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Psicoanálisis y cultura

La relación entre el psicoanálisis y la cultura es fundamental. El cuerpo teórico planteado por Freud
arraiga, desde sus orígenes, en la problematización del sujeto respecto al hecho social, que, como
tal, sólo es posible a condición de la instauración de la Ley, cuyos efectos se vislumbran en el
entramado simbólico del sujeto que nos ocupa … el del inconsciente.

Ley, cultura, sujeto, son ejes sagitales que articulan las nociones psicoanalíticas más elementales
de manera lógica, con una salvedad: la cultura, indudablemente, precede al psicoanálisis.

En muchos sentidos, Freud procedió respecto a la cultura de su época, y, por su puesto, los
productos culturales a su alcance, como un arqueólogo, restituyendo un sentido originalmente
oculto, reprimido, para el sentido común de la vida cotidiana. El descubrimiento del inconsciente
supuso un giro radical respecto al modo en que el hombre se concebía a sí mismo, producto de una
tradición moderna, como plenamente racional.

Así lo indica, quien, al respecto, menciona:

“En la ciencia moderna se trata de instalar una racionalidad en el lugar de la causa porque ella se
constituye en el siglo XVII como ciencia fisicomatemática a partir de un acontecimiento fundamental:
la ruptura de toda idea de connaturalidad entre sujeto y objeto, la eliminación del concepto de
conocimiento entendido hasta entonces como efecto de una relación armónica sujeto-objeto y, en
consecuencia, la desaparición de la noción de causa como algo exterior a la estructura formal del
discurso científico mismo.”

Una conciencia transparente a sí misma, de cuyo seno, sin embargo, eran excluidos
sistemáticamente aquéllas manifestaciones de irracionalidad que atentaban contra sus
fundamentos. En este sentido, es sólo menester recurrir al preciso trabajo de Michael Foucault,
quien, con una agudeza lapidaria, logró rastrear, tras el simulacro de la razón, y sus mecanismos, la
instrumentación de estructuras de poder que han dado forma y principio al cuerpo social.

La relación del psicoanálisis con el poder, si bien no parte del mismo punto, ni con las mismas
consecuencias que el filósofo francés, es también profusa, y fructífera.

Volviendo a Freud, y a la cultura, el padre del psicoanálisis, al preguntarse respecto a la génesis de


la misma, arroja una tesis tan original como inédita: en algún punto de la historia, el hombre se
organizó alrededor de una horda primordial, cuya cúspide era gobernada por un padre tiránico, con
acceso a la totalidad de las hembras del grupo. A diferencia de las instituciones analizadas por
Foucault, la referida por Freud no oculta la relación de poder directa entre sus miembros.

Avanzando en su tesis, Freud plantea un punto crítico, en el cual, los miembros de la horda, incurren
en el parricidio primordial. La devoración del padre tirano consuma la instauración de la Ley en los
sujetos. Muerto el padre (oh! paradoja) la prohibición, originalmente impuesta en el plano de su
precaria realidad, retorna, aún más terrible, en lo simbólico.

La emergencia de la ley apunta a dos pautas elementales en el inconsciente: incesto y parricidio.

La ley, entonces, es la piedra angular sobre la cual dará rienda suelta el encadenamiento simbólico
del sujeto… en su condición de ser parlante.

Por obvio que nos parezca, este punto es elemental: si la ley no es una categoría externa al sujeto,
sino inherente a su constitución, y el sujeto que nos ocupa no es otro que el del lenguaje, la
emergencia del inconsciente, entendido como las relaciones simbólicas articuladas en
condensaciones y desplazamientos, metáforas y metonimias, están, en términos matemáticos,
sujetas a una ley, del mismo modo que podría estarlo un fenómeno de la física clásica. Esta ley es la
del Padre, sin la cual, la metáfora elemental (precisamente la Ley, en tanto significante, es decir, el
Nombre-del-Padre) no anuda la cadena.

De este hecho traumático, dado que cada enfans atraviesa, en sus tiempos, el complejo de Edipo,
queda un resto, no simbolizado, cuya génesis podríamos rastrear, desde Freud, en ese padre tiránico
de la horda primordial: nos referimos al superyó, instancia compulsiva, traumática, que arroja al
sujeto a un goce alienante, repetitivo, obsceno (posiblemente derivado de ob caenum,
literalmente "de la basura”)

El descubrimiento del inconsciente se suscita en una época específica, cuya relación con las
patologías psíquicas eran orientadas, en su mayoría, a un ámbito médico, atravesado por la
ideología de la época victoriana, punivitamente moralizante, que descalificaba el abanico de
sintomatologías presentadas por las histéricas de la época, sometiéndolas (tal como haría un
Amo) a tratamientos tan aberrantes como ineficaces (hidroterapia, masaje pélvico, entre otros).

Tal como lo plantea el texto de Octave Mannonni, es en esta época en la cual el padre del
psicoanálisis cuestiona el entramado del discurso histérico de sus pacientes. Es de Breuer,
principal colaborador, de quien escucha la famosa expresión “siempre se trata de sexo”. Lo que
este último captó en un nivel de saber, Freud lo escuchó a un nivel de verdad.
Y la verdad del inconsciente no es otra que la de la castración. Castración que, si bien atañe en
principio al sujeto, en tanto parlante, ($), también remite, como consecuencia lógica, a la
castración del Otro (A/), en tanto que en el tesoro de los significantes, ninguno agota la demanda
del sujeto respecto a la significación que produce en ese Otro. Diremos con LeGaufey

“Tomado en los “desfladeros de la demanda”, lo que primero se llama “el niño” se encuentra
embarcado con el Otro en una relación tramada por el significante, puesto que las satisfacciones que
espera de ese Otro más o menos materno pasan por la articulación del lenguaje. Si no hubiera más
que eso, podríamos decir que habría solo comunicación. Pero un rebote anima, desde el vamos, la
cuestión: puesto que el Otro solicitado aparece, a menudo, como pudiendo responder, o no, el hecho
de que responda toma valor de prueba de amor, por lo cual la respuesta a la demanda se desdobla en
valor de satisfacción y en prueba de amor. Todo esto ya está presente en La significación del falo,
pero lo que se agrega ahora es que ese mítico niño va a querer encontrar, además, en el Otro, el
significante que lo representaría como sujeto y vendría así a probar la buena voluntad del Otro con
respecto a él, probar que ese sujeto es, efectivamente, el destino del amor manifestado por las
respuestas a sus demandas. (…) en esta nueva exigencia, una tragedia común vendrá a impactar tanto
al sujeto como al Otro: este último se encuentra en la estricta imposibilidad de brindar un significante
semejante”1

En este punto, plantearemos la cuestión que problematiza la epistemología del psicoanálisis,


que no es otra, que la siguiente: para el psicoanálisis, su objeto de estudio le es exclusivo, dado
que, paradójicamente, las condiciones para su producción (la clínica) no pasa por un tercero,
en el sentido literal del término, ni mucho menos, por una suerte de validación científica, tras la
cual hallaríamos las condiciones para su predicción, que es el ideal de la ciencia con respecto
a cualquier fenómeno inscrito en su discurso.

Es este el sentido del texto facilitado en el curso, que a pie, reza:

“Tal es el punto de inflexión donde se puede comenzar a captar la mudanza absoluta de la situación
analítica con respecto a las convensiones del diálogo usual y corriente. Al mismo tiempo, esto explica
– y con holgura – la razón irremediable por la cual no puede ni debe haber allí un tercero; si lo
hubiere, las cosas no sucederían de la misma forma, en lo más mínimo. No es el mismo sujeto, por lo
tanto, quien se encuentra en esa situación – extendido en el diván, con su analista sentado por detrás,
fuera del alcance de su vista – que quien toma posición, por ejemplo, en un contexto psicoterapéutico
grupal, donde cada uno de los integrantes reacciona condicionado por los dichos del otro, no
pudiendo sostenerse, en ningún caso y para ninguno de los participantes de dicha escena terapéutica,
la regla fundamental en cuestión: la de la asociación libre, para llamarla por su nombre.
Tal como revela el texto, el inconsciente, así como las condiciones de su producción, son
restrictivas al dispositivo clínico, incluso cuando los principales postulados de su teoría sean
localizables en las producciones culturales de cualquier época.

De este modo, el psicoanálisis responde a un discurso específico, formalizado por Lacan en el


seminario diecisiete, junto con otros tres. Nos referimos al discurso histérico, el universitario, y
el del amo, particularmente importante, respecto a la estructura del discurso del psicoanalista.

Cada uno de los discursos se componen por los mismos elementos, colocados en distintas
posiciones, que a su vez, cuentan con una función constante dentro de la estructura, misma que
escribimos a continuación:

agente otro

verdad producción

Es en esta estructura donde se colocan los elementos que darán paso a los distintos discursos,
a saber:

@ : plus de goce

S2: saber

$: sujeto

S1: amo.

Articulando los distintos elementos en determinada posición, obtenemos los cuatro discursos de
Lacan, cada uno de los cuales se produce al girar una posición a la derecha la totalidad de los
elementos, siendo las funciones constantes. Veamos:

Discurso histérico.

En este discurso, el sujeto, en el lugar del agente, (es decir, quien produce el discurso), se dirige
a un amo (s1), colocado en el lugar de otro, para producir un saber (s2). La verdad, en este
discurso, reside en el plus de goce, localizado en el cuadrante inferior izquierdo.

Es el discurso histérico el que inaugura la experiencia psicoanalítica, interpelando al amo un


saber que él mismo no posee.

$ s1

@ s2
Discurso universitario

En el discurso universitario, es el agente quien, desde el lugar del saber, cuya verdad
reprimida es la posición del amo, se dirige a otro, produciendo su división

S2 @

S1 $

Discurso amo

El discurso del amo, si bien nos remite a la posición de la cual emana el poder, por
excelencia, es también la condición de posibilidad del “desenvolvimiento” de la cadena
significante, dado que es el s1 el que, como significante primordial, produce el resto de
los significantes s2. Es el discurso del amo el que constituye el reverso exacto del
discurso psicoanalítico, que abordaremos de inmediato

S1 @

$ s2

Discurso del psicoanalista

En éste, en el lugar del agente, encontramos el objeto a, de Lacan, en tanto semblante.


Destaco el lugar que tiene el saber (s2) en esta estructura, que es el lugar de la verdad.
Es decir que el analista es aquél que ha alcanzado un saber respecto a su verdad (la
castración). El otro interpelado por el discurso del psicoanalista es ni más ni menos que
el sujeto, en tanto barrado, en el cual, a través de este dispositivo, se localiza el punto
“originario” de la cadena simbólica, el significante amo (s1), traumático.

@ $

S2 s1

De esta manera, el discurso del psicoanalista cuestiona, e incluso (podríamos aventurar)


subvierte el discurso del amo, al revelar la castración que éste oculta, y proponer una estructura
opuesta.

Si bien la subversión que nos ocupa es la del sujeto, no podemos omitir aquí la relación existente
entre el psicoanálisis y el discurso del amo que, hay que decirlo, produce cultura, en el sentido
hegeliano. El amo, diría Lacan, ha arrebatado al esclavo su goce, perdiendo en la misma jugada
su humanidad. Con Hegel, es el esclavo el que, al conservar la vida, produce, a partir de su
trabajo, cultura, teniendo al amo como condición d esta producción. El psicoanálisis no responde
al amo. Lo cuestiona. Quizás, más allá del dispositivo psicoanalítico, habría que indagar las
consecuencias políticas de esta posición, por ejemplo, en el exilio de los psicoanalistas
argentinos frente a la dictadura. Pero ese sería ya motivo de otro escrito.

Bibliografía

Gaufey, Guy. (2010) El sujeto según Lacan. Buenos Aires

Lacan, J., El reverso del psicoanálisis. Seminario 17, Paidós, Bs. As., 1992