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La virginidad

No están de acuerdo los autores respecto a la fecha de composición de esta obra. La mayoría
piensan poder ubicarla entre los años 384 y 387. La edición que usamos va dividida en veinte
capítulos o apartados y ciento treinta y cinco numerales. Da comienzo esta obra con una exposición
y comentario del llamado juicio de Salomón (1Re 3, 16 ss) en que hubo de dilucidar, entre dos
mujeres, quién era la verdadera madre del niño que había quedado vivo. Hace Ambrosio una
interpretación alegórica: cada una de estas mujeres representan la fe y la tentación, vida según la
carne y vida según el espíritu.

En el capítulo segundo, toma el episodio de Jefté y el sacrificio de su hija virgen (Jc 11). “¿Qué diré
de ello –se pregunta Ambrosio-? ¿Aprobamos este hecho? ¡En absoluto! Pero, sin embargo, aunque
no apruebo el parricidio, presto atención al temor y al terror de faltar a la promesa” (2, 6). Ambrosio
no aprueba el hecho, pues Jefté tenía como ejemplo el episodio del sacrificio de Abrahán en el que
Dios había dejado claro que no quería ya sacrificios humanos. Ahora aplica el hecho a la situación
presente de un padre que ha hecho la promesa de consagrar a su hija y no se lo permiten: “Así pues,
se ofrece un sacrificio de sangre y nadie se opone, se ofrece un sacrificio de castidad y se encuentra
quien lo prohíbe. Un padre prometió hacer un parricidio y se cumple, un padre hizo un voto de las
castidad de su hija y este deseo de tan piadosa ofrenda es rechazado” (3, 10).

Ambrosio parece hacer mención a ciertas dificultades que encontraba él mismo incluso para hablar
sobre la virginidad. Aduce ejemplos del paganismo donde se obligaba a algunas a permanecer
vírgenes y se pregunta, “¿será excluida la virginidad de la Iglesia de Dios? (…) Allí se recurre a la
violencia para capturarlas, aquí ¿se recurrirá a la violencia para que no profesen [la virginidad]?” (3,
13). Hace un excursus sobre la fe en la resurrección de Cristo y les dice a las vírgenes que no basta
la virginidad de la carne sino que es necesaria la de la mente, es decir, la integridad de la fe:
“Considerad que no sólo es meritoria la virginidad de la carne sino también la integridad de la
mente” (4, 15). Y ejemplifica esto con la falta de fe que muestra María Magdalena ante el sepulcro
vacío. “Tú misma –le dice a la Magdalena- eres la causa de tus lágrimas, tú misma eres la fuente de
tu llanto, por no creer a Cristo. Llora, porque no ves a Cristo, cree y lo verás. Cristo está presente y
no deja solos a aquellos que le buscan. ¿Por qué lloras? Esto es, no hay necesidad de lágrimas, sino
de una fe pronta y digna de Dios” (4, 17).

Ante la respuesta de María de que se han llevado del sepulcro al Señor, Ambrosio comenta: “Nadie
ha podido llevarse la potencia de Dios, nadie ha podido llevarse la sabiduría de Dios, nadie ha podido
llevarse la castidad digna de veneración. No pueden llevarse a Cristo del sepulcro del justo, ni de lo
íntimo de una virgen, ni del secreto de la mente, y si algunos quieren llevárselo, no pueden hacerlo”
(4, 19). La respuesta de Jesús “subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20,
17) le da pie a Ambrosio para recalcar la filiación eterna de Cristo y la nuestra adoptiva: “Aquel que
por generación divina es mi Padre, por adopción es vuestro Padre. Diciendo mi Padre, el Hijo de Dios
se ha distinguido de las criaturas. Diciendo vuestro Padre, ha indicado la gracia de la adopción
espiritual. Así también, diciendo mi Dios, declara el misterio de su Encarnación, de manera que él,
en razón del misterio de la encarnación, llama Dios a Aquel que es su Padre por naturaleza. Diciendo
vuestro Dios ha mostrado los progresos realizados por su acción en nosotros” (4, 23).

Vuelve al tema de la acusación que hacen de él: “Me acusan de ser culpable de aconsejar la castidad.
Quien no acoge de buen ánimo esta enseñanza, se denuncia por sí solo. <Tú –se dice- predicas la
virginidad y persuades a muchas> ¡Ojalá estuviese plenamente convencido! ¡Ojalá se pudieran
demostrar los efectos de tan gran culpa! No temeré la animosidad, si reconociese la eficacia
obtenida. En fin, ¡ojalá me acusarais más con ejemplos que con palabras! (…) ¡Ojalá pudiese cambiar
el velo nupcial por el velo piadoso de la integridad ¿O se considera indigno que las vírgenes
consagradas no sean separadas de los santos altares para ser llevadas a las nupcias? Y aquellas que
pueden elegir un esposo, ¿no pueden preferir a Dios?” (5, 25. 26). No está dispuesto Ambrosio a
avergonzarse de “lo que siempre se ha reconocido como un honor de los obispos: esparcir las
semillas de la integridad y despertar el celo por la virginidad” (5, 26), como si fuera algo nuevo, malo
o dañoso. No es malo porque es la vida que se promete para después de la resurrección.

Tampoco esta enseñanza es nueva porque Cristo la enseñó. Aquí recuerda el episodio en que, tras
haber enseñado la indisolubilidad del matrimonio, los apóstoles consideran que en esas condiciones
no conviene casarse y las posteriores respuestas de Jesús sobre quienes se hacen eunucos por el
reino. Pero, ciertamente, “la integridad no es compartida por muchos ni fácilmente accesible, ni es
permitida en razón de la debilidad, sino que se concede en consideración a la virtud” (6, 29). Cita
también el texto de 1Co 7 en el que Pablo exhorta al celibato y a la virginidad y recuerda las cargas
del matrimonio. Luego hace una defensa de la bondad del matrimonio: “Son pues, una buena cosa
los vínculos matrimoniales, pero son vínculos y, aunque son vínculos, sin embargo, son vínculos de
amor” (6, 33). “Así pues –concluye-, ni quien ha elegido el matrimonio censure la integridad ni quien
sigue la integridad condene el matrimonio (…) El campo de la Iglesia es aquel que es fecundo en
diversos productos. Aquí verás las semillas de las que nace la flor de la virginidad, allí, como en los
campos del bosque, mira la viudedad, dotada del vigor de la gravedad, en otro lugar, las mieses de
la Iglesia que llenan los graneros del mundo, como con el fruto abundante del matrimonio” (6, 34).

No es nuevo ni malo el celo por la virginidad, pero “veamos si, por casualidad, se puede juzgar
perjudicial” (7, 35). Dice Ambrosio haber oído comentar a alguno que el mundo se va a acabar (a
causa de la falta de natalidad) y se pregunta: “¿pero, quién ha buscado una mujer y no la ha
encontrado? ¿Cuándo han existido guerras por una virgen? ¿Quién alguna vez ha muerto por una
virgen? En cambio, estas cosas suceden a causa de los matrimonios” (7, 35). Sobre la natalidad, más
bien es al revés: donde hay más vírgenes consagradas hay más población: “Si alguno piensa que la
consagración de las vírgenes hace disminuir al género humano, considere que donde hay pocas
vírgenes, allí todavía hay menos hombres, en cambio, donde el celo por la virginidad es más
frecuente, allí también los hombres son más numerosos (…) De los usos establecidos por todo el
mundo se puede estimar que la virginidad no es algo perjudicial; sobre todo, si se piensa que a través
de una Virgen ha venido la salvación que hará fecundo el orbe romano” (7, 36).

Si quienes rechazan la virginidad son ya casados, ¿qué han de temer?, “sus mujeres –dice tal vez
irónicamente Ambrosio- ya no pueden ser vírgenes”, y si son solteros, ¿por qué esperar a casarse
con una no destinada al matrimonio? Y si son los padres quienes temen no poder casar a sus hijas,
en realidad las van a casar enseguida al verse reducido el número de las casaderas.

Otra objeción a la que responde Ambrosio es respecto de la edad de consagración; hay quienes
opinan que “las vírgenes deben recibir el velo a una edad más madura” (7, 39). La edad mínima
entonces eran doce años, que era también la edad mínima para contraer matrimonio. El obispo
milanés responde: “la prudencia del obispo debe evitar que una muchacha tome el velo a la ligera.
El obispo juzgue atentamente, juzgue la edad, pero la edad de la fe y del pudor. Juzgue la madurez
del pudor, examine las canas de la seriedad, la ancianidad de las costumbres, los años de la pureza,
las disposiciones interiores hacia la castidad. Después examine si es segura la tutela de la madre, si
tiene una sobria diligencia en las compañías. Si se dan estos requisitos, entonces no falta a la virgen
una vejez avanzada en años, si faltan, se ha de diferir la consagración de la muchacha, porque es
más joven de virtud que de años. Así pues, no se rechaza que tenga una edad muy joven, sino que
se examina la disposición interior” (7, 39-40).

Es interesante el párrafo anterior porque nos indica la seriedad con que la Iglesia ya entonces miraba
por la idoneidad y madurez de las candidatas al orden de las vírgenes. Primero, el obispo se siente
responsable y, además, tiene en cuenta estos criterios: la edad cronológica, la edad o madurez
espiritual y moral, la indagación de las disposiciones o intenciones interiores y también el ambiente
familiar y social en que vive y va a vivir la virgen consagrada. No hay referencias a cualidades
humanas, nivel de inteligencia, conocimientos, etc. Si hubo niños que sufrieron el martirio, ¿por qué
no puede haber adolescentes que hagan profesión virginal? se pregunta Ambrosio.

El capítulo 8 cambia totalmente de discurso. Desde el capítulo 8, 42 hasta el 16, 98, Ambrosio va a
ir desgranando y comentando alegóricamente textos del Cantar de los Cantares, especialmente
del capítulo 5. Siguiendo el estilo de los comentarios y homilías sobre el Cantar de Orígenes,
Ambrosio ve a la virgen cristiana representada en la Esposa del Cantar que va en busca del Esposo.
Hace una breve introducción presentando a Jesús como médico que cura en cualquier lugar y cómo
era buscado por la multitud. La gente buscaba a Cristo y le seguía durante el día porque no se le
encuentra por la noche. “No busquemos jamás a Cristo donde no podamos encontrarlo. Cristo no
es alguien que vaya por la plaza. En efecto, Cristo es la paz y en la plaza están los litigios, Cristo es la
justicia y en la plaza está la iniquidad, Cristo es laborioso y en la plaza está el ocio, Cristo es la caridad
y en la plaza está la maledicencia, Cristo es la fidelidad y en la plaza está el fraude y la perfidia, Cristo
está en la iglesia y en la plaza están los ídolos” (8, 46). Notemos que Ambrosio hace esta aplicación
moral porque está hablando a las vírgenes, a las que desaconseja frecuentemente las muchas salidas
de la casa, no a laicos o casados.

Hay que buscar a Cristo allá donde lo busca la Iglesia. “¿Dónde hay que buscar a Cristo?
En el corazón del sacerdote sabio” (9, 50). Sigue, en este capítulo nueve, tratando sobre la búsqueda
del Señor, no dejarse quitar el manto de la prudencia y de la paciencia mientras se le busca, ser buen
olor de Cristo. Hay que buscarle en el desierto. “Has aprendido, pues, dónde buscar a Cristo,
aprende también cómo puedes merecer que Él te busque. Invoca al Espíritu Santo (…) Él viene y ya
sea que comas ya sea que bebas, si invocas a Cristo, Él acude (…) También si duermes, Él llama a tu
puerta” (10, 54. 55). Continúa Ambrosio con citas del Cantar y breves comentarios alegóricos. Sobre
Cant 5, 3: “lavé mis pies”, dice: “Después de haber lavado una vez los pies en el agua de la eterna
fuente y de haberlos purificado con el sacramento del misterio bautismal, ten cuidado para que el
agua fangosa de los deseos corporales y las suciedades terrenas de tus actos no los manchen de
nuevo” (10, 58).

En el capítulo 11 presenta Ambrosio a Cristo como ungüento que “se ha derramado a sí mismo para
difundir su perfume hacia ti” (11, 62). Ungüento que estaba junto al Padre y era solo olido por los
ángeles, pero “descendió el Hijo y todas las cosas se llenaron del nuevo perfume del Verbo. El
corazón del Padre profirió el buen Verbo, el Hijo se inflamó, el Espíritu Santo lo exhaló y se difundió
en los corazones de todos, en efecto se ha difundido la caridad de Dios en nuestros corazones por
medio del Espíritu Santo (Rm 5, 5)” (11, 63). La imagen del perfume la aplica después al Espíritu
Santo: “con este perfume fue ungida María y, siendo virgen, concibió, siendo virgen dio a luz al buen
aroma, al Hijo de Dios (…) Este perfume se difunde cada día y nunca se acaba. Toma tu vaso, oh
virgen, y acércate para que puedas ser colmada de este perfume (…) Cierra completamente tu vaso,
para que tu ungüento no se desvanezca. Ciérralo con la llave de la integridad, con la modestia en el
hablar, con la renuncia a la vanagloria. La que posee este ungüento recibe a Cristo” (11, 65. 66. 67).

En el capítulo 12, Ambrosio exhorta a las vírgenes a esperar a Cristo: “tú, una de las vírgenes, que
iluminas la gracia de tu cuerpo con el esplendor de tu alma –en efecto, tú eres la que está tan
próxima [a Él] que puedes ser comparada a la Iglesia- tú, digo, en tu lecho y de noche medita
continuamente en Cristo y en todo momento espera su venida. Si te parece que tarda, levántate.
Parece que tarda cuando duermes mucho, parece que tarda cuando no rezas, parece que tarda
cuando no animas tu voz con los salmos. Dedica las primicias de tus vigilias a Cristo, ofrece a Cristo
las primicias de tus actos” (12, 68-69). Él va a llegar, dice Ambrosio de nuevo con palabras del Cantar
de los cantares: “Oyes la voz de quien llama a la puerta y dice: ábreme, hermana mía, levántate,
amiga mía, paloma mía, perfecta mía (Cant 5, 2); amiga por el amor, paloma por la simplicidad,
perfecta por la virtud” (12. 70).

Cristo llega. “El entra por la puerta abierta (…) Abraza, pues, a Aquel que buscaste, acércate a Él y
serás iluminada. Retenlo, ruégale que no se vaya enseguida, suplícale que no se vuelva atrás. Porque
el Verbo de Dios pasa velozmente no puede ser acogido con repugnancia, no puede ser entretenido
con negligencia. Que tu alma vaya al encuentro de su palabra y siga las huellas de la palabra divina,
porque pasa velozmente” (12, 74). La Iglesia enseña a la virgen a retener a Cristo. Y “¿con qué cosas
es retenido Cristo? No con los lazos de la injuria, no con los vínculos del corazón, sino con las
ataduras de la caridad, con las riendas de la mente y puede ser retenido con el afecto del alma” (13,
77).

Continúa Ambrosio comentando textos del Cantar de los Cantares, ahora 3, 4, donde dice la esposa
que retendrá al amado y no lo dejará hasta introducirlo en la alcoba de su madre. “¿Cuál es la casa
de tu madre y su alcoba sino la parte interna y secreta de tu naturaleza? Custodia esta casa, purifica
las habitaciones interiores, para que cuando la casa quede inmaculada y no manchada por las
suciedades propias de una conciencia adúltera, tal casa espiritual, unida por la piedra angular, se
levante como un sacerdocio santo y el Espíritu Santo habite en ella” ( 13, 78). Y aprovecha, una vez
más, para rechazar los adornos y joyas: nada de adornos artificiales ni pendientes, y exhorta a tener
cuidado con lo que habla, pues “la muerte entra por tu puerta [la boca], si hablas con falsedad, si
hablas de modo torpe, procaz, en fin, si hablas cuando no conviene” (13, 81).

A lo largo del capítulo 14 va comentando alegóricamente textos sobre la ciudad en la que la virgen
va a buscar al amado, los guardias que la custodian y que hieren a la virgen. Estos guardias son
ángeles. “¿Por qué quien llega ellos está herido? También existe una espada buena y es buena la
herida de tal espada. La palabra de Dios hiere, pero no hace una llaga, es una herida del buen amor,
son heridas de amor, y por eso dijo: yo estoy herida de amor (Cant 2, 5; 5,8). La que es perfecta está
herida de amor. Así pues, son buenas las heridas del Verbo, son buenas las heridas del amante” (14,
91). También los guardias le quitan el manto, “esto es, le quitaron la envoltura de la acción corporal
para que buscase a Cristo en la pura simplicidad de la mente, porque nadie puede ver a Cristo si está
vestido con el manto de la filosofía, es decir, con el vestido de la sabiduría mundana”1 (14, 92).

En el capítulo 15 hace Ambrosio una reflexión sobre la relación entre el alma y el cuerpo sin apenas
referencias a la virginidad. El alma unida al cuerpo es como un carro que va tirado por cuatro
caballos desbocados (ira, codicia, placer y temor) que necesita conductor que lo guíe para no verse
arrastrada contra su voluntad. El conductor no puede ser otro que el Verbo. “Esta es la prudencia
del Verbo, como la de un buen conductor para que aquella alma, que en sí no está sujeta a la muerte,
unida al cuerpo mortal, no haga difícil la guía de sí misma” (15, 95). Primero tienen que ser
refrenados con la brida de la razón.

Tras este paréntesis, retoma, en el capítulo 16, el tema de la búsqueda de Cristo. Escuchemos este
texto cuyo final es una de las citas más conocidas de Ambrosio. “Todo lo tenemos en Cristo; que
toda alma se acerque a él, ya sea que esté enferma por los pecados del cuerpo ya sea que esté
clavada con los clavos de los deseos mundanos ya sea que, todavía imperfecta, intente avanzar por
el camino de la perfección gracias a la asidua meditación, ya sea que tenga una cierta perfección
por sus numerosas virtudes, todo está en el poder del Señor y Cristo es todo para nosotros. Si deseas
curar una herida, Él es el médico, si ardes por las fiebres, él es la fuente; si estás abrumado por la
iniquidad, es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, él es la fuerza; si temes la muerte, él es la vida;
si deseas el cielo, él es el camino; si huyes de las tinieblas, él es la luz; si buscas la comida, él es el
alimento” (16, 99).

Al igual que la hemorroisa se acercó a Jesús con fe y fue curada, acérquese la virgen a Cristo:
“también tú, oh hija, toca con fe al menos su franja; pronto el flujo de las pasiones mundanas que
se desborda como un torrente se secará por el calor del Verbo Salvador, con la condición, sin
embargo, de acercarte a Él con fe” (16, 100). Tocar la franja es acercarse a la palabra divina; hay que
acercarse sin vergüenza: “no ocultes tus pecados, confiesa lo que Él ya conoce” (16, 101). Tampoco
Pedro se avergonzó de confesar “apártate de mí que soy un pecador”, ni Pablo esconde que tenía
un aguijón para no ensoberbecerse.

La virgen ha de cuidarse de la jactancia, sobre todo si los dones divinos abundan en ella. Aquí usa
Ambrosio una doble imagen contrapuesta: por una parte, la virgen ha de tener cuidado de no
elevarse empujada por el viento de este mundo y, por otra, necesita tener alas espirituales para
levantarse sobre este mundo. “Aprended, pues, a estar por encima del mundo, mientras estáis en
este mundo; aunque tengáis un cuerpo, que el ave interior levante el vuelo dentro de vosotras. Por
encima del mundo está Aquel que lleva a Dios en su cuerpo” (17, 109). No seamos perezosos para
levantarnos por encima de las cosas terrenas.

En el capítulo 18 hace referencia a los textos de Ez 1, 3-5. 10-11, que habla de los cuatro animales,
interpretados ya por Ireneo e Hipólito como símbolo de los cuatro evangelistas. Ambrosio ve en
ellos las cuatro disposiciones interiores del alma según los griegos: la racionalidad, la irascibilidad,
el deseo y el discernimiento, y las cuatro virtudes cardinales según los latinos: prudencia, fortaleza,

1
Si en Gregorio de Nisa el término filosofía y la vida filosófica se refería a la vida de consagración a Dios en la
verdadera sabiduría, aquí en Ambrosio tiene el significado habitual de saber humano. Por eso para Gregorio la vida
filosófica se identifica con la perfección cristiana, mientras que para Ambrosio la filosofía es un obstáculo.
templanza y justicia. “En efecto, la prudencia es una propiedad de la razón humana, la fortaleza
posee una audacia intrépida y un desprecio a la muerte; la templanza, con el vínculo de la caridad y
la contemplación de los misterios celestes, no se preocupa de los placeres del cuerpo; la justicia,
instalada sobre una tribuna elevada, ve y observa todo, nacida más para los demás que para sí, no
busca tanto los propios intereses como el bien de todos” (18, 115).

La justicia es comparada al vuelo del águila. Esto da pie a Ambrosio para volver de nuevo al tema
de levantar el vuelo con las alas espirituales. Estas alas son las buenas obras. “Por tanto, ya que se
nos ha dado la posibilidad de volar, cada uno despierte en sí mismo la gracia del Señor y, olvidando
las cosas pasadas y deseando las que están por venir, tienda hacia lo que está destinado (…) El vuelo
no es fácil para todo el mundo” (18, 117-118) a causa del desorden interior (los diversos animales
que están dentro de nosotros).

Siguiendo con la visión de Ezequiel, se fija ahora Ambrosio en la figura del hombre (Ez 1, 26) que allá
aparece “Este hombre es el Verbo, porque el Verbo se hizo carne. Este hombre es el conductor de
nuestros animales y el moderador de nuestras costumbres” (18, 119). Es el que sube a la barca.
“¿Por qué –se pregunta Ambrosio- se elige una barca en la que Cristo se puede sentar y la multitud
ser instruida, si no es porque la barca es la Iglesia que, con la vela desplegada de la cruz del Señor y
con el viento del Espíritu Santo, navega felizmente en este mundo?” (18, 119).

El capítulo 19 está dominado por la imagen de la pesca, sobre todo la de Pedro, cuando es invitado
a ir mar adentro, a mar profundo. Parece que estos fragmentos pertenecen a una homilía
pronunciada por el obispo milanés en la fiesta de san Pedro. Ambrosio va reflexionando
alegóricamente sobre “la profundidad”. Ir a lo profundo es ir a Cristo: “allí, pues, donde las aguas
son profundas está Cristo, esto es, la fe” (19, 124). Luego sobre la noche y el día. La sinagoga es la
noche, la Iglesia el día.

A partir del apartado 127, recuerda que Cristo ha pagado por nosotros y hay que restituirle o, al
menos, no comportarse de manera indigna de tal precio. “No te proveas de oro, oh hija, no te
proveas de plata. Cristo no te ha redimido con esas riquezas. Ten preparado el precio. No siempre
lo reclama, pero siempre lo debes. Él ha pagado con sangre, tú le debes sangre. Él ha pagado por ti,
tú debes restituirle por ti (…) Tú debes comportarte de manera que seas digna de tal precio, para
que no venga Cristo que te purificó, te redimió, y te encuentre en pecado” (19, 127. 128).

Comienza Ambrosio el último capítulo pidiendo que recen por él para que sea buen pescador e,
implícitamente, buen pescador de vírgenes; aunque hay tempestades y tormentas del mundo que
se oponen, cuando el Señor quiere, manda echar las redes y hay gran captura, “porque muchas
iglesias están llenas de un pueblo sin mancha (inmaculata plebs: según D. Ramos-Lisson, son las
vírgenes, La virginidad, nota 462, pg. 143). Pero él no echa sus propias redes sino las de los apóstoles
y en ellas quiere que se recojan las vírgenes, al abrigo de la doctrina de los apóstoles: “que Pedro os
vivifique, oh hijas; el que interviene a favor de una viuda [Tabita], ¡cuánto más lo hará a favor de las
vírgenes!” (20, 132).

Sigue ahora, hasta el final del capítulo, el elogio de Pedro: “ha abandonado una barquilla, ha
encontrado a Dios; ha dejado el remo, ha encontrado al Verbo; ha soltado las velas, ha ceñido la fe
(…) Ha sido siervo de origen humilde, pero para ser un evangelizador más noble; pobre de bienes,
pero para ser más rico de virtud; poco digno de honor, pero muy apreciado por la fe (…) Su condición
plebeya es útil, porque elimina la expectación de la sabiduría mundana y aumenta el aprecio por la
sabiduría espiritual” (20, 132. 133).

La educación de la virgen

Este tratadito es, sobre todo, un sermón predicado por Ambrosio con ocasión de la consagración
(velatio: imposición del velo) de la virgen Ambrosia, precedido de una introducción dirigida al padre
de Ambrosia, un tal Eusebio, que le había enviado a su hija para que fuera consagrada. Fue
compuesto el año 392 o 393 y el título de La educación de la virgen no figura en los manuscritos sino
que es posterior, relativamente moderno (según D. Ramos-Lisson). Los manuscritos dan a esta obra
el título De perpetua virginitate santae Mariae ad Eusebium (Sobre la perpetua virginidad de
María, a Eusebio). En realidad, el tema de fondo es precisamente este: la defensa de la virginidad
perpetua de María, frente a Bonoso y Joviniano que, por entonces, la negaban.

Eusebio le ha comunicado a Ambrosio que tenía un afecto y una dedicación especial por Ambrosia,
más que por los demás hijos. El obispo aprueba este proceder: “ciertamente es así como debe
comportarse un alma cristiana” (1, 1). Más adelante, en el final del capítulo 2 le dirá: “aunque hemos
tratado con frecuencia de la virginidad en diversos libros, sin embargo, con motivo del tesoro que
nos has entregado, hemos querido dedicarte este libro” (2, 15).

Inmediatamente después hace un recorrido por algunos textos bíblicos en alabanza de la


virginidad: el sacrificio de Abel, las exhortaciones de Pablo a la virginidad, el salmo 44 y, sobre todo,
el Cantar de los cantares. Sobre Cant 2, 10-11, dice: “Antes de recibir al Verbo de Dios, era invierno
triste, sin frutos [para la virgen]; después que recibiese al Verbo de Dios y el mundo fuese crucificado
para ella, apareció el verano. Finalmente, calentada por el fervor del Espíritu Santo, comenzó a
florecer y a esparcir el perfume de la fe, la fragancia de la castidad y la suavidad de la gracia” (1, 3).

Va a ir ahora indicando algunas actitudes o virtudes necesarias a la virgen. Primero, el silencio y la


discreción: la virgen “contempla las cosas espirituales y sabe callar sobre los misterios que ha visto;
en efecto, callar no es una virtud de poca importancia (…) La modestia es una de las dotes de la
virginidad que se avala con el silencio. Por tanto, la gloria de la Iglesia está en su interior, no está en
la locuacidad sino en los sentimientos o en lo íntimo de los sacramentos” (1, 4. 5). En la interioridad
del corazón, Cristo ocupa el centro.

Después, la oración. Ahí en el aposento interior de la propia conciencia, hay que rezar. “¡Qué
hermosa es la oración acompañada de la misericordia! Es hermosa la oración que respeta el orden
debido, de modo que empecemos en primer lugar por las alabanzas del Señor” (2, 8). El salmo 8 es
un buen maestro: primero alaba y luego pide y da gracias. “La oración dominical comprende todas
estas cosas, aunque es mejor no divulgarla. Pero tú que lees esto mira qué es lo que debe tenerse
en cuenta. Sobre todo, como te he dicho, ha de recomendarse la oración hecha con serenidad y
tranquilidad de ánimo, para que cada uno esté en armonía consigo mismo” (2, 10).

En armonía interior. Se da esta armonía cuando alma y cuerpo coinciden en un mismo propósito.
La carne ha de someterse a los mandatos de la razón. Ambas son dos hombres distintos, uno interior
y otro exterior: “si los dos coinciden en un mismo propósito, de modo que los pensamientos
correspondan a los hechos y los hechos a los pensamientos, entonces la rueda de nuestra vida girará
sin tropiezo alguno” (2, 12). También hay dos clases de hombres: el viejo y el nuevo. “El hombre
viejo es aquel que está sometido y envilecido por el pecado” (2, 13), pero en el bautismo fue clavado
en la cruz. Así resucita el nuevo “que es rejuvenecido por la gracia” (Ib). Recuerda el texto paulino
que alude al hombre como cuerpo, alma y espíritu (1Tes 5, 23) y añade: “donde se conservan
íntegros estos tres, allí Cristo está en medio de ellos, que gobierna y guía interiormente a estos tres
y los mantiene en una paz estable” (2m 14). (Más adelante menciona la composición del hombre
como alma y cuerpo).

A partir del capítulo 3 inicia Ambrosio una reflexión sobre la creación del ser humano. Dice que Dios
alabó toda la creación menos al ser humano porque el valor de las demás criaturas es lo exterior
mientras que lo valioso del hombre está en su interior, “en efecto, ¿qué puede darse de más elevado
y profundo que la mente humana, envuelta y como oculta por la cubierta del cuerpo, para que nadie
pueda investigar o examinar su interior? (…) Por eso, nadie se tenga en poco ni se valore por el
aspecto de su cuerpo (…) ¿Qué cosa es más valiosa que la de estar hecho a imagen y semejanza de
Dios?” (3, 18. 19. 20). Y, yendo más allá, afirma Ambrosio: “Dios no pensó alabar la estructura
exterior del hombre, porque su principal valor es la virtud” (3, 20).

La alabanza del ser humano sólo es completa después que ha sido creada la mujer. Ella es imagen
de la Iglesia. Dado que no era bueno que el hombre estuviese solo, “el hombre sin la mujer no
merece aún alabanza, con ella es elogiado. En efecto, al decir no es bueno que el hombre esté solo,
confirma evidentemente que el género humano es una buena cosa si al sexo masculino se le suma
el femenino” (3, 22). “Mediante la mujer se cumplió aquel misterio celeste de la Iglesia y que, en
ella, fue prefigurada la gracia por la cual descendió Cristo de los cielos y realizó la obra eterna de la
redención humana. Por eso Adán llamó a su mujer <Vida>; en efecto, así como por medio de la
mujer se difunde entre los pueblos la descendencia del género humano, así también por medio de
la Iglesia se trasmite la vida eterna” (3, 24).

A continuación, pasa a hablar del pecado original. Frente a cierta tendencia, incluso en los padres,
a echar la culpa del pecado a la mujer, Ambrosio afirma que tuvo más culpa Adán, puesto que la
mujer se dejó engañar por un ser más astuto y además ángel, mientras que él se dejó engañar por
la mujer; “tu culpa –le dice a Adán- la absuelve a ella” (4, 25). “¡Cuánto mayor motivo de absolución
tiene la mujer! Aquel es reprendido, ésta es interrogada. Añade también que fue la primera en
confesar su culpa; en efecto, diciendo que ha sido seducida, admite su error. Así pues, la confesión
es la medicina del error” (4, 27).

Sale ahora al paso de la disculpa del varón de que la mujer es una tentación para él. “Es verdad –
reconoce Ambrosio-. Y si además es hermosa, he aquí otra tentación (…) Y tú, ¿por qué buscas en la
esposa la belleza del rostro más bien que la de sus costumbres? La mujer debe agradar más por la
honestidad que por la belleza” (4, 30). No es mala la belleza física, dada por Dios, “pero sí es defecto
en el varón buscar en la mujer lo que con frecuencia es motivo de tentación (…) No podemos
reprender la obra del artífice divino, sino que, quien se deleite con la belleza del cuerpo, mucho más
se deleite con la hermosura que refleja en el interior la imagen de Dios. Por tanto, si la mujer es una
tentación, sé prudente, busca un remedio contra el peligro de la tentación: vigilad –dice- y orar para
no caer en tentación” (4, 30-31). Pero –reprocha Ambrosio a los varones- son las mujeres las que
más ayunan. “Ambos habéis pecado, ¿por qué ella sola busca el remedio al error?” (4, 31)2.

Si Eva fue intemperante, ahora, en su descendencia, es ya sobria. A Eva se le dijo que pariría con
dolor, Sara dio a luz con alegría, pero “¡cuánto más progresó el sexo [femenino] cuando engendró
a Cristo permaneciendo, sin embargo, en la virginidad! Ven, pues, oh Eva, ya María, que no sólo nos
ha traído el estímulo de la virginidad, sino que nos ha dado a Dios” (5, 33). Eva, Sara y María, la
hermana de Moisés, son figuras o tipo de María la madre del Señor. En María alcanza la mujer su
máxima exaltación.

A partir de aquí, Ambrosio va a centrar su discurso en la defensa de la virginidad perpetua de


María3. “Extraordinaria fue, por tanto, María, que levantó el emblema de la sagrada virginidad y
alzó la bandera de la integridad inmaculada. Y, sin embargo, mientras todos son llamados a cultivar
la virginidad con el ejemplo de santa María, hay algunos que han negado que Ella permaneciera
virgen” (5, 35). Confiesa Ambrosio que, hasta entonces, había preferido hacer silencio sobre este
tema, pero que ahora que “incluso un obispo ha sido acusado de haber caído en este error,
consideramos que no debemos dejar de condenarlo” (Ib). Hace, a continuación, un elenco
interesante y no carente de actualidad de los textos bíblicos y objeciones de quienes negaban la
perpetua virginidad de María y añade: “cada una de estas objeciones deben ser resueltas, de
manera que quien las leyere no se deje enredar por los lazos de tales expresiones. Respondamos,
pues, por orden a cada una” (Ib).

En primer lugar, el uso del término mujer para referirse a ella. La llama mujer Jesús mismo (Jn 2, 3-
4) y también san Pablo (Ga 4, 4). En tiempos de Ambrosio mulier (mujer) designaba a la mujer que
ya no era virgen. A la objeción, responde que tal palabra en la Escritura se refiere al sexo femenino
independientemente de su integridad física. Cita textos, como por ejemplo Gn 2, 22: Dios tomó la
costilla de Adán y formo con ella una mujer, “aún no ha conocido varón y ya es llamada mujer
(mulier)” (5, 36). Además el texto dice “se llamará mujer porque ha sido forjada del varón” y
comenta Ambrosio: “porque ha sido formada del varón, no porque hubiese conocido al varón (…)
Queda, pues resuelta la primera dificultad” (Ib).

Los textos de “antes de que hubiesen estado juntos, se halló que había concebido” (Mt 1, 18) y “no
la conoció hasta haber dado a luz a su hijo” (Mt 1, 25), parecieran dar a entender que, después, sí
la conoció. “Entonces –se pregunta Ambrosio- ¿qué se deduce de aquí?, ¿que después la conoció?
En modo alguno” (5, 38). Aduce textos bíblicos en los que el uso de la preposición “hasta” no indican
cambio posterior. Responde también a Mt 1, 9, donde se dice que José no quería infamarla: el
hecho de que José “pensase que ya no era virgen la que veía encinta” (5, 39) no prejuzga nada contra
María, simplemente indica que José desconocía la realidad. De hecho, una vez que José fue
advertido por el ángel, “fiel y seguro de su virginidad, obedeció al oráculo” (5, 40).

2
Sería interesante leer más despacio los capítulos 3 y 4 y analizar cómo presenta Ambrosio la relación varón-mujer.
3
Veremos lo actuales que son, en la confrontación con las sectas, estas reflexiones de Ambrosio, lo poco modernas
que son sus objeciones y la validez de la respuesta de Ambrosio.
Tampoco debe inducir a error el que se la llame esposa de José, pues “tal nombre se adquiere de
hecho cuando se inicia el matrimonio, porque no es la pérdida de la virginidad lo que constituye el
matrimonio, sino el pacto conyugal” (6, 41). Ambrosio dice que ya ha tratado de este asunto en su
Comentario al evangelio de Lucas: la razón del matrimonio fue para que, “quienes observaran que
estaba embarazada, no pensaran en un adulterio de la virginidad, sino en un parto legítimo de una
mujer casada. El Señor prefirió que algunos dudasen de su concepción milagrosa que del pudor de
su madre” (6, 42).

Respecto de los llamados “hermanos de Jesús”, dice Ambrosio: “el mismo Señor nos enseña que la
palabra hermanos se emplea para designar el vínculo de linaje, de raza o de nación (…) El nombre
de hermanos se extiende a muchas clases de parentescos” (6, 43). Apunta que “pudieron existir
hermanos de Jesús que fueran hijos de José, no de María” (Ib); esta hipótesis procede de los
evangelios apócrifos. Luego Ambrosio pasa a dar otras razones de conveniencia de la virginidad de
María, como este: si el Señor ha destinado los dones más ricos para quienes aceptan la virginidad,
¿cómo no los iba a reservar para su propia madre?

También Juan evangelista da testimonio de la virginidad de María. “Este predilecto del Señor (…)
se ha dedicado, con mucha diligencia, a confirmar con su juicio la perpetua virginidad materna de
María, como un hijo que, preocupado por defender el pudor de su propia madre, no consiente que
nadie la injurie acusándola de haber violado su virginidad” (7, 46). Lo ha hecho al recoger en su
evangelio las palabras de Jesús en la cruz a su madre y al discípulo. “El Señor Jesús habla desde la
cruz y difiere por unos momentos la salvación de todos para no dejar deshonrada a su Madre. Juan
suscribe el testamento de Cristo. Se deja a la madre una defensa del pudor, un testimonio de su
integridad y al hijo se deja la tutela de la madre, la gracia de un cariño filial” (7, 48) No podía flaquear
en su pudor la que permaneció al pie de la cruz con tal entereza de ánimo4.

María no sólo conservó la gracia de la virginidad sino que concedía ese don insigne a quienes
visitaba, dice Ambrosio, atribuyendo la virginidad de Juan Bautista a la visitación de María. “No sin
razón vivió la virginidad en el cuerpo aquel que durante tres meses fue ungido por la Madre del
Señor con el óleo de su presencia y su virginidad” (7, 50).

Trae a colación también algunos textos del AT que hablan de “una puerta cerrada”, sobre todo Ez
44, 2. “¿Qué puerta es ésta, sino María? Por tanto, cerrada por ser virgen. La puerta, pues, es María,
a través de la cual Cristo ha entrado en este mundo, cuando salió a la luz gracias a un parto virginal
y sin violar el sello nativo (genitalis) de la virginidad5. Quedó intacto el recinto del pudor y
permanecieron inviolados los sellos de la virginidad, cuando vino a la luz de una virgen Aquel cuya
grandeza no podría contener el mundo entero. Esta puerta –dice- permanecerá cerrada y no se
abrirá (Ez 44, 2). Bella puerta es María, que estaba cerrada y no se abrió. Pasó Cristo a través de ella
pero no la abrió” (8, 52-53). Vemos, pues, cómo Ambrosio defiende claramente la virginidad
perpetua de María (antes, en y después del parto). “Y permanecerá cerrada, es decir, también
después del paso del Señor permanecerá cerrada y no será abierta, ni ha sido abierta por ningún

4
Puede leerse completo el número 49, en él hace Ambrosio una alabanza de la actitud de María al pie de la cruz.
5
“Sin romper los claustros fecundos de la pureza” traduce Vizmanos, 738.
otro, porque siempre conservó la entrada Cristo que dijo “yo soy la puerta”, que nadie le ha podido
arrebatar” (8, 55).

Y exhorta ahora a las vírgenes: “Así pues, la puerta cerrada es la virginidad, el jardín cerrado es la
virginidad y la fuente sellada (Cf Cant 4, 12) es la virginidad. Escucha, oh virgen, con diligencia,
atentos los oídos y con el pudor cerrado, abre las manos para que te reconozca el pobre, cierra la
puerta para que el corruptor no te sorprenda, abre tu inteligencia, guarda el sello [de la virginidad]”
(9, 58). Otra imagen de la virginidad es el “tallo de la raíz de Jesé” de la que brota una flor (Is 11, 1).
“Eres tallo, oh virgen, no te doblegues, no te inclines hacia la tierra, para que en ti crezca la flor de
la raíz paterna” (9, 59). Esta “flor de la raíz paterna” es Cristo, la flor que nace del tronco de Jesé,
Cristo que ha de crecer en la virgen consagrada.

Ambrosio cierra, de momento, el tema de la perpetua virginidad de María y pasa de nuevo a


destacar el comportamiento que deben tener las vírgenes. La virgen consagrada es huerto cerrado,
paraíso, fuente sellada, puerta cerrada. “Eres huerto cerrado, oh virgen, conserva sus frutos (…) Eres
huerto cerrado, oh hija, que nadie arranque el seto de tu pudor (…) Nadie destruya tu cerca para
que no seas pisoteada. Eres un paraíso, oh virgen, ten cuidado con Eva. Eres una fuente sellada, oh
virgen, que nadie enfangue tu agua, que nadie la agite, para que puedas contemplar tu imagen en
tu fuente. Eres puerta cerrada, oh virgen, que nadie abra tu entrada, cerrada de una vez para
siempre por el que es Santo y verdadero, <que posee la llave de David, que abre y nadie cierra, cierra
y nadie abre> (Ap 3, 7). Te abrió las Escrituras, que nadie las cierre; ha cerrado tu pudor, que nadie
lo abra” (9, 60. 61. 62).

A partir del capítulo diez empieza un nuevo argumento, la divinidad de Cristo y la vida trinitaria6,
que después va a relacionar con la virginidad de María. Parte de Eclesiastés 4, 8: “eres uno solo y no
tiene segundo” y comenta “uno solo –dice-, uno solo porque uno solo es Dios. No hay ninguna que
sea segundo (…) Uno solo es Dios Padre y uno solo es el Hijo de Dios. Único y único porque no son
dos dioses. Único es el Hijo, pues es una sola cosa con el Padre, como él mismo dijo <yo y el Padre
somos una misma cosa> (Jn 10, 30). Y único es el Espíritu Santo, porque en la unidad de la Trinidad
no hay distinción de orden ni de tiempo” (10, 64). Contradice Ambrosio la interpretación arriana de
algunos textos bíblicos, que citan primero al Padre tomando pie de ello para decir que es superior
al Hijo, con otros textos de la Escritura. Y exhorta a las vírgenes: “tú sabes, oh virgen, cuál es la
solución de estas dificultades. Abre tus oídos a estas cosas y cierra tu boca. Abre tus oídos para
escuchar la fe, cierra la boca para conservar la modestia” (10, 66); es decir, acoge la fe y no pierdas
el tiempo en discusiones inútiles o imprudentes.

Ciertamente, Cristo –afirma Ambrosio- es el primero y el segundo, primero en cuanto Dios, segundo
en cuanto hombre (pues el primer hombre es Adán), es el primero y el último (Ap 1, 17), “el que era
primero se hizo el último por nosotros” (11, 73). “La cámara regia es la Virgen, que no está sometida
a un hombre, sino solo a Dios. Olla es el seno de María, que ha llenado toda la tierra con el Espíritu
ardiente que vino sobre ella, cuando dio a luz al Salvador” (12, 79), dice Ambrosio comentando otros
textos del AT. “¡Oh riquezas de la virginidad de María! Como una olla hirviente o como una nube

6
Es bueno recordar que estamos a finales del siglo IV. El año 325 había tenido lugar el concilio de Nicea, que definió
la divinidad del Hijo, sin embargo, el arrianismo estaba todavía muy extendido en tiempos de san Ambrosio; y el 381
tuvo lugar el concilio de Constantinopla, que había definido la divinidad del Espíritu Santo. La doctrina de las
relaciones trinitarias está en plena ebullición, al igual que la unión en Cristo de las dos naturalezas.
hizo llover sobre la tierra la gracia de Cristo (…) Recibid, por tanto, recibid, oh vírgenes sagradas, la
lluvia espiritual de esta nube, que extinga el fuego corporal, para que podáis apagar todos los
ardores el cuerpo y que sea refrigerada vuestra mente interior (…) Como es una nube, que os lave y
os recubra de sagrada humedad, como es olla que os caliente con los vapores del Espíritu eterno”
(13, 81. 82).

Toma ahora la imagen del ungüento derramado. “Recibid de esta olla de Moab el ungüento de la
gracia celestial y no temáis que se acabe (…) Descienda este ungüento hasta lo más íntimo del
corazón y hasta lo más interior de las entrañas, con el que santa María exhalaba, no aromas de
placeres sino perfumes de gracia divina (…) Este ungüento limpió el hedor del pecado hereditario”
(13, 83. 84). Nadie tema no poder comprarlo, pues es gratuito. “Preparad, pues, los vasos del Señor
para recibir esta fuente de agua viva, esta fuente de la virginidad, el ungüento de la integridad, el
aroma de la fe y la gracia florida de la suave misericordia. Revestíos de la inocencia de aquel Cordero
que, al ser maldecido, no maldecía, al ser herido, no devolvía los golpes” (13, 86).

Ya en el capítulo 14 pone en relación a María y la Iglesia. “Bellos son los pasos de María o de la
Iglesia, porque bellos son los pies de los que evangelizan. ¡Qué bellas son todas aquellas cosas que
se han profetizado de María como figura de la Iglesia, con tal que no las apliques a los miembros
del cuerpo, sino a los misterios de su maternidad!” (14, 88-89). Va comentando, como realizado en
María, el texto de Cant 7, 2-3. “En este seno de la Virgen creían juntos el montón de trigo y la gracia
de la flor del lirio, porque Ella engendraba tanto el grano de trigo como el lirio” (14, 91). “Oye, oh
virgen, lo que dice [la Escritura]: Cristo es el lirio de los valles, esto es, de las almas humildes y
mansas. Sé, pues, mansa, humilde y apacible, para que germine en ti Cristo como un lirio (…) Esos
son lirios de Cristo, especialmente las vírgenes consagradas en las que la virginidad es
resplandeciente e inmaculada” (15, 93).

Con Cant 3, 11 (Salomón coronado por su madre), exhorta Ambrosio a las vírgenes a salir y
contemplar a Cristo coronado por María. “Le coronó cuando le formó, le coronó cuando le
engendró, porque si bien es cierto que le concibió sin una intervención humana (…), sin embargo,
por el hecho mismo de haberle engendrado y dado a luz para la salvación de los hombres, impuso
sobre su cabeza una corona de piedad eterna, para que, mediante la fe de los creyentes, Cristo se
hiciera cabeza de todo varón” (16, 98). Según algunos comentaristas, en este lugar Ambrosio
afirmaría la maternidad universal y espiritual de María.

En el apartado 100 parece cambiar bruscamente de tema e invita a la virgen a vestirse con una
estola; con ella se ha de acercar a Dios para que la bendiga. “Toma esta estola para que te revistas
de Cristo y te renueves con su conocimiento. <Revístete, pues, como elegida de Dios de
sentimientos de misericordia, benignidad, humildad, paciencia, modestia y caridad, que es vínculo
de unión> (Col 3, 12-14), de modo que no debas nada a nadie, sino que ames a tu hermana y no
tengas envidia de su gracia, sino imita a la que veas más digna de aprobación, para que venga a ti la
paz y la gracia de Cristo y la palabra de Dios habite en tu corazón y huyas de los pensamientos de
este mundo” (16, 102).

Sigue, más adelante, exhortando a la virgen a que, ya que ha muerto al mundo, no se contamine
con las cosas del mundo y persevere en la oración; “ejercítate siempre en entonar salmos, himnos
y cánticos espirituales, cantando no a un hombre sino a Dios. Y como hacía santa María, medita en
tu corazón. También, como una buena corderilla, rumia con tu boca los preceptos divinos para que
también puedas decir <meditaré en tus maravillas> (Sal 118, 27). Que tu alma no duerma o gotee
por el tedio (…) El alma perfecta, en la que no hay ninguna grieta de pecado grave, no gotea, sino
que permanece en su casa y goza y se alegra con una habitación nueva y sin tropiezos. Pero, si por
alguna cosa te sintieres vacilar, di: <confírmame en tus palabras> (Sal 118, 28)” (16, 103).

El último capítulo es una larga oración. Dice D. Ramos-Lisson: “esta oración solemne, que abarca
los parágrafos 104-114, es probablemente la que Ambrosio pronunció durante la consagración de
la virgen Ambrosia, una vez que había recibido el velo” (nota 355, pg 227). La plegaria va dirigida
casi toda al Padre: “a ti, oh Padre de la gloria” (17, 104). En el último párrafo de la oración se dirige
al Hijo. Veamos sintéticamente el desarrollo y contenido de esta plegaria. En cierto modo es también
un programa de vida para la virgen.

En primer lugar, da gracias Ambrosio por las vírgenes consagradas; naciendo de una virgen, Dios
ha exaltado la gloria de la virginidad. Después, pasa a la plegaria por Ambrosia: “Te ruego para que
protejas a esta tu sierva, que se ha propuesto servirte, consagrarte su alma y dedicarte su empeño
por la virginidad. Te la ofrezco en virtud de mi función sacerdotal, te la encomiendo con afecto de
padre, para que con ánimo propicio y como protector suyo le concedas la gracia de hacer salir de su
santuario al Esposo, que habita en los tálamos celestiales y así merezca contemplarle y ser
introducida en la estancia de Dios, su Rey, y merezca escuchar sus palabras: <ven aquí del Líbano,
esposa mía, ven aquí del Líbano, pasarás u volverás a pasar desde el principio de la fe> (Can 4, 8)
para que atraviese el mundo y llegue a la eternidad” (17, 107).

Pide que la virgen se acerque al altar “no luciendo unos cabellos dorados resplandecientes y
destinados al velo nupcial, sino ofreciendo, para ser consagrados por el santo velo, unos cabellos
semejantes a aquellos con los que María, la piadosa mujer del evangelio, enjugó solícita los pies de
Cristo, después de haber perfumado toda la casa con la fragancia del ungüento derramado” (17,
108). Ahora Ambrosio, a continuación, a implorar la fecundidad espiritual de la virgen: ante el Señor
está una muchacha que le pide “la inmaculada descendencia espiritual de la fe y de la piedad, de
manera que conciba en su propio seno por obra del Espíritu Santo y dé a luz para Dios hijos fecundos
para la salvación” (17, 109).

Para ello necesita la protección divina y que “los cabellos de la virginidad consagrada sean
adornados de la modestia, sobriedad, continencia, de modo que rodeada por la corte de las
virtudes y cubierta con el velo purpúreo de la sangre del Señor, lleve en su carne la muerte del Señor.
Los mejores velos son los vestidos de las virtudes, con los cuales se cubre el pecado y se manifiesta
la inocencia” (Ib). La calificación del velo de la virgen como “purpúreo” ha dado en pensar que tal
vez fuera de color rojo, como el de la ceremonia civil de matrimonio. Pide además a Dios, “Padre
del amor y de la gloria” (17, 111) que conserve limpios sus vestidos, es decir, su vida, que guarde el
sello de la verdad y reavive su caridad y permanezca “vigilando día y noche con toda la atención
espiritual de su mente, para que nunca el Verbo la encuentre dormida” (Ib). Que vele el corazón y
duerma la carne, siempre buscando al amado, “que desea ser buscado con frecuencia por ella para
comprobar su cariño” (Ib).

Otros adornos que necesita la virgen y que le pide Ambrosio al Señor para Ambrosia son “una
piadosa y diligente devoción, para que sepa poseer el propio vaso (Cf 1Tes 4, 4)” (17, 112), referencia
a la castidad y al dominio de sí misma; “para que sepa ser humilde, conserve el amor, muro de la
verdad y valladar de la pureza” (Ib). “Que en su corazón resida la simplicidad, en sus palabras la
moderación, el pudor hacia todos, el cariño en el trato con los parientes, la misericordia para con
los pobres y necesitados (…) Descienda sobre ella la bendición de los que van a morir y bendíganla
los labios de la viuda” (Ib). “Que en todos sus sentimientos y acciones resplandezca Cristo, busque
a Cristo y hable de Cristo (…) Santifícala en la verdad, confírmala en la virtud, únela en la caridad y
condúcela con tu ayuda divina a la gloria celestial de la pureza y la integridad, a la corona inmaculada
e inviolada, para que allí siga las huellas del Cordero (…) y camine sin obstáculos en el seguimiento
de las Marías” (17, 113). Estas “marías” parecen ser la Madre de Jesús y la hermana de Moisés.

Concluye la oración dirigiéndose ahora a Jesucristo. “Sal, pues, oh Señor Jesús, en el día de tus
bodas. Recibe a la que ya desde hace tiempo está consagrada a Ti en espíritu y ahora también por
la profesión. Llénala con el conocimiento de tu voluntad. Tómala contigo desde el principio (…) Abre
tu mano y llena su alma con la bendición, para que sea salva la que ha esperado en Ti y se convierta
en <un noble vaso santificado, útil al Señor, probado para toda obra buena> (2Tim 2, 21), por medio
de la cruz eterna y por la venerable gloria de la Trinidad, a la cual –a Dios Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo- se debe honor, gloria y perpetuidad ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén” (17,
114).