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2º.

DOMINGO DE ADVIENTO, ciclo B


p. Víctor M. Ruano / Prensa Libre

En los curas, “reformar lo deformado”

Muchas comunidades durante el año han hecho una especie de “examen de conciencia parroquial” a
la luz de Aparecida. Como resultado de ese proceso de reflexión los laicos constatan que
algunos curas no hemos “entrado del todo en la dinámica de la metanoia proclamada por Jesús en
el inicio de su tarea misionera (cfr. Mc 1, 15), y de aquel cambio que el papa Francisco propone ahora
con urgencia, comenzando por la apremiante invitación a “reformar lo deformado” en la Iglesia y en
sus pastores”.

Esperan que seamos “hombres de pueblo”, sin caer en la tentación de considerarnos seres de otro
mundo, quizá cortesano o monárquico, que miran despectivamente a los que no son de su clase. (cfr.
EG, 271). Pues la Iglesia a la que servimos “no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de
los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios” (Francisco, Carta al presidente de
a la CAL, 19-3-16). Algunos, por el cargo al que treparon, mostrándose ahora inútiles y aferrándose a
procedimientos y estructuras caducas, han caído en “la tentación del poder” contaminando a la
Iglesia que está llamada a ser la comunidad de los pobres y para los pobres, pero de brazos abiertos
para acoger a todos, como fue la característica de los pobres de Yahvé y lo es de los pobres hoy en
América Latina. Por eso preferimos que nos vean entre los pobres de Guatemala, apoyando sus
legítimas demandas, y nunca jamás, con los corruptos y ladrones, mendigando sus limosnas.

En muchos de nosotros, se fue apagando el fuego profético que la Iglesia está llamada a
testimoniar en el corazón del pueblo, (Papa Francisco, ibidem), quizá por no asumir con radicalidad
el estilo misionero de Jesús y su praxis liberadora o por miedo a incomodar aquellos sectores a nivel
local o nacional que se han beneficiado del sistema injusto, impune y corrupto vigente en el país, y
por tanto no se tiene la parresía para denunciar, más bien buscan cobardemente su cobijo para que
les financien sus obras o les paguen sus viajes.

Como pastores del pueblo católico guatemalteco, “no debemos instalarnos en una
autocomplacencia pastoral pecaminosa por narcisista, como la de aquellos profetas que intentaban
adormecer al pueblo, diciéndole: “todo marcha bien, todo marcha bien” (Jr 4,9). Por su parte el papa
Francisco viene ratificando a la luz de Aparecida, la urgencia de abandonar aquella “pastoral
acomodada y adormecedora, encerrada en el templo y temerosa de participar y cooperar en procesos
históricos para la salvación integral de nuestro pueblo” (Cfr EG, 120).

Necesitamos una Iglesia profética que con la audacia de Jeremías nos diga, cuantas veces sea
necesario “y aquello no marchaba bien”. Ha sido el papa Francisco quien ha lanzado esa voz
profética para dar la alarma en toda la Iglesia, desde la curia Vaticana, pasando por misiones
diplomáticas hasta la última parroquia recién erigida. Él nos hace caer en la cuenta de que una
pastoral insípida y tibia, al margen de los pobres y sin insertarnos en las periferias geográficas y
existenciales de nuestra sociedad guatemalteca, nos lleva a ser malos pastores y no “pastores según
el corazón de Dios” (Jr 3.15).

Si no reaccionamos positivamente con el pontificado de Francisco y ante el creciente despertar de


los ciudadanos guatemaltecos desde abril de 2015, obispos y curas seremos “guardianes ciegos que
no se dan cuenta de nada: perros mudos, incapaces de ladrar; vigías perezosos con ganas de dormir;
perros voraces que no se sacian; pastores que no se comprometen a nada: cada cual, por su camino,
cada uno, a su ganancia” (Is 56, 10-11). ¡No queremos caer nunca en el camino de indiferencia, ni ser
cómplices de los responsables del empobrecimiento de nuestro pueblo!