You are on page 1of 4

OPINIONES DE UN PAYASO

Crítica a la religión

El tema del catolicismo de posguerra de la República Federal con la novela «Opiniones de un Payaso» de Heinrich Böll
lleva a que la confrontación entre intelectuales críticos y la iglesia católica llegue a su punto culminante. En relación a estas
publicaciones, los obispos alemanes redactan una carta pastoral. En ella se acusa a literatos y publicistas católicos de
«crítica corrosiva» y de «una particular tendencia al pesimismo».
La iglesia con el fin de ofrecer propaganda anticomunista y, por tanto, sin quererlo, para justificar el capitalismo y la
dictadura, han modificado su tono y han cambiado de oyentes.
Es el relato de un payaso, Hans Schneir, y su desencanto por la vida, por el amor, por la familia, por la religión.
Hans vivirá con Marie, su primer y único amor, una católica que lo intentará meter a grupos católicos que, obvio, también
despreciará. El payaso no cree en la religión ni en un ser supremo que sea dadivoso con la dicha y la desgracia.
La religión será tema recurrente del payaso porque los personajes que se mueven a su alrededor son gente que alardea de
ser cristiana, católica y a su vez tienen actitudes “mezquinas”. El payaso que lo tiene más claro que nosotros y que lo que
admite la sociedad, se irá contra todo sistema religioso. Seguirá usando el teléfono para llamar a todos esos católicos,
cristianos que conoce y que le pueden dar una mano. La negativa llegará de distintas maneras, con distintas excusas.
Nuestro personaje ni siquiera se sorprende, conoce a su prójimo y lo que conoce de su prójimo no es nada halagüeño.
La doble moral: de aquellos que predican amor a los demás y caridad, de sus padres que fueron parte del aparato que
apoyó al nazismo y que ahora se camuflan como gente que lo recuerda con horror, de la católica Marie que fue incapaz de
soportar vivir en “pecado” con él pero que no tuvo peso de conciencia al abandonarlo por otro hombre, la doble moral del
público que un día lo aplaudió y que ahora lo mira con tristeza, esa doble moral es retratada con maestría por Böll.

La obra más anticatólica de un escritor católico

Opiniones de un payaso 4 es la novela donde Böll colocó dicha paradoja como tema central, y llevó a cabo una de sus
obsesiones: revisar aquellas doctrinas rígidamente establecidas que se derivan de los centros del poder (la crítica que aquí
se dirige hacia la Iglesia será extensiva en otras obras a la milicia, al Estado). En 1963, año de su aparición, la obra se
transformó en un best-seller demostrando que la preocupación del autor desbordaba lo personal.

¿Cómo enfrentarse al dilema que implica la necesidad de señalar profundas falencias en una organización de la magnitud
de la Iglesia católica, de la cual se es parte, sin transformar dicho juicio en una crítica apesadumbrada y solemne? Böll lo
resuelve maravillosamente utilizando el humor, recurso exaltado por él “como poesía, como reducto de la resistencia” 5 y
por estar libre de los “privilegios de clase”. Al igual que Boccaccio en algunos cuentos de su inmortal Decamerón, Böll
recurre a la sátira para sacudir al establishment católico. El humor le posibilita tomar distancia frente a aquello que desea
criticar para describirlo con ironía y exponer a un tiempo la propia visión de ese mundo cristiano alejado de su verdadera
esencia.

Opiniones de un payaso se construye a partir del largo monólogo interior de su protagonista, Hans Schnier, un payaso de
profesión, proveniente de una acaudalada familia protestante alemana. Sin duda, el autor intentó generar adhesiones hacia
Schnier quien, en función de su perspectiva de la realidad y de sus costumbres, es un marginal; sin trabajo, mujer ni familia,
herido, en la soledad de su departamento, representa uno de esos ‘seres pequeños, las minorías en favor de las cuales
batallara Böll toda su vida.

Continuando en la línea paradojal que planteamos, este payaso, antirreligioso y anticlerical, es quien encarna en la novela
todo lo que de profundamente humano tiene el catolicismo, desenmascarando la violación de estos principios
fundamentales por el grupo de católicos alemanes representado en la obra. Hans, aunque agnóstico, se vincula con dichos
católicos progresistas debido al profundo amor que siente por su mujer Marie -una de las pocas católicas “sinceras”- quien
finalmente se casa con un miembro del grupo llevada por un “terror metafísico” a estar en pecado mortal (pues vivía en
concubinato con el payaso). En diálogo con Böll, el escritor Heinrich Vormweg señala que en esta novela es capital “la
traición de algo muy elemental y humano, del amor en este caso. (…) No es Schnier el que traiciona, sino que las
circunstancias sociales, tal como se han establecido, la Iglesia incluida, se basan en la traición” (Sin nada que
contar…, p.110). En consecuencia, toda la obra, todo lo dicho por el personaje, sucede en función de denunciar esta traición
al amor, el juego sucio del grupo de católicos que instiga a Marie“aguijoneando su conciencia con cuestiones relativas a la
culpabilidad” para alejarla de él (Opiniones…, p. 303).

Viejos católicos, y una nueva teología

En líneas generales surgen desde la novela tres tipos de católicos: el que estuvo a favor del nazismo y se jacta, pasada la
guerra, de haber sido perseguido por el Régimen; el político “charlatán y oportunista” que utiliza la religión para conseguir un
puesto en la Democracia Cristiana; y el representante del clero, capaz de disertar sobre una pobreza que contrasta con la
opulencia real en la que vive. El denominador común a todos los miembros del grupo es la hipocresía, y una malicia cercana
al sadismo que se advierte en la coincidencia de actitudes frente a la caída (profesional y sentimental) de Schnier;
justificándose en ‘la situación de pecado’ en que vive, se le niega toda mano solidaria, abandonándolo a su suerte.

La figura de Schnier no sólo desenmascara y destaca la falta de los verdaderos principios cristianos sino que, a partir él
puede ir delineándose todo ese sistema de valores ausente, y se instaura, diferenciándose de esa teología
institucionalizada, una nueva: la teología de la ternura. Este es un sistema de valores propio de Böll, que según él se deriva
de los evangelios y rescata aquellas acciones sencillas, que nos devuelven a un humanismo con raíces cristianas pero
liberado de dogmatismos. Es necesario, en este punto, citar las palabras de Böll quien define el concepto:“¿Pero habrá
alguna vez una comunidad humana, o un grupo, o un estado, o una sociedad, capaces de evitar el suicidio? No me dejo
robar esta esperanza. Ha de ser posible curar este aislamiento, esta desesperación, no con dogmas, no con principios -y, lo
que es más importante, sin herir a los demás-. En el Nuevo Testamento hay una teología de la ternura (me atrevo a la
palabra) que siempre es curativa: con palabras, con manos, que también puede llamarse caricia, con besos, una comida en
común (…) 6.

Será a partir de la primacía otorgada a estos valores (habitar, comer, dormir, beber), y de la importancia dada a las cosas
más elementales, que Hans Schnier se transforma en un ser marginal. Se enfrenta fundamentalmente a su familia de
procedencia:“en nuestra familia pasa por codiciosa toda persona bastante desvergonzada para recordar que
frecuentemente hay que comer, beber, y comprar zapatos (…) (Opiniones…, p. 356). Hans destaca de su vida con Marie
estos gestos de la comida, del desayuno cotidiano; por eso en el presente narrativo el personaje permanentemente come,
fuma, se baña. La figuras paternas lo privan del alimento y también de todo lo lúdico, negando el juego, que es en la
concepción del autor otro valor: “No son los dogmas ni los principios los que salvan a la gente del suicidio y de la
desesperación, sino el juego y, naturalmente, en el juego siempre el riesgo, no el riesgo necio de perder, sino el que uno no
sabe cómo va a resultar” (Conversaciones…). Este es un concepto que Böll desarrolla en Opiniones de un payaso como la
fiesta; es lo gratuito placentero, no visto como algo secundario sino igualmente elemental, humano, vital: el mundo de lo
infantil. Sólo un niño entra en el reino de los cielos porque precisamente “en la vida de un niño lo banal posee grandeza”(p.
307).

El trabajo y el dinero

Para Böll resultaba imprescindible revisar los valores y la autoridad que los difunde para que éstos pudieran mantenerse a
través del tiempo. No sólo vivir según ciertos principios sino reflexionar sobre ellos. Dentro de esa revisión de los
valores, encontramos cierta idea casi anárquica en el rechazo del trabajo considerado “superfluo, en tanto sirva a los fines
ya no de la subsistencia sino como modo de acceso al consumo y al lujo. Creía en la posibilidad de un regreso a la utopía
romántica de trabajar para vivir. En este sentido, el protagonista de la novela actúa anárquicamente dentro de su grupo
social, pues considera al trabajo como medio para una subsistencia elemental: periódicos, cigarrillos, algún taxi, tomar un
baño. En este contexto el uso del dinero cambia de sentido: (haciendo referencia a su padre, Hans reflexiona) “(…) no podía
dar su dinero a un payaso, que con el dinero sólo haría una cosa: gastarlo, precisamente lo contrario de lo que se debe
hacer con el dinero”(Opiniones …, p. 359).

En torno de la relación de la Iglesia con el dinero, se encuentra una de las críticas a la institución más agudas de la novela.
La dramática situación física y económica de Schnier destaca, por contraposición, a los personajes cristianos, mezquinos
hasta la ridiculización. El telefonista del seminario donde se encuentra Leo -el hermano de Hans, quien decide convertirse al
catolicismo- le confiesa al protagonista: “Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad apesta a dinero, como el
cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, lo sabía usted?” (Opiniones…, p. 374).
Tras el ideal de la Verdad

La relación de la Iglesia con el poder, el dinero y la falta de autenticidad de sus miembros, se encuentran en una
misma línea. Resulta imposible comprender cómo quienes forman la Iglesia, bajo cuyo cuidado deja Cristo al Espíritu de la
Verdad (Jn. 14, 16-17), se hayan alejado de esta virtud. La afectación será otra de las características definitorias del grupo
de católicos, una falta de verdad traducible en la elemental incoherencia entre el discurso y la forma de vida. En las
reuniones, hablan de sus automóviles, sus viviendas burguesas y sus puestos políticos, en tanto Hans lleva una vida
ascética, y no tiene dinero para regresar esa noche con su mujer en el ómnibus.

Ajeno a esa afectación vive Hans: sin poses sociales, sin clisés, un individuo al desnudo. Contra lo que creen los sacerdotes
católicos, siempre preocupados por la “concupiscencia carnal, él siente una “natural inclinación a la monogamia” y preserva
el catolicismo de Marie (que cae en crisis, decepcionada por los miembros del grupo), en tanto dicha religiosidad “es una
propensión natural en ella”. El personaje mantiene hasta el final los valores incólumes: tira por la ventana su última moneda
cuando advierte que después de solicitar el auxilio económico de supuestos amigos y de sus padres no consiguió un solo
marco más.

Un pobrecillo en Bonn

Cercado por el abandono y la idea del suicidio en que lo sumen el grupo de católicos y su propia familia, Hans, que se va
inmovilizando por un golpe en la rodilla, terminará disfrazado como mendigo y pidiendo limosna en la calle, con el último
temor de que lo utilicen (los católicos todo lo utilizan) como propaganda para la causa. No es extraño que esta imagen
posibilite asociaciones con otro mendigo: San Francisco, figura rescatada por Böll, puesto que es el santo que promulga y
vive la sencillez, la vuelta a la esencialidad con alegría; por ello, el “Pobrecillo de Asís” llega sucio y harapiento ante el Papa,
revolucionando la magnificencia romana.

A lo largo de toda la obra los “principios” católicos y de orden son puestos por encima de las verdaderas relaciones
afectivas, de esas necesidades urgentes que describiera Böll en su teología de la ternura. Leo, el estudiante a sacerdote,
tampoco comprende cuando Hans no expone más razones que la imprescindibilidad del otro: “Leo, la presencia de una
persona me haría bien” (Opiniones …, p. 409). Pero esta simple ‘curación’ es postergada, el futuro sacerdote teme llegar
tarde a sus clases, y le pide que sea razonable, que espere hasta mañana.

Volver al origen

¿Dónde se encuentran esos valores de los cuales nuestra sociedad se ha alejado, tema que constituye, tal vez, el
fundamento de toda la obra de Böll? Opiniones de un payaso pareciera orientar la respuesta: en la vida, que ha dejado de
reconocerse como un valor, y dentro de la vida en la posibilidad de recuperar las cosas más elementales, cotidianas y
pequeñas, como lo realmente social y humano. En diálogo con Vormweg, Böll afirma:“los ideólogos cristianos más radicales
rechazan el humanismo. Para ellos es una palabra maldita: humanismo en sentido de fraternidad. Aquí me gustaría volver a
los cuatro Evangelios. En ellos apenas se dan indicaciones para la constitución de una jerarquía como la que apareció más
tarde. Una cosa como el lavatorio de los pies que ha sido degradada a un simbolismo casi absurdo, o la última cena -la
comida en común, el banquete de amor- (…). En los Evangelios hay algo de fraternidad y algo de anti-jerárquico. Lo que se
dice en esos textos es: todos sois iguales, nadie es más que otro”(Sin nada que contar…, pp. 90-91). Simbolizados con las
consideraciones y el transcurso de la vida de Schnier, Opiniones de un payaso, reflexiona acerca de dichos ideales
cristianos, que no fueron distintos de los profesados por el escritor alemán.

La denuncia moral al catolicismo

Antes de Marie e, incluso, durante Marie, podríamos hablar de un Hans Schnier que, aunque incrédulo, no termina por
declararse ateo. Lo que, a mi parecer, constituye el hecho definitivo a este respecto es la forma en la que el catolicismo
califica su relación amorosa: para ella, estar junto a Marie sin haberla recibido en matrimonio, sin estar “bendecidos” por un
cura, constituye un devaneo moral. En este plano de reflexión, que él ame realmente a Marie, que le sea fiel –como lo es-,
que esté dispuesto a entregarle lo mejor de sí, es una cuestión de segundo orden; lo fundamental, lo inaplazable es poder
encerrar ese sentimiento a través de la norma, es decir, dirigirlos desde su sistema moral.

Hans no comprende la necesidad de esto, su pensamiento transita por una ruta más directa, visceral si se quiera, en la que
predomina el sentimiento puro, lo verdaderamente humano; “casados o no –se dice-, sentiría lo mismo, y en tanto que esto
es así, no hay mayor fundamento para incorporarme al mundo católico”. Sin embargo, no sucede lo mismo con Marie, quien
educada en un rígido ambiente religioso, ha experimentado una tensión fortísima entre su amor por Hans y la exigencia
moral de la religión. Ser concubina del payaso, es igual a convivir en el “pecado”, a desafiar de forma directa el plan de dios.
Se demuestra así, cuando Hans habla al respecto:

“De Marie ya empecé a dudar: sus ‘angustias metafísicas’ no me convencían, y si ahora se iba y hacía con Züpfner todo lo que había
hecho conmigo, cometía algo que en sus libros se calificaba sin lugar a dudas de adulterio y fornicación. Su angustia metafísica se
refería única y exclusivamente al hecho de que yo me negara a que nos casáramos civilmente y a dejar educar a nuestros hijos en el
catolicismo (…) Yo, la verdad, no sabía que antes de casarse por la iglesia uno tiene que hacerlo por el Estado. Al enterarme… me
enfadé de verdad, y además, cuando Marie empezó con lo de que tenía que comprometerme por escrito a educar a nuestros hijos
dentro del catolicismo, nos peleamos. Me parecía una extorsión y no me gustó nada que Marie estuviera tan de acuerdo con que se
exigiera un pacto por escrito” (Pág. 71)

De esto se desprenden las dos críticas centrales de Opiniones de un Payaso a la religión: primero, que el marco
deontológico del catolicismo es totalmente ciego frente a la evidencia de lo real, esto es, que todo su deber ser niega
de entrada cualquier posibilidad de existencia distinta de la que promueve, condenándola por el simple hecho de no
adecuarse a su modelo. Lo increíble es que, en muchas situaciones, como la del mismo Hans, se trata de modos de vivir
que, sustancialmente, no se alejan de lo que esa religión exige: respeto, cordura, comprensión, pero que, como no hay
registro de ellos en los libros de sus usuarios, el catolicismo rechaza sin dilación. Se sabe que es estúpido, y que todo se
reduce a una forma de control. Cómo, si no, entender la historia que cuenta Hans al círculo católico al que asiste Marie:

“Yo les expliqué la historia del obrero que había vivido cerca de casa; se llamaba Frehlingen y también había vivido en su casucha con
una mujer separada a cuyos tres hijos incluso alimentaba. Un día fue a verle el párroco, y muy serio y con ciertas amenazas, le pidió que
‘pusiera fin a sus inmoralidades’, y Frehlingen, que era bastante piadoso echó en efecto a la bella mujer y a sus tres hijos. También les
expliqué que después la mujer, para alimentar a sus hijos, se dedicó a la prostitución y que Frehlingen empezó a emborracharse porque
la quería de verdad” (Págs. 85-86)

Llevando al extremo esta primera crítica de Böll –quien, por demás era católico- se puede ver, no sólo las consecuencias a
las que llega el excesivo control religioso, algunas veces contradictorias y cuestionables, sino que es posible toparse con el
principio artificial de toda religión: hay un orden real de las cosas y los hombres, bajo cuyo ejemplo se organizan
adecuadamente, y hay un orden vertical, apriorístico –el religioso- que no siempre se corresponde con lo que debería
pedírsele a los humanos y que entorpece, de cierto modo, el encontrarnos con todas las virtualidades latentes en el mundo.

La otra gran crítica al catolicismo que hace la novela está orientada a la hipocresía de quienes lo profesan. Para ellos
es “pecado” que una pareja sostenga relaciones mientras vive en concubinato, pero no reviste ningún problema que la
mujer, una vez alejada de aquel hombre, se acueste con otro con el que sí está unida en matrimonio. La religión tiene una
forma de desestabilizar lo que funciona bien, de juzgarlo como incorrecto y luego acomodarlo a su conveniencia. Un poco
burlonamente se imagina Hans a Marie siendo bendecida por un pontífice mientras ignora cómo ha ido de un brazo para el
otro, zarandeada por la moral, cuando pudo haber compartido su vida con un solo hombre:

“Casi todos los católicos cultos tienen este rasgo en común, o se acurrucan tras su muralla protectora constituida por los dogmas, o
lanzan a su alrededor sus principios montados a base de dogmas, pero cuando se les hace confrontar en serio sus ‘inconcusas
verdades’ sonríen y se remiten a la ‘naturaleza humana’. Si es necesario muestran una sonrisa burlona como si acabaran de ver al papa
y éste les hubiera transmitido un poco de infalibilidad. En todo caso, cuando uno empieza a tomar completamente en serio las
descomunales verdades que anuncian sin inmutarse, o se es ‘protestante’ o se carece de sentido del humor” (Págs. 128-129)