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070. Mateo. El evangelio más clásico.

FICHA
Para el Introductor

El Evangelio de Jesucristo según San Mateo es el primero que figura en la


Biblia, y por eso es también el primero que nosotros vamos a ver en nuestro Curso.
Mateo es una figura muy destacada en la vida de Jesús por la llamada tan
extraordinaria que tuvo del Señor. Publicano, muy instruido y de buena posición
social, dejó todo por seguir a Jesús, y se convirtió en un apóstol y un evangelista
muy querido en la Iglesia de todos los tiempos.

Exposición MONOLOGADA del Curso de Biblia Luz y Vida

Nada más abierta la primera página del Nuevo Testamento en la Biblia nos encontramos
con el Evangelio según San Mateo, y su nombre resuena continuamente en las lecturas
sagradas de la Iglesia. El nombre de Mateo nos es muy familiar y muy querido. ¿Quién era
Mateo? ¿Cómo es y qué nos enseña el Evangelio que lleva su nombre?

Lucas y Marcos lo llaman Leví; sólo el interesado se da el nombre de Mateo, al que


añade su profesión de cobrador de impuestos, tenido por pecador público. Jesús lo defiende
y se defiende a sí mismo, con esas palabras tan formidables dichas en la misma casa de
Mateo, durante el banquete con que el publicano se despide de sus colegas y amigos, al
enrolarse entre en el grupo de los apóstoles: “No son los sanos los que necesitan del
médico, sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”
(Mateo 9,9-13)

Es casi seguro que Mateo escribió un primer evangelio en hebreo o arameo dirigido a la
comunidad judía. Y se ha dicho, quizá con mucho tino, que lo pudo hacer con
conocimiento, y tal vez por encargo, de los otros Apóstoles; porque Mateo, publicano
acostumbrado a papeles y cuentas, era el más capaz de un trabajo semejante, visto muy útil
desde un principio. Ese evangelio arameo de Mateo se perdió. Y el Evangelio que
poseemos hoy es la suma de aquel arameo perdido, más el Evangelio de Marcos del que
toma muchas cosas, más aquella otra fuente llamada Q.
Más que simple traductor de Mateo, el redactor del Evangelio actual lo escribió en
griego, con mucha fidelidad al arameo original y a Marcos, a la vez que con mucha
libertad. Fue en torno al año 70, más bien algo más tarde.

Aunque el Evangelio de Marcos es anterior al de Mateo en su redacción definitiva, y


quizá también el de Lucas, sin embargo ha sido Mateo considerado siempre como el primer
Evangelio de todos, por aquel antiguo original arameo, y, más que nada, por su perfección
intrínseca y por haber gozado de la primacía en el uso que de él hizo la Iglesia desde los
principios.
Dicen que, literariamente, Mateo es el libro más perfecto de toda la Biblia, aunque el
griego que usa no sea el más atildado, porque el redactor tuvo que ser fiel a las fuentes del
original arameo y a Marcos, y conserva muchos semitismos o fórmulas hebreas con que se
expresaban los apóstoles en su catequesis y usadas, indudablemente, por el mismo Señor.

En su división, este Evangelio es de una armonía impecable: conserva como ningún otro
las palabras de Jesús, encuadradas en los grandes discursos del Sermón de la Montaña, de
las parábolas a la orilla del lago, de la comunidad eclesial y de la escatología o fin del
mundo, después de la controversia con los escribas y fariseos.

Los hechos del Señor los distribuye metódicamente, agrupando los milagros, el
ministerio en Galilea y el viaje a Jerusalén.

Todo sigue el orden de la catequesis de los Apóstoles, iniciada por Pedro: Bautismo en
el Jordán, todo lo que hizo el Señor en Galilea y en la subida a Jerusalén, y la Pasión y
Resurrección. Le pone a todo un prólogo bellísimo con hechos de la Infancia de Jesús, y lo
acaba con un epílogo sobre la misión última de los Apóstoles a evangelizar el mundo
entero.

Usa después de cada sección unas fórmulas que llaman la atención: Jesús, “acabados
estos discursos”, “después se retiró”, “entonces se puso”…, y otras expresiones semejantes.
No indican tiempo, sino paso literario de una sección a otra de su libro. Pero hacen ver una
cosa muy interesante: que este Evangelio, aunque es mensaje y enseñanza, es también
historia, ya que del Jesús de la fe se pasa con mucha naturalidad al Jesús de Nazaret que
vivió entre nosotros.

Dirigido primariamente a una comunidad cristiana venida del Judaísmo, el Evangelio de


Mateo se distingue por su afán de hacer ver cómo todo lo que dice de Jesús ya estaba
profetizado en el Antiguo Testamento, el cual viene a cumplirse ahora con toda exactitud.
Mateo usa continuamente estos dichos: “Esto ocurrió para que su cumpliera…”, “Según
había profetizado…”, y otras fórmulas semejantes.

Que va dirigido a los judeocristianos está fuera de toda duda. Como la sinagoga había
roto del todo con la Iglesia naciente, los cristianos necesitaban un arma con la cual
responder a los ataques de sus adversarios. No es el de Mateo un Evangelio “contra” los
judíos, sino un Evangelio “para” los cristianos a fin de que sepan hablar con los que no
quisieron entrar en el Reino aunque habían sido llamados.

En cuanto a la doctrina y mensaje, el Evangelio de Mateo se distingue por tantas


palabras y dichos del Señor, pero el Evangelio entero se centra en estos puntos capitales.

Primero, en la Persona de Jesús como “Hijo de Dios”, declarado así por el Padre en el
Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias”; por Pedro en su
confesión de Cesarea de Filipo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”; por el Padre
de nuevo en la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”; y por el
centurión pagano al morir el Señor: “Verdaderamente, éste era hijo de Dios” (Mateo 3,17;
16,16; 17,5; 27,54)

Segundo, en la Iglesia, a la que dedica todo el discurso del capítulo dieciocho, y en la


que destaca entre todos Pedro, como consecuencia de aquella promesa del Señor: “Tú eres
Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia” (Mateo 16,18).

Tercero, a perfección cristiana, basada en el cumplimiento de la voluntad de Dios. “Sean


perfectos como su Padre celestial es perfecto” a lo que seguirá: “Padre nuestro…, hágase tu
voluntad”. “No todo el que me dice “¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino
el que hace la voluntad de mi Padre”. Pensamiento y palabras repetidos varias veces en este
Evangelio, y de los que Jesús da ejemplo en su agonía de Getsemaní: “No sea como yo
quiero, sino como quieres tú”. “¡Padre mío, hágase tu voluntad!” (Mateo 5,48; 6,10; 7,21;
26,39.42)

Cuarto. Y volviendo a la Persona de Jesús. El “Hijo del hombre”, el “Siervo”, el


humilde Nazareno, el del linaje de David y nacido de María la Virgen, como ha declarado
con el encantador evangelio de la infancia, ese Jesús queda constituido “Señor” después de
la resurrección: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Por eso tiene
autoridad para mandar: “Vayan y hagan discípulos de todas las gentes, bautizándolas y
enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado”. En este Evangelio de Mateo no
está restringido el Reino a los judíos, como si excluyera a los otros pueblos, sino que es
esencialmente universal, según lo indican estas últimas palabras del Señor.

Todo el Evangelio de Jesucristo según Mateo se resume en estas dos palabras claves y
señeras: “Mesías” y “Reino”. Jesús es el Cristo prometido en todo el Antiguo Testamento,
y es el instaurador del Reino de los Cielos, o Reino de Dios en la tierra, al que dirige por
sus Pastores sin dejarlo de su mano fuerte, aunque misteriosa y escondida: “Y he aquí que
yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20)

El Evangelio según San Mateo ha representado desde el principio tanto, y tanto sigue
representando hoy entre nosotros, que se le llamado, muy acertadamente, el “Evangelio de
la Iglesia”.