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ADVIENTO CON EL PAPA FRANCISCO 2017

ATENTOS Y VIGILANTES PARA PERMITIR A DIOS IRRUMPIR


20171203 Ángelus Primer Domingo de Adviento
Hoy comenzamos el camino de Adviento, que culminará en la Navidad. El
Adviento es el tiempo que se nos da para acoger al Señor que viene a nuestro
encuentro, también para verificar nuestro deseo de Dios, para mirar hacia adelante y
prepararnos para el regreso de Cristo. Él regresará a nosotros en la fiesta de Navidad,
cuando haremos memoria de su venida histórica en la humildad de la condición
humana; pero Él viene dentro de nosotros cada vez que estamos dispuestos a recibirlo,
y vendrá de nuevo al final de los tiempos «para juzgar a los vivos y a los muertos».
Por eso debemos estar siempre alerta y esperar al Señor con la esperanza de
encontrarlo. La liturgia de hoy nos habla precisamente del sugestivo tema de la vigilia
y de la espera.
En el Evangelio (Mc 13,33-37) Jesús nos exhorta a estar atentos y a vigilar para
estar listos para recibirlo en el momento del regreso. Nos dice: «Estad atentos y
vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento [...] No sea que llegue de improviso
y estéis durmiendo». (vv. 33-36).
La persona que está atenta es la que, en el ruido del mundo, no se deja llevar por
la distracción o la superficialidad, sino que vive de modo pleno y consciente, con una
preocupación dirigida en primer lugar a los demás. Con esta actitud nos damos cuenta
de las lágrimas y las necesidades del prójimo, y podemos percibir también sus
capacidades y sus cualidades humanas y espirituales. La persona mira después
al mundo, tratando de contrarrestar la indiferencia y la crueldad que hay en él y
alegrándose de los tesoros de belleza que también existen y que deben ser custodiados.
Se trata de tener una mirada de comprensión para reconocer tanto las miserias y las
pobrezas de los individuos y de la sociedad, como para reconocer la riqueza escondida
en las pequeñas cosas de cada día, precisamente allí donde el Señor nos ha colocado.
La persona vigilante es la que acoge la invitación a velar, es decir, a no dejarse
abrumar por el sueño del desánimo, la falta de esperanza, la desilusión; y al mismo
tiempo rechaza la llamada de tantas vanidades de las que está el mundo lleno y detrás
de las cuales, a veces, se sacrifican tiempo y serenidad personal y familiar. Es la
experiencia dolorosa del pueblo de Israel, narrada por el profeta Isaías: Dios parecía
haber dejado vagar a su pueblo, lejos de sus caminos (cf. 63.17), pero esto era el
resultado de la infidelidad del mismo pueblo (cf. 64,4b). También nosotros nos
encontramos a menudo en esta situación de infidelidad a la llamada del Señor: Él nos
muestra el camino bueno, el camino de la fe, el camino del amor, pero nosotros
buscamos la felicidad en otra parte.
Estar atentos y vigilantes son los presupuestos para no seguir "vagando alejados
de los caminos del Señor", perdidos en nuestros pecados y nuestras infidelidades;
estar atentos y alerta, son las condiciones para permitir a Dios irrumpir en nuestras
vidas, para restituirle significado y valor con su presencia llena de bondad y de
ternura. María Santísima, modelo de espera de Dios e ícono de vigilancia, nos guíe
hacia su Hijo Jesús, reavivando nuestro amor por él.
MARÍA ES LA “LLENA DE GRACIA”, LA SIEMPRE JOVEN
20171208 Ángelus
Hoy contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio, que narra el
episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que celebramos, sobre todo a
través del saludo del ángel. Él se dirige a María con una palabra no fácil de traducir,
que significa ‘colmada de gracia’, ‘creada por la gracia’, “llena de gracia” (Lc 1,28).
Antes de llamarla María, la llama llena de gracia y así revela el nombre nuevo que
Dios le ha dado y que es más apropiado para Ella que el que le dieron sus padres.
También nosotros la llamamos así, en cada Ave María.
¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios.
Y si está enteramente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado. Es algo
extraordinario, porque todo en el mundo, desgraciadamente, está contaminado por el
mal. Cada uno de nosotros, mirando dentro de sí, ve algunos lados oscuros. También
los santos más grandes eran pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas,
están tocadas por el mal: todas, menos María. Ella es el único ‘oasis siempre verde’
de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente,
con su ‘sí’ a Dios que venía al mundo y comenzar así una historia nueva.
Cada vez que la reconocemos llena de gracia, le hacemos el cumplido más grande,
el mismo que le hizo Dios. Un hermoso cumplido para una señora es decirle con buen
gusto, que parece joven. Cuando le decimos a María llena de gracia, en cierto sentido
también le decimos eso, a nivel más alto. En efecto, la reconocemos siempre joven,
nunca envejecida por el pecado. Sólo hay algo que hace envejecer, envejecer
interiormente: no es la edad, sino el pecado. El pecado envejece porque esclerotiza el
corazón. Lo cierra, lo vuelve inerte, hace que se marchite. Pero la llena de gracia está
vacía de pecado. Entonces es siempre joven, ‘más joven que el pecado’, es ‘la más
joven del género humano’ (G Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1088, p 175).
Hoy la Iglesia felicita a María llamándola toda bella, tota pulchra. Así como su
juventud no está en su edad, tampoco su belleza consiste en lo exterior. María, como
muestra el Evangelio de hoy, no sobresale en apariencia: de familia sencilla, vivía
humildemente en Nazaret, una aldea casi desconocida. Y no era famosa: incluso
cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había allí ningún reportero. La
Virgen no tuvo tampoco una vida acomodada, sino preocupaciones y temores: ‘se
turbó’ (v 29), dice el Evangelio, y, cuando el ángel ‘dejándola se fue’ (v 38), los
problemas aumentaron.
Sin embargo, la llena de gracia vivió una vida hermosa. ¿Cuál era su secreto? Nos
damos cuenta si miramos otra vez la escena de la Anunciación. En muchos cuadros,
María está representada sentada ante el ángel con un librito en sus manos. Este libro
es la Escritura. María solía escuchar a Dios y transcurrir su tiempo con Él. La Palabra
de Dios era su secreto: cercana a su corazón, se hizo carne luego en su seno.
Permaneciendo con Dios, dialogando con Él en toda circunstancia, María hizo bella
su vida. No la apariencia, no lo que pasa, sino el corazón tendido hacia Dios hace
bella la vida. Miremos hoy con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude
a permanecer jóvenes, diciendo ‘no’ al pecado, y a vivir una vida bella, diciendo sí’ a
Dios.
SENTIMOS SIEMPRE TU PRESENCIA TIERNA Y FUERTE
20171208 Oración Acto de veneración a la Inmaculada, Pl de Esp
Madre Inmaculada,
por quinta vez vengo a tus pies como obispo de Roma,
para rendirte homenaje en nombre de todos los habitantes de esta ciudad.
Queremos agradecerte el cuidado constante con que acompañas nuestro camino,
el camino de las familias, de las parroquias, de las comunidades religiosas;
el camino de aquellos que todos los días, a veces con fatiga, pasan por Roma para
ir al trabajo;
de los enfermos, de los ancianos, de todos los pobres,
de tantas personas que emigraron aquí desde tierras de guerra y hambre.
Gracias porque apenas te dirigimos un pensamiento, una mirada o un Ave María
fugaz,
sentimos siempre tu presencia tierna y fuerte.
¡Oh Madre, ayuda a esta ciudad a desarrollar los "anticuerpos" contra algunos
virus de nuestros tiempos:
la indiferencia, que dice: “no me concierne”,
la mala educación cívica que desprecia el bien común,
el miedo al diferente y al extranjero;
el conformismo disfrazado de transgresión,
la hipocresía de acusar a los otros mientras se hacen las mismas cosas;
la resignación a la degradación ambiental y ética;
la explotación de tantos hombres y mujeres.
Ayúdanos a rechazar estos y otros virus con los anticuerpos
que provienen del Evangelio.
Haz que tomemos la buena costumbre
de leer todos los días un pasaje del Evangelio
y, siguiendo tu ejemplo, custodiemos la Palabra en el corazón,
para que como buena semilla dé frutos en nuestras vidas.
Virgen Inmaculada,
hace 175 años, a poca distancia de aquí,
en la iglesia de San Andrea delle Fratte,
tocaste el corazón de Alfonso Ratisbonne, que en ese momento,
de ateo y enemigo de la Iglesia pasó a ser cristiano.
A él te mostraste como una Madre de gracia y de misericordia
Concédenos también a nosotros, especialmente en las pruebas y en las tentaciones,
fijar la mirada en tus manos abiertas
que dejan caer sobre la tierra las gracias del Señor,
y despojarnos de toda arrogancia orgullosa,
para reconocernos como verdaderamente somos:
pequeños y pobres pecadores, pero siempre hijos tuyos.
Y así poner nuestra mano en la tuya
para dejarnos reconducir a Jesús, nuestro hermano y salvador,
y al Padre Celestial, que nunca se cansa de esperarnos
ni de perdonarnos cuando regresamos a Él.
¡Gracias, Oh Madre, porque siempre nos escuchas!
bendice a la Iglesia que está en Roma,
bendice a esta ciudad y al mundo entero. Amén.

ELEVAR LOS VALLES Y ABAJAR LOS MONTES


20171210 Ángelus. II Domingo de Adviento
El domingo pasado empezamos el Adviento con la invitación a vigilar; hoy,
segundo domingo de este tiempo de preparación a la Navidad, la liturgia nos indica
los contenidos propios: es un tiempo para reconocer los vacíos para colmar en nuestra
vida, para allanar las asperezas del orgullo y dejar espacio a Jesús que viene.
El profeta Isaías se dirige al pueblo anunciando el final del exilio en Babilonia y
el regreso a Jerusalén. Él profetiza: «Una voz clama: “En el desierto abrid camino a
Yahveh. […]. Que todo valle sea elevado”» (40, 3). Los valles para elevar representan
todos los vacíos de nuestro comportamiento ante Dios, todos nuestros pecados de
omisión. Un vacío en nuestra vida puede ser el hecho de que no rezamos o rezamos
poco. El Adviento es entonces el momento favorable para rezar con más intensidad,
para reservar a la vida espiritual el puesto importante que le corresponde. Otro vacío
podría ser la falta de caridad hacia el prójimo, sobre todo, hacia las personas más
necesitadas de ayuda no solo material, sino también espiritual. Estamos llamados a
prestar más atención a las necesidades de los otros, más cercanos. Como Juan
Bautista, de este modo podemos abrir caminos de esperanza en el desierto de los
corazones áridos de tantas personas. «Y todo monte y cerro sea rebajado» (v. 4),
exhorta aún Isaías. Los montes y los cerros que deben ser rebajados son el orgullo, la
soberbia, la prepotencia. Donde hay orgullo, donde hay prepotencia, donde hay
soberbia no puede entrar el Señor porque ese corazón está lleno de orgullo, de
prepotencia, de soberbia. Por esto, debemos rebajar este orgullo. Debemos asumir
actitudes de mansedumbre y de humildad, sin gritar, escuchar, hablar con
mansedumbre y así preparar la venida de nuestro Salvador, Él que es manso y humilde
de corazón (cf. Mateo 11, 29). Después se nos pide que eliminemos todos los
obstáculos que ponemos a nuestra unión con el Señor: «¡Vuélvase lo escabroso llano,
y las breñas planicie! Se revelará la gloria de Yahveh —dice Isaías— y toda criatura
a una la verá (Isaías 40, 4-5). Estas acciones, sin embargo, se cumplen con alegría,
porque están encaminadas a la preparación de la llegada de Jesús. Cuando esperamos
en casa la visita de una persona querida, preparamos todo con cuidado y felicidad.
Del mismo modo queremos prepararnos para la venida del Señor: esperarlo cada día
con diligencia, para ser colmados de su gracia cuando venga.
El Salvador que esperamos es capaz de transformar nuestra vida con su gracia,
con la fuerza del Espíritu Santo, con la fuerza del amor. En efecto, el Espíritu Santo
infunde en nuestros corazones el amor de Dios, fuente inagotable de purificación, de
vida nueva y de libertad. La Virgen María vivió en plenitud esta realidad, dejándose
«bautizar» por el Espíritu Santo que la inundó de su poder. Que Ella, que preparó la
venida del Cristo con la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y
guíe nuestros pasos al encuentro con el Señor que viene.

ALEGRÍA, ORACIÓN Y GRATITUD PARA VIVIR LA NAVIDAD


20171217 Ángelus. III Domingo de Adviento
En los últimos domingos, la liturgia ha subrayado lo que significa estar en
actitud vigilante y lo que implica concretamente preparar el camino del Señor. En
este tercer domingo de Adviento, llamado "Domingo de la Alegría", la liturgia nos
invita a comprender el espíritu con el que todo esto tiene lugar, es decir, precisamente,
la alegría. San Pablo nos invita a preparar la venida del Señor asumiendo tres
actitudes: la alegría constante, la oración perseverante y la acción de gracias continúa.
Alegría constante, oración perseverante y acción de gracias continúa.
La primera actitud, alegría constante «Estad siempre alegres» (1 Ts 5,16), dice
San Pablo. Es decir, permaneced siempre en la alegría, incluso cuando las cosas no
van según nuestros deseos; pero existe esa alegría profunda, que es la paz: ella
también es alegría, está dentro. Y la paz es una alegría "a nivel del suelo", pero es una
alegría. Ansiedades, dificultades y sufrimientos atraviesan la vida de cada uno, todos
las conocemos; y muchas veces la realidad que nos rodea parece ser inhóspita y árida,
similar a la del desierto en el que sonó la voz de Juan el Bautista, como recuerda el
Evangelio de hoy (cf. Jn 1,23). Pero las palabras del Bautista revelan que nuestra
alegría se basa en una certeza, que este desierto está habitado: "Entre vosotros - dice
– hay uno que no conocéis " (v 26). Se trata de Jesús, el enviado por el Padre, que
viene, como subraya Isaías, “a dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los
corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros
la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor” (61,1-2). Estas palabras que
Jesús hará suyas en el discurso de la sinagoga de Nazaret (cfr Lc 4,16-19), aclaran
que su misión en el mundo consiste en la liberación del pecado y de las esclavitudes
personales y sociales que produce. Él vino a la tierra para devolver a los hombres la
dignidad y la libertad de los hijos de Dios, que sólo Él puede comunicar y dar la
alegría por ello.
La alegría que caracteriza a la espera del Mesías se basa en la oración
perseverante: esta es la segunda actitud. San Pablo dice: "rezad ininterrumpidamente"
(1 Tesalonicenses 5,17). A través de la oración, podemos entrar en una relación
estable con Dios, que es la fuente de la verdadera alegría. La alegría del cristiano no
se compra, no se puede comprar; procede de la fe y del encuentro con Jesucristo, la
razón de nuestra felicidad. Y cuanto más estamos arraigados en Cristo, cuanto más
estamos cerca de Jesús, más encontramos la serenidad interior, incluso en medio de
las contradicciones diarias. Por eso el cristiano que ha encontrado a Jesús, no puede
ser un profeta de desventuras, sino un testigo y un heraldo de la alegría. Una alegría
para compartir con los demás; una alegría contagiosa que hace que el camino de la
vida sea menos fatigoso.
La tercera actitud indicada por Pablo es la acción de gracias continua, es decir, el
amor reconocido a Dios. Porque él es muy generoso con nosotros, y nosotros estamos
invitados a reconocer siempre sus beneficios, su amor misericordioso, su paciencia y
su bondad, viviendo así en una acción de gracias incesante. Alegría, oración y gratitud
son tres actitudes que nos preparan para vivir la Navidad de una manera auténtica.
Alegría, oración y gratitud.