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XXVI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología.

Asociación
Latinoamericana de Sociología, Guadalajara, 2007.

Diversidad identitaria y
religiosa en los mazahua del
estado de México.

Eduardo Andrés Sandoval Forero.

Cita: Eduardo Andrés Sandoval Forero (2007). Diversidad identitaria y


religiosa en los mazahua del estado de México. XXVI Congreso de la
Asociación Latinoamericana de Sociología. Asociación
Latinoamericana de Sociología, Guadalajara.

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DIVERSIDAD IDENTITARIA Y RELIGIOSA EN LOS MAZAHUA
DEL ESTADO DE MEXICO

Dr. Eduardo Andrés Sandoval Forero


Centro de Investigación y Estudios Avanzados
de la Población, UAEM
esandovl@uaemex.mx

GRUPO DE TRABAJO Nº 31
Interculturalidad: pueblos originarios, afro y asiáticos en Latinoamérica y el Caribe

RESUMEN

La ponencia trata sobre la diversidad religiosa en la etnorregión mazahua del Estado de


México, la cual ha originado modificaciones en los patrones de conducta, creencias,
relaciones familiares y sociales, la forma de rendir culto a sus dioses, la interpretación
de la naturaleza, y la reconstrucción de la organización social tradicional en las
comunidades donde los indígenas católicos no constituyen la mayoría. Se han generado
nuevas formas de socialización, convivencia interreligiosa, nuevos significados y
sentidos que se traducen en el pensar y en el actuar en sus comunidades y con el mundo
exterior; al igual que interfieren en la cosmoacción, la memoria, la identidad individual,
religiosa, cultural y étnica de las presentes y futuras generaciones de indígenas que, de
manera irreversible, vivirán en crecientes escenarios de diversidad.

Los nuevos movimientos religiosos mazahuas han redimensionado y acoplado la matriz


cosmogónica e identitaria a los principios de sus religiones. Sin dejar de ser indígenas
mazahuas, son practicantes de otras religiones no católicas, que de manera compartida
con los católicos construyen nuevos referentes de cohesión social y de identidades
étnicas diversas, donde subyace la dimensión indígena en la construcción de la
identidad étnica. Todos son adscritos y portadores de la identidad indígena mazahua,
pero con adscripciones religiosas diferentes.

Introduciendo el conflicto
En los estudios recientes de antropología en pocas ocasiones se describen y analizan los
conflictos al interior de las comunidades, entre otras razones, por tener implícita o
explícitamente una visión homogénea e idílica sobre la comunidad, la cultura y las
dinámicas que en su interior se presentan. También por describir a la organización
social indígena (familia, parentesco, sistema de cargos, mayordomías, consejo supremo,
comisariado ejidal, asociaciones, entre otras) con sesgos tendientes a demostrar su
funcionalidad en relación con sus estructuras propias, a la cultura y a la identidad,
entendidas estas últimas casi siempre a partir de matrices prehispánicas y de la
religiosidad del catolicismo romano. De manera olímpica se excluye u olvida la
composición heterogénea de la comunidad indígena en religión, política, economía y
relaciones sociales, tanto en su interior como en el exterior, muchas veces por la
pretensión del deseo apasionado de contribuir a conservar culturas consideradas en
equilibrio y sin conflictos.

En la antropología con frecuencia se alude al conflicto externo que suele ser relacionado
con las otras culturas, las otras sociedades, y no con los otros internos,
intracomunitarios. A partir de ello, muchos antropólogos son los mayores redentores de
la alteridad, la pluralidad y el respeto a la diferencia cultural, en función de totalidades
étnicas y culturales equilibradas que presentan relaciones conflictivas con otras culturas
por falta de ese respeto y entendimiento que muchos denominan relaciones
interculturales. Es decir, ha predominado la exaltación del conflicto cultural y social en
el contexto de pueblos o culturas agredidas, dominadas, colonizadas, explotadas,
oprimidas y discriminadas por culturas dominadoras.

En México, Julio De la Fuente, colaborador y discípulo de Malinoswky, en su obra


Relaciones interétnicas (De la Fuente, 1989), analiza las condiciones desiguales y
conflictivas que tienen los indígenas frente a los no indios; de manera singular
desarrolla un capítulo sobre el conflicto en la organización social y política de los
zapotecas. El conflicto intracomunitario acontece en diversos aspectos, siendo
recurrente el presentado entre los jóvenes y los adultos en relación con los asuntos de
gobierno y las mayordomías, pues “los jóvenes rehúsan cumplir con el despilfarro de
estas mayordomías de barrios y de pueblos y se muestran ansiosos de establecer
procedimientos democráticos, para ello se apoyan en el hecho de que su economía
actual no permite despilfarros rituales” (De la Fuente, 1989: 30). Para el caso, el
conflicto surge por la insistencia de los ancianos en despilfarrar para continuar y
preservar con las prácticas religiosas y las creencias pagano-católicas, mientras que los
jóvenes pretenden salvaguardar la estructura económica.
De la Fuente, incluso, afirma que “la lucha entre ancianos y jóvenes ha sido aguda y
llevada al extremo de las armas en muchos pueblos. En otros, se observa ya un proceso
racional, democrático en el cual se han suprimido las Mayordomías” (De la Fuente,
1989: 31). Es sin duda la presentación de conflictos intracomunitarios, llevados a
extremos beligerantes mediante el uso de la violencia física. Esas realidades de conflicto
interno, conocidas por el contacto directo con comunidades indígenas en los años
cuarenta del siglo XX, siguen estando presentes en muchas de las del siglo XXI,
obviamente en contextos diferenciales tanto internos como externos.

Desde los estudios de la paz y los conflictos, estos últimos son definidos “como aquellas
situaciones de disputa o divergencia en las que existe una contraposición de intereses,
necesidades, sentimientos, objetivos, conductas, percepciones, valores, y/o afectos entre
individuos o grupos que definen sus metas como mutuamente incompatibles. El
conflicto es algo consustancial e ineludible en la naturaleza humana, y puede existir o
no una expresión violenta de las incompatibilidades sociales que genera” (Enciclopedia
de Paz y Conflictos, 2004: 151). En este tenor, y teniendo en cuenta nuestro caso de
estudio, los conflictos son inherentes al individuo, la sociedad, la cultura y la etnia, sin
ser por sí mismos negativos y violentos, ni positivos y pacíficos; esas connotaciones se
las otorgan los participantes del conflicto en función de intereses, poder, relaciones y
subjetividad, mediados por la cosmovisión y la etnicidad de los grupos indígenas.

En general, las minorías religiosas se encuentran sometidas de diversas maneras y en


diferentes niveles a la exclusión social, política, religiosa y cultural en contextos
nacionales, regionales, interétnicos y también intraétnicos. Usualmente las
manifestaciones explícitas de intolerancia contra las minorías religiosas son la no
aceptación e impedimento de la libertad de culto, el rechazo social, la no admisión de
niños en las escuelas, la imposición de multas, sanciones y castigos a los feligreses.
También existen otras intolerancias no explícitas pero latentes en la vida cotidiana:
abandono progresivo de la amistad, la familiaridad y la relación social; el estigma a los
feligreses; el chisme, la burla, los cuentos y los apodos; la percepción de una
religiosidad devaluada, no válida, incierta, sin futuro, y sin relación con el dios
verdadero y los santos; la prepotencia de considerarlos minoría sin derechos; y la
imposición del calendario oficial católico que no reconoce las festividades de las
religiones en minoría. Esas prácticas de exclusión e intolerancia conducen con
frecuencia a que las minorías religiosas se movilicen, protesten y reivindiquen el
derecho a ser diferentes en creencias, fe, ceremonias, mitos, ritos, y contra las
exclusiones a que son sometidos, generando casi siempre relaciones conflictivas con el
catolicismo tradicional.

En los grupos indígenas, los conflictos, la transformación de los mismos y los estados
de tranquilidad y paz son constantes en el devenir histórico; de esas tres dimensiones
objetivas y subjetivas dan cuenta los mitos fundacionales de cada grupo étnico, las
migraciones, las guerras, las relaciones pacíficas interétnicas, y de manera primordial el
contenido pacífico de la cosmovisión de los pueblos indígenas en torno al origen del
cosmos, de la vida, de los dioses, de las relaciones simbióticas del indio con la
naturaleza, y de las distintas comprensiones sobre la trascendencia que tienen los
muertos en el mundo de los vivos.

En el ámbito intracomunitario son distintos los conflictos y los niveles en su intensidad


que ellos tienen: relaciones de dominación masculina, conflictos por la tierra, presencia
de violencia causada por el consumo de alcohol, y muchos otros de índole social
comunitario que suelen ser atendidos por medio de los usos y costumbres indígenas,
cuyo propósito es el de sancionar las alteraciones al tejido social mediante las normas
establecidas de manera consuetudinaria, tendientes a garantizar el control social del
grupo. Es decir, el sistema cultural-jurídico indígena cumple el papel de restablecer el
orden social a través de la transformación pacífica de los conflictos, siendo el
instrumento principal mediador intracomunitario. Cuando este sistema es superado por
los conflictos, se pone en riesgo la convivencia pacífica de la comunidad y suele
presentarse la anarquía y el brote de violencias que alteran de manera significativa la
cohesión social e inducen a la ruptura de las organizaciones sociales indígenas, así como
de la continuidad cultural.

Para el caso que nos ocupa, interesa definir que estamos tratando un conflicto
intracomunitario de mazahuas del Estado de México en su aspecto religioso,
adquiriendo la contradicción de estas prácticas niveles antagónicos, considerados en su
proceso irreconciliables, pero que transitaron a condiciones de tolerancia, respeto,
reconocimiento y convivencia intracomunitaria indígenas. Esos conflictos, al igual que
los económicos, políticos, sociales, surgen directamente en la comunidad, pero no son
aislados, de exclusividad interna, pues la comunidad misma se encuentra en una
interrelación contextual que le imprime mayor o menor dimensión e intensidad a los
conflictos. En ello los migrantes indígenas juegan un papel determinante en tres
direcciones: generadores de conflictos, mediadores, o activadores para la
transformación pacífica de los conflictos.

La libertad y la convivencia pacífica religiosa tiene muchas facetas, al igual que los
aspectos interreligiosos de los conflictos y de la transformación de los mismos. Un
principio de la Declaración Universal de los Derechos Humanos versa sobre la libertad
religiosa (artículo 18), aprobada en la asamblea de Amsterdam en 1948.

Sin embargo, la declaración por sí misma no resuelve los múltiples factores que inciden
en la intolerancia religiosa que, en muchos casos, termina convirtiéndose en instrumento
para manejar e intensificar conflictos. Las declaraciones, los acuerdos, los tratados, las
leyes y las normas son principios de gran importancia para la convivencia y la
resolución pacífica de aquéllos, y por ello deben ser acompañados de la adopción de
habitus culturales de paz, justicia y reconciliación entre comunidades religiosas a nivel
nacional, regional y local, que garanticen la libertad de las minorías religiosas en
condiciones de no violencia; de manera que la libertad religiosa sea entendida,
comprendida y asumida en los hechos como parte de los derechos humanos.

Una fase del proceso de conversión religiosa en la etnorregión indígena es el conflicto,


establecido por diversos niveles de enfrentamiento, llegando a la violencia física entre
las diferentes denominaciones religiosas, familias y, en general, por toda la comunidad.
Esta parte del proceso es una de las más relevantes, ya que crea disfuncionalidad al
interior de una comunidad, generando, en la mayor parte de los casos, contradicciones
antagónicas, divisiones sociales, familiares, intracomunitarias e intercomunitarias que
conducen a la violencia por motivos religiosos, los cuales suelen ser aprovechados por
caciques locales, políticos y personas que ejercen el dominio económico en las
localidades.

Esta fase de conflicto es la prolongación del proceso de conversión que se manifiesta,


en un principio, en la no aceptación al cambio religioso por parte de la mayoría indígena
católica tradicionalista, que no tolera ni reconoce los cambios, la cosmovisión y la
práctica ritual de las comunidades. Hay una imposición, la cual requiere una
negociación y una posterior asimilación; pues frente al cambio siempre surge, en una
primera fase, la resistencia ante una permanencia, lo que lleva a una reinvención.

Por eso dentro del conflicto se tienen que analizar dos fenómenos: la resistencia, es
decir, el por qué la gente no acepta a los conversos; y, segundo, la etapa de negociación,
en la que se expondrán los enfrentamientos vividos por los conversos que llevará a la
última parte sobre la asimilación y reinvención, en la cual se logran asentar identidades
más sólidas que pueden llegar a la convivencia con las ya establecidas, a través de
elementos compartidos, o sea, por mapas semánticos comprensibles y ancestrales.

Si el conflicto inicia con la conversión, la cual se entiende como la regeneración


completa de la vida, es lógico que la no aceptación de éstos al interior de la comunidad
sea precisamente por la reestructuración que eso plantea; esto es, el cambio y la
transformación de unos conlleva al cambio y transformación de los otros, pues aunque
no toda la comunidad se convierta al evangelio, todos deben ser partícipes de las
mutaciones sociales que se dan en los espacios compartidos.

El conflicto comienza, según los vecinos del lugar, un año después de que llega el
evangelio a San Agustín Mextepec: en 1959.

Sí, eso más o menos se da al año siguiente como por el 30 de julio de 1959,
todo el pueblo católico romano se reúne en la escuela Francisco Sarabia, se
reúnen allí aproximadamente unas dos mil personas a comparecer ante la
asamblea general del pueblo. Y don José Pérez comparece y le preguntan
por qué ya no ha ido a misa, por qué ya no daba la limosna y le dicen que si
ya él profesa otra religión. A lo que él responde: pues que sí, ya no vengo a
misa y no doy la limosna, ya no profeso la religión católica, ahora profeso
el evangelio. Por aquel tiempo, eran como 14 personas, él, los familiares de
él y la familia Pérez que se pasaron a la otra iglesia, que está allá, don
Mario, ya eran 14 personas más o menos, por cierto que por aquel entonces
hubo golpes, golpearon a algunas personas que iban con él, y pues él se
escapó porque lo iban a asesinar, y es como no se lleva a cabo, y pues sí,
alguien le tiró un navajazo, para herirlo, pero no pasó nada gracias a la
misericordia de Dios. Surge eso y otras cosas más. El señor Pedro Mártir
tenía una tienda, tenía un molino y entonces cuando los evangélicos iban a
comprar sal, ya tenía listo los vidrios, pues les echaba vidrio a la sal. Si
íbamos a comprar el azúcar, pues le echaba vidrio a la azúcar, si iba a
comprar un refresco, pues destapaba el refresco y le echaba alcohol, y
bueno pues hacía barbaridades el individuo, verdad, pero yo le diré una
cosa, todo eso son milagros que surgen, nadie se murió de eso, nadie murió
porque le haya hecho daño en el estómago, nadie se murió de eso.

La Iglesia católica, como institución, afrontó la presencia de los otros religiosos con
beligerancia, intolerancia y repulsión, reivindicando su privilegio monopólico en el
campo religioso indígena. Las acciones y las arengas fueron desde el púlpito con
sermones, mantas, carteles, regaños y amenazas tanto para los convertidos como para
los indígenas católicos. Varios fueron los sacerdotes que amenazaron desde el púlpito
con la excomunión para los indígenas que cambiaran de religión. Los carteles contra los
evangélicos eran comunes en las distintas iglesias católicas, los volantes antiprotestantes
abundaban en las misas y en las fiestas patronales, y fueron varios los casos en que los
católicos les quitaron la Biblia a los evangélicos. La campaña antiprotestante dirigida
por los sacerdotes fue asumida e instrumentada por mayordomos, caciques y, en
general, por líderes indígenas cuyo único propósito era fortalecer el predominio de la
Iglesia católica, estigmatizando de manera negativa a los otros religiosos.

La unión de las mayorías sobre las minorías que alteran la cohesión social cimentada en
el catolicismo impuesto por los conquistadores, al igual que la identidad y la
organización del sistema festivo-ritual dominante, se vio amenazada, y las 14 familias
convertidas fueron cuestionadas por la mayoría de la población, esgrimiendo
argumentos tales como: atentan contra la unidad de la comunidad, debilitan la identidad
indígena, no respetan los usos y costumbres, no contribuyen con las necesidades de la
comunidad, no cumplen con las decisiones de las asambleas, no participan en los cargos
comunitarios y, en general, con argumentos que sostienen el sacrifico de las partes, de
las minorías por el todo, por la mayoría.

Al respecto, Carlos Martínez García en su artículo “Indígenas deuterocanónicos”,


haciendo alusión a la descalificación de los indígenas protestantes y a los estereotipos
establecidos, dice:

Quien se aparta de esa definición canónica (es decir, válida, aceptada y


buena), forjada en los espacios antes señalados, es un indio o una india
deuterocanónico (de segunda, de dudosa identidad, y hasta enemigo de
los verdaderos indígenas). Uno de los componentes de lo que algunos
conciben como indígena de a de veras, es que practique la religión
tradicional que en el caso mexicano es una mezcla de creencias
prehispánicas (o forjadas y transmitidas en las comunidades por siglos)
y el catolicismo. Si esto es parte constituyente e irremplazable de la
definición de lo que es ser indígena, entonces automáticamente los
indios e indias evangélicos quedan fuera de la canonicidad fijada de
una vez y para siempre (Martínez, 2005: 27).

En la comunidad mazahua de estudio, las 14 familias convertidas fueron las primeras en


recibir varias ofensas, discriminaciones, ataques y agresiones, ya que representaron el
proceso de diferenciación social al interior de una comunidad en la que todos se
conocen y, por lo tanto, en la que hay estrechas relaciones. Qué es lo que más asustó a
los católicos: que dicha cercanía se viera afectada por la producción de nuevas pautas
religiosas y culturales.

El liderazgo indígena católico tradicional y el del Vaticano hicieron todo lo posible por
impedir el avance de los protestantes: se opusieron a que el gobierno les concediera
permisos para sus actividades religiosas y las presiones empezaron con interrogatorios,
recriminaciones, llamados de la autoridad católica, amonestaciones de las autoridades
indígenas, suspensión del servicio de agua potable en las comunidades que cuentan con
ello, y suspensión de niños evangélicos en las escuelas, entre otras medidas represivas.
Al no tener la respuesta requerida, inician los gritos, los empujones, los insultos, los
golpes, las amenazas, las agresiones, las expulsiones, los declaran excluidos de la
comunidad, y la espiral de la violencia toma su curso como expresión de intolerancia
activa e inadmisible en un estado de derecho.

Los indígenas conversos no pusieron la otra mejilla para ser golpeados y asumieron una
práctica anticatólica: se burlaban de la adoración a los “monigotes de cemento”, a la
idolatría a través de la Virgen de Guadalupe y todos los santos, y se mofaban de las
altas jerarquías y autoridades del Vaticano. En algunas iglesias católicas aparecieron
santos destruidos y en otras desaparecieron; al decir de los católicos fueron acciones
ejecutadas por los protestantes.

Junto al deslinde de la religión católica, los conversos y sus familias reinterpretaron el


cambio mediante nuevas formas de religiosidad que les otorga, entre otras cosas,
beneficios materiales y protección social, física y moral; abriendo así otra frontera
simbólica del ser indio, redimensionando otra identidad étnica con nuevas metáforas,
experiencias colectivas y emocionales, con nuevos rituales, con quiebres y
reestructuración de la historia comunitaria, familiar y personal, y con nuevas y
diferentes experiencias en significados y significantes del ser indígena mazahua no
católico.

La familia es un factor esencial en este proceso, ya que si bien resulta una de las bases
fundamentales para reforzar el incremento de conversos, también señala fracturas
internas de la misma; como ejemplo tenemos a don Daniel que inicia los primeros
cultos con sus parientes, además de que la misma familia Pérez dirige los otros dos
templos.

También al interior de la unidad familiar se da una refuncionalización, ya que dentro del


grupo doméstico mazahua se encuentran definidos los roles de acuerdo con elementos
culturales distintivos, como es la edad y el sexo, aunque en este caso son pocas o nulas
las modificaciones que se hacen, pues sigue persistiendo la importancia jerárquica
respecto a la edad y el modelo cultural continúa siendo determinado por la dominación
masculina.

Los cambios que se han notado en este sentido son la comparación o suplementación
que se da en los términos: hermanos de sangre y hermanos de credo, re-funcionalizando
así en la congregación a la unidad familiar como sujetos socialmente comunes en
sufrimiento, pero sin un vínculo de parentesco directo; lo que da un mayor acercamiento
y seguridad ante las adversidades cotidianas.

La creación de nuevas identidades plantea nuevas estructuras de sobrevivencia, que al


no ser compartidas por los familiares los deja fuera; lo cual plantea la fractura interna en
la estructura familiar. Pues teniendo una nueva estructura sociabilizadora y habiendo
suplido a sus hermanos consanguíneos por los de fe, los convertidos siguen trabajando
con la misma fórmula comunitaria y con los mismos roles familiares y de género; pero
con la mayor seguridad que les da el nuevo pacto social generador de cohesión;
remplazando así la importancia del núcleo familiar consanguíneo dañado, por una nueva
extensión de la familia que se basa únicamente en lazos sociales, los cuales son
traducidos en el culto como un nuevo lugar de expresión, participación y de diálogo
comunitario.

Clímax del conflicto

Los años de mayor ataque a conversos se dieron de 1958 a 1969. En estas fechas el
municipio de San Felipe del Progreso se asumió como una zona crítica, además de
Acambay e Ixtlahuaca. Enseguida se expondrán las experiencias sufridas por estos
conversos para escenificar las acciones suscitadas.

Uno de los evangélicos, al comentar su caso, hablaba que después de 1958 el conflicto
fue bastante complicado. Eran rechazados y golpeados por la gente que era muy áspera,
y a pesar de que la situación ya ha cambiado algo, la gente continúa siendo difícil.

Así es, si lo amenazaba, lo golpeaba, la gente que no entraba en razón


decían, no sé qué, que ustedes son los tuchculus, que no sé qué, y nos
corrían del templo, aquí en el templo había un líder que los organizaba,
pero gracias a Dios ese líder ya se convirtió, tiene ahora 82 años, se
llama Ricardo Flores, su hijo es cantante de la palabra de Dios, ese
señor los organizaba, los mataba, los golpeaba (Ramón Marino, San
Agustín Mextepec, municipio de San Felipe del Progreso, 1/12/04).

Según el señor, los enfrentamientos fueron iniciados por determinadas personas, por
líderes que incitan a la gente a ser agresiva con los conversos, y aunque éstos
terminaron convirtiéndose al evangelio, dichos conflictos no acabaron por completo y
las asperezas continuaron. Si bien la organización de los católicos se da por
determinadas autoridades o líderes como los comisariados ejidales, delegados o
sacerdotes, es la comunidad entera la que se siente agredida por los cambios presentados
por los conversos.

Del reconocimiento de la existencia de líderes dentro de los conflictos puede decirse


que nace otro tipo de líder indígena, que es representado ahora por el pastor evangélico;
a pesar de que, en lo particular, para esta región el concepto “hermano” tiene mayor
relevancia que el de pastor, es decir, persiste lo comunitario.

Una de las peores agresiones que se cometieron contra los evangélicos fue cuando
quemaron a un hombre vivo, y a otro le clavaron un pico, como lo comenta don Ramón
Marino.

En el año 45 o 50 por el lado de Ixtlahuaca lo agarraron al personaje que


iniciaba la palabra de Dios, lo agarraron y lo mataron, lo subieron a un
arsenal muy alto de zacate, lo agarraron y lo quemaron, era muy áspera
la gente. Allá por el lado de Ixtlahuaca en Emiliano Zapata es que fue
quemado este señor, en el templo que se llama Jilgal. Ese personaje,
Mariano, apenas me dijo, hace como un mes y medio, que el año que
vinieron las persecuciones, y fue cuando lo quemaron y entonces había
el fuego y cuando llegó fue a la presidencia a avisar allí que eso había
pasado, ya llegaron y ya se había quemado y entonces le digo, eso no es
fácil la palabra de Dios, cuando dice que lo malo es bueno y lo bueno
malo. Entonces eso no termina, eso pasó en el año 50, aquí sólo
amenazaron, pero la Biblia no te la dejaban leer, te la iban a romper,
pero ¿sabe lo que hizo?, toda la gente que odiaba y perseguía la palabra
de Dios ya ninguno vive, y sin embargo los perseguidos gracias a Dios
todavía viven, por eso la palabra de Dios no se puede comparar, todo
pasa pero la palabra de Dios no, entonces a lo mejor por ignorancia
hasta nuestro gobernante a lo mejor no sabía, llegaban tantas cosas o
basura que manipulaba la pobre gente y se hacía mala o ellos a lo mejor
no lo autorizaba, pero gracias a Dios ya no. Hace, parece que en el 73 o
75, conoce por allá en San Nicolás, Guadalupe Ocote, de Santa Ana
Nichi, allí un hermano que predicaba la palabra de Dios, la gente
ignorante lo mataron con un zapapicos lo clavaron, el hermano dijo, me
encuentro esta sagrada Biblia, para mí el vivir es Cristo y el morir es
ganancia, no temeré lo que me pueda hacer el hombre, así murió.
(Ramón Marino, San Agustín Mextepec, municipio de San Felipe del
Progreso, 1/12/04).

El único pretendido linchamiento fue contra el primer convertido, José Pérez, pero sólo
se hicieron cosas como las que comenta don Ramón Marino: agresiones cuando salían
de su culto y robo a sus casas mientras estaban ausentes, además de discriminaciones a
los niños en las escuelas por parte de los maestros que en ese entonces eran católicos.
Pero, sobre todo, lo que más hubo en San Agustín fueron ataques verbales, siendo la
más sonada el término tuchculu, palabra que les identificaba como los otros, los
convertidos y los malos; sin embargo, ahora esta palabra es motivo de bromas entre
muchos de los evangélicos y entre los mismos católicos, lo que manifiesta la
disminución de las agresiones.

Otro de los evangélicos entrevistados que expone su experiencia en el conflicto es don


Tolomeo Rey, quien sufrió persecución por haber sido dentro de las minorías, una
minoría más. Tolomeo fue señalado, discriminado, intentaron golpearlo y hasta matarlo,
detuvieron a sus amigos y a su esposa, lo trataron de despojar de sus tierras y hacerlo
salir de su comunidad. Tuvo contacto directo con Mildred Kiemele Muro y estableció el
primer templo en Portes Gil, comunidad vecina a San Agustín; por lo que también hubo
contacto con don José Pérez. Lo que demuestra cómo, por un lado, se fueron reforzando
lazos locales de evangélicos en las diversas comunidades, pero también representa el
inicio de las constantes divergencias que hubo y hay entre los templos y credos
religiosos.

Un día como tenía una vitrola y me dieron unos discos y yo los tocaba
delante de la gente en la tienda, y se convirtió el difunto Ramón.
Llegaron a la tienda un señor y me preguntaron si ya era protestante, y
me dijo este señor que al pueblo no lo iba aceptar, y yo respondí que
pues a nadie ofendía, mis propios amigos son los que me causaron
muchos problemas. Luego regresé a México y quedó mi mujer recién
aliviada y vino la persecución, agarraron a Alejo Torres, Pedro y
Ernesto Peña, éramos cuatro y los agarraron y lo agarraron a mi esposa.
Y después por un amigo soltaron a la mujer por pensar que ella no sabía
lo que hacía su esposo (Marcos Reyes, Portes Gil, municipio de San
Felipe del Progreso, 2/12/04).

Hasta este momento se puede ver que a don Marcos se le identificó como protestante
debido a la música que escuchaba. Entonces viene la primera advertencia: “el pueblo no
lo va a aceptar”, es decir, como miembro de una sociedad no puede pasar por alto sus
reglas. Como no hizo caso a dicho aviso detuvieron a sus amigos y a su esposa.

Estando yo en México me decían que me regresara al pueblo echándome


mentiras acerca de un reparto de tierras, y entonces me regresé y al llegar a
mi casa, mi esposa me dijo: para qué viniste ya se llevaron a los hermanos.
Entonces que tomo mi pistola y me dirijo a sacar a mis hermanos. Al llegar
al templo católico dije: si mato o no a uno de todas maneras nos hacen algo.
Fui entonces a San Juan Jalpa para pedir un consuelo y me regresé
caminando a Portes Gil, llegué y platiqué con mi papá y pues sólo me dio
una regañiza, entonces fui con la suegra a que me prestara un caballo, para
ir a tomar un camión en Jocotitlán, para ver a la gente del ministerio
público. Al llegar dije: vengo a verte, yo soy un ignorante, analfabeto que
no sé leer, hace poco entré a una religión evangélica y al pueblo no le gustó
y nos ha perseguido, éramos cuatro, cinco con mi esposa y a mis hermanos
los tienen golpeados y detenidos. Entonces me sacaron la Constitución y me
dijeron que teníamos libertad religiosa y me mandaron con el delegado que
era Eustaquio Rivera, para llevar gente a los Baños, para que soltaran a la
gente y dejaran libres a mis compañeros y como no había autoridad, me
dijeron que los soltaban con la única condición de que dejaran su religión, y
pues todos dijeron que sí, y cada uno debía de mandar a hacer una misa de
tres ministros. Ernesto Peña se fue a México y ya no regresó. Ya estando la
persecución y un hermano de ellos que se llama Gerardo hablaron de la
conversión. Alejo que fue el primero en convertirse, se quedó en México en
otro lugar, para no ser encontrado (Marcos Reyes, Portes Gil, municipio de
San Felipe del Progreso, 2/12/04).

Las redes sociales entre migrantes que viven en la ciudad de México son fuertes, por
ello se pudo localizar al causante de la conversión, aunque no vivía en el pueblo y se le
mandó traer para ajustar cuentas. Pero al ver la dimensión del problema, don Marcos
acude a la ley, es decir, si bien “al pueblo no le gustó” la conversión, solamente había
algo o alguien que podría detener a ese pueblo y eso era la ley, representada por las
autoridades municipales, quienes no lograron hacer mucho, pues les otorgaron la
libertad con la condición de que abandonaran la religión evangélica. No hay muerte,
pero se logra el autoexilio, que es una forma de erradicar la existencia del pretendido
problema.

Echaban tierra, piedras a la casa, e iban a quemar la casa, antes sólo


había gente evangélica en San Miguel Tenochtitlán y en San Juan de las
Manzanas. El difunto mi papá vendió el terreno y a mí me dijo: te van a
matar hijo, y nos vinimos para acá a la casa de él. Con dos hijos
estuvimos de arrimados y luego buscamos otro lugar donde vivir y
compré un pedazo en San Juan Jalpa y vivimos allí como cuatro años.
No había convertidos en Portes Gil ni mi padre, sólo el difunto mi
primo.

El 6 de febrero mi papá vino en la peregrinación que viene a la Basílica


de Toluca, mi papá no me quería ver en ese entonces, ya no
convivíamos mucho. Y le dije a mi primo que fuera por mi papá para
llevarlo al templo. Y al llegar mi papá a la casa con mi primo, él me
dijo: te invito al cine y nos fuimos los tres al templo en Mina. Y mi
primo el difunto le dijo qué cambios habíamos sentido desde que nos
convertimos. Al regresar mi papá a la casa le contó a mi mamá y como a
ella también le gustaba el vicio, pues tuvieron discusiones y pleitos por
el cambio de religión (Marcos Reyes, Portes Gil, municipio de San
Felipe del Progreso, 2/12/04).

Esta parte de la experiencia nos señala los constantes cambios de domicilio que tuvo
que realizar esta familia porque la situación era igual en toda la zona, al ser pocos los
convertidos en ese entonces. Además, muestra la manera en que se termina
convenciendo a la familia extensa sobre el bienestar que provoca el cambio, que en este
caso es representado por los padres de don Marcos, cuyo mayor problema era el
alcoholismo.

Fueron bastantes años los que don Marcos tuvo que soportar las injusticias y
persecuciones, al quererle arrebatar sus propiedades o al tener que vender lo que tenía
para acceder a la autoridad y ponerle un punto final a la persecución. Este hombre sigue
manifestando que son determinadas personas las que provocan las agresiones y
levantamientos, y que son particularmente autoridades locales y religiosas como los
mayordomos, los líderes del movimiento. No es sino hasta ocho años después que las
autoridades lo escuchan, pues antes éstas tenían favoritismo para con los católicos.

En el 62 vino José Pérez, porque él había convertido a uno de mis primos;


pero le dijimos que no queríamos divisiones. Pero el 29 de julio nos
separamos. Se iba a hacer un culto familiar en casa del hermano Pablo y de
allí fue donde nos deshizo. Ya no quisieron organizarse en casa de mi papá.
Pero eso no duró mucho, pues de julio a febrero, como siete meses ya que
Pablo juntó un dinero y huyó abandona a los evangélicos que tenía en su
casa. Y nosotros sólo quedamos pura familia Reyes y un hermano Juan
Mires, a él lo agarraron algunos (Marcos Reyes, Portes Gil, municipio de
San Felipe del Progreso, 2/12/04).

En este último párrafo se observa cómo se empiezan a dar las divisiones entre los
mismos evangélicos, mucho antes de que se logre terminar con los conflictos que había
con los católicos. Esto se debe a que son demasiadas las congregaciones, ya que parece
que hay un templo por cada familia extensa, además de que son demasiado cerradas.
Otro elemento que formó parte de los enfrentamientos, aparte de muertes, golpes,
ofensas, robos, exilios y discriminación, fue la prohibición al acceso de algunos
servicios públicos, como el agua o el panteón. Al final de la experiencia que vivió don
Marcos se van estableciendo los factores que ayudan a ir resolviendo los conflictos,
como es la intervención de las autoridades.

Entre algunos otros conflictos que fueron comentados por los entrevistados está el que
se dio en el Fresno Niche, municipio de San Felipe del Progreso en 1982, donde se
suscitó un intento de linchamiento contra el primer hombre que se convirtió. La razón
del pretendido linchamiento fue porque antes había una cruz en un cerro y un día
amaneció tirada, y pensaron que habían sido los evangélicos, por eso intentaron
asesinarlo.

También está el caso del atentado que sufrió el dueño de la ex hacienda de Tepatitlán,
en San Nicolás Guadalupe, donde fue perseguido y casi ahorcado por católicos hace 20
años. Pero lo paradójico del asunto, dice él, es que al ser el candidato en las pasadas
elecciones y al regresar al mismo lugar en campaña, fue uno de los pueblos que más lo
apoyaron en comparación con los que ya en su mayoría son evangélicos, y de los cuales
esperaba respaldo.

Por parte de la fracción católica, ésta observa al conflicto, principalmente, como una
división en la comunidad y en la familia, como una traición a sus creencias y
costumbres. En cuanto a las fracturas que según los católicos hubo con la llegada del
evangelio a la comunidad, la más afectada fue la relación familiar.

Antes cuando mi hermano era católico había una convivencia mucho


más mejor, pues sí le gustaba, eso no lo niego, llegaba él a las seis de la
mañana y decía: vente vamos a ver qué vamos a hacer, nada más se
hizo, ellos le llaman conversión, yo no sé, pues si convertirte es
divisionarte, se fue la hermandad, la amistad, la unión de nosotros como
familia, entonces todos mis sobrinos, que esos no de lo contrario me
procuran, pero los demás, sentí que nos afectó mucho esa mentada
conversión, mi hermano era más chambeador, pero se siente el frío,
anteriormente había un cercamiento. Nada menos ayer lo vi cuando fui
arreglar unos asuntos, y sólo me dijo quíobole hermano, o sea que yo
esperaba, ah lo voy a saludar, se siente el frío, sentí un defecto para mí
(Martín Solís, católico de la comunidad de San Agustín Mextepec,
municipio de San Felipe del Progreso, 30/11/04).

En la actualidad, el conflicto ha tomado otro cariz, pues se ha reinvertido y es ahora


cuando los católicos constituyen la minoría y se sienten amenazados por parte de la
Iglesia evangélica, aunque dichas agresiones no son violentas como las anteriores. Don
Martín comenta que los evangélicos “en un principio les dieron un buen ejemplo de
cómo vivir, superarse y respetarse, pero que ahora a través de la política empezó a
romperse el respeto e inició el corrompimiento” (Ramón Marino, católico de la
comunidad de San Agustín Mextepec, municipio de San Felipe del Progreso, 30/11/04).

Este sentimiento de amenaza se debe a que ahora los evangélicos son mayoría, hay un
empoderamiento de la comunidad y, por lo tanto, hasta de la normatividad; por ello él
dice que a través de la política comenzó a romperse el respeto.

Aquí ahorita no tenemos un buen servicio, hay agua, y estamos fallando, el


que está a cargo de este trabajito, está manejando cuando no tiene dinero
con qué ir a pagar la luz, después de que es una cosa de primera necesidad y
que Dios me perdone, pero los del templo ese grande, todos los que viven
para allá empiezan a envenenar a la demás gente, por ejemplo deben dos
años, y la luz, hasta esa vez la van a pagar, eso yo siempre lo he alegado, se
ha dejado la deshonra, la honestidad. Ahora sí que ya el católico ya es
menos la cosa.

La cementación fue primero cerca del templo y después en la calle


principal, si mayormente por allá, yo le decía a la gente, cómo va a
hacer posible todos los que tienen carro no pueden pasar por aquí, a
veces ni pueden pasar, es que los líderes son evangélicos, son a los que
busca la gente cuando hay elecciones (Ramón Marino, católico de la
comunidad de San Agustín Mextepec, municipio de San Felipe del
Progreso, 30/11/04).

Lo último que los católicos critican en los evangélicos es el divisionismo que existe
entre ellos mismos. Crítica que proviene de la cantidad de templos que hay para una
población tan chica, y por las preferencias de los feligreses por asistir a uno u otro
templo.
Conflicto religioso y autoridades del estado

En la transformación del conflicto religioso fueron diversas las experiencias que


vivieron los mazahuas, una de ellas fue la participación de las autoridades municipales y
estatales. Incluimos lo que consideramos más significativo de la intervención.

La experiencia vivida en San Agustín Mextepec con el señor José Pérez se presentó
durante dos años de conflictos permanentes, que fueron detenidos por las autoridades
municipales. Para don Marcos, quien es bautista y habitante de Portes Gil, el conflicto
termina hasta que las autoridades lo escuchan y atienden, logrando que los líderes de la
comunidad sean detenidos en sus propósitos.

Estando en el gobierno el difunto Dr. Baz dijo que ya dejaran el pleito. Pero
la gente nunca entendió y no nos dejaba en paz, ya siendo presidente
Leonardo Pote me encerraron en la cárcel y no escuchaban las peticiones.
Después entraron otros diputados que estaban a favor de los católicos,
después entró Néstor García como diputado, y ya era presidente Franco
Jaimes, a quien citaron en la Cámara de diputados para que se presentara y
hablara del problema.

Llega a San Felipe, el delegado, el fiscal, mayordomo y comisariado. Y les


preguntaron por qué perseguían al señor Marcos. Ellos respondieron que
porque no querían cooperar $50 para la fiesta patronal. Entonces el diputado
preguntó: ¿y ustedes van a cooperar cuando tenga una fiesta él? Y ellos
respondieron que no.

Guillermo el presidente dijo que no iba a favorecer a nadie, por tanto se va a


levantar un acta. Y si hay algún otro incidente y si muere un evangélico yo
voy contra ustedes cuatro. Y así fue como cambió la cosa de los evangélicos
de Portes Gil. No es el pueblo, sólo es un banderazo, sólo es una cuanta
gente. Quien ayudó a poner la paz fue Rafael Alcibes (Marcos Reyes,
Portes Gil, municipio de San Felipe del Progreso, 2/12/04).

En el conflicto religioso los indígenas católicos tradicionalistas han tomado como


pretexto la no cooperación de los evangélicos en lo económico, la prestación de
servicios, la participación en las fiestas, y la no convivencia en el comer, beber alcohol,
y uso de pólvora, para proceder mediante sus diversas organizaciones a sancionar,
discriminar, perseguir, encarcelar, amonestar, quitar servicios de agua, luz, educación,
multar y expulsar a todos los indígenas conversos y renuentes a las dinámicas
comunitarias católicas, desencadenando conflictos de consecuencias dramáticas para
toda la comunidad.

En apariencia el problema es generado por los indígenas que son renuentes a las
cooperaciones, a la continuidad de las tradiciones culturales, a la ayuda mutua, y a los
servicios colectivos. El fondo y el contenido del conflicto se encuentra en la intolerancia
que presentan los católicos para con los indígenas conversos, en la no aceptación de otra
religión, otros mitos, otros rituales, otras ceremonias y otras prácticas familiares y
sociales distintes a las establecidas por las religiones católicas romana y tradicional. La
organización social tradicional indígena, de manera general estructurada en
mayordomías, consejos de ancianos, consejos supremos, comité de agua, comisariado y
delegado ejidales, organización de comuneros, comité de educación, comité de salud y
comité de caminos, refuerza y asume el rol de sector dominante, impidiendo compartir
intereses diferenciales entre los diversos religiosos, y con ello escalando el conflicto,
que para el caso también se relaciona con el monopolio de recursos simbólicos en los
indígenas, con profundas divergencias en cuanto a proyecto religioso y de vida, que
cuestiona el estatus social, los roles, la autoridad, los cargos, las acciones colectivas y
los significados.

Hasta este momento se ha descrito, comprendido y explicado el conflicto vivido en San


Agustín Mextepec, como la suma de múltiples factores internos y externos que han sido
somatizados en un lenguaje religioso. Los buenos oficios de las autoridades
gubernamentales y de las autoridades comunitarias fueron claves de primera instancia
para atenuar el conflicto, frenar la violencia, y allanar el terreno para la negociación por
medio del diálogo directo. La intervención y mediación de los niveles de gobierno
propiciaron los encuentros, facilitaron los diálogos, y permitieron que germinara el
cambio de percepción contradictoria e irreconciliable que existía en los momentos más
difíciles de las relaciones, induciendo la solución pacífica del conflicto, suavizando el
ambiente hostil, evitando su intensificación, mediante la opción de conciliar intereses
por medio del diálogo.

Fueron diversas las maneras de atender y resolver conflictos que tienen explícita o
implícitamente la variable religiosa. Los métodos y las estrategias para intervenir en
función de la transformación pacífica de los conflictos son variados y para el caso de los
indígenas mazahuas se requirió de la intervención directa de las autoridades, de
encarcelamientos, de acciones de arbitraje, mediación, negociaciones, y del diálogo
directo. La forma más idónea, recomendable y con proyección durable es, sin duda, el
uso de herramientas pacíficas, en la que el diálogo franco y directo conduce al
establecimiento de acuerdos, consensos, respeto, reconocimiento y convivencia pacífica.

Algo concluyente

Hasta este momento se ha descrito, comprendido y explicado el conflicto vivido en San


Agustín Mextepec, como la suma de múltiples factores internos y externos que han sido
somatizados en un lenguaje religioso. Los buenos oficios de las autoridades
gubernamentales y de las autoridades comunitarias fueron claves de primera instancia
para atenuar el conflicto, frenar la violencia, y allanar el terreno para la negociación por
medio del diálogo directo. La intervención y mediación de los niveles de gobierno
propiciaron los encuentros, facilitaron los diálogos, y permitieron que germinara el
cambio de percepción contradictoria e irreconciliable que existía en los momentos más
difíciles de las relaciones, induciendo la solución pacífica del conflicto, suavizando el
ambiente hostil, evitando su intensificación, mediante la opción de conciliar intereses
por medio del diálogo.

Lo relevante que debe destacarse de este fenómeno es cómo al dejar los protestantes de
ser una minoría y al eliminarse poco a poco los conflictos y establecerse como un
ejemplo a seguir dentro de la comunidad, se instauran como un grupo que, además de
llevar un régimen acorde con el presente sistema de explotación económica y social,
también es acorde con el sistema político. Desde luego que el conflicto fue superado a
partir de ejercer políticas democráticas que superan la dimensión de la violencia, a partir
de la construcción de nuevos poderes consensuados en la comunidad indígena, con la
reanimación indocultural del principio de la aceptación de la diferencia. Ahora los
evangélicos se consideran los productores y reproductores de su sistema simbólico, lo
que les ha restituido una identidad y les ha otorgado el acceso al poder.

Importante es anotar que los mazahuas trascendieron del conflicto religioso a la


convivencia pacífica, reflexionaron y concluyeron que no podían desaparecer al otro
religioso mediante la fuerza, y la presencia y competencia de los actores en la
etnorregión no era compatible con los medios violentos, por lo que se cimentó el
camino del diálogo interreligioso e intraétnico.
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