You are on page 1of 7

Francisco Morales

Historia de la Civilización Moderna

CLASE 2.7
2009-04-03

EL SOCIALISMO

1. Introducción
Al igual que con las otras ideologías, el pensamiento que vamos a agrupar bajo el término
genérico “socialismo” es muy diverso. De ninguna manera podemos reducir esta corriente
intelectual y política a fórmulas como “la abolición de la propiedad privada”, pues no es ésta
una tesis defendida por todos los que se consideran a sí mismos “socialistas”. Tampoco
debería equipararse el socialismo de manera inmediata con el marxismo, pues, si bien en el
siglo XX ésta fue la corriente más influyente dentro de la llamada “izquierda”, existen múltiples
versiones de marxismo y no todo socialismo es marxista. Y mucho menos deberíamos pensar
que socialismo es sinónimo del llamado “comunismo” practicado por la Unión Soviética y otros
países del “socialismo real”.
Como veremos, existen muchas versiones de esta tendencia política; el socialismo es,
probablemente, la más diversa de las tres ideologías modernas (de hecho, deberíamos hablar
más bien de “socialismos”). Esto no implica que no podamos encontrar ciertos rasgos comunes
que nos permitan agrupar a todas estas diferentes versiones dentro de una misma familia
ideológica “socialista”.

2. Características básicas
Deberíamos señalar, en primer lugar, que socialismo y liberalismo tienen varios puntos en
común. Ambas ideologías son herederas directas del espíritu crítico y progresista de la
Ilustración, opuesto a las tradiciones (y en este aspecto, ambas se oponen a la contra-
ilustración conservadora). Tanto liberalismo como socialismo buscan, en principio, un fin
similar: la construcción de una sociedad nueva “racional”, en la que los seres humanos puedan
cumplir libre y plenamente sus potencialidades; en otras palabras, la defensa del progreso
para la emancipación humana.
Ahora bien, podemos describir las características básicas del socialismo a partir de sus críticas
al liberalismo:
1) Crítica al individualismo
Para los socialistas, la sociedad no es un agregado de individuos, cada uno motivado por su
propio interés. El ser humano es por naturaleza comunal: la sociedad no es algo en lo que los
individuos participan por pura conveniencia, es el marco de la realización humana, así como el
escenario de contradicciones que impiden, en ciertas circunstancias históricas, la plena
emancipación. El presupuesto liberal de individuos atomizados que construyen la sociedad por
contrato social es una mera abstracción ahistórica, sin ningún sustento en la realidad. (Por
cierto, la crítica al individualismo y el énfasis en lo social por encima de lo individual son
presupuestos compartidos por socialistas y conservadores; ambas ideologías concuerdan en la
crítica al individualismo liberal, pero el acuerdo solo llega hasta allí).
De hecho, este era el sentido original de la palabra “socialismo”, término creado por los
discípulos del pensador francés Claude Henri de Saint-Simon (1760-1825) para designar su
alternativa política basada en la idea de un orden social orgánico, en oposición al
individualismo liberal.
2) Crítica a las limitaciones del Estado liberal
Como dijimos, tanto el liberalismo como el socialismo tienen como fin la emancipación
humana; pero los socialistas consideran que los proyectos políticos liberales no son lo
suficientemente radicales como para asegurar este fin. Los liberales se contentan con defender
ciertas formas jurídicas y políticas (las del Estado liberal), pero éstas no pueden garantizar los
ideales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Los socialistas suelen
considerarse, al menos implícitamente, los verdaderos herederos de estos ideales
revolucionarios.
Los socialistas no necesariamente desprecian al Estado liberal (algunos sí lo hacen, pero no
todos), pero siempre lo ven como un instrumento limitado. Cuando los liberales se aferran a
las conquistas del Estado liberal, así como de la democracia formal, y se niegan a impulsar
cambios más radicales, se convierten en “conservadores” a ojos de los socialistas.
Es muy común afirmar que las conquistas de los liberales tratan solamente de libertades
formales, y no se ocupan de libertades “sustanciales”; por ejemplo, el Estado liberal proclama
la igualdad ante la ley, pero deja intacta a la desigualdad económica. Así pues, una postura
básica de cualquier socialismo es la exigencia de ocuparse de los problemas socio-económicos
reales, y avanzar hacia la llamada justicia social. Si no se modifica, de alguna manera, la
desigualdad socio-económica existente en las sociedades modernas, la libertad será
formalmente para todos, pero realmente solo para unos pocos.
3) Crítica a la economía capitalista
A diferencia de lo que pensaba Adam Smith, para los socialistas el mercado no garantiza la
adecuada redistribución de la riqueza. El comportamiento egoísta y competitivo del mercado
no está regulado por ninguna mano invisible, sino que, al contrario, mantiene y profundiza la
desigualdad. Las pésimas condiciones de vida de los obreros y las tendencias pauperizantes del
capitalismo industrial del siglo XIX se consideraban importantes evidencias del error de las
tesis del liberalismo económico.
Como veremos más adelante, no necesariamente la propuesta socialista será abolir la
economía de mercado, algunos propondrán introducir mecanismos de control, sin
reemplazarla; pero todos los socialistas estarán de acuerdo en que el mercado capitalista
posee límites intrínsecos que impiden crear la justicia social que la humanidad requiere para
lograr la verdadera emancipación.

3. Los proyectos políticos socialistas


Ahora bien, como se habrá notado, con la excepción del debate individuo vs. sociedad, la
verdadera polémica entre socialismo y liberalismo no se encuentra tanto en los fines, sino en
los medios (de hecho, ciertas versiones de liberalismo aceptarán algunas de las críticas
socialistas). Pero, al mismo tiempo, el debate alrededor de los medios dividirá internamente a
las diferentes versiones del socialismo.
En la práctica, solo existen tres tipos de propuestas socialistas:

1) El cooperativismo
La organización de pequeñas comunidades de cooperación que reemplacen tanto a la
economía de mercado como al Estado moderno es la más antigua de las propuestas socialistas.
Esta era la orientación práctica de la mayoría de autores a los que Marx y Engels llamaban
despectivamente “socialistas utópicos”1.

1
K. Marx y F. Engels, Manifiesto del partido comunista, Libresa, Quito, 1999, p. 59
Uno de los más importantes “utópicos” fue Robert Owen2 (1771-1858), industrial británico,
defensor de la clase obrera. Convencido de que las circunstancias hacían al hombre, proponía
que un cambio en el ambiente laboral y, especialmente, educativo permitiría alcanzar la
felicidad humana. Fue famoso en su época por convertir a su fábrica en un experimento que
buscaba mejorar las condiciones de trabajo y, al mismo tiempo, lograr una mayor
productividad.
En 1825, Owen compró tierras en Indiana (EEUU) y fundó allí su “comunidad igualitaria”
experimental, llamada New Harmony. Allí puso en práctica su propuesta de una economía
agrícola autosuficiente, en la que no existiera propiedad privada y que funcionara por
democracia directa (para Owen, la democracia liberal representativa era una falsa
democracia). El experimento de New Harmony fracasó, principalmente por las divisiones
políticas que surgieron entre sus miembros, que llevaron a que la comunidad se separara. De
todos modos, New Harmony se convirtió en un experimento atractivo, e inspiraría a muchas
otras comunidades similares.
Dentro del grupo de los utópicos podemos ubicar también al francés Charles Fourier3 (1772-
1837). De acuerdo con Fourier, el principal móvil de la conducta humana no era el interés
egoísta, como decían los liberales, sino la pasión colectiva, la tendencia a armonizar la propia
felicidad con la felicidad de los otros. Los males de la sociedad se explicaban por la represión
de esta pasión; había que construir, pues, una sociedad basada no en la represión sino en las
tendencias naturales a la sociabilidad y al altruismo.
Para Fourier, la sociedad debía organizarse en pequeñas comunidades asociativas,
básicamente agrícolas y autosuficientes (a las que llamó “falansterios”). En ellas, cada
individuo trabajaría en aquello que espontáneamente deseara: todos podrían elegir su trabajo
y lo podrían cambiar cuando quisieran. La cooperación estaría basada en vínculos de simpatía
y ayuda mutua. La familia ya no sería necesaria; de hecho, para Fourier, el matrimonio no era
sino una guerra doméstica basada en intereses económicos, donde las mujeres eran
oprimidas. Por eso, en los falansterios debía practicarse libremente la poligamia y la poliandria,
que crearían lazos sociales más amplios.
A diferencia de Owen, Fourier no contaba con los recursos para poner en práctica su
propuesta. Sin embargo, tras la muerte de Fourier, se llevaron a cabo muchas experiencias de
falansterios, especialmente en Estados Unidos.

2) La economía de planificación centralizada


Durante el siglo XX, este fue el sistema implantado en los países llamados “comunistas”, o
también conocidos como países de “socialismo real” o “socialismo realmente existente”.
Consistía en la estatalización de los medios de producción, y en el control y planificación
centralizados de la producción y la distribución económicas. Incluía también un sistema
político de partido único, que se consideraba representante de los intereses de la clase obrera.
Vulgarmente esta propuesta se suele atribuir, de modo erróneo, a Karl Marx (1818-1883), pero
en realidad fue una creación de la Unión Soviética (1917-1991).
Es necesario, sin embargo, introducir aquí algunas ideas sobre Marx, pues su influencia fue
capital en esta versión de socialismo (aunque hay que decir que el marxismo-leninismo de la
URSS no fue la única versión de marxismo, aunque sí la más influyente en términos políticos).
En la teoría de Marx no encontramos ninguna propuesta política detallada. El trabajo de Marx
estaba orientado principalmente a un diagnóstico de la sociedad capitalista, y no al diseño de

2
La siguiente síntesis sobre las ideas de Owen está basada en R. del Águila, “El socialismo utópico”, en
Fernando Vallespín (ed.), Historia de la teoría política, vol. 4: historia, progreso y emancipación, Alianza,
Madrid, 2002, p. 91 ss.
3
La siguiente síntesis sobre las ideas de Fourier está basada en R. del Águila, op. cit., p. 83 ss.
una sociedad futura. Marx se consideraba un científico y un activista en la organización de los
partidos obreros para la revolución, pero estaba muy lejos de dedicarse a planificar utopías4.
En su obra más importante, El Capital: crítica de la economía política, Marx pretendía
demostrar que la economía capitalista no era la forma más “natural” o “racional”, como
pretendían los economistas liberales; era una economía que correspondía con una forma
histórica muy específica de explotación de clase. En el modo de producción capitalista, la
explotación a la clase trabajadora (los proletarios) por parte de la clase propietaria (los
burgueses) se realizaba, de acuerdo con la teoría de Marx, por medio de la “extracción de
plusvalía”. La teoría de la plusvalía puede resumirse del siguiente modo: puesto que, de
acuerdo con los mismos economistas clásicos (principalmente, David Ricardo) el valor de una
mercancía solo puede provenir del tiempo de trabajo, la ganancia que obtienen los capitalistas
de la venta de una mercancía no puede provenir del capital, sino del mismo trabajo; la
ganancia proviene, finalmente, de la diferencia entre el “trabajo necesario” (las horas de
trabajo equivalentes al valor del salario del trabajador) y el “trabajo excedente” (las horas de
trabajo que el obrero, sin saberlo, entrega completamente al capitalista). Existe, pues,
explotación de clase, aunque disfrazada en relaciones mercantiles formalmente “libres”5.
Ahora bien, puesto que el modo de producción capitalista era histórico, no podía existir
eternamente. De hecho, de acuerdo con la teoría de Marx, estaba destinado a la catástrofe,
pues, como todo modo de producción, poseía contradicciones intrínsecas. En primer lugar,
Marx pretendía haber descubierto la “ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia”,
que puede explicarse así: las empresas capitalistas se ven constantemente empujadas a
aumentar la productividad en razón de la competencia (se aumenta la productividad para
vender más y más barato); para aumentar la productividad, los capitalistas invierten en medios
de producción (herramientas, maquinaria, infraestructura, etc.); pero, como solo el trabajo es
capaz de producir valor, la cada vez mayor importancia de los medios de producción frente al
trabajo produce una inevitable disminución de la tasa de plusvalía y, por lo tanto, de la
ganancia6. Para mantener la tasa de ganancia, no hay más remedio que aumentar el grado de
explotación de los trabajadores.
En segundo lugar, la economía capitalista se expone a periódicas crisis de superproducción.
Dado que el motor de la actividad económica es la maximización de la ganancia, cada empresa
produce la mayor cantidad posible de mercancías; pero la capacidad de consumo del mercado
es limitada, de modo que inevitablemente se produce más de lo que se puede vender. Esta
superproducción contrasta con la miseria de los trabajadores, que cada vez se ven más
pauperizados por las necesidades de explotación del capital7.
Estas contradicciones económicas llevarán a las clases sociales fundamentales de la sociedad
capitalista —burguesía y proletariado— a una situación políticamente explosiva y a una “crisis
revolucionaria”. La revolución proletaria era, para Marx, cuestión de tiempo (aunque no
ocurriría automáticamente, requería de la organización política de los obreros para que
asumieran su verdadera vocación revolucionaria). Una vez realizada esta revolución, la clase

4
Marx y Engels evitaban dedicarse a elaborar planes utópicos, pues su principal preocupación era la
organización de los obreros para la lucha política revolucionaria. Ya habían cuestionado a los “socialistas
utópicos” el haber reemplazado el compromiso revolucionario del proletariado por la defensa de
organizaciones sociales fantasiosas, que escapaban del inevitable antagonismo de clases: “Repudian,
por eso, toda acción política, y en particular, toda acción revolucionaria; se proponen alcanzar su
objetivo por medios pacíficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio social valiéndose de la fuerza
del ejemplo, por medio de pequeños experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre” (K. Marx y F.
Engels, op. cit., p. 60, 61).
5
K. Marx, El Capital, Tomo 1, Cartago, Buenos Aires, 1973
6
K. Marx, El Capital, Tomo 3, Cartago, Buenos Aires, 1973, cap. XIII
7
K. Marx y F. Engels, op. cit., p. 29
proletaria eliminaría las luchas de clases que habían caracterizado hasta ahora a la historia
humana, y se podría pasar a la sociedad comunista.
Sin embargo, Marx no tenía en mente las sociedades agrícolas utópicas de los primeros
socialistas. El desarrollo de los medios de producción, impulsado de manera revolucionaria por
el modo de producción capitalista, había permitido la emancipación del hombre frente a la
naturaleza; la economía capitalista era, para Marx, “revolucionaria” y, en todo caso, necesaria:
su desarrollo tecnológico sin precedentes había permitido superar el “reino de la necesidad”.
La revolución proletaria, en cambio, permitiría la emancipación de la explotación del hombre
por el hombre, y pasar, así, al verdadero “reino de la libertad”.
Ahora bien, Marx nunca explicó cómo debía organizarse la sociedad comunista. Solamente
entendía por comunismo, en términos generales, la ausencia de propiedad privada y de
Estado. No obstante, en su famoso Manifiesto del Partido Comunista (escrito junto con
Friedrich Engels) y otros textos políticos, Marx mencionó que, como etapa previa al
comunismo y a la disolución del Estado, la clase proletaria debía convertirse en clase
dominante: la llamada “dictadura del proletariado”. Se trataba de un Estado represivo
temporal, en el que la clase trabajadora debía eliminar todos los rezagos de la sociedad
burguesa, probablemente por medio de “la centralización de los medios de producción en
manos del Estado”, y la “violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones
burguesas de producción”8. Sin embargo, este Estado proletario estaba dirigido no a la
perpetuación del proletariado como clase dominante, sino, al contrario, a la eliminación de
toda necesidad del Estado:
El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la
opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye
indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en
cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime, al
mismo tiempo […], las condiciones para la existencia del antagonismo de clases en general, y,
por tanto, su propia dominación como clase.9
La tesis sobre la “dictadura del proletariado”, aunque no fue plenamente elaborada,
solamente mencionada, se convertirá en la piedra angular del futuro modelo de economía de
planificación centralizada y de gobierno de partido único inaugurado por la Unión Soviética.
Las ideas de Marx y Engels fueron completadas por la importante tesis de Lenin (1870-1924)
sobre la “vanguardia del partido”, según la cual la revolución proletaria no podría tener éxito si
no era liderada por una intelligentsia10. Con Lenin, la dictadura del proletariado se convertirá
en dictadura del partido.
El modelo de cómo debía manejarse la economía en un Estado controlado por el partido
revolucionario, representante de los intereses proletarios, fue construido, en la práctica, por
Stalin (1879-1953). Desde entonces, la ortodoxia marxista-leninista sostendría que el sistema
político y económico creado en la Unión Soviética correspondía con la etapa de transición
descrita por Marx (a la que se llamaba a veces “socialismo”, para diferenciarla del futuro
“comunismo”).

3) El socialismo democrático
Las diferentes versiones del llamado “socialismo democrático” tienen como punto en común
su aceptación, al menos temporal, de los mecanismos del Estado liberal-democrático. No
aceptan la tesis marxista de la inevitabilidad de una revolución violenta, ni la tesis de la
dictadura del proletariado, ni la tesis leninista de la creación de un partido único. La

8
Ibíd., p. 47
9
Ibíd., p. 48, 49
10
Término muy difundido en Rusia y otros países de Europa Oriental, para designar a una élite
intelectual, cuya educación le permitía asumir el liderazgo de procesos históricos.
construcción del socialismo debe realizarse por medios democráticos, contando con una
amplia aceptación de las mayorías.
Por otra parte, el socialismo democrático no suele ser tan radical con la crítica a la economía
capitalista. En general, los socialistas democráticos suelen aspirar a la socialización de los
medios de producción, pero no buscan implantarla de manera rápida y revolucionaria, como
los marxistas-leninistas, sino por medio de reformas graduales, y siempre de acuerdo con las
condiciones históricas y el clima político de cada Estado. Más aún, en la segunda mitad del
siglo XX, la corriente conocida hoy como “socialdemocracia” abandonó completamente la
crítica radical a la economía de mercado; para los socialdemócratas del siglo XX, no se puede ni
se debe eliminar el mercado capitalista, pero sí se lo debe regular y corregir sus defectos.
La división entre este socialismo “moderado” y el socialismo “radical” representó la más
importante confrontación al interior de la llamada izquierda. Sobre todo en el siglo XX, a partir
de la Revolución Rusa, existirá un agudo antagonismo entre los partidos marxistas-leninistas
(que, para diferenciarse del resto, usualmente utilizaban el nombre de partidos “comunistas”),
y los diversos partidos “socialistas”, que no se aferraban a las tesis revolucionarias marxistas ni
al modelo soviético. Ambas tendencias se acusaban mutuamente de no ser realmente
“socialistas”: los marxistas-leninistas acusaban a los “reformistas” de aferrarse ingenuamente
a las formas políticas burguesas; los socialistas democráticos acusaban a los “revolucionarios”
de impulsar regímenes totalitarios, traicionando así el espíritu democrático que era intrínseco
al socialismo.
Sin embargo, este antagonismo tiene sus orígenes en el siglo XIX. La división ocurrió al interior
del marxismo, en el famoso debate entre “revisionistas” y “ortodoxos”, en el seno de la
Segunda Internacional Socialista11. El principal representante del revisionismo fue el alemán
Eduard Bernstein12 (1850-1932). Bernstein cuestionó las predicciones de Marx respecto del
inevitable derrumbamiento del capitalismo, así como la tesis de una creciente polarización de
las dos clases antagónicas. Para Bernstein, el socialismo llegaría gradualmente y por medio de
la democracia, no como consecuencia de alguna catástrofe económica y de una crisis
revolucionaria.
En oposición a la postura tradicional socialista de la defensa de una democracia radical, de tipo
rousseauniana, Bernstein entendía por democracia al sistema de elecciones pluripartidistas
con sufragio universal (es decir, el Estado liberal democrático). La concepción de la democracia
como “poder del pueblo” era, para Bernstein, ingenua y demasiado cercana al anarquismo. La
democracia no implicaba la desaparición del poder político, sino simplemente la desaparición
del poder de clase. El desarrollo de la democracia significaría la eliminación progresiva de la
dominación clasista, y era, por lo tanto, el mejor medio para la construcción del socialismo. De
hecho, para Bernstein, “la democracia es medio y fin a la vez. Es el medio para luchar por el
11
La “Internacional Socialista” es una organización que pretende agrupar a los distintos partidos y
movimientos obreros a nivel mundial. La Primera Internacional, llamada Asociación Internacional de los
Trabajadores, fue fundada en 1864. Estuvo marcada por el enfrentamiento entre Marx y Bakunin, que
llevó a la división entre marxistas y anarquistas, y a la eventual disolución de la Internacional en 1876. La
Segunda Internacional fue fundada en 1889, por iniciativa de Engels, entre otros, y tuvo una clara
tendencia marxista, aunque marcada por el debate entre “revisionistas” y “ortodoxos”. Se debilitó tras
el estallido de la Primera Guerra Mundial y se disolvió en 1916. Fue reconstituida tras la Segunda Guerra
Mundial, pero con una tendencia claramente alejada del marxismo.
En 1919 se creó también una Tercera Internacional, llamada Internacional Comunista (o Komintern, por
sus siglas en ruso). Fue creada por iniciativa de Lenin para agrupar a todos los partidos alineados con la
ortodoxia marxista-leninista.
12
La siguiente síntesis sobre las ideas de Bernstein está basada en A. Ruiz, “La socialdemocracia”, en
Fernando Vallespín (ed.), Historia de la teoría política, vol. 4: historia, progreso y emancipación, Alianza,
Madrid, 2002, p. 212 ss., y en I. Sotelo, “Socialismo”, en Joan Antón Mellón (ed.), Ideologías y
movimientos políticos contemporáneos, Tecnos, Madrid, 1998, p. 264 ss.
socialismo y es la forma de realización del socialismo”13. Por supuesto, esta tesis implicaba
abandonar la clásica visión marxista de que el Estado era necesariamente un instrumento de
dominación de clase, o “violencia organizada de una clase para la opresión de otra”; para
Bernstein, el poder político del Estado puede servir a los intereses de las mayorías y, por lo
tanto, al socialismo.
Ya en el siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, surgió una tendencia dentro del
socialismo democrático que rompió definitivamente con el marxismo. Surgió en el Congreso
del tradicional SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), reunido en 1959 en Bad Godesberg,
Bonn. El Programa de Bad Godesberg abandonó la fórmula tradicional de la socialización de los
medios de producción, y consideró que el socialismo era compatible con la economía de
mercado y la propiedad privada, siempre que estuvieran regulados desde el Estado, y que el
Estado se encargara de garantizar derechos económicos básicos. Esta tendencia, a la que hoy
se suele llamar “socialdemocracia”, se convirtió en la principal representante del socialismo en
la Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial, y los partidos de esta línea cumplieron
un papel central en la construcción de los modernos Estados de Bienestar europeos.

Bibliografía
Del Águila, Rafael. “El socialismo utópico”, en Fernando Vallespín (ed.), Historia de la teoría política, vol.
4: historia, progreso y emancipación, Alianza, Madrid, 2002
Giddens, Anthony. Más allá de la izquierda y la derecha: el futuro de las políticas radicales, Cátedra,
Madrid, 1996
Marx, Karl. El Capital, Tomos 1 y 3, Cartago, Buenos Aires, 1973
Marx, Karl y Engels, Friedrich. Manifiesto del partido comunista, Libresa, Quito, 1999, p. 59
Pianciola, Cesare. “Socialismo”, en N. Bobbio, N. Mateucci, G. Pasquino, Diccionario de política, Siglo XXI,
México, 2002
Ruiz Miguel, Alfonso. “La socialdemocracia”, en Fernando Vallespín (ed.), Historia de la teoría política,
vol. 4: historia, progreso y emancipación, Alianza, Madrid, 2002
Sotelo, Ignacio. “Socialismo”, en Joan Antón Mellón (ed.), Ideologías y movimientos políticos
contemporáneos, Tecnos, Madrid, 1998

13
Citado en I. Sotelo, op. cit., p. 265