación, región, provincia, etc.» En términos generales la
definición es correcta es bien en nuestro caso debe aplicarse a un Estado.
Por su parte, el diccionario de ciencias sociales (Del Campo, c. a. 1976: 1045) señala que «puede hablarse de un
territorio en un sentido antropológico-cultural y por lo tanto psicológico-cultural, político, jurídico, etc. y en un
sentido biológico, apoyándose el primero en el segundo». El territorio se añade— «es la parcela geográfica que sirve
de hábitat exclusivo a un grupo humano a un grupo animal o individuo". La condición de exclusivo se menciona
porque el individuo o el grupo tienden a mantener celosamente su derecho a habitar y explotar esa área geográfica
sin interferencias por parte de otros individuos» o de otros grupos.
En lo que atañe al concepto de superficie terrestre incluido en esa definición, puede puntualizarse que en la
moderna ciencia geográfica se aplica a la parte externa de nuestro planeta Tierra y a la parte inferior de la atmósfera.
Se trata, en consecuencia, de una superficie tridimensional, con un espesor que se refiere a la posible actividad
humana habitual: el vuelo de aviones en el caso de la atmósfera, una perforación petrolera en el caso de la litosfera.

1.1.2 Territorio y vida

El concepto de territorio es válido para numerosas especies de animales. El instinto territorial ha sido
minuciosamente estudiado por diferentes autores arribándose a conclusiones muy importantes en el dominio de la
etología en lo referente a los nichos que las distintas especies ocupan en la naturaleza, la competencia entre los
animales, etcétera.
Así como ocurre en las especies animales, el hombre tiene también sus límites territoriales. Los etnógrafos, por su
parte, han demostrado que pueblos con escaso desarrollo cultural –a veces calificados como «primitivos»– también
han tenido y tienen un agudo sentido de propiedad territorial y han explicado que las luchas entre los grupos o tribus
vecinos generalmente reconocían como causa una cuestión relacionada con el dominio del territorio.
En, la actualidad se habla de los «mecanismos de territorialidad», un concepto nuevo recientemente introducido
en el estudio del comportamiento humano. En términos generales se sostiene que las aves y los animales, así como el
hombre, poseen una característica o rasgo genético que produce la necesidad de definir un «área doméstica» o
«territorio» cuya defensa, a través de los derechos a repeler intrusos, es respetada y llega codificada. En las áreas
urbanas, los grupos sociales también definen en numerosas oportunidades sus territorios, y si bien muchos de ellos
están vagamente delineados, ocasionalmente se levantan barreras defensivas; de la misma manera, en lugares
residenciales de nivel elevado en muchas partes del mundo se toman medidas para evitar el ingreso de personas no
deseadas.
Cabe señalar, en consecuencia, que desde los pueblos más primitivos hasta las sociedades más avanzadas han
ejercido un sentido de propiedad territorial que se fue agudizando con el devenir histórico. El hombre se ha vinculado
siempre con el territorio que lo ha acogido. Ya el geógrafo alemán F. Ratzel desarrolló el concepto de «Lebensraum» o
«espacio vital» al referirse «al elemento en que respira el cuerpo político y en el que, a impulso de las leyes de la
naturaleza, se expande y crece para convertirse así en parte inseparable del organismo vivo del Estado» (Weigert,
1944:108). Si bien los conceptos vertidos por este geógrafo han sido puestos en tela de juicio en numerosas
oportunidades, puede señalarse que la noción de «espacio vital» ha sido de uso habitual en numerosas ciencias.
Podemos concluir señalando que el territorio es la primera e inmodificable condición para la vida y que la
naturaleza de la base territorial afecta en muchos sentidos a la estructura social de la comunidad, su
desenvolvimiento y sus modos de vida.

1.1.3 Espacio o territorio

En numerosas oportunidades se ha visto el erróneo y reiterado reemplazo del vocablo territorio, de acepción
precisa, por el de «espacio». El diccionario académico de nuestra lengua no aporta elementos que permitan tal
reemplazo. Por lo demás la expresión «espacio territorial» es espuria.
La palabra «espacio» es utilizada por diferentes ciencias adquiriendo connotaciones dispares en cada una de ellas.
Es también utilizada en el desarrollo del pensamiento templario, en la teoría onfálica y en otras actividades dispares
(Cooper, 1978:155). Asimismo, ha sido comprobado que el concepto de «espacio» de cada individuo es único,
diferente al de otros que integran su mismo grupo (en relación con la edad, la cultura, el estadio del ciclo vital, etc.) y
en esa determinación mucho ha investigado la geografía de la percepción.
El concepto de territorio, por el contrario, posee cierto grado de inmutabilidad y de perdurabilidad, tanto para la
totalidad de sus propios pobladores como para los habitantes de otros Estados.
La palabra espacio no aparece en algunos diccionarios (i. a. Stamp, 1961; Sagredo, 1972): en el dirigido por Pierre
George sólo se encuentra la expresión «espacio económico» (George, 1970:161), en tanto que en el de Monkhouse
únicamente figuran las expresiones «espacio muerto» y «espacio vital» (Monkhouse, 1978:179).
Sin embargo, en varias publicaciones geográficas se emplea la palabra espacio. Tal cosa ocurre con el conocido
libro de Paúl Claval titulado Espace etpóuvoir (Claval, 1978); con los volúmenes editados por Tommy Carlstein y otros
con el título general de Timing space and spacing time (Carlstein, e. a.; 1978) y con muchas obras referidas a la
temática que aborda la geografía regional (Frémont, 1976; Dollfus, 1976; Dumolard, 1981). En otro trabajo (Rey
Balmaceda, 1972) se han distinguido tipos de espacio al desarrollar la teoría y la práctica de la geografía regional.
Asimismo, J. A. Roccatagliata ha publicado un oportuno trabajo sobre el empleo del término desde la óptica
geográfica (Roccatagliata, 1982). El trabajo de Jean Gottman titulado The significance of territory puede citarse como
contrapartida; en él la palabra territorio alcanza su verdadera dimensión (Gottman, 1973).
En los campos de la geografía cuantitativa y de la geografía teórica es habitual el empleo de la palabra espacio no
ya como reemplazo de territorio sino como sustituto de la expresión «superficie terrestre», lo cual se relaciona con la
visión de esa superficie que ofrecen dichas orientaciones.
Debemos traer a colación que la expresión «espacio de un Estado» involucra, muchas veces, partes de la
superficie terrestre ocupadas ilegalmente, sometidas o protegidas por un Estado sin que integren cabalmente su
territorio; asimismo, el «espacio de un Estado» está constituido por áreas que están sometidas a sus designios
económicos, aunque no constituyan el cuerpo territorial del Estado.
Para concluir, diremos que por todo lo dicho queda suficientemente desacreditado el empleo del término
«espacio» en reemplazo del de territorio. Asimismo, cabe señalar que el territorio indica la tierra donde están
sepultados nuestros ancestros, nomina la tierra en que vivimos, otorga una nacionalidad; por todo ello cabe
puntualizar que el territorio integra el concepto de patria. Sanguin (1981:55) ha señalado que el concepto de patria
«es más bien un sentimiento local generador de emociones profundas; es la experiencia íntima de lugares y el
sentido de la fragilidad del bienestar... Es, hasta cierto punto una especie de sueño individual donde se encuentran
esquematizadas e idealizadas las cualidades del pasado, del presente y del futuro de la tierra cotidiana». Como ha
señalado J. A. Roccatagliata (1982) «un pueblo con su historia y tradición se proyecta y arraiga a su territorio y forma
con él algo indivisible». Cualquier intento de mutilación territorial implica agredir el cuerpo mismo del Estado; de ahí
el concepto de integridad territorial.

1.2 Territorio, nación y Estado

Todo Estado está integrado por tres elementos ineludibles: el territorio, el pueblo y la organización jurídica que lo
estructura. Algunos tratadistas consideran que existe un cierto componente: la finalidad.
Es necesario, ahora, abordar el concepto de nación dado que en algunas oportunidades se lo considera
equivalente a pueblo y en otras como sinónimo de Estado.
La nación es el conjunto de personas que pertenecen a la misma etnia, que hablan la misma lengua, que profesan
la misma religión y que poseen un pasado común, se trasunta en su vida cultural, costumbres, forma de vestir,
idiosincrasia, etc.). En algunos casos se encuentran dispersas por el mundo (caso de la nación gitana), por lo que no
constituyen en forma exclusiva el pueblo de ningún Estado en particular, sino que integran parcialmente numerosos
pueblos.
En algunos casos el concepto de nación es equivalente a pueblo y ello es así cuando el pueblo de un Estado es lo
suficientemente homogéneo como para permitir esa sinonimia. En este sentido es habitual, por ejemplo, la
referencia a una «nación francesa».
En otros casos se hacen sinónimos los conceptos de nación y de Estado y ello reporta confusiones pues un Estado
puede estar formado por varias naciones (caso de Suiza y de la URSS).
En nuestro país es habitual la identidad entre nación y Estado —como veremos de inmediato, pero nosotros, en
este escrito, preferimos utilizar la palabra nación sólo para referirnos a las personas que constituyen un grupo
homogéneo, aunque no habiten en el mismo Estado.
La expresión «Estado nacional», de uso reiterado, puede considerarse como manifestación de que existe una
evidente amalgama entre los elementos que constituyen un Estado, que es el resultado de una larga maduración
histórica, como señala Sanguin (1981: 58).

1.2.1 El territorio

El territorio del Estado, en el que se asienta la población y desarrolla la vida, es la base física esencial de aquél y
determina en cierto sentido sus características.
En primera Instancia, el territorio perteneciente al Estado comprende una parte de la superficie emergida de
nuestro planeta sobre la que aquél ejerce soberanía. En consecuencia, debe existir por parte de los demás Estados un
reconocimiento tácito, de esa soberanía para que sea efectiva. Esa parte de nuestro planeta puede ser una parcela de
un continente, un archipiélago, una porción de una isla, etcétera.
En segunda instancia, constituyen el Estado porciones de las superficies y de las masas oceánicas y de las áreas
sumergidas, si se trata de uno con acceso al mar. En tercera instancia, el hecho de ejercer soberanía sobre una parte
de la superficie del planeta adiciona a todo Estado una porción del espacio aéreo y otra del espacio cósmico. En
cuarta y última instancia pertenece al Estado el cono del globo terráqueo definido por todos los radios terrestres que
tocan los puntos que constituyen sus confines y alcanzan el centro de la Tierra.
Por todo lo manifestado consideramos que el territorio de un Estado no es un plano, sino una superficie que
posee espesor, es decir, tiene tres dimensiones. Ese espesor se extiende desde el centro de la Tierra hasta el infinito y
varía permanentemente en relación con los distintos movimientos que, realiza nuestro planeta en el espacio
astronómico.

1.2.2 El pueblo

Concebido como la totalidad de los habitantes o población, el pueblo es el acervo más precioso de un Estado.
Todo lo que a él se refiere debe constituir, en consecuencia, una preocupación preferente de los gobernantes.
Asimismo, cabe señalar que la población en la vida de un país no se desarrolla como algo meramente, material—
una estructura—sino que tiene un alma que es el impulso vital. Éste impulso le permite al Estado enfrentar con
mayor o menor éxito problemas relacionados con la disponibilidad de recursos, un territorio reducido, la existencia
de vacíos de población, o presiones demográficas significativas o sea que está en relación directa con el éxito en
vencer los desafíos de la historia.
Refiriéndonos al conocido trabajo de J. Gottman The significance of territory (1973) podemos manifestar que la
actitud de los habitantes respecto del territorio ha tenido siempre un interés fundamental en la geografía. El
territorio aparece como una noción material y espacial que establece los vínculos entre la política, el pueblo y el
marco natural. La función primordial del territorio consiste en definir las relaciones entre la comunidad y su hábitat,
por un lado y entre la comunidad y sus vecinos, por el otro.
Q. Wright (1948:3.9) señalaba que los cambios de población, como los cambios de clima, descubrimientos
geográficos y geológicos, invenciones técnicas y sociales influyen en gran medida en el comportamiento político de
los Estados, pero cuanto más «civilizados» son los pueblos menos determinantes resultan tales factores. Por su parte,
A. L. Sanguin (1981:39) indica que son siete los parámetros cualitativos que definen políticamente a los habitantes del
territorio: cultura, educación, salud, raza, lengua, religión y espíritu nacional.
En suma, el Estado es la manifestación de los habitantes del territorio en organizarse espacialmente; es ahí donde
surge el concepto de territorialidad y el de sentimiento de pertenencia como el señalado apego de los habitantes
hacia el medio en el que desarrollan sus actividades.

1.2.3 El gobierno

El tercer componente del Estado es la organización jurídica, a veces reconocida como «organización política»,
«gobierno», «estructura institucional», etc. La organización jurídica hace referencia a los múltiples elementos que
regulan permanentemente los deberes y los derechos de todos y cada uno de los habitantes de un Estado,
enmarcando al mismo tiempo su funcionamiento como
Los distintos Estados representan organizaciones políticas emanadas de una comunidad que se dota a sí misma de
un sistema de gobierno para –entre otros aspectos– preservar el bienestar y la seguridad de los habitantes, mantener
la integridad territorial del Estado, permitir que los individuos puedan satisfacer sus necesidades espirituales,
intelectuales, etcétera.
El sistema de gobierno da origen a una gran variedad interestatal, teniendo esto último connotaciones en el
ordenamiento territorial y en la conformación de los diferentes paisajes políticos. También debe destacarse la
importancia y trascendencia de la capacidad económica de todo Estado ya que posibilita orientar las inversiones
públicas, de acuerdo con políticas específicas, hacia los sectores económicos o regiones del Estado en los que se crea
conveniente o aconsejable llevarlas a cabo, bien para una mejor explotación y movilización de los recursos existentes,
bien para una progresiva integración territorial.

1.2.4 Finalidad del Estado

La finalidad o razón de ser del Estado constituye su cuarto y último componente y se refiere a las normas éticas y a
los propósitos que le dan sentido y guían la acción de sus gobernantes está integrada por los fines supremos del
Estado, o sea las aspiraciones e ideales históricos del pueblo, destinados a colmar las esperanzas colectivas de la
comunidad. Esta finalidad está expresada generalmente en Constituciones según enunciaciones formales como las
siguientes: paz y prosperidad; pan y libertad; orden y progreso; libertad, igualdad; seguridad y bienestar; felicidad del
pueblo y grandeza de la nación etc. En otras palabras, representan las exigencias que el pueblo le plantea al Estado al
precio de su lealtad. En la República Argentina esas aspiraciones supremas están indicadas en el preámbulo de la
Constitución.
A pesar de estar ignorado en mucha literatura de geografía política, el concepto de razón de ser no constituye un
pensamiento nuevo. F. Ratzel definió al Estado como una sección de tierra y una sección de humanidad organizadas
en una unidad singular en términos de una idea distintiva y particular; O. Maull, por su parte, discutió el concepto con
cierta profundidad en su Politische Geographie (1925) y más tardíamente R. Hartshorne (1940; 1950; 1954), L. K. D.
Kristof (1967), R. Muir (1979)) y A. L. Sanguin (1981) se han ocupado del tema. R. Hartshorne, en su trabajo del año
1954, ha puntualizado que cada Estado debe buscar para entregar a su pueblo un propósito o propósitos específicos
disantos de los formulados en otros Estados, según los cuales todas las clases de personas de todas las diversas áreas
de la región se identificarán con el Estado que los contiene dentro de un área organizada. Este concepto de complejo
de propósitos específicos en cada Estado ha sido llamado «idea de Estado» por los autores seguidores de Ratzel y por
otros «razón de ser» o justificación del Estado.
A. L. Sanguin (1981) diferencia la idea de Estado de la razón de ser del Estado, indicando que esta última deriva de
la primera, es decir, que la razón de ser deviene una concepción moral y filosófica del destino del Estado y de su
misión en términos de teleología humana universal. La idea estatal ayuda al pueblo a poseer una imagen de sí mismo,
de aquello que es y de aquello que será.

1.2.5 Nación Argentina y Estado argentino

El preámbulo y el artículo 35 de la Constitución Argentina (1853) mencionan explícitamente el concepto de


«Nación Argentina», mención que se repite en otros artículos. El tratadista Joaquín V. González ha considerado que
en este caso los términos Nación y Estado son equivalentes, pero con la salvedad de que es la nación organizada, bajo
la forma o sistema que ella ha resuelto adoptar, la que se transforma en Estado (González, 1983:87), idea que ha
ratificado al manifestar que dicha Constitución ha aceptado que la Nación —compuesta por las provincias— era
preexistente al Estado. Asimismo, ha considerado el célebre autor riojano que la Constitución ha estado inspirada en
la idea de que un solo pueblo forma el país y que sólo los términos nación y provincias son los que corresponden al
derecho constitucional argentino.
Empero, en el quehacer argentino en el campo de la geografía política es habitual el empleo del término Estado en
lugar del de Nación y con los mismos alcances.
Con respecto al nombre oficial de nuestro país puede recordarse el conocido decreto de Derqui del 8 de octubre
de 1860 que estableció que es el de República Argentina.

2. La determinación del territorio argentino

2.1 La definición histórica del territorio argentino

Salvo algunas pocas excepciones, todos los Estados contemporáneos reconocen antecedentes históricos que les
otorgan validez. En otras palabras: los Estados no son productos de generaciones espontáneas o de aleatorios
procesos de azar, sino que hunden sus raíces en la historia, veces muy profundamente.
En lo que atañe a la República Argentina es indudable que sus raíces se encuentran en la acción político-
administrativa cumplida por España en las Indias, que en la parte de América que nos interesa, había organizado un
virreinato constituido por ocho intendencias y cuatro gobiernos militares, con el fin de poner coto a las expansiones
territoriales del actual Brasil.

2.1.1 La Argentina y el Virreinato del Rio de la Plata

Los sucesos ocurridos en Europa a principios del siglo XIX resquebrajaron, de distinta manera, la estructura
establecida en América por España. En mayo de 1810 en Buenos Aires, como es sabido, se designa una Junta para
que gobierne al Virreinato del Río de la Plata en tanto se mantuviese la situación de acefalía en Madrid. Distintos
sucesos llevaron a la declaración de independencia de los territorios que componían ese virreinato, que reciben
nueva denominación y pasan a constituir una república. Se ha aventurado, recientemente, una interpretación distinta
de este proceso según la cual la República Argentina no sería –en el tiempo y en espacio– la legítima heredera del
Virreinato del Río de la Plata (Menéndez, 1982).
Lo concreto es que desde Buenos Aires se gobierna, ciertamente con algunos escollos y tropiezos, el territorio que
constituía el virreinato. Esta situación quedó convalidada por el congreso reunido en Panamá en 1826 (ratificado por
el congreso interamericano reunido en Lima en 1847) en el que se decidió que los países americanos que entonces
surgían a la vida política autónoma debían aplicar el principio del uti possidettis, es decir, que debían mantener los
territorios que los integraban al momento de declararse independientes. La fórmula jurídica completa es uti
possidetis ita possideatis (como poseéis seguiréis poseyendo).
Esa es, en consecuencia, la definición histórica del territorio argentino en su solar o tronco inicial.
2.1.2 La integración del territorio argentino en 1810 y en la actualidad

Distintos estudiosos han tratado de establecer con precisión los límites del Virreinato del Río de la Plata, pero
siempre se han encontrado con dificultades insalvables, en términos generales es correcto manifestar que se extendía
desde un lugar que pertenecía entonces al gobierno militar de Moxos, al Norte de la actual Bolivia, hoy en poder del
Brasil, hasta el cabo de Hornos o, si se quiere, hasta la isla Diego Ramírez Era bioceánico pues poseía costa sobre el
Atlántico y sobe el Pacífico. Lo integraban, asimismo, las islas Malvinas y las denominadas Antillas australes en mérito
a lo acordado en la convención de Nootka Sound (1790), por la cual el Reino Unido se comprometió a no levantar
ningún establecimiento al Sur de las costas ocupadas entonces por España. La extensión territorial del virreinato
puede estimarse en 5.000.000 de km2.
Para entonces —principios del siglo XIX— el mar territorial se extendía hasta un tiro de cañón y nada se pretendía
con respecto a los fondos oceánicos. La Antártida era poco conocida y estaba teóricamente sometida a las
estipulaciones de Tordesillas, a lo establecido en las bulas papales y a lo acordado en la mencionada convención de
Nootka Sound.
En la actualidad el Virreinato del Río de la Plata ha desaparecido como entidad jurídica y como unidad territorial.
En su lugar existen cuatro países (Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) y algunos trozos integran las repúblicas de
Chile y del Brasil. Sin embargo, más de una vez se ha enfatizado sobre la necesidad y conveniencia de reconstruir esa
magna unidad territorial, pero cabe pensar que tales propósitos son irrealizables en la actualidad. El tronco común
quizá sea un buen acicate para alcanzar una cálida hermandad y una efectiva complementación en varios órdenes.
La historia explica el proceso de desintegración o desmembramiento del otrora magnífico virreinato, que es
posible añorar, pero de todos modos ese proceso debe usarse como «advertencia de lo por venir» –como señalaba
Cervantes con respecto a las preocupaciones territoriales que aquejan hoy a nuestro país y que abordaremos más
adelante en este mismo capítulo.
Integración del patrimonio territorial argentino en 1810, 1910 y en 1986.

2.2 La integración del territorio argentino

2.2.1 La definición de porciones

El territorio de la República Argentina es inescindible, constituye una unidad indisoluble. Empero, desde un punto
de vista político, es posible aceptar la existencia de provincias y de otras jurisdicciones, hecho que no vulnera la
mencionada unidad.
De igual modo es posible, desde un punto de vista geográfico, diferenciar porciones, o sea, partes considerables
de ese todo indivisible. Esa diferenciación tiene como propósito facilitar la descripción y comprensión de un territorio
particularmente complejo. Una primera diferenciación permite distinguir una porción americana y una porción
antártica atendiendo al hecho de que nuestro país es bicontinental. Pero esa diferenciación no es completa, pues
resultan excluidos espacios que no es habitual incluir en los aludidos continentes, como ocurre, por ejemplo, con el
mar del Scotia.
Convendrá, entonces, aceptar la distinción de tres porciones del territorio argentino en la parte externa de
nuestro planeta; americana; oceánica y antártica. Por lo demás, razones de índole histórica y jurídica avalan esa inicial
distinción geográfica, como indicaremos inmediatamente.

2.2.2 La porción americana

La porción americana del territorio argentino está constituida por la parte emergida del continente americano que
se nos reconoce como propia a nivel internacional por ser legítimos herederos del Virreinato del Río de la Plata. Se
trata, por cierto, del solar patrio.
Esta porción está limitada, en los tramos correspondientes, por los límites internacionales con Bolivia, Chile,
Paraguay y Uruguay y por la línea de las más bajas mareas en fachada. Se extiende -en sentido Norte, Sur- desde la
confluencia de los ríos Grande de San Juan y, Mojinete (a 21°46' de latitud Sur), en la provincia de Jujuy, hasta el cabo
San Pío (55°03'30" Sur).
En la Tierra del Fuego este punto meridional es una consecuencia del tratado de límites acordado con Chile en
I984.
Complementan este territorio emergido las masas de agua contiguas que revisten el carácter de «aguas
interiores», sobre las cuales la soberanía argentina es absoluta. Se encuentran en tal condición la parte del Río de la
Plata que nos corresponde y las partes interiores de numerosos golfos atlánticos.
Con respecto al Río de la Plata debe recordarse que nos corresponden, con jurisdicción exclusiva dos franjas según
lo establece el tratado de límites acordado con el Uruguay en 1973.La primera franja, de dos millas marinas de ancho,
se extiende desde el paralelo de Punta Gorda hasta la línea imaginaria que une punta Lara (Argentina) con Colonia
(Uruguay); desde esa misma línea imaginaria hasta el límite exterior del río (acordado con el Uruguay en 1961) se
extiende la segunda franja de siete millas marinas de ancho. Asimismo, debe tenerse presente que corresponde a la
República Argentina la parte del lecho y del subsuelo del río en cuestión definida por 23 puntos que sirven para
determinar las jurisdicciones respectivas de los dos países ribereños. Dado que la superficie de ese río sui géneris ha
sido calculada en 30.212 km2 (Argentina, Derrotero, pág. 52) debe adicionarse la mitad, aproximadamente, de esa
superficie al patrimonio territorial argentino.
Con respecto a las "aguas interiores" correspondientes a los golfos San Matías, Nuevo y San Jorge y a otros senos
menores-materia en la que existe suficiente consenso internacional- debe puntualizarse que nuestro país se ha
expedido en el asunto por medio de la ley nacional 17.094, promulgada en 1967, pero deben establecerse las "líneas
de base" pertinentes que definan con precisión esas aguas interiores. Al momento de redactarse estas páginas se
encuentran en proceso de tratamiento en el Parlamento argentino dos proyectos de ley -presentados por el señor
diputado Jorge O Ghiano (Argentina. Cámara de Diputados de la Nación, Diario de sesiones, 39a reunión, marzo 6 y 7
de 1986, pp. 7349 a 7.352)- que establecen las líneas de base (tanto normales como rectas) que permitan precisar los
espacios marítimos sobre los que la Argentina ejerce soberanía absoluta, derechos de soberanía o jurisdicción según
corresponde de conformidad con el derecho internacional y con lo establecido en la Convención del Mar.
Por todo lo expuesto, y teniendo en cuenta las apreciaciones que periódicamente proporciona el Instituto
Geográfico Militar argentino acerca de la magnitud del territorio nacional, consideramos que la extensión deja
porción americana emergida de nuestro país es del orden de 2.800.000 km 2 cifra que podrá ser ajustada cuando se
disponga de información detallada sobre los sectores todavía no precisados.
2.2.3 La porción oceánica
La República Argentina ha alcanzado muy lentamente una clara percepción de su condición de país oceánico y de
la importancia que reviste el mar para la humanidad. Desde el punto de vista geopolítico es recién en la actualidad
cuando comienza a percibirse la posibilidad de disponer de un espacio propio significativo en el Atlántico Sur, sobre el
cual pueda proyectarse de modo indubitable. De lo dicho se desprende la necesidad de que nuestro país logre una
cabal comprensión sobre las características de su porción oceánica.
Tanto desde el punto de vista geográfico como en referencia a los diferentes status políticos pueden distinguirse
tres componentes distintos en la porción oceánica: las tierras emergidas, representadas por varios archipiélagos; los
fondos oceánicos, que prolongan la masa americana emergida hasta alcanzar las profundidades abisales y,
finalmente, las masas oceánicas.
Las tierras emergidas están constituidas por varios archipiélagos que en conjunto son denominados
habitualmente «islas del Atlántico Sur». Se trata de islas continentales pues están emplazadas en el margen
continental (Rey Balmaceda, 1983:95-96), si bien existe entre ellas significativas diferencias desde el punto de vista
geológico: las islas Malvinas son antiguas y las restantes que integran el denominado «arco de las Antillas australes»;
son más modernas (más detalles en el capítulo pertinente de esta misma obra).
La lista de estas pequeñas tierras emergidas está constituida, además de las Malvinas, por las islas Georgias del
Sur, Sándwich del Sur, Aurora (o Cormorán) y la Roca Negra («Clerke» en la toponimia inglesa). Desde un punto de
vista geológico correspondería incluir a las islas Oreadas del Sur y Shetland del Sur, pero se las considera antárticas
por estar situadas al Sur del paralelo de 60° Sur; también se debería incluir la Isla de los Estados, pero por su
proximidad a la costa fueguina se considera habitualmente que esta isla forma parte del archipiélago fueguino.
La extensión aproximada total de estas islas que integran la porción oceánica del territorio nacional es de 16.000
km correspondiendo a las islas Malvinas —con sus. 11.718 km 2 — la mayor parte.
2

No hace falta recalcar la singular importancia de estas islas como mojones de una soberanía y jurisdicción que la
geografía, la historia y el derecho confieren, indiscutiblemente, a la República Argentina en esta parte del océano
Atlántico Sur. La usurpación realizada por el Reino Unido, con una pertinacia digna de mejor causa, no menoscaba la
legitimidad de los reclamos argentinos.
Con respecto a los fondos oceánicos, debe manifestarse que nuestro país tiene que respetar fielmente todo lo
acordado en la denominada Convención del Mar que ha firmado, sin perjuicio de manifestar su reticencia en relación
con el Acta Final de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar por la inclusión de una
declaración (Resolución III) que fue inserta en forma intempestiva (Rey Balmaceda, 1983:144-146; véase asimismo
Boletín de Gaea. Soc. Arg. De Estudios Geográficos, 104,1985:32). Esta Resolución III menciona presuntos derechos
que podría ejercer la población intrusa en las islas Malvinas (Sanz, 1982) y por su importancia ha sido reproducida
oportunamente (Rey Balmaceda, 1983:195-196).
La Convención del Mar dedica su parte VI a la «plataforma continental» (pp. 3943) y reconoce ciertos derechos a
los Estados costeros sobre esa parte del continente hoy sumergido hasta el «borde exterior del margen continental»
o bien hasta una distancia de 200 millas contadas desde las líneas de base a partir de las cuales se mide la anchura
del mar territorial" (art 76, párrafo 1). Ha previsto, asimismo, los procedimientos que dichos Estados pueden aplicar
para determinar las áreas en las que ejercerán sus derechos de exploración y explotación hasta una distancia máxima
de las líneas de base que no podrá exceder las 350 millas marinas o bien hasta no más de 300 millas marinas con
referencia a la isobata de 2500 m. Se ha considerado (Daverede, 1983:92) que el margen continental correspondiente
a nuestro país queda cubierto en su totalidad mediante la aplicación de esos dos procedimientos alternativos
establecidos por la Convención.
Se han propuesto distintas estimaciones sobre la magnitud de los fondos oceánicos que corresponden a nuestro
país. Una estimación moderada, basada en cálculos fundados en información batimétrica, permite sostener una
extensión para esos fondos de 2.500.000 km 2; quizá la cifra máxima sea la proporcionada por el profesor Juan
Guillermo Milia: 3.300.000 km 2 (Milia, 1983:14). Sea una u otra la cifra verdadera, que deberán determinar los
pertinentes organismos técnicos, lo importante es la ingente riqueza minera involucrada en forma de hidrocarburos,
nódulos polimetálicos, etc.
Con respecto a las masas Oceánicas -tercer elemento que constituye la porción oceánica del territorio argentino-,
la Convención del mar ha establecido las siguientes franjas a partir de las líneas de base definías por el país costero.

a) el mar territorial, de 12 millas marinas de ancho donde el Estado costero ejerce soberanía con arreglo a lo
dispuesto en la propia Convención y a otras normas de derecho Internacional (art. 2);
b) la zona contigua, también de 12 millas marinas de ancho contadas a partir del término del mar territorial
en la que se podrán tomar las medidas de fiscalización necesarias para prevenir infracciones a las leyes y
reglamentos aduaneros, fiscales, de inmigración o sanitarios (art. 33);
c) la zona económica exclusiva, de 200 millas marinas de ancho contadas a partir de las líneas de base en la
que el Estado costero tiene derechos de soberanía para la exploración, explotación, conservación y
administración de los recursos naturales (vivos y no vivos) tanto de las aguas como del lecho y del
subsuelo (art. 56).

Mas allá de la zona económica exclusiva (o «mar patrimonial») se extiende el «mar libre», o sea, las aguas
oceánicas que se encuentran fuera del control de cualquier Estado y que constituyen una res communis reservada
para toda la humanidad.
Debemos aclarar que la zona económica exclusiva no debe ser confundida con el «Mar Argentino» que aparece en
algunos mapas oficiales argentinos, dado que en ese caso se trata de la masa oceánica que se encuentra encima de la
plataforma (mar epicontinental), generalmente limitada por la línea de costa y la Isobata de 200m. Tal como se ha
señalado en otra oportunidad (Rey Balmaceda, 1979: 266), el mar epicontinental es una noción geográfica y
oceanográfica que ha perdido vigencia política desde la aprobación de la Convención del Mar.
Asimismo, debe puntualizarse muy especialmente que la existencia del mar territorial (a veces denominado «mar
jurisdiccional») no es impedimento para que los buques de cualquier bandera gocen del derecho de paso inocente,
entendiéndose por tal la navegación rápida e ininterrumpida a través del mar territorial sin realización de actividad
militar de cualquier naturaleza; los submarinos debieran navegar en la superficie. La existencia de la zona económica
exclusiva, por su parte, no es impedimento para que en ella se realicen actividades de explotación de recursos vivos
por buques de otros Estados pero siempre con sujeción a las normas impuestas por el Estado costero: concesión de
licencias, fijación de cupos de captura, establecimiento de temporada de pesca, definición de los aparejos a
emplearse, etc.; la acción ilegal y depredatoria realizada por buques de distintas banderas (de Chile, de Japón, de
Polonia, de Taiwán, etc.) en la zona económica exclusiva argentina ha sido motivo de acciones punitivas cumplidas
por el gobierno argentino en distintas oportunidades. Estos hechos demuestran palmariamente la urgente necesidad
de que la República Argentina defina, con validez internacional, su zona económica exclusiva.
Según el Instituto Antártico Argentino, la zona económica exclusiva argentina alanza una extensión total de
1.420.000 km2 incluyendo obviamente al sector que corresponde a las islas Malvinas. Si agregamos las zonas
correspondientes a las islas Georgias del Sur y Sándwich del Sur ese total se acrecienta a aproximadamente 2.000.000
de km2 (Fraga,1983).

2.2.4 Porción antártica

El sector Antártico Argentino -ubicado en la región antártica occidentales un triángulo esférico con vértice en el
Polo Sur geográfico y con base en el paralelo 60° S, cuyos lados son los meridianos 25° y 74° O. Es dable señalar que la
totalidad de ese triángulo, o sea, tierras libres de hielo, tierras cubiertas por la calota polar, glaciares que avanzan
sobre el mar, islas y masa oceánica, debe ser considerada como integrante del territorio nacional, pese a la existencia
del Tratado Antártico vigente hasta 1991.
El Instituto Geográfico Militar ha informado que «la superficie total del triángulo esférico que delimita la Antártida
Argentina es de 5.029.283 km2» (Argentina, Atlas, pág. 85), correspondiéndole a la «tierra firme» un total de 965.000
km2.
En otros trabajos (De Marco, 1978; Rey Balmaceda, 1979) han sido analizadas con profundidad las cuestiones
relativas al status jurídico de la Antártida Argentina: sólo podemos señalar que nuestro país, por su posición
geográfica, los antecedentes de índole histórica, la participación en la participación en la exploración de Antártida y
en el salvamento de expediciones extranjeras y sobre todo por ser el único país que cuenta con una instalación sin
interrupción desde 1904, tiene adquiridos legítimos derechos a la posesión del sector antártico. Como ha señalado
Fraga (1978:228-9) los derechos argentinos se basan en todos los argumentos posibles e imaginables que han servido
de base para la adquisición de soberanía en el derecho internacional: descubrimiento, exploración, intervención de la
Armada, proximidad geográfica, continuidad geológica, herencia, ocupación, actos administrativos, presencia y
actividad.

2.2.5 Otras porciones plausibles


La Argentina está integrada por las tres porciones descriptas anteriormente en lo que atañe a la parte externa de
la Tierra, pero con ello no se agotan sus posibilidades territoriales partiendo de una consideración amplia del
concepto de territorio.
Hoy en día, en efecto, se acepta universalmente que los Estados ejercen soberanía en el espacio aéreo que se
encuentra sobre sus respectivos territorios y así lo ha entendido nuestro país, que mediante la ley 13.891 ha
aceptado y convalidado un convenio concretado en Chicago en 1944 en tal orden de ideas. Este convenio, empero,
previo la posibilidad del paso inofensivo de las aeronaves civiles extranjeras en los espacios aéreos nacionales, pero
en todos los casos sujeto a las normas impuestas por el país subyacente.
La cuestión se ha complicado a partir del momento en que el hombre comenzó a utilizar el espacio ultraterrestre.
Al respecto se crearon en las Naciones Unidas comisiones que abordan el asunto y la tesitura internacional que se ha
impuesto es que dicho espacio es patrimonio común de la humanidad y no podrá ser utilizado con fines militares.
Una complicación accesoria surgió con la posibilidad cierta de utilización -con fines comerciales o de otra naturaleza-
de los satélites geosincrónicos, sobre lo que existe honda preocupación internacional (Milia, s. f.).
Otra porción plausible del territorio argentino es la parte del planeta que en forma de enorme cono está definida
por los radios terrestres que pasan por los puntos extremos del territorio nacional (incluyendo los correspondientes
al margen continental hoy cubierto por las aguas oceánicas) y que, obviamente, confluyen en el centro de la Tierra.
Se trata, en consecuencia, de Un «cono de soberanía» (Rey Balmaceda, 1979:137) que ya ha comenzado a ser
explotado (por ejemplo, por medio de las perforaciones petrolíferas y que no sabemos en qué medida podrá serlo en
el futuro.

2.3 La división política de la República Argentina

La actual división política de primer grado del territorio argentino en su porción americana emergida reconoce
antecedentes remotos. Fue entre los años 1813 y 1814, en efecto, que varias ciudades adquirieron —en mérito a la
acción desarrollada por sus respectivos cabildos— una plena vida política y organizaron, con las áreas rurales,
circundantes, las provincias iniciales, situación que quedó consolidada al superarse la anarquía de 1820. Para
entonces nuestro país estaba integrado por las siguientes provincias: Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, Corrientes,
Entre Ríos, La Rioja, Mendoza, San Juan, San Luis, Santa Fe, Santiago - del Estero, Salta y Tucumán, agregándose Jujuy
en 1834 al desprenderse de Salta. Son estas catorce provincias las que decidieron en el acuerdo de San Nicolás (1852)
organizar el país sobre una base federal, y es ésta la estructura política que rigió —con el agregado de la Capital
Federal en 1880- en el país durante más de un siglo.
El resto del territorio americano fue organizado en territorios nacionales —a Veces denominados gobernaciones
—, según lo establecieron la ley de 1884 y otras. Estas unidades político-territoriales dependían en alto grado del
gobierno nacional hasta que entre 1951 y 1955 adquirieron —con excepción de la Tierra del Fuego— la condición de
provincias, sumándose así a las Catorce primeras. Surgieron entonces las provincias de Chaco, Misiones, Formosa, La
Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz.
Cabe manifestar que transitoriamente existieron otras unidades políticas en nuestro país. Tal el caso de la
gobernación de los Andes, creada en 1900 y desaparecida en 1943 al repartirse su territorio entre las provincias de
Salta, Jujuy y Catamarca, y el caso de la efímera Zona Militar de Comodoro Rivadavia.
Actualmente la división política de primer grado de la República Argentina está definida por las siguientes
unidades:

 El distrito federal, que es residencia de las autoridades nacionales. Se trata de la Ciudad de Buenos Aires,
que es la capital federal del país, de acuerdo con lo establecido en 1880 Sus límites definitivos fueron
acordados en .1887;
 Las provincias, que son veintitrés, pues la ley nacional 23.775 provincializó en 1990 el último territorio
nacional entonces existente. Posteriormente la legislatura de la nueva provincia estableció el topónimo
que la distingue: «Provincia de tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur», manifestando que la
provincia tiene los límites territoriales que por derecho le corresponden, quedando encargada la Nación
Argentina de resolver sobre las áreas en conflicto o discusión.

En lo que respecta a la división política de segundo grado, o sea los departamentos (que por razones históricas se
denominan partidos en la provincia de Buenos Aires), debe señalarse que el censo nacional efectuado en 1980 indicó
que ascendían a 497.
3. Sustento territorial de la República Argentina

Halford Mackinder, distinguido geógrafo británico de principios de siglo, XX ha sostenido que en el crecimiento o
desarrollo de los Estados no existe lo que la teoría democrática denomina «igualdad de oportunidades» y en su lugar
asentó la teoría del «desarrollo desigual» de los Estados en función de las diferentes condiciones que poseen sus
respectivos territorios. En consecuencia, surge la necesidad de estudiar esas condiciones no sólo para caracterizar al
propio Estado, sino también para destacar las diferencias con respecto a los otros países del mundo en términos de
fertilidad y de oportunidades estratégicas.
Desde el punto de vista de la geografía política no sólo pueden estudiarse esos elementos o condiciones
emanantes del medio físico —bases territoriales para lograr el desarrollo del poder nacional e internacional—, sino
también, interesa ahondar en aquellos aspectos relacionados con las diferentes proyecciones del Estado desde el
ángulo territorial, abordándose en este sentido la capital, la división político-administrativa, los ecúmenes regionales,
el ecúmene estatal, los límites, las fronteras, los núcleos geohistóricos, los flujos y los movimientos, la calidad de vida,
etc. En esta oportunidad señalizarán, desde la óptica de la geografía política, los soportes territoriales del Estado
argentino más significativos, a saber: extensión del territorio, forma, posición, desprendimiento geográfico, cohesión
interna, clima y recursos naturales (Villalobos, inédito). Cabe señalar que la extensión, la forma y el clima constituyen
categorías prácticamente inmodificables; la posición es un elemento de caracterización del Estado que varía en
función de las tendencias históricas, mientras que la cohesión interna, el desprendimiento y los recursos naturales
son categorías del potencial territorial susceptibles de ser modificadas.

3.1 La extensión del territorio

La gran extensión de la República Argentina —octavo país del mundo por tal motivo— constituye un aspecto de
singular trascendencia no siempre adecuadamente considerado. En su porción americana emergida la superficie de la
Argentina asciende a casi 2.8 millones de km 2, superficie que alcanza a más de 3,7 millones de km 2 si consideramos a
las islas del Atlántico Sur y al sector antártico (965,000 km 2 de tierras emergidas).

CUADRO N° 1
Integración y extensión del territorio de la República Argentina (Cifras aproximadas en km2)

Tierras Fondos marinos Áreas Status jurídico-


emergidas oceánicas político
Heredada de
Porción
España a través del
americana 2.800.000
Virreinato del
emergida
Río de la Plata
Las islas han sido
usurpadas por el
EN LA PAERTE EXTERNA DE LA TIERRA

Reino
Unido. Los fondos
marinos y
Porción las áreas oceánicas
16.000 2.500.000 2.000.000
oceánica están sometidos a lo
dispuesto en la
Convención.

Porción 965.000 4.064.283 4.064.283 Sometida a lo


antártica dispuesto en el
Tratado Antártico
(Washington,
1959), vigente hasta
1991.
Partes del territorio
EN LA TARTE INTERNA DE LA TIERRA nacional sometidas a
acuerdos y tra-
TERITORIO (EN SENTIDO AMPLIO) DE LA REPÚBLICA A R-
GENTINA

EN LOS ESPACIOS AEREO Y CÓSMICO tados


internacionales.

Fuente: Rey Balmaceda, 1984.

Diferentes tipologías han sido propuestas a los efectos de calificar a los diversos Estados del mundo en función de
su extensión. Según N. Pounds (1972:35) a nuestro país le correspondería la denominación de «Estado fuera de
dimensión» por poseer una superficie entre 2.500.000 km 2 y 6.000.000 km2; De Blij (1973: 38) le otorga el calificativo
de «Estado muy grande» con una extensión superior a los 2.500.000 km 2, mientras que A. Sanguin (1981:23) califica a
la Argentina como «Estado inmenso» En términos generales, estas tipificaciones dimensionales sirven únicamente
para destacar las grandes diferencias pues se revelan subjetivas y relativas.
Evidentemente, para realizar comparaciones de niveles de magnitud debemos tener en consideración la extensión
de nuestro país reconocida mundialmente, o sea La de 2,8millones Km2. Pero como propuesta en esta oportunidad, y
de acuerdo con lo señalado pormenorizadamente en el acápite anterior, presentamos el Cuadro N° 1 en el que puede
advertirse la integración y extensión del territorio de la República Argentina correspondiente a la parte externa de la
Tierra.
Debe tenerse presente que no es posible sumar todas esas cifras por cuanto en algunos casos existen
superposiciones que lo impiden; es posible, en cambio, diferenciar un total para tierras emergidas y otro para las
masas oceánicas.
Cabe señalar que las cifras que proporcionamos con respecto a la extensión de cada una de las porciones que
constituyen el actual territorio argentino son aproximadas, a pesar de su carácter oficial. Esto se debe, a nuestro
entender, a que resulta imposible precisar la magnitud de cada una de esas partes por cuanto no se dispone todavía
de los elementos adecuados para lograr una ponderación acuciosa. Por lo tanto, es posible que sucesivas
publicaciones oficiales las modifiquen, como ha venido ocurriendo hasta ahora, pero esos ajustes no vulneran las
conclusiones básicas a que arribamos en este trabajo. El mapa presentado anteriormente y el cuadro son buenos
resúmenes de nuestras ideas. La proposición que ambos implican debe interpretarse como un modesto aporte, como
una opinión geográfica.
Podemos señalar que la dimensión excesiva, así como la extremadamente reducida pueden llegar a constituir
problemas serios del sustento territorial de un Estado; sin embargo, en las actuales circunstancias; tras los progresos
de las comunicaciones y de los transporte, la integración de diferentes sectores, que en otros momentos pudo
resultar problemática, no ofrece hoy dificultades. En consecuencia, la vastedad territorial representaría una ventaja
dado que ofrece mayores posibilidades de contar con abundantes recursos que cuando no se dispone más que de
territorios limitados. A igualdad de otras condiciones, cuanta más extensión posea el territorio de un Estado, mayor
probabilidad tiene de albergar a una población numerosa y contar con mayor gama de recursos naturales amén de la
mayor facilidad para rechazar invasiones en profundidad. Por lo tanto, a mayor probabilidad de que el Estado sea
próspero. Evidentemente, la fuerza política de un Estado no se explica únicamente por la extensión de su territorio,
sino también por una población y una tecnología puestas al servicio de un dispositivo productor moderno.
A modo de complemento puede señalarse que la extensión de un Estado está íntimamente vinculada con las
posibilidades de control efectivo del poder central hasta la periferia del Estado y hasta las partes más remotas del
país; Por ello el gobierno debe apuntar a la integración de todos los sectores del territorio que se encuentran
rezagados al sistema de funcionamiento estatal, si bien los Estados de grandes dimensiones consumen muchas
energías para controlar su superficie nacional.
A mayor abundamiento, se indicarán a continuación los puntos extremos del territorio para precisar, en
consecuencia, la posición astronómica de la Argentina. Debe tenerse en cuenta que la referencia se hará al plano
convencional (plano del geoide) enmarcado por las coordenadas de latitud y longitud dejando de lado, por ejemplo,
el centro de la Tierra, que también es punto extremo del territorio nacional. Dado que previamente hemos
diferenciado tres porciones en el territorio nacional, sería razonable distinguir los puntos extremos para cada una de
ellas, pero esa tarea es prácticamente imposible en lo que atañe a la porción oceánica pues se carece de las
determinaciones básicas pertinentes.
En la porción americana se han diferenciado los siguientes puntos extremos en las tierras emergidas:

• Norte: confluencia de los ríos Grande de San Juan y Mojinete (21 o 46' Sur),
• Sur: cabo San Pío (55o03'30" Sur),
• Oeste: punto en el cordón Mariano Moreno (73°35' Oeste),
• Este: punto al Nordeste de la localidad Bernardo de Irigoyen (53 o 38'Oeste).

En la porción antártica es posible distinguir los siguientes puntos extremos:

 Norte: todos los puntos situados en el paralelo de 60° Sur (entre 25°y 74°Oeste, obviamente),
 Sur: Polo Sur geográfico (90° Sur),
 Oeste: todos los puntos situados en el meridiano de 74° Oeste entre las latitudes de 60° y 90° Sur,
 Este: todos los puntos situados en el meridiano de 25° Oeste, también entre las latitudes de 60° y 90° Sur.

3.2 La forma

La forma, tanto horizontal como vertical, es un elemento que caracteriza al territorio de un Estado. La forma
horizontal –que es la que interesa a la geografía política– está configurada por los límites internacionales; la forma
vertical está definida por el relieve.
La forma horizontal de los Estados ha sido siempre un elemento de sumo interés en geografía y merced a las
técnicas cartográficas y a otros medios visuales se han forjado, con el correr del tiempo, algunas calificaciones que
exceden el marco local. Así es habitual la referencia a la «bota italiana», al «hexágono francés»; a la «piel de toro»
correspondiente al territorio español, a la «loca geografía» de Chile, al «triángulo rectángulo argentino» a los
«Estados fragmentados» con alusión al Japón y a Filipinas, etcétera.
En el análisis de la forma del territorio estatal los modelos descriptivos han sido reemplazados por una gran
variedad de técnicas matemáticas; se han propuesto distintos índices y también es habitual mostrar la desviación con
respecto a la forma más compacta, o sea el círculo (i. a. Boyce y Clark, 1964; Haggett y Chorley, 1969; King, 1969).
La Argentina, en su porción americana emergida, posee una forma de triángulo rectángulo. El cateto menor
coincide en términos generales, con las líneas limítrofes que nos separan de Bolivia y de Paraguay: el cateto mayor se
extiende en el Oeste y se identifica con la vasta divisoria internacional argentino-chilena; la hipotenusa, por su parte,
se correspondería con el perímetro de la fachada atlántica, de la marítima bonaerense, de la fluvial rioplatense y las
líneas limítrofes que nos separan del Uruguay y del Brasil. También se señala que nuestro país, en su porción
americana no marítima, tiene la forma denominada «alargada en latitud» (Ardissone, 1933), mientras que otros
consideran que posee una forma «apendicular» con franco predominio de la latitud sobre la longitud con todas las
implicancias que este hecho posee en la generación de variedades climáticas y de recursos naturales diversificados.
La forma es ventajosa cuando no presenta entrantes o salientes notables: algunos autores señalan que la forma
ideal del territorio es la que proporciona el mayor grado de compacidad (Sanguin, 19810, advirtiendo que muchos
Estados han perseguido esa propiedad con gran celo y aun a costa de muchas pérdidas humanas.

3.3 La posición

La posición del Estado es un concepto esencialmente relativo y al mismo tiempo altamente revelador de su poder.
Es la característica más importante en política puesto que la posición define el sistema de relaciones; se analiza al
territorio de un Estado en un haz de conexiones con toda una serie de parámetros de otros compartimientos,
espacios y realidades del mundo con los cuales existan comunicaciones, directas o no.
La importancia política de la posición del Estado varía con las situaciones políticas, evolutivas por naturaleza. Es
por ello que la hemos considerado como un concepto que fluctúa en función de las tendencias históricas. En
determinadas circunstancias, territorios enteros o porciones de ellos han adquirido importancia singular y
estratégica, como lo demuestran tantos ejemplos mundiales.
En primer término y en lo que respecta a la posición de la Argentina en relación a los hemisferios puede señalarse
que nuestro país pertenece al denominado hemisferio austral, occidental y marítimo ubicándose en la parte
meridional del continente sudamericano en una latitud en la que predominan los océanos en toda la redondez del
planeta. Si bien puede señalarse que la posición de la Argentina es de relativo aislamiento con respecto a las
principales masas continentales, que se hallan ubicadas como es sabido en el hemisferio Norte, ese aislamiento —en
las actuales circunstancias de circulación y comunicación mundiales— puede configurar una potencialidad o una
debilidad del Estado que deberá ser manejada conforme a los objetivos en juego.
A pesar de la distancia significativa que media entre nuestro país y los países más densamente poblados del
hemisferio Norte, esa distancia no ha constituido un obstáculo para el florecimiento de las relaciones económicas de
nuestra nación con los mismos. La posición en el hemisferio Sur es un factor favorable
Para la exportación de productos alimenticios perecederos gracias a la refrigeración, como acontece con las frutas
de clima templado, que maduran en el hemisferio Sur en diciembre-mayo, época diferente de la producción similar
en el hemisferio Norte. Esto explica la fuerte exportación de alto valor y de gran capacidad de expansión futura ya
que son contados los países competidores y grande el mercado de consumo exterior.
En segundo término puede analizarse la posición de la Argentina con respecto al continente sudamericano;
nuestro país ocupa una posición céntrica y que limita con cinco países vecinos. Esto constituye un factor altamente
propicio para el intercambio cultural y económico reforzado por una comunidad de origen y de idioma. Otro factor
importante es el hecho de nuestro intercambio económico con los países hermanos del continente por la diversidad
de las respectivas producciones; mientras que la Argentina puede exportar productos de clima templado y
manufacturas, debe importar de ellos productos de clima tropical.
En lo que atañe a la posición de la Argentina con relación al mar cabe señalar que nuestro país presenta una
fachada atlántica de singular extensión con una longitud aproximada de 4.497 km, de los cuales 384 corresponden a
la fachada litoral platense y 4.113 al litoral atlántico. Como ha señalado A. N. Pelegrino (1978:11) resulta obvia la
trascendencia que para un país tiene el poseer un litoral marítimo de la mencionada magnitud; bastaría para destacar
su importancia cualquier comparación con un país mediterráneo; pero la particularidad mayor estriba en que se trata
de una fachada atlántica, lo que supone una independencia y autonomía mayores, ya que estando en el océano de
las mayores líneas de comunicación mundial no debe deteriorar sus precios o bien traficar por Magallanes y el Canal
de Panamá, como lo hacen países americanos con frente al Pacífico. Asimismo cabe señalar la importancia de los
recursos naturales existentes en ese extenso litoral marítimo, reserva alimentaria del futuro. La posición de nuestras
costas, la superficie del margen continental, los recursos energéticos potenciales mediante el empleo de la energía
mareomotriz y la posible actividad pesquera son algunos de los aspectos importantes derivados de esta singularidad
ideográfica de la Argentina.
En lo que atañe a la posición con respecto a las grandes rutas o vías de comunicación puede señalarse que existen,
a nuestro juicio, veinticuatro naciones que ocupan posiciones estratégicas por hallarse directamente vinculadas con
las líneas críticas de navegación o con los denominados «chokepoints» oceánicos (Panamá, Paso de Calais, Gibraltar,
Suez-Bab El Mandeb, Ormuz, Malaca, Sonda, Tasmania, Torres, Drake, etcétera). Estos países se perciben como
Estados que poseen una cierta capacidad real, en el corto plazo, para ejercer controles sobre dichas áreas, India,
Indonesia, Sudáfrica, Egipto, Turquía, Chile, Somalia, Francia, España, Japón, Vietnam, Noruega, Italia, Filipinas,
Yemen, Nueva Zelanda, República federal de Alemania, Reino Unido, Islandia, Corea del Sur, Panamá, Dinamarca,
Taiwán y la Argentina conforman esa lista de naciones. La proximidad de la Argentina al punto clave de comunicación
interoceánica representado por el estrecho de Magallanes Drake (Hoces) configura un aspecto de singular
importancia para nuestro país ya que esta «llave geopolítica» constituye un punto de comunicación no vulnerable al
poder de destrucción que puede manifestarse en el hombre como podría acontecer con el canal de Panamá, único
lugar de tránsito interoceánico restante en América. Cabe agregar que no consideramos el tránsito posible por el
«paso del Noroeste» por sus limitaciones climáticas.
En lo que respecta a la posición de la Argentina en relación con los escenarios de conflagraciones mundiales desde
1945, puede señalarse que en términos generales la misma ha sido periférica puesto que la mayor parte de los
conflictos interestatales o guerras clásicas —que pasan del centenar en el período 1945-1983, ya se trate de
conflictos importantes, secundarios o de intervenciones puntuales según la clasificación de Chaliand y Rageau,
1984:47)- han sucedido en su mayoría en Asia y África. La guerra entre nuestro país y el Reino Unido por las islas
Malvinas (1982) constituye el conflicto interestatal más importante que protagonizó nuestro país en los últimos
tiempos.
Cabe puntualizar que también podrían analizarse otros aspectos de interés, como los relacionados con la posición
de la Argentina en relación, con las súper-potencias, con las zonas crónicas de catástrofes, con las áreas epidémicas y
endémicas del mundo, etcétera, aspectos que no serán desarrollados en esta oportunidad.
En resumen, según como sea percibida por los ciudadanos y por el gobierno, la posición del Estado afecta a sus
actitudes y sus políticas con respecto a los otros Estados de la vasta antroposfera política mundial, especialmente
aquellos que son sus vecinos más próximos.

3.4 El desprendimiento geográfico

El desprendimiento es un concepto genérico complejo y a la vez sintético que requiere una precisa definición para
evitar ambigüedades y superar dicotomías, en este caso poco satisfactorias. El desprendimiento es un elemento que
caracteriza a la frontera y que posee básicamente una fundamentación fisiográfica, pero que a su vez debe tener en
cuenta ciertos rasgos humanos para acercarse a la realidad sin parcializarla (De Marco, Duran, Sassone, 1979). Un
desprendimiento ostensible se produce por la presencia de un rasgo físico de envergadura (una masa orográfica, un
río no navegable, un desierto) que colabora para crear una continuidad política, la cual provoca una detención de la
vida general de un Estado y favorece su cohesión interna y su unidad nacional. Por el contrario, la presencia de
ambientes geográficos que generan cohesión espacial, como por ejemplo una llanura, favorecen las mixturas
antrópicas y no detienen la vida general de los Estados colindantes, lo que debe hacerse forzadamente con límites
sobreimpuestos a las realidades geográficas que en el caso de las altas densidades humanas desemboca en fronteras
de acumulación.
El sistema fronterizo de la Argentina posee características excepcionales entre todos los países del mundo por la
elevada proporción, en la totalidad del perímetro de fronteras coincidentes con accidentes físicos de gran magnitud
que desempeñan su misión de servir al desprendimiento y a la unidad nacional por consiguiente, con la mínima
fricción internacional (Daus, 1978:27). La vigorosa naturaleza física del accidente fronterizo es suficiente para localizar
en él una línea de separación étnica, jurídica y cultural persistente a través de los ciclos históricos.

3.5 La cohesión interna

La cohesión interna, por su parte, es «un rasgo ínsito de la naturaleza del territorio, de su relieve, de sus sistemas
hidrográficos, de su contorno y del dispositivo de regiones que torna indispensables o necesarias las relaciones
recíprocas» (Daus, 1978:14-5). Los ríos navegables confieren grandes facilidades para entablar comunicaciones que
son base de vida general. Indudablemente para nuestro país, el río Paraná y su sistema -que enlaza cuatro regiones
geográficas distintas- conllevan a la cohesión interna, así como también —y acaso con mayor firmeza que los ríos y las
cuencas navegables— son factor de cohesión interna las planicies donde domina el paisaje de estepa o pradera de
gramíneas; el hecho de que la Argentina posea casi un 50% del territorio por debajo de los 250 metros de altura
sobre el nivel del mar nos está indicando la presencia de un elevado grado de cohesión interna en nuestro país, pues
no existen dificultades extremas para circular por el territorio favoreciendo el proceso de poblamiento hasta el confín
último del país. Lógicamente, la falta de articulación entre determinados espacios por ausencia de caminos o
ferrocarriles inclusive de fomento- disminuye la cohesión interna. Es por ello que debemos señalar que tanto como la
existencia de líneas vertebrales de comunicación tiene importancia para forjar la cohesión interna el dispositivo de las
regiones componentes del Estado complejo y el carácter complementario y armónico del conjunto. De tal manera, las
regiones llegan a complementarse recíprocamente y alcanzan a consolidar la unidad nacional, sublimada cuando en
cada una de las regiones particulares se configura un conjunto de rasgos que reflejan el todo nacional; para ello es
necesaria la complementación en el aspecto productivo (Daus, 1978:15).
La cohesión interna conllevaba a la armonía, dinámica entre las diferentes regiones de un Estado caracterizada por
los siguientes rasgos naturales y culturales: facilidad de comunicación, producción entre regiones, producción
complementaria diferenciación definida con los Estados fronterizos, circulación e intercambios interregionales
intensos y permanentes, y distribución equitativa de la riqueza nacional. Como corolario citaremos a Sanguin
(1981:33) cuando señala que una de las primeras funciones de todo espacio organizado políticamente consiste en
integrar de manera efectiva a sus componentes territoriales, y en crear una comunidad de intereses que disponga la
innovación, apoye el desarrollo y haga progresar el bienestar general de la población. Es por ello que la
compactibilidad y la accesibilidad, la conectividad y la nodalidad son los soportes fundamentales de toda integración
territorial, así como también factores localizantes que influyen en la política y en los fines públicos impregnando los
asuntos internos del país.

3.6 El clima y los recursos naturales

En lo que respecta al clima de la Argentina es dable señalar que gran parte del territorio de nuestro país se halla
en la zona óptima de energía climática, con un gran predominio de clima templado. El clima no sólo actúa sobre la
fertilidad del suelo, sino que por su acción sobre la vida del hombre ha propiciado la definición en el planeta de áreas
de energía climática. La Argentina se halla ubicada en una situación favorable pues el carácter fresco y variable del
clima imperante en vastos sectores del territorio coadyuva a la generación de mayor energía humana.
Los recursos naturales constituyen uno de los elementos del sustento territorial susceptible de modificación; en
tal sentido cabe señalar que la Argentina posee recursos naturales abundantes y diversificados que deben ser
conservados y movilizados sobre la base de la implementación de políticas eficaces referidas a los recursos
renovables y a los no renovables, para no caer en los grandes mitos del pasado. Asimismo, cabe señalar que los
recursos constituyen el punto de partida del desarrollo económico y cuando están bien distribuidos y son
diversificados favorecen la cohesión interna y la autarquía, respectivamente.

4. La problemática contemporánea

4.1 Problemas y política de la frontera argentina

La frontera es la zona periférica del territorio del Estado que se caracteriza por una personalidad regional dada por
la interacción con el otro país. Esta primera franja o área del territorio políticamente organizado asume por sus
funcionen un papel sustancial para la protección y seguridad del Estado y muestra en su ámbito los vaivenes de la
relación de poderes entre los Estados limítrofes a través de la historia.
La frontera tiene una problemática global que le es propia, aunque por su contenido espacial se advierten
diferenciaciones zonales. En tal sentido, en la frontera argentina que acompaña al límite internacional en la porción
americana no marítima a lo largo de aproximadamente 9.400 km -cartilla IGM, 1978-hemos distinguido once sectores
para una adecuada descripción de la realidad, a saber: del río Uruguay, septentrional misionero, del Alto Paraná-
Paraguay, del río Pilcomayo, de la frontera abierta con Bolivia, de los valles y las quebradas, de la puna, de los Andes
áridos, de los Andes de transición, de los Andes patagónicos, de la frontera abierta con Chile (De Marco, Duran,
Sassone, 1979). Cabe señalar que la materialización de la frontera implica, a nuestro entender, la existencia de un
Estado limítrofe o sea la continuidad territorial; es por ello que debemos recordar que el perímetro marítimo y el
perímetro fluvial del Río de la Plata constituyen un caso sui géneris, en el cual no se distinguen sectores sino fachadas
la fluvial rioplatense y la atlántica, a las que debemos añadir la fachada antártica si consideramos a la Argentina un
país bicontinental.
En la mayor parte de la frontera argentina son en primera instancia los rasgos naturales los que han permitido
distinguir sectores diferenciados que forman parte de las tradicionales regiones adyacentes. Posteriormente ha sido
posible avanzar sobre esa base fisiográfica hacia caracterizaciones o consideraciones atrópicas que señalan
distinciones areales y que se aproximan a la realidad vital de la frontera en su heterogeneidad espacial.
Previo a la enunciación de los problemas de la frontera más significativos deberán tenerse en cuenta las siguientes
consideraciones:
Por razones de índole histórica, la periferia de la Argentina, en términos generales, no atrajo las oleadas de
población que se instalaron en otros lugares del país. Desde sus albores nuestro país creció de forma desigual, con
centros dinámicos en los que se concentraron la población y la riqueza y otros que languidecen en el atraso. Muchos
de esos núcleos y o regiones se hallan localizados en la frontera del territorio nacional y, al problema económico y
social de su postergación, se agrega el de la fragilidad geopolítica que implica para el Estado. En la última década, la
depresión económica se profundizó y las regiones postergadas, fronterizas o no, conocieron un retroceso sin
precedentes; dentro de ese espectro, el caso de las provincias lindantes con el Brasil es especialmente significativo.
El proceso de poblamiento de los varios sectores de la frontera se ha desarrollado en diferentes momentos
históricos, adquiriendo características peculiares según los tramos considerados. Interiorizarnos de los mismos
resulta de singular importancia para comprender por qué muchas de las situaciones problemáticas del presente se
explican a través del análisis de las estructuras heredadas del pasado. Por ejemplo, en el sector de la frontera
septentrional misionero hemos llegado a detectar la existencia de aproximadamente 900.000 hectáreas de tierras
privadas (De Marco, inédito). De la comparación con la extensión de la provincia de Misiones —29.000 km 2— se
desprende que casi la tercera parte de la superficie provincial está constituida por tierras privadas que se localizan en
el ámbito de este sector fronterizo. Es sintomático el hecho de que este sector fue el último en integrarse a la
provincia y por ello continuó con una estructura casi Original descendiente de aquella venta de la tierra fiscal
efectuada por la provincia de Corrientes en el año 1881, antes de que Misiones fuera declarada Territorio Nacional.
Esta venta configuró el primer hito de creación de los grandes latifundios de la provincia. En primera instancia fueron
38 los adjudicatarios de las tierras, pero luego de diferentes maniobras quedaron unos pocos individuos como
propietarios de las mismas. Los procesos lógicos de ventas, herencias y transferencias permitieron arribar, luego de
transcurridos 100 años, al estado actual de las tierras privadas, donde coexisten la pequeña propiedad rural y la gran
propiedad, con toda la serie de problemas originados por este estado particular de apropiación de la tierra.
Existen ciertas limitaciones de orden natural —altura, pluviosidad, glaciarismo, comportamiento de la temperie-
que coadyuvan a que determinados tramos de ciertos sectores de la frontera sean hostiles a la instalación del
hombre; algunos permanecen como verdaderas áreas anecúmenicas a raíz de estos condicionantes fisiográficos
mientras que en otros el hombre ha modificado en grado sumo el paisaje natural actuando sobre un medio de
relativa adversidad. Por ejemplo y en lo que respecta a los sectores que conforman la periferia de las once provincias
argentinas que limitan con Chile, puede destacarse que casi toda la franja se ubica dentro de la diagonal árida
sudamericana con todas las connotaciones que se derivan de este hecho como factor limitante del uso agrícola del
suelo. Las modificaciones que el hombre ha logrado realizar se limitan espacialmente a la reducida extensión de los
oasis irrigados. Más allá del perímetro de aquéllos, la naturaleza restringe la labor humana a una ganadería extensiva
que da como consecuencia la profunda vocación ganadera del área, Las condiciones del medio ambiente, el gran
desarrollo latitudinal, la orientación transversal de las vías de comunicación y la escasa población dan como resultado
una falta de integración Norte-Sur y una situación de marginalidad dentro del sistema agrario del país (Becerra;
Prieto, 1985:52).
En nuestro extenso territorio, el centro geográfico, core, núcleo o nodo de nuestro país -el Gran Buenos Aires—,
está localizado en el borde bonaerense y, a excepción del sector de la frontera, del río Uruguay, todos los demás
sectores están alejados varios centenares de kilómetros de ese núcleo (Rey Balmaceda, 1979). En consecuencia,
consideramos que varios tramos de la periferia se hallan dentro del área efectiva mínima de eficacia funcional del
Estado como resultado de la vastedad territorial y de la posición excéntrica de diferentes porciones de la frontera
argentina.
Bosquejadas las razones de índole histórico y geográfico que explican, grosso modo, la situación actual de la
frontera argentina, pueden enunciarse a continuación los principales problemas que la afectan en la actualidad.
Del punto de vista demográfico la frontera se caracteriza por una exigua densidad poblacional en la frontera a
excepción de los sectores del río Uruguay, septentrional misionero, el tramo misionero del alto Paraná, del alto
Paraná-Paraguay y aquellos departamentos fronterizos que albergan a las capitales provinciales como Corrientes,
Resistencia, Formosa. En la provincia de Mendoza los departamentos Las Heras y Lujan de Cuyo poseían densidades
de población superiores a la media del país para 1980, que fue de 10,1 habitantes por km 2. Igual situación acontecía
en el departamento Bariloche, provincia de Rio Negro.
También existen vacíos absolutos de población de extensión significativa en algunos departamentos de la frontera
Oeste argentina, como por ejemplo en Antofagasta de la Sierra, en la provincia de Catamarca, y en los departamentos
Lago Buenos Aires, Río Chico y Lago Argentino, en jurisdicción de la provincia de Santa Cruz. Vacíos relativos se
presentan en otros tramos de la frontera, como acontece en el septentrional misionero, en los departamentos San
Pedro y General Manuel Belgrano, donde coexisten grandes propiedades privadas y tierras fiscales provinciales.
La frontera también se caracteriza por la presencia acentuada de población extranjera en algunos departamentos
fronterizos. Las jurisdicciones políticas secundarias que, por la cuantía, superaron a la media nacional para 1980 (7%)
se ubican en Misiones -casi toda la provincia-; el oriente formoseño; el departamento Yavi en la provincia de Jujuy;
Oran en Salta; Calingasta en San Juan; Aluminé y Los Lagos en Neuquén; Bariloche en la provincia de Río Negro; todos
los departamentos periféricos de Santa Cruz, y toda la Tierra del Fuego.
Entre los problemas derivados de la apropiación y explotación de la tierra figuran la marcada pasividad en el uso
del suelo y el acentuado predominio de las grandes propiedades con mantenimiento de tierras improductivas en
diversos sectores de la frontera como sucede, por ejemplo, en el sector septentrional misionero.
También puede mencionarse la proliferación de parvifundios en algunos departamentos fronterizos; en
consecuencia, han dejado de constituir unidades económicas por la pérdida de rentabilidad de los cultivos
tradicionales, por el empobrecimiento de los suelos, por las malas prácticas agrícolas, etcétera.
Las áreas de frontera pertenecen, en general, a economías regionales relativamente aisladas de los centros
dinámicos y de decisión nacionales. Su potencial de desarrollo suele encontrarse reprimido por esa circunstancia y
por la ausencia de políticas específicas de promoción. Al colindar con áreas similares conforman espacios más
extensos sometidos a diferentes regulaciones económicas, hecho que genera movimientos de bienes, de servicios y
de personas que procuran aprovechar las distintas oportunidades que les confiere esa particularidad.
En lo que respecta a la conciencia territorial de los argentinos cabe señalar que hasta no hace muchos años ha
existido una actitud poco diligente con relación a la frontera argentina; no hemos internalizado con suficiente
precocidad el «Sentido del espacio», ese sentido del que nos hablara F. Ratzel hacia fines del siglo pasado y que no
podía estar ausente en ningún gobernante idóneo, según señalaba este destacado autor alemán, padre de la
geografía política.
Todo país debe tener una actitud de vigilia frente a sus fronteras. Ello se plasma en una coherente política de
frontera, de implementación segura, eficaz y continuista. Si bien muchos estadistas y organismos oficiales y privados
velaron por nuestro patrimonio territorial, faltó durante mucho tiempo una acción coordinadora superior que
armonizara tantos esfuerzos, a veces encontrados o superpuestos, no encauzados hacia la dirección más conveniente
para el país.
El primer antecedente de significación se remonta al año 1944 (decreto 15.385/44) cuando se crean las «zonas de
seguridad» o sea las fajas territoriales de ancho variable contiguas al límite internacional. El decreto 14.587/46 fija en
su ancho variable, según el país enfrentado, y en la ribera del Río de la Plata y frente marítimo, los dos decretos
fueron convalidados por la ley 12.913 sancionada en 1946.
A partir de 1967 se realizaron estudios integrales que se cristalizaron años más tarde en varios documentos
legales, los cuales constituyeron la materialización de una real política de fronteras. Los documentos son varios,
principalmente la ley 18.575 sobre zona y áreas de frontera -en realidad es la ley madre de toda la política de
fronteras— y, junto con su decreto 568/70, elaboran un sistema de promoción del desarrollo en función de la
seguridad nacional. Esta legislación se complementa con la ley de educación en zona y áreas de frontera, la ley de
promoción industrial y la ley de promoción minera; sus decretos reglamentarios, y la circular del Banco de Desarrollo
que a manera de «digesto», sirve para aplicar la política de fronteras.
En Conjunto, tales disposiciones superiores fijan con toda claridad una política destinada a lograr seguridad a
través del desarrollo. Dado que ello no puede acontecer al mismo tiempo en toda la frontera nacional, se ha fijado un
orden de prioridades que contempla las diferentes urgencias de las carencias detectadas. Así, por ejemplo, frente al
vacío poblacional se favorece la colonización en sus diferentes tipos; la ausencia de cohesión interior en la frontera se
trata de neutralizar a través del desarrollo de la infraestructura de circulación y las comunicaciones; la ausencia de
valores inherente a nuestra cultura por medio de un régimen de escuelas de frontera, etcétera.
Los problemas más significativos de las áreas fueron enunciados, descriptos e incluidos en una planificación
adecuada tras exhaustivos estudios económico-sociales de las áreas de la frontera, lo que dio lugar en su oportunidad
al plan de mediano plazo 1979-1981.
En los últimos años se han producido cambios en la legislación que modifican los límites o los unifican. Así, el
decreto 193/82 unifica los límites de las zonas de seguridad y de la zona de frontera, denominando a la nueva zona
unificada «zona de frontera». A su vez el decreto 2486/83 señalaba que la experiencia de los procesos de desarrollo
en curso y los estudios realizados indicaban, la conveniencia de proceder a crear y/o a delimitar áreas, proponiendo
el establecimiento de ámbitos de aplicación más favorables para el logro de los objetivos fijados.
El decreto 1003/85 determina la creación de tres áreas de frontera en jurisdicción de la provincia de Corrientes,
existiendo, en consecuencia y en conjunto, veinte áreas de frontera, a saber:
En el territorio nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur: área de frontera Isla Grande
Tierra del Fuego; en la provincia de Santa Cruz las áreas de frontera Río Turbio, Calafate y Perito Moreno; en la
provincia de Chubut las áreas de frontera Senguer, Corcovado y Epuyén; en la provincia de Río Negro el área de
frontera El Bolsón; en la provincia del Neuquén las áreas de frontera Aluminé y Chos Malal; en la provincia de
Mendoza el área de frontera Malargüe; en la provincia de San Juan el área de frontera Jáchal; en la provincia de Jujuy
el área de frontera La Quiaca; en la provincia de Salta el área de frontera Tartagal; en la provincia de Formosa las
áreas de frontera Ingeniero Juárez y Clorinda, y en la provincia de Misiones el área de frontera Bernardo de Irigoyen.
Por último, en la provincia de Corrientes, las áreas de frontera Brigadier general Ferré, Combate de San Joaquín y
Presidente Ilia.
Cabe destacar, asimismo, la creación de los Comités de Frontera cuya expansión significativa data de mediados de
la década del ochenta. Estos comités se han originado en todos los casos en instrumentos bilaterales suscriptos por
los gobiernos nacionales si bien algunos tienen su génesis en acuerdos sectoriales.
Estos organismos deben resolver -o encauzar para su decisión- asuntos referidos al movimiento de personas,
bienes y vehículos, las comunicaciones, la cooperación en servicios, la gestión de proyectos y asuntos referidos a las
manifestaciones culturales y sociales de la frontera (Valenciano, 1989).
Entre la Argentina y Chile funcionad comité de frontera para el Sistema del Cristo Redentor (Caracoles); entre la
Argentina y el Uruguay funcionaban el Comité Gualeguaychú-Fray Bentos, el Comité Concordia-Salto, el Comité
Colón-Paysandú. Hacia fines de 1989 se hallaban en actividad cinco comités entre la Argentina y el Paraguay:
Posadas-Encarnación, Clorinda-Colonia Falcón, Formosa-Alberdi, Puerto Bermejo-Pilar, Itatí-Itacorá. Entre la Argentina
y Bolivia se habían suscripto notas reversales para la creación de comités en tres ejes: Villazón-La Quiaca, Bermejo-
Orán y Yacuiba-Pocitos.
El 23 de agosto de 1991 los presidentes Carlos Menem y Patricio Aylwin pusieron en marcha en forma simultánea
sendos comités de frontera en Bariloche y Antofagasta destinados a facilitar la integración geográfica y económica
entre los dos países.

4.2 Cuestiones limítrofes pendientes

La República Argentina ha debido superar diversas cuestiones de límites con todos sus vecinos. Esas cuestiones se
han resuelto siempre por medios pacíficos y han representado, en todos los casos, graves derrotas diplomáticas para
nuestro país y pérdidas territoriales significativas.
En nuestros días puede manifestarse que está definida —en relación con los países limítrofes— toda la porción
americana emergida del territorio argentino; solo restan algunos problemas de poca monta, que deberán ser
resueltos mediante la buena voluntad de las partes involucradas.

4.2.1 Problemas con el Brasil

Entre las nacientes de los ríos Pepirí-Guazú y San Antonio, en una extensión de aproximadamente treinta
kilómetros, se presenta la usualmente denominada «frontera seca» argentino-brasileña. Se trata del único tramo que
reviste esa característica en el largo deslinde entre los dos países.
La demarcación ha sido realizada oportunamente y en los últimos años se ha procedido a densificar el número de
hitos en ese tramo, pues en varias oportunidades se han producido problemas que han dado la oportunidad para
realizar publicaciones sensacionalistas. En nuestros días los problemas mayores se suscitan por el ingreso ilegal de
brasileños que se instalan clandestinamente en territorio misionero y proceden a un uso depredatorio del suelo en
tierras fiscales (talado de árboles valiosos, caza de animales protegidos, quemazones para limpiar campos, etc.).

4.2.2 Problemas con el Paraguay

El río Pilcomayo es el apoyo del límite internacional argentino-paraguayo desde Esmeralda hasta el río Paraguay.
En ese sector sólo faltan demarcar dos tramos: el que se extiende desde Destacamento Isleta hasta Salto Palmar —de
unos 64 km de largo— y el correspondiente al curso final del río Pilcomayo.
Las cuestiones que periódicamente surgen entre los dos países vecinos se producen ante los habituales cambios
de cauce que en casi todas sus crecidas realiza el río Pilcomayo —calificado por ello como «río errático»—,
particularmente en el tramo central correspondiente al estero Patiño. Estas situaciones han dado lugar a cambios de
notas reversales y a otras gestiones diplomáticas con el propósito de superar definitivamente este problema limítrofe.
Así mismo debe señalarse que todavía no se ha demarcado el límite argentino-Paraguayo —establecido por el
tratado de 1876— en los ríos Paraná y Paraguay, salvo en la zona de las obras que se realizan en Yaciretá.
4.2.3 Problemas con Bolivia

Los ríos Bermejo y Tarija son apoyos parciales del límite internacional argentino-boliviano. Confluyen en un lugar
denominado Juntas de San Antonio, donde varios hitos sirven para definir las jurisdicciones políticas.
El río Bermejo ha generado numerosos problemas por cuanto suele desplazar su cauce al producirse las lluvias
copiosas y realiza, además, una labor erosiva que ha hecho desaparecer algunos hitos. Por ello, la Comisión Mixta de
Límites ha debido intervenir en varias oportunidades para restablecer una demarcación sometida a los avatares de
fenómenos naturales.

4.2.4 Problemas con Chile

Desde el ceno Zapaleri hasta el punto F establecido en 1984 se define el límite americano entre Chile y la
Argentina que, como es sabido, es uno de los más largos del planeta, extendiéndose por más de treinta y cinco grados
de latitud.
La determinación de ese límite internacional ha sido una empresa ardua, mancillada con incidentes de distinta
naturaleza y gravedad. Empero, esa tarea no ha concluido en forma total y absoluta pues subsisten algunos
problemas puntuales. Consultado al respecto nuestro ministerio de Relaciones Exteriores y Culto ha manifestado que
«existen puntos de la frontera con Chile cuyo límite está determinado, pero donde hay cuestiones de demarcación
pendientes tales como:

 la zona de los hielos continentales en la provincia de Santa Cruz;


 laguna del Desierto en la misma provincia, mina La Julia en Salta y pequeñas diferencias en distintas
secciones de la frontera».

Con respecto a las «pequeñas diferencias» aludidas podemos acotar que son problemas surgidos en el valle de
Tunuyán y en la laguna Diamante (Mendoza); en la laguna Copahue y en el área correspondiente al lago Lácar
(Neuquén); en la zona de Futalaufquen y del Rincón del Aceite (Chubut); en los alrededores del lago Buenos Aires, en
la zona septentrional del lago San Martín y en Río Turbio (Santa Cruz), según puede saberse por medio de
información bibliográfica y periodística.
A estas cuestiones pueden agregarse otras de distinto carácter, pero concordantes en lo que atañe a la
preservación de nuestra soberanía territorial. A principios de 1981, en efecto, se produjo un enojoso hecho al ser
detenidos cuatro funcionarios chilenos que realizaban tareas topográficas en territorio argentino, munidos con
distintos elementos de señalización. Otra cuestión se planteó al proponer la República Argentina a la UNESCO que el
área correspondiente al Parque Nacional Los Glaciares fuera incluida en la lista del Patrimonio Mundial, lo que en su
momento motivó una reserva por parte de Chile. Asimismo, reiteradamente surgen cuestiones ante la comprobación
de serios deterioros en hitos que señalan el límite internacional en numerosos lugares, lo que obliga a realizar una
permanente tarea de vigilancia y de reposición de esas señales.

4.2.5 Acuerdos de 1991

En agosto de 1991 los presidentes de Chile y de la Argentina resolvieron poner fin a todas las cuestiones limítrofes
entre ambos países en la parte emergida de América que les corresponde. Para ello resolvieron solucionar de la
siguiente manera las veinticuatro cuestiones existentes:

 Con respecto a 22 lugares se resolvió establecer de inmediato la demarcación definitiva pues se trata de
problemas técnicos menores.
 En la tradicionalmente denominada "Laguna del Desierto" (que en verdad es un lago por sus
características geográficas) y sus aledaños -aproximadamente 530 km 2—se resolvió someter la zona a un
arbitraje que deberá resolver un tribunal integrado por cinco juristas latinoamericanos, cuyo fallo será
inapelable.
 Con respecto a una nueva traza del límite internacional que Chile propone unilateralmente en los hielos
continentales, entre los montes Fitz Roy y Stokes (asunto resuelto en 1981 y convalidado posteriormente
por el laudo inglés de 1902), ello significa un desplazamiento hacia el Este del deslinde tradicional y
acordado e involucra a más de mil kilómetros cuadrados. Ésta nueva traza que propone Chile está
representada por una poligonal no suficientemente conocida al momento de redactarse estas líneas. El
Congreso Nacional argentino deberá rechazar o ratificar, oportunamente, esta propuesta chilena según le
corresponde en mérito a sus atribuciones constitucionales.

4.3 La incorporación efectiva del patrimonio oceánico

La Convención del Mar, aprobada en 1982, ha establecido pautas precisas para que los países costeros determinen
sus respectivas jurisdicciones tanto en las masas oceánicas como en los fondos marinos que les incumben. Dado que
la República Argentina firmó esa Convención en octubre de 1984 —con la reticencia conocida acerca de la Resolución
III (Rey Balmaceda, 1983:144-146)— corresponde ponderar las pautas a que deberá sujetarse en el futuro. En tal
sentido recordemos que se ha establecido lo siguiente:

a) Se reconoce la existencia de un mar territorial de doce millas marinas de ancho, medidas a partir de las
líneas de base;
b) Se reconoce la existencia de una zona contigua, también de doce millas marinas de ancho medidas a partir
del término del mar territorial, en la que el Estado ribereño podrá ejercer cierta fiscalización;
c) Se reconoce la existencia de una zona económica exclusiva de 200 millas marinas de ancho (200 x 1.852 m
= 370,4 km), contadas a partir de las líneas de base, en la que el Estado ribereño, tiene derechos de
soberanía para la exploración, explotación, conservación y administración de los recursos naturales (vivos
y no vivos), tanto de las aguas como del lecho y del subsuelo;
d) Se reconoce la existencia de una plataforma continental que comprende el lecho y el subsuelo de las áreas
submarinas que se extienden: hasta el borde exterior del margen continental (para los países con
plataformas extensas) o bien, 2) hasta una distancia de 200 millas marinas contadas a partir de las líneas
de base (para los países con plataformas exiguas). En cualquier caso los países con plataformas extensas
tienen un límite máximo que no puede extenderse a más de 350 millas marinas de la línea de base o bien
a no más de 100 millas marinas con respecto a la isobata de 2500 m;
e) Se reconoce la existencia de la zona, o sea, los fondos marinos situados fuera de las plataformas
continentales que puedan reivindicar los países ribereños.

Se advierte que la clave para incorporar efectivamente el patrimonio oceánico reside, para nuestro país, en la
definición de las líneas de base que sirven de mojón inicial para ejecutar las mediciones previstas en la Convención
del Mar. Esas líneas de base coinciden con la línea de más bajas mareas salvo en los sectores en que las escotaduras y
sinuosidades de la costa permiten definir aguas interiores, como ocurre por ejemplo en el golfo San Jorge; en este
caso se deberá definir la línea de base recta.
En el Congreso Nacional se encuentran en proceso de estudio dos proyectos de ley presentados por el señor
diputado Jorge O. Ghiano que, por una parte, establecen las líneas de base y, por la otra, determinan las
jurisdicciones de nuestro país sobre masas oceánicas y fondos marinos (Diario de sesiones, Cámara de diputados de
la Nación, sesión del 6 y 7 de marzo de 1986,- págs. 7349-7352).
Mientras se realizan los trámites pertinentes que conduzcan a la aprobación de las mencionadas leyes, la situación
es incierta e imprecisa en la porción oceánica argentina. Los usurpadores británicos de las islas Malvinas han
establecido unilateralmente una denominada «zona de exclusión» alrededor del archipiélago, con un radio de 150
millas marinas, zona en la que se efectúa una sobrepesca y en la cual nuestro país no ejerce jurisdicción alguna. Por lo
demás, navíos de distintas nacionalidades han sido sorprendidos en el resto de la zona económica exclusiva en
reiteradas oportunidades realizando tareas de pesca que, por sus características, son depredatorias.
Se ha considerado que estas incursiones en aguas ajenas —moderna forma de piratería— es resultado de la
imposición de las zonas económicas exclusivas en muchos lugares del mundo, que se realiza desde varios años atrás
(Hodgson; Herold, 1975, Smith, 1979). Algunos países, como por ejemplo Estados Unidos (Smith, 1981) e Italia
(Cavallaro, 1979) han realizado precisas tareas para definir sus respectivas jurisdicciones.
En aguas argentinas la pesca foránea se ha intensificado en los últimos años y en el primer semestre de 1984
fueron identificados en operación más de 170 barcos, de los cuales la mayoría eran barcos factoría con capacidad de
procesamiento de 10.000 toneladas anuales cada uno.
En julio de 1986 se firmó un convenio de pesca con la URSS —que el Reino Unido se apresuró en desconocer—
por medio del cual nuestro país otorga permisos de pesca dentro de su zona económica exclusiva (incluyendo el área
malvinense) con ciertos recaudos que permitan la preservación de la biomasa oceánica. Es posible que z este tratado
sigan otros, actualmente en tramitación, Con Polonia, Japón, Corea, Bulgaria y la Comunidad Económica Europea.
Es necesario que los argentinos tomemos conciencia de la responsabilidad que nos compete —frente a la
irresponsabilidad británica— en el mantenimiento y conservación de un patrimonio biológico que, en alguna medida,
es también patrimonio de la humanidad.

4.4 La recuperación de las islas Malvinas

La cuestión suscitada acerca de las islas Malvinas se origina en la usurpación realizada por el Reino Unido en 1833,
cumplida como parte de su política de apropiación de territorios de alto valor estratégico para el dominio de las rutas
oceánicas. Se agravó como consecuencia natural del conflicto desencadenado en 1982.
No es oportuno describir los detalles de este engorroso asunto, sobre lo que existe una abundante bibliografía,
recopilada en distintas circunstancias (Torre Revello, 1953; Geoghegan, 1976; Laver, 1977; Rey Balmaceda, 1982).
Atenderemos, por ello, sólo a la situación actual, que conviene ponderar en los tres ámbitos pertinentes: las Naciones
Unidas, el Reino Unido y la República Argentina.
El 9 de noviembre de 1982 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución 37/9 (reproducida en
Rey Balmaceda, 1985:126-127) por la que se pide a los gobiernos de los dos países en conflicto que «reanuden las
negociaciones a fin de encontrar a la mayor brevedad una solución pacífica a la disputa de soberanía respecto de la
cuestión de las islas Malvinas (Falkland)». Esta resolución fue aprobada por 90 votos a favor (entre ellos los de
Estados Unidos y la Unión Soviética), 12 en contra (Reino Unido y países satélites sin relevancia alguna), 52
abstenciones (Francia, Italia y Portugal entre las más importantes) y 2 ausencias.
Este llamado a negociaciones se repitió con resultados parecidos en oportunidad de celebrarse las Asambleas
Generales de 1983, 1984 y 1985 (cuadro N°2).

CUADRO N° 2
Resultados de las votaciones en las Naciones Unidas sobre reanudación de negociaciones sobre Malvinas

A favor En contra Abstenciones


1982 90 12 52
1983 87 9 54
1984 89 9 54
1985 107 4 41

El aumento producido en 1985 en los votos a favor se debió a los votos de países de la Comunidad Europea que
abandonaron su posición abstencionista y se volcaron en favor de la reanudación de las negociaciones (casos de
Italia, España, Francia y Grecia) y también al cambio similar efectuado por países de la Commonwealth (Canadá y
Australia). Los votos en contra fueron los del Reino Unido, Belice, Islas Salomón y Omán. Entre las abstenciones
significativas sólo pueden computarse los votos de Bélgica, Dinamarca, Portugal, República Federal de Alemania e
Israel.
Es motivo de controversias entre los tratadistas el valor efectivo que corresponde atribuir a estas resoluciones que
rutinariamente aprueba todos los años el mencionado organismo internacional.
También en el Comité de Descolonización (o Comité de los 24) se aborda rutinariamente el problema de las
Malvinas. En agosto de 1986 este Comité aprobó, por 20 votos a favor y 4 abstenciones, una resolución cuyo artículo
1o establece:

Reitera que la única manera de poner fin a la especial y particular situación colonial de las islas Malvinas es el
arreglo pacífico y negociado de la disputa de soberanía entre los gobiernos de la Argentina y del Reino Unido. [...]

Esta intervención del citado Comité es resultado del hecho de que oportunamente el Reino Unido elevó una lista
de territorios a descolonizar en la que incluyó a las Malvinas.
Veamos ahora cómo se plantea la cuestión de las Malvinas en el Reino Unido. En base a la información recogida
en mayo de 1986 por cinco distinguidos argentinos que viajaron a Londres y elaboraron un minucioso informe
(síntesis en Pineda, 1986) puede manifestarse que:

a) El 70% de la población del Reino Unido apoya la reanudación de relaciones con nuestro país, pero un 38%
de los encuestados considera que las islas deben ser siempre británicas;
b) No debe desdeñarse la presencia de una minoría renuente a cualquier tipo de relación con nuestro país;
c) Se considera que existen pocas posibilidades de que el actual gobierno (conservador) o el que
eventualmente le suceda tras próximas elecciones pueda aceptar una discusión sobre la soberanía en las
islas;
d) El denominado «lobby de las Falklands», francamente hostil a la Argentina, está en condiciones de
obtener apoyo permanente por parte de los parlamentarios de todos los partidos;
e) La posición de los isleños (ahora ciudadanos británicos) es de alto recelo con respecto a la Argentina y la
cancillería británica declaró (febrero de 1986) que deben respetarse los «deseos» de los malvinenses,
quienes —por lo demás— han perdido los alicientes para mantener las relaciones con nuestro país al
ampliarse y mejorarse sus comunicaciones con el Reino Unido;
f) Las islas carecen de significación estratégica para el Reino Unido (sí para los Estados Unidos pero la
construcción de la base de Mount Pleasant creó una situación nueva: se justifica para evitar que se repitan
las acciones argentinas de 1982. El alto costo de mantenimiento (que otras fuentes indican que es del
orden del 7% del total de los gastos militares del Reino Unido) plantea el problema de saber quien la
controlará en el futuro;
g) Un problema adicional es el de la pesca. Los isleños presionan para que se establezca una zona económica
exclusiva alrededor del archipiélago con el propósito de aumentar sus recursos, propuesta que la
cancillería británica rechaza para evitar nuevos roces con la Argentina. Las empresas pesqueras también
presionan en favor de la declaración de la zona económica exclusiva de 200 millas marinas de ancho;
h) Las declaraciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y de otros organismos no inquietan en
modo alguno.

Frente a este actualizado cuadro que ofrece el informe que reseñamos convendrá ponderar la actitud argentina
sobre el asunto. Nuestro país adopta una posición de intransigencia absoluta (no declara el cese de hostilidades,
dispone veedores, en, empresas británicas y mantiene la indisponibilidad de bienes del Reino. Unido) convalidada,
además, por la imposición de tratar inicialmente el tema de la soberanía en cualquier contacto (recuérdese la,
frustración de la reunión de Berna.
Tal parece, lamentablemente, que la intransigencia argentina (sobre cuya justificación no es necesario extenderse)
es respondida por la intransigencia británica, por lo que es difícil que en un futuro inmediato se reanuden las
negociaciones bilaterales, Se enfrentan en la emergencia, como, bien lo señalara Adrián, F. J. Hope (1983), dos
principios: el de la autodeterminación (sostenido por los, británicos) y el de la integridad territorial (sostenido por los
argentinos), ambos insertos, en la famosa declaración general de las Naciones Unidas de 1960 destinada a poner, fin
al colonialismo.

4.5 La incertidumbre antártica

En 1991 cesará la vigencia del Tratado Antártico. Es posible que entonces se, decida su prórroga o, bien la
redacción de otro similar, pues no están dadas las condiciones., en nuestra opinión, para, resolver de otra manera el
destino de la más extensa masa, emergida, en condición de res nullius que subsiste en nuestro planeta.
La lista de la treintena, de países que han manifestado su decisión de participar ostensiblemente en las
determinaciones que puedan tomarse sobre la Antártida; (cuadro, M°3) demuestra no sólo, el creciente interés
mundial por el asunto; sino también la, heterogeneidad de los intereses en juego. Las reclamaciones territoriales,
realizadas por siete países, entre ellos el nuestro, por el momento no tienen validez práctica.
Es posible, de todas maneras, que se pretenda ampliar el área que esté sometida, al nuevo tratado, antártico, es
decir, es posible que el actual límite septentrional representado por el paralelo de 60° Sur sea reemplazado por otro
en latitud: menor. Fundamentan esta presunción varios hechos.
Recordemos, en primer término, que en la reunión consultiva celebrada en Canberra en 1980 se aprobó una
Convención sobre conservación de los recursos vivos antárticos destinada a preservar el ecosistema marino antártico
y con tal propósito se definió una línea que amplia significativamente el área antártica. Nuestro país adhirió a esa
Convención por medio de la ley 22584.
Apuntemos, en segundo término, que el Bureau Hydrographique International realiza consultas destinadas a
establecer una actualización de los límites entre océanos y mates. Nos interesa particularmente la propuesta del
Reino Unido, que cuenta con varios apoyos, que lleva los límites del océano Antártico a latitudes inferiores a la de la
convergencia antártica e incluso a las de la convergencia, subtropical en algunos sectores.
Señalemos, en tercer término, que el distinguido geógrafo contemporáneo Harm J. de Blij ha sostenido (De Blij,
1978) que la «región austral» está constituida tanto por la Antártida propiamente dicha como por las masas
oceánicas que la rodea, unidad que ocupa una quinta parte del total de la superficie de nuestro, planeta., El límite
septentrional de esta unidad está, representado por la convergencia subtropical en opinión de dicho autor.

CUADRO N° 3
Participación de los Estados en el Tratado Antártico

Argentina,

Signatarios iniciales (1959)


Australia,
TRATADO ANTÁRTICO

han realizado Chile,


reclamaciones Francia,
territoriales Noruega,
Nueva Zelanda
MIEMBROS Reino Unido
Bélgica,
CONSULTIVOS Estados Unidos,
No han realizado Japón, Sudáfrica,
reclamaciones Unión Soviética
territoriales Países Bajos (1967) Polonia (1977), Alemania Federal
(1981), India (1983), Brasil (1983), Ecuador (1987).

Checoslovaquia (1962), Dinamarca (1965), Rumania (1971), República


MIEMBROS Democrática Alemana (1974), Bulgaria (1978), Uruguay (1980), Perú (1981),
Papúa-Nueva Guinea (1981), Italia (1981), España (1981), China (1983),
ADHERENTES Hungría (1984), Suecia (1984), Finlandia (1984), Cuba (1984), Suiza (1989).

Tres hechos dispares que confluyen, por cierto, en una posible ampliación del territorio sometido a lo que
establezca el nuevo tratado antártico. Cabe preguntarnos: ¿qué objetivos pueden satisfacerse con una ampliación de
ese tenor? Podemos anotar dos objetivos básicos sin perjuicio de que existan otros que desconocemos:

a) Se disminuirán las áreas oceánicas (zona económica exclusiva y fondos) que puedan reivindicar los países
por aplicación de la Convención del Mar;
b) Algunas islas que están fuera de la Antártida (latitud menor a 60° Sur) pasarían a participar del área
antártica y como la soberanía de algunos países poderosos no es en ellas discutida (caso de Noruega en
Bouvet, de Francia en Kerguelen, etc.), esas islas serán bases ciertas para operaciones antárticas de
cualquier naturaleza e, incluso, para intentar apropiaciones mayores.

Adviértase, a mayor abundamiento, que las islas Georgias del Sur y Sándwich del Sur pasan de esta manera a
integrar el área antártica y así quedarían irremisiblemente perdidas para la República Argentina junto con la zona
económica exclusiva y los fondos marinos que normalmente pueden definir para nuestro país por aplicación de la
Convención del Mar.
La mera posibilidad de que ocurra lo que acabamos de señalar obliga a una vigilia permanente.

4.6 El traslado de la Capital Federal

El problema del emplazamiento de la Capital Federal, como sede de las máximas autoridades nacionales y centro
de poderes de distintos órdenes, ha sido tema de controversias permanentes entre los argentinos y sobre ello existe
un libio reciente que registra los pormenores de la cuestión (Rey Balmaceda, 1982), que nunca se suscitó en torno a
una posible ineficacia de la ciudad de Buenos Aires como capital natural de la Argentina sino más bien acerca de una
presunta conveniencia en quitar esa función administrativa a dicha ciudad para disminuir así su peso relativo en
relación con otras ciudades del país. De todos modos cabe puntualizar que en ese peso relativo debe computarse
también la parte que le corresponde a la porción bonaerense del Gran Buenos Aires, cuyo crecimiento ha sido
incesante en las últimas décadas hasta duplicar con creces actualmente a la población de la ciudad fundada por Juan
de Garay en 1580. Por el contrario, la ciudad de Buenos Aires permanece estacionaria en su población, próxima a tres
millones de habitantes desde 1947.
La cuestión del traslado de la Capital Federal es compleja, ofrece numerosos aspectos y permite una discusión
desde muy diversos puntos de vista. No es posible, en esta ocasión, abordarla en detalle y sólo corresponde señalarla
por todo lo que implica para un análisis de la realidad argentina desde la óptica de la geografía política.
Cabe manifestar que durante la presidencia del Dr. Alfonsín se propició un proyecto de traslado de la Capital
Federal, convalidado por una ley nacional. El emplazamiento elegido fue un sitio localizado en ambas márgenes del
curso inferior del rio Negro, entre la ciudad de Viedma y el océano, donde se realizaron algunas obras preliminares.
Este proyecto fue resistido -por distintas razones- por la población argentina y fue finalmente anulado en 1990.

5. Conclusiones

El juzgamiento de la importancia y características de la República Argentina desde una óptica correspondiente al


campo de la geografía política puede efectuarse de distintas maneras.
En primer lugar, es posible ponderar su pertenencia a determinados grupos, bloques, «ententes», alianzas o
«clubes» y al respecto mucho se ha discutido acerca de mi inclusión —o bien exclusión— del denominado Tercer
Mundo, de la unidad reconocida como Latinoamérica, del área identificada como «mundo occidental», etcétera. Esa
problemática escapa a los propósitos de este capítulo.
En tal orden de ideas puede recurrirse al reciente trabajo de Ray S. Cline (1980) referido al «poder percibido»
(perceived power) de una amplia cantidad de Estados para la década del 80, Este autor utilizó la fórmula integrada
por los denominados «elementos de poder», a saber:

Pp = (C+E+M) x (S + W)
Donde: Pp es el poder percibido
C es la «masa crítica» (población más territorio del Estado)
E es la capacidad económica del país
M es la capacidad militar
S es el conjunto de propósitos estratégicos W es la
fuerza en lograr la estrategia nacional.

Cline analizó la situación correspondiente a 77 países: el primer lugar le correspondió a la URSS (puntaje: 458), el
segundo a Estados Unidos (304); otros puntajes interesantes fueron los de Brasil (137), Japón (108), Francia (74). A la
Argentina le correspondió un puntaje de sólo 32 puntos, en el cual la «masa crítica» debió hacer sentir su innegable
influencia, pues en los otros rubros su peso es muy débil.
Asimismo Cline distinguió once «politectonic zones» integradas por la agrupación de varios países. La más
poderosa resultó ser la encabezada por la, URSS e integrada por Polonia, Alemania Democrática, Rumania,
Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, Mongolia, Cuba y Albania, con 534 puntos, seguida por la encabezada por los
Estados Unidos (388).
La zona correspondiente a la Argentina fue la IX, integrada por América del Sur. En ella el peso del Brasil, con sus
137 puntos, era excluyente; otros valores interesantes eran los de Chile (25), Perú (13), Colombia (12), Venezuela (9) y
Surinam (4). El peso de la Argentina, con los ya señalados 32 puntos, era poco importante.
Más allá de estas especulaciones, y de tantas otras del mismo tenor que puedan realizarse, lo realmente
interesante son las peculiaridades que distinguen a nuestro país desde el punto de vista de la geografía política, entre
las que podemos puntualizar:

1. Las características analizadas del sustento territorial (extensión, forma, posición, desprendimiento
geográfico, cohesión interna, clima y recursos naturales) han demostrado palmariamente que la República
Argentina posee un conjunto de condiciones favorables tanto para el desarrollo del poder nacional como
para su proyección internacional, al margen de los desaciertos administrativos que debemos soportar
desde hace bastante tiempo;
2. La Argentina ocupa una posición céntrica con respecto a los cinco Estados vecinos. En algunos sectores de
esa extensa periferia existe un evidente desprendimiento geográfico, pero en otros la facilidad de los
contactos ha favorecido la inmigración limítrofe hacia nuestro país, los traslados de los trabajadores de
temporada y los intercambios vecinales. Esa atracción que ejerce nuestro país genera una problemática
fronteriza que es necesario atender;
3. En su porción americana emergida la Argentina se distingue por su condición prevalente de país templado,
con una buena aptitud general desde el punto de vista bioclimático. Ello obliga a concretar una ocupación
efectiva de todo el territorio, que en algunos lugares deberá efectuarse en forma discontinua pero no por
ello menos efectiva;
4. Las redes ferroviaria y vial poseen una relativa eficacia pero será necesario acordar con Chile una eficaz
salida al Pacífico; como contrapartida, nada obsta para que Chile logre por intermedio de la Argentina una
adecuada salida al Atlántico;
5. El hecho de pertenecer a la cuenca del Plata conmina a nuestro país a ejercitar todas las acciones que sea
menester para que esa privilegiada unidad natural sea idónea para fundamentar el bienestar de todos sus
habitantes; La Argentina debe ser concebida como país bicontinental y su proximidad a la Antártida
deberá jugar un papel relevante en el futuro;
6. La Argentina posee una fachada atlántica de singular extensión, privilegiada por la carencia de vecinos
próximos. La presencia ilegítima del Reino Unido en las islas Malvinas debe considerarse como una
expresión de un colonialismo que ha perdido por completo su vigencia;
7. Un territorio amplio y variado, si bien árido y semiárido en grandes sectores, es un aval que justifica
cualquier pretensión de grandeza. Si a ello agregamos las características positivas de la población,
comprobamos que todo confluye en favor de un futuro promisorio que demandará esfuerzos, pero que no
es inverosímil.

Como consideración final cabe insistir en que sólo la reafirmación de la identidad nacional será la garantía de una
sobrevivencia feliz en la compleja antroposfera política mundial de nuestros días.