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LOS NOVÍSIMOS 1ª parte

Comenzamos con un resumen general tomado del Catecismo, para refrescar las ideas. Luego entraremos en el
detalle de cada cuestión.

DEL CATECISMO MAYOR DE SAN PIO X

969. ¿Qué se entiende por Novísimos? - Novísimos se llaman en los Libros Santos las cosas postreras que acaecerán
al hombre.

970. ¿Cuántos son los Novísimos o Postrimerías del hombre? - Los Novísimos o Postrimerías del hombre son cuatro
Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.

971. ¿Por qué los Novísimos se llaman Postrimerías del hombre? - Los Novísimos se llaman Postrimerías del
hombre, porque la muerte es la cosa postrera que sucede al hombre en este mundo; el Juicio de Dios es el último de
los juicios que hemos de sufrir; el Infierno es el mal extremo que tendrán los malos, y la Gloria, -el sumo bien que
poseerán los buenos.

972. ¿Cuándo hemos de pensar en nuestras Postrimerías? - Conviene pensar todos los días en nuestras
Postrimerías, y sobre todo en la oración de la mañana al despertarnos, a la noche antes de acostarnos, y siempre
que nos sintiéremos tentados, porque este pensamiento es eficacísimo para hacernos huir del pecado.

DEL 7° ARTÍCULO:

De allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos

126.- ¿Qué nos enseña el séptimo artículo: DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS? -
El séptimo artículo del Credo nos enseña que al fin del mundo Jesucristo, lleno de gloria y majestad, vendrá del cielo
para juzgar a todos los hombres, buenos y malos, y dar a cada uno el premio o el castigo que hubiere merecido.

127.- Si todos, inmediatamente después de la muerte, hemos de ser juzgados por Jesucristo en el juicio particular,
¿por qué todos hemos de ser juzgados en el juicio universal?

Hemos de ser juzgados todos en el juicio universal por varias razones:

1ª. para gloria de Dios; 2ª. para gloria de Jesucristo; 3ª. para gloria de los Santos; 4ª. para confusión de los malos;
5ª. finalmente, para que el cuerpo tenga con el alma su sentencia de premio o de castigo.

128.- ¿Cómo se manifestará la gloria de Dios en el juicio universal? - En el juicio universal se manifestará la gloria
de Dios, porque todos conocerán con cuanta justicia gobierna Dios el mundo, aunque ahora se ven muchas veces
afligidos los buenos y en prosperidad los malos.

129.- ¿Cómo se manifestará en el juicio universal la gloria de Jesucristo? - En el juicio universal se manifestará la
gloria de Jesucristo porque habiendo sido injustamente condenado por los hombres, aparecerá entonces a la faz de
todo el mundo como juez supremo de todos.
130.- ¿Cómo se manifestará la gloria de los Santos en el juicio universal? - En el juicio universal se manifestará la
gloria de los Santos porque muchos de ellos, que murieron despreciados de los malos, serán glorificados a la vista
de todo el mundo.

131.- ¿Cuál será en el juicio universal la confusión de los malos? - En el juicio universal será grandísima la
confusión de los malos, mayormente la de aquellos que oprimieron a los justos o procuraron en vida ser estimados
como hombres buenos y virtuosos, al ver descubiertos a todo el mundo los pecados que cometieron, aún los más
secretos.

DEL 11° ARTÍCULO:

La resurrección de la carne

240.- ¿Qué nos enseña el undécimo artículo: LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS? - El undécimo artículo del Credo
nos enseña que todos los hombres resucitarán, volviendo a tomar cada alma el cuerpo que tuvo en esta vida.

241.- ¿Cómo sucederá la resurrección de los muertos? - La resurrección de los muertos sucederá por la virtud de
Dios omnipotente, a quien nada es imposible.

242.- ¿Cuándo acaecerá la resurrección de los muertos? - La resurrección de los muertos acaecerá al fin del mundo,
y entonces seguirá el juicio universal.

243.- ¿Por qué ha dispuesto Dios la resurrección de los cuerpos? - Dios ha dispuesto la resurrección de los cuerpos
para que, habiendo el alma obrado el bien o el mal junto con el cuerpo, sea también junto con el cuerpo premiada o
castigada.

244.- ¿Resucitarán todos los hombres de la misma manera? - No, señor; sino que habrá grandísima diferencia entre
los cuerpos de los escogidos y los cuerpos de los condenados, porque sólo los cuerpos de los escogidos tendrán, a
semejanza de Jesucristo resucitado, las dotes de los cuerpos gloriosos.

245.- ¿Cuáles son las dotes que adornarán los cuerpos de los escogidos? - Las dotes que adornarán los cuerpos
gloriosos de los escogidos son: 1ª., la impasibilidad, por la que no podrán ya estar sujetos a males y dolores de
ningún género, ni a la necesidad de comer, descansar o de otra cosa; 2ª., la claridad, con la que brillarán como el sol
y como otras tantas estrellas; 3ª., la agilidad, con que podrán trasladarse en un momento y sin fatiga de un lugar a
otro, y de la tierra al cielo; 4ª., la sutileza, con que sin obstáculo alguno podrán penetrar cualquier cuerpo, como lo
hizo Jesucristo resucitado.

246.- ¿Cómo serán los cuerpos de los condenados? - Los cuerpos de los condenados estarán privados de las dotes
de los cuerpos gloriosos y llevarán la horrible marca de su eterna condenación.

DEL 12 ° ARTÍCULO:

La vida perdurable

247.- ¿Qué nos enseña el último artículo: Y LA VIDA ETERNA? - El último artículo del Credo nos enseña que, después
de la vida presente, hay otra, o eternamente bienaventurada para los escogidos en el cielo o eternamente infeliz
para los condenados al infierno.
248.- ¿Podemos comprender la bienaventuranza del cielo? - No, señor; no podemos comprender la bienaventuranza
de la gloria, porque sobrepuja nuestro limitado entendimiento y porque los bienes del cielo no pueden compararse
con los bienes de este mundo.

249.- ¿En qué consiste la bienaventuranza de los escogidos? - La bienaventuranza de los escogidos consiste en ver,
amar y poseer por siempre a Dios, fuente de todo bien.

250.- ¿En qué consiste la infelicidad de los condenados? - La infelicidad de los condenados consiste en ser privados
por siempre de la vista de Dios y castigados con eternos tormentos en el infierno.

251.- ¿Son únicamente para las almas los bienes del cielo y los males del infierno? - Los bienes del cielo y los males
del infierno son ahora únicamente para las almas, porque solamente las almas está ahora en el cielo o en el
infierno; pero después de la resurrección, los hombres serán o felices o atormentados para siempre en alma y
cuerpo.

252.- ¿Serán iguales para los bienaventurados los bienes del cielo y para los condenados los males del infierno? -
Los bienes del cielo para los bienaventurados y los males de infierno para los condenados serán iguales en la
sustancia y en la duración eterna; más en la medida o en los grados serán mayores o menores, según los méritos o
deméritos de cada cual.

A continuación trataremos de las Mansiones de Ultratumba en general, y a continuación las consideraremos a


cada una en particular. Para este estudio seguimos, en la medida de lo posible, al Padre Royo Marín.

LAS MANSIONES DE ULTRATUMBA

Santo Tomás dedica una cuestión entera, dividida en siete artículos, a estudiar los diferentes lugares adonde pueden
dirigirse las almas inmediatamente después de separarse por la muerte de sus cuerpos (Cf. Suplemento, 69).

EXISTENCIA DE ESAS MANSIONES

A primera vista parece que no debe hablarse de lugares o mansiones especiales para recibir a las almas separadas,
ya que, habiéndose desprendido de sus cuerpos y no teniendo relación alguna con la materia corporal, como puros
espíritus que son, nada tienen que ver con un determinado lugar.

El lugar corresponde a los cuerpos, pero nada tiene que ver con el espíritu, a no ser que ese espíritu esté informando
un determinado cuerpo (como ocurre con nuestra alma en esta vida) o aplique su virtud a mover un cuerpo
determinado en un momento dado (como ocurre, por ejemplo, cuando un Ángel aparece en forma corporal).

Fuera de estos casos, los espíritus no ocupan ningún lugar corporal.

No parece, pues, que pueda hablarse de lugares o mansiones especiales para recibir a las almas separadas de sus
cuerpos.

Y, sin embargo, los teólogos hablan de «receptáculos» o «mansiones» que ocupan las almas separadas aun antes de
volverse a reunir con sus cuerpos resucitados.
Conclusión: por divina ordenación existen determinados lugares o mansiones para las almas separadas. (Sentencia
común en teología.)

No hay sobre este punto ninguna declaración dogmática de la Iglesia.

Fundamentalmente, los datos de la fe pueden salvarse diciendo que lo que afecta a las almas separadas es un nuevo
estado (de salvación, condenación, purificación...), pero no un lugar determinado.

Sin embargo, la opinión que asigna un determinado lugar a las almas separadas, aun antes de volverse a reunir con
sus cuerpos resucitados, es la más probable y, desde luego, la más común entre los teólogos.

La razón principal que les mueve a ello son las continuas alusiones a los lugares donde habitan las almas separadas,
que se encuentran en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los Concilios de la Iglesia. Les parece que no
podrían interpretarse todas ellas metafóricamente sin manifiesta imprudencia y temeridad.

He aquí, por vía de ejemplo, algunas de esas alusiones:

En la Sagrada Escritura. —El alma del rico epulón es sepultada en el infierno, y la del mendigo Lázaro es llevada por
los Ángeles al seno de Abrahán (Le. 16,22-23).

En los Santos Padres. —Casi todos hablan como si las almas separadas ocuparan, en efecto, algún determinado
lugar.

En los Concilios. —En el mismo Símbolo de la fe (Denz. 6) repetimos todos los días que Cristo Nuestro Señor
«descendió a los infiernos», o sea, al limbo o seno de Abrahán, donde estaban aguardando al Redentor los justos del
Antiguo Testamento.

La dificultad está en explicar cómo puede ocupar un lugar determinado el alma separada del cuerpo, siendo como es
una forma puramente espiritual. Veamos cómo lo explica el Doctor Angélico:

«Aunque es verdad que las substancias espirituales no dependen en su mismo ser de un determinado cuerpo, no lo
es menos que Dios gobierna las cosas corporales mediante las espirituales. Existe, pues, entre ambas una cierta
conveniencia, en el sentido de que las más dignas entre las espirituales deben adaptarse a cuerpos más dignos
también. Por eso, los mismos filósofos establecieron la jerarquía de las substancias incorpóreas según la de los
cuerpos sometidos a su movimiento.
Por lo tanto, aunque a las almas separadas no se les asigne un determinado cuerpo para unirse con él o para
moverle, se les asignan, sin embargo, ciertos lugares corporales correspondientes a su diferente dignidad o valor.
Estas almas permanecen allí según el modo y manera con que los seres espirituales pueden estar en un lugar»
(Suplemento 69, l).

Estas últimas palabras del Angélico nos dan la clave de la solución. Toda la dificultad consiste en precisar de qué
manera puede estar un espíritu en un determinado lugar.

Ahora bien: examinando los diferentes modos de presencia local que pueden distinguirse, nos encontramos con los
siguientes (Cf. I, q 52, a 2):
a) Presencia corporal o circunscriptiva. Es la que corresponde a los cuerpos, que están contenidos o encerrados en el
lugar que ocupan llenándolo cuantitativamente. En el orden sobrenatural cabe milagrosamente una presencia
corporal no circunscriptiva (es el caso de la Eucaristía, en la que el cuerpo de Cristo está contenido con una ubicación
especialísima—per modum substantiae, dice Santo Tomás—, que prescinde en absoluto de la extensión y del
espacio, cf. III, 76, 5).

b) Presencia espiritual definitiva. Es la que corresponde a los espíritus creados, que se dice están en un determinado
lugar cuando ejercen en él alguna actividad especial, ya sea por una operación transitoria (los Ángeles), ya por
información permanente (el alma en el cuerpo vivo).

Se llama definitiva porque está limitada y definida por aquel determinado lugar donde se encuentran ejercitando su
actividad, sin que puedan ejercitarlo a la vez en otro lugar distinto (Cf. I, 62, 2).

c) Presencia espiritual no definitiva. Es la que corresponde a Dios en virtud de su inmensidad. La virtud infinita de
Dios no puede encerrarse en determinados límites, como la de los Ángeles o almas separadas. Dios está presente en
todas partes y lugares, por esencia, presencia y potencia. Es la ubicuidad, que corresponde a la inmensidad divina
(Cf. I, 8, 1-4).

Ahora bien: ¿cuál de estas presencias locales corresponde a las almas separadas? Es evidente que no la primera, que
es propia exclusivamente de las cosas corporales o cuantitativas. Ni la tercera, que corresponde exclusivamente a
Dios. Luego tiene que ser la segunda, pero hay que precisar en qué forma.

No puede ser por información substancial de un cuerpo situado en algún determinado lugar, porque el alma no
puede ser forma substancial de ningún cuerpo fuera del suyo, del que quedó separada precisamente por la muerte
del mismo.

Luego tiene que ser a la manera de los Ángeles, y esto de uno de estos dos modos: activamente, o sea, por el
contacto virtual con el lugar, ejerciendo en él la virtud que reciba de Dios; o pasivamente, por una especie de
encadenamiento o sujeción penal a tal lugar, determinado por la justicia vindicativa de Dios (infierno o purgatorio).

Por eso dice Santo Tomás que «el conocimiento que las almas tienen del lugar donde han sido asignadas les produce
gozo o tristeza; y así tal lugar es para ellas un premio o una pena (Suplemento, 69, 1 ad 3. Cf. ibid., 70, 3; I, 64, 4
ad 1).

¿CUÁNTAS Y CUÁLES SON?

He aquí cómo lo explica Santo Tomás de Aquino:

«Los lugares que corresponden a las almas se distinguen según los diversos estados de las mismas. Mientras el alma
permanece unida al cuerpo, está en estado de merecer; pero al separarse del cuerpo está en estado de recibir lo que
ha merecido, bueno o malo. Y así, si después de la muerte se encuentra en estado de recibir de una manera
definitiva la suerte que le corresponde, irá al paraíso, en recompensa del bien, o al infierno, en castigo del pecado
mortal actual, o al limbo de los niños, si no tiene otro reato de culpa que el pecado original. Pero, si hay algún
obstáculo que impida esta sanción definitiva, puede obedecer a dos causas: o al defecto de la misma persona, en
cuyo caso va al purgatorio, donde queda retenida hasta que expíe totalmente los pecados cometidos, o al defecto de
la sola naturaleza humana, y así los justos del Antiguo Testamento entraban en el limbo de los patriarcas, donde
tuvieron que permanecer hasta que Cristo redimió al mundo pagando con su sangre el rescate de la humanidad
pecadora (Suplemento, 69, 7).

¿DÓNDE ESTÁN?
San Agustín: «En qué parte del mundo está situado el infierno, no creo que nadie lo sepa, a no ser que se lo haya
revelado el divino Espíritu».

San Gregorio Magno: «No me atrevo a definir temerariamente nada sobre este particular».

San Juan Crisóstomo: «No preguntemos dónde está el infierno, sino qué hemos de hacer para evitarlo».

Santo Tomás: «No creo que el hombre pueda saber dónde está el infierno».

Como se ve, todos estos textos se refieren al infierno; pero lo mismo podría decirse de los otros lugares de
ultratumba. Sin embargo, pueden hacerse ciertas conjeturas, aunque en sentido un poco antropomórfico. La Sagrada
Escritura—acaso por un fenómeno de sincatábasis divina, o adaptación a nuestra manera de hablar—suele colocar la
gloria de los bienaventurados en las partes superiores del universo material, y el infierno en las inferiores.

Los antiguos, fijándose en este lenguaje escriturístico establecían el siguiente orden descendente:

1. Cielo.

2. Tierra.

3. Limbo de los patriarcas.

4. Purgatorio.

5. Limbo de los niños.

6. Infierno de los condenados.

He aquí algunos textos de la Sagrada Escritura en que se apoyaban:

Y nadie podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro ni verlo (Apocalipsis 5, 3).

Y le rogaban (los demonios) que no les mandase volver al abismo (Le. 8,31).

Pero si, haciendo Yavé algo insólito, abre la tierra su boca y se los traga con todo cuanto es suyo y bajan vivos al
abismo, conoceréis que estos hombres han irritado a Yavé. Apenas acabó de decir estas palabras, rompióse el suelo
debajo de ellos, abrió la tierra su boca y se los tragó... Vivos se precipitaron en el abismo y los cubrió la tierra
(Núm. 16,30-33).

La Sagrada Escritura nos dice también que Cristo descendió del cielo a la tierra (lo. 6,38.41.51, etc.); descendió
de nuestra tierra al infierno o limbo de los patriarcas (Efes. 4,9; I Petr. 3,19) y ascendió de nuestra tierra al cielo
(Me. 16,19).

Son numerosísimos los pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento que aluden al cielo como un lugar al que hay que
subir, o al infierno como un lugar inferior al que descienden los pecadores.

Es indudable que hay cierta relación de semejanza o analogía entre las alturas llenas de luz, que significan cierta
elevación o grandeza—sea del orden que fuere—, y el abismo tenebroso como símbolo del castigo y abatimiento del
culpable. El alma justa, que despreció las cosas de la tierra y supo pasar por este mundo con los ojos fijos en el
cielo, es razonable que sea exaltada por encima de las estrellas; mientras que el hombre carnal y embrutecido, que
vivió exclusivamente para las cosas materiales, sumergido en el fango de sus vicios, parece natural que descienda a
un abismo infra terreno, tenebroso y profundo.
¿Es el CIELO un lugar? Y si lo es, ¿se sabe dónde está situado?

Ninguna de las dos preguntas puede contestarse con certeza en este mundo. La divina revelación nada dice, y la
Iglesia nada ha declarado oficialmente.

Es evidente que antes de la resurrección del cuerpo puede concebirse perfectamente el cielo como un estado del
alma, en el que ha encontrado su plena perfección y felicidad, sin que sea preciso recurrir a un lugar determinado.

Y aun después de la resurrección de la carne no es absolutamente necesario que el cielo sea un lugar concreto y
determinado. Porque, aunque es cierto que el cuerpo, por muy espiritualizado que esté, continuará siendo material y
extenso y tendrá que ocupar, por consiguiente, un determinado lugar, no se sigue de aquí que el cielo sea
necesariamente un lugar concreto y común a todos los bienaventurados. En absoluto, cada bienaventurado podría
tener su «lugar» y su «cielo» particular, ya que lo esencial del cielo es la visión beatífica, y ésta puede realizarse en
cualquier parte donde Dios quiera manifestarse a través del lumen gloriae.

Cada uno de los bienaventurados podría ver a Dios en un lugar distinto del de los demás, habitando, por ejemplo,
cada uno en una estrella del firmamento.

¡Vemos a qué tonterías se llega por negar un lugar al Cielo!

No podemos seguir estas hipótesis.

EL PURGATORIO

La tradición cristiana ha concebido el purgatorio como un lugar determinado, como una especie de prisión donde las
almas quedarían en cierto modo encadenadas por la justicia vindicativa de Dios.

Según el cardenal Billot, la existencia de ese lugar—lo mismo que los del cielo y el infierno—«responde a un
sentimiento de los Padres y de los teólogos, del que nadie puede apartarse sin gran temeridad».

Santo Tomás de Aquino expone el pensamiento tradicional con mucha reserva y modestia, advirtiendo expresamente
que no se trata de una verdad de fe ni plenamente demostrada por la razón teológica.

He aquí sus propias palabras:

«La Sagrada Escritura nada nos dice sobre el lugar donde está situado el purgatorio, y sobre este punto la razón está
desprovista de argumentos decisivos. Sin embargo, es probable, y está más conforme a las declaraciones de los
Padres y a muchas revelaciones particulares, que el lugar del purgatorio es doble. Según la ley común, es un lugar
inferior, contiguo al infierno, de tal suerte que un mismo fuego atormenta a los condenados y purifica a los justos;
pero los condenados están situados en la parte inferior, como corresponde a su situación moral. Por disposición
particular de la divina Providencia , algunos difuntos pasan su purgatorio en diversos y determinados lugares, ya sea
para instrucción de los vivos, ya para obtener de ellos los sufragios de la Iglesia que alivien sus tormentos.
Algunos creen que la ley común y general es que el lugar donde el hombre pecó sea el de su propio purgatorio. Pero
esto no parece probable, ya que entonces tendría que recorrer sucesivamente todos los lugares donde pecó y no
podría ser purificado de todos sus pecados a la vez.
Otros pretenden que, según la ley común, el purgatorio está colocado por encima de nosotros, o sea, entre el cielo y
la tierra, como corresponde al estado de esas almas colocadas a medio camino entre la tierra y el cielo. Pero este
argumento no prueba nada, porque los habitantes del purgatorio no son castigados por lo que tienen de superior a
nosotros, sino por lo que hay en ellos de inferior, o sea, por el pecado». (De purgatorio (Suplemento) a.2.)
En definitiva: que nada se puede afirmar con certeza sobre si el cielo es un lugar y dónde está situado en caso de
que lo sea.

EL LIMBO DE LOS NIÑOS

Probablemente el limbo de los niños está situado en un determinado lugar.

Es evidente que antes de la resurrección de la carne no se requiere—hablando en absoluto—ningún lugar, pues no lo


necesitan las almas, que son puros espíritus; bastaría que el limbo fuera un determinado estado. Pero al juntarse a
sus respectivos cuerpos, éstos ocuparán forzosamente un determinado lugar, porque así lo exige la extensión
corporal.

¿Dónde está situado ese lugar? Nadie sabe nada. Los antiguos creían que estaba junto al infierno, al borde o límite
del mismo; de ahí su nombre de limbo.

San Alberto Magno coloca el limbo de los niños por debajo del antiguo limbo de los patriarcas, pero en una región
superior al infierno de los condenados.

Santo Tomás de Aquino distingue ambos limbos en cuanto a la calidad de la recompensa o de la pena que en ellos se
recibe, pero no en cuanto al lugar, que «probablemente—dice—se cree que es el mismo», aunque con dos especies
de departamentos, de los cuales el superior sería el de los patriarcas y el inferior el de los niños.

En resumen: que, aunque parece probable que, al menos después de la resurrección de la carne, el limbo tenga que
ser un lugar determinado, nadie absolutamente puede precisar con certeza dónde está situado.

CADA UNA EN PARTICULAR

EL PURGATORIO

Noción: Con la palabra purgatorio se designa el lugar o estado de las almas de los justos que murieron en gracia y
amistad con Dios, pero con el reato de alguna pena temporal debido por sus pecados, es decir, imperfectamente
purificadas de las faltas cometidas.

El Magisterio de la Iglesia

Concilio II de Lyón (1274): «Creemos que los que verdaderamente arrepentidos murieron en caridad antes de haber
satisfecho con frutos dignos de penitencia por sus comisiones y omisiones, sus almas son purificadas después de la
muerte con penas purgatorias» (Denz. 464).

Benedicto XII (1336): «Por esta constitución, que ha de valer para siempre, con autoridad apostólica definimos: que,
según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo antes de la pasión de
nuestro Señor Jesucristo, así como las de los santos apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, y de los otros fieles
muertos después de recibir el bautismo de Cristo, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni
habrá cuando salgan igualmente en el futuro, o si entonces lo hubo o habrá algo purgable en ellos, cuando después
de su muerte se hubieren purgado..., estuvieron, están y estarán en el cielo..., donde vieron y ven la divina
esencia... hasta el juicio y desde entonces hasta la eternidad» (Denz. 530).
Clemente VI (1351): «Preguntamos si has creído y crees que existe el purgatorio, al que descienden las almas de los
que mueren en gracia, pero no han satisfecho sus pecados por una penitencia completa» (Denz. 570s.).

Concilio de Florencia (1439): «En el nombre de la Santísima Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con
aprobación de este concilio universal de Florencia, definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta
verdad de fe, y así todos profesen que... si los verdaderos penitentes salieron de este mundo antes de haber
satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purificadas con penas
purificaderas después de la muerte» (Denz. 691-693).

León X (en su bula Exsurge Domine, de 1520): Condena, entre otras, la siguiente afirmación de Lutero:

«El purgatorio no puede probarse por Escritura Sagrada que esté en el canon» (Denz. 777).

Concilio de Trento (1534-1563): En la sesión 6, sobre la justificación (1547), definió expresamente la existencia del
purgatorio en el siguiente canon contra los errores protestantes:

«Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le
borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no queda reato alguno de pena temporal que
haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio, antes de que pueda abrirse la entrada en el reino de
los cielos, sea anatema» (Denz. 840).

Más adelante (en la sesión 25, del 3 y 4 de diciembre de 1563) promulgó el siguiente decreto sobre el purgatorio:

«Puesto que la Iglesia católica, ilustrada por el Espíritu Santo, apoyada en las Sagradas Letras y en la antigua
tradición de los Padres, ha enseñado en los sagrados concilios y últimamente en este ecuménico concilio que existe
el purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el
aceptable sacrificio del altar, manda el santo concilio a los obispos que diligentemente se esfuercen para que la sana
doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los Santos Padres y sagrados concilios, sea creída, mantenida, enseñada
y en todas partes predicada a los fieles de Cristo» (Denz. 983).

Finalmente, en la profesión tridentina de fe, promulgada por Pío IV en 1564, se leen las siguientes palabras:

«Sostengo firmemente que existe el purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los
fieles» (Denz. 998).

La Sagrada Escritura

La doctrina del purgatorio se encuentra claramente expresada en la Sagrada Escritura, aunque falte la expresión
material que se adoptó más tarde para designar el lugar de las purificaciones ultraterrenas.

a) Antiguo Testamento

El clásico y tradicional texto del segundo libro de los Macabeos es tan claro que el mismo Lutero, dándose perfecta
cuenta de que con él se venía abajo su rotunda negación de que la Biblia hable del purgatorio, soslayó la dificultad
insuperable negando el carácter canónico del famoso libro.

No advierte lo gratuito e infundado de su afirmación (todos los ejemplares griegos, latinos y siríacos, tanto impresos
como manuscritos, traen uniformemente el famoso texto, lo mismo que la Vulgata, y los antiguos Padres le han
conocido y citado sin ninguna duda ni variación).

He aquí el famoso episodio relatado en el libro segundo de los Macabeos:


Al día siguiente de su victoria sobre Gorgias, Judas Macabeo descubrió bajo las túnicas de sus soldados caídos en el
campo de batalla algunos objetos idolátricos procedentes del pillaje de Jamnia, ciudad que habían destruido y
saqueado poco antes. Estos objetos, según la ley judía, eran esencialmente impuros, por haber sido consagrados a
los ídolos. Los soldados caídos habían cometido, por consiguiente, un pecado por haberlos retenido junto a sí. Todos
vieron en su muerte un castigo de Dios por tal pecado.

Entonces:

«Todos bendijeron al Señor, justo juez, que descubre las cosas ocultas. Volvieron a la oración, rogando que el
pecado cometido les fuese totalmente perdonado; y el noble Judas exhortó a la tropa a conservarse limpios de
pecado, teniendo a la vista el suceso de los que habían caído, y mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo
hasta dos mil dracmas, que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por el pecado; obra digna y noble, inspirada en
la esperanza de la resurrección; pues si no hubiera esperado que los muertos resucitarían, superfluo y vano era orar
por ellos. Más creía que a los muertos piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. Obra santa y
piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo que fuesen expiados los muertos, para que fuesen absueltos de los
pecados» (2 Mach. 12,41-46).

Toda la tradición cristiana ha considerado este texto como demostrativo de la existencia del purgatorio. Sin duda
ninguna, Judas Macabeo vio ante todo la futura resurrección de los soldados caídos; pero para que en la futura
resurrección puedan tener parte entre el pueblo de Dios es preciso que se purifiquen antes del pecado cometido. Tal
es la finalidad de la colecta que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por aquel pecado. Los soldados caídos no
estaban, por consiguiente, en el infierno, donde no hay remisión posible. Habían cometido una culpa que necesitaba
perdón de Dios; pero ese perdón podía ser obtenido en la otra vida a base de las expiaciones ofrecidas por ellos acá
en la tierra. No se trataba, pues, de un pecado grave—que les hubiera acarreado la condenación eterna—, sino de un
pecado leve (por ignorancia de la ley o por conciencia errónea) o, al menos, de un pecado grave del que se
arrepintieron antes de morir, como ocurrió con muchos de los que murieron anegados por las aguas del diluvio (cf. I
Petr. 3,19-20). He ahí con toda claridad y nitidez la doctrina católica sobre el purgatorio, aunque no se emplee
materialmente esa palabra.

b) Nuevo Testamento

Primero: Por esto os digo: todo pecado y blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el
Espíritu no les será perdonada. Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado; pero quien hablare contra
el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero (Mt. 12,31-32).

Exégesis: La exégesis católica tradicional ha visto en estas palabras de Jesucristo una clara alusión al purgatorio, al
menos de una manera indirecta. Porque, al decir que la blasfemia contra el Espíritu Santo no se perdona ni en este
mundo ni en el otro, deja claramente entender que hay otra clase de pecados que se perdonan, al menos, en la otra
vida. Pero en el otro mundo no se da perdón de los pecados en el infierno ni en el cielo, como es obvio; luego tiene
que haber otro tercer lugar, que es, cabalmente, el purgatorio.

Segundo: Cada uno mire cómo edifica, que, cuanto al fundamento, nadie puede poner otro sino el que está puesto,
que es Jesucristo. Si sobre este fundamento uno edifica oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja, su obra
quedará de manifiesto, pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada uno. Aquel cuya obra
subsista recibirá el premio, y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como
quien pasa por el fuego (I Cor 3,10-15).

Exégesis: Este es el texto clásico neo testamentario que han invocado los Santos Padres y teólogos para afirmar la
existencia del purgatorio.
El purgatorio no lo menciona explícitamente San Pablo. Con todo, en su primera a los Corintios, o le menciona
implícitamente o por lo menos establece los principios de los cuales se deduce lógicamente la existencia del
purgatorio o de las penas temporales en la otra vida.

Bajo estas imágenes habla San Pablo de castigos escatológicos y temporales sufridos por faltas no graves.

De estas afirmaciones de San Pablo se desprende una conclusión: luego después de esta vida terrena se dan
castigos temporales impuestos por faltas no graves.

El razonamiento de San Pablo se basa en dos principios.

Primero: toda falta no expiada por la penitencia recibe su merecido castigo de parte de Dios: de penas eternas por
las faltas graves, de penas temporales por las leves.

Segundo: que, si llega el fin sin que antes se hayan expiado o castigado las faltas, reciben su correspondiente
castigo.

Y presupone además San Pablo el caso o el hecho de que sobrevenga el fin sin que antes las faltas se hayan expiado
o castigado.

Al morir, pues, cada hombre, siempre que se dé el caso previsto por San Pablo, es decir, que el hombre no haya
expiado sus faltas leves con la penitencia (sea voluntaria, sea impuesta por Dios), subsiste el principio establecido
por el Apóstol: que estas faltas han de recibir su merecido castigo después del fin de esta vida; castigo temporal y
escatológico, en que consiste substancialmente el dogma católico referente al purgatorio.

Consiguientemente, de las afirmaciones de San Pablo se deduce lógicamente la existencia del purgatorio.

La Tradición Cristiana

La idea del purgatorio—a base de la necesidad de rogar por los muertos—aparece clarísima y unánime desde los
tiempos primitivos en toda la tradición cristiana oriental y occidental. Son tantos y tan claros los testimonios, tan
sorprendente la uniformidad absoluta entre todas las iglesias cristianas, que no puede explicarse humanamente sino
por el común origen apostólico de esta creencia en las purificaciones de ultratumba.

Tertuliano: «En el día aniversario hacemos oblaciones por los difuntos».

«Hasta el más pequeño delito tendrá que expiar el alma antes de resucitar, sin que esto obste a la plenitud de la
resurrección gloriosa con el cuerpo».

San Ambrosio de Milán: «Más que llorar, es necesario ayudarla con oraciones. No la entristezcas con tus lágrimas,
sino encomienda más bien a Dios con oblaciones su alma».

San Agustín: «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la final resurrección, las almas quedan
retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere
merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de
sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia».

San Cesareo de Arlés: «Porque, si no damos gracias a Dios en la tribulación ni procuramos redimir los pecados con
buenas obras, seremos retenidos en aquel fuego purificador (purgatorio igne), hasta que todos los pecados leves, a
modo de madera, heno, paja, queden consumidos. Pero algunos dicen: «No me importa el tiempo que me detenga,
con tal de llegar al fin a la vida eterna». Que nadie diga eso, hermanos, porque aquel fuego purificador será más
tremendo que cualquier penalidad que se pueda pensar, o ver, o sentir en este mundo».
San Juan Crisóstomo: «Pensemos en procurarles algún alivio del modo que podamos... ¿Cómo? Haciendo oración por
ellos y pidiendo a otros que también oren, y dando limosnas... Porque no sin razón fueron establecidas por los
apóstoles mismos estas leyes; digo el que, en medio de los venerandos misterios, se haga memoria de los que
murieron... Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos grande provecho y utilidad. Porque ¿cómo no
aplacaremos a Dios orando por ellos en aquel solemne momento, cuando todo el pueblo está con las manos
levantadas al cielo junto con todo el clero—el sacerdocio todo—y está delante aquella soberana Víctima que infunde
pavor?»

San Isidoro de Sevilla: «Ofrecer el sacrificio por el descanso de los difuntos, rogar por ellos, es una costumbre
observada en el mundo entero. Por esto creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos apóstoles.
En efecto, la Iglesia católica la observa en todas partes; y si ella no creyera que se les perdonan los pecados a los
fieles difuntos, no haría limosnas por sus almas ni ofrecería por ellas el sacrificio a Dios».

Si a los textos de los Santos Padres añadimos el argumento litúrgico sacado de las oraciones en favor de los difuntos
que se leen en las liturgias hierosolimitana, romana, alejandrina, etiópica y milanense desde los tiempos primitivos; y
los epitafios y demás inscripciones funerarias en las Catacumbas, en las que se alude con frecuencia a las
purificaciones del más allá, hay que concluir que la prueba de tradición en torno a la existencia del purgatorio es una
de las más firmes y seguras de toda la teología católica.

La Razón Teológica

«De los principios que hemos expuesto más arriba puede deducirse fácilmente la existencia del purgatorio. Porque, si
es verdad que la contrición borra los pecados, no quita del todo el reato de pena que por ellos se debe; ni tampoco
se perdonan siempre los pecados veniales aunque desaparezcan los mortales. Ahora bien: la justicia de Dios exige
que una pena proporcionada restablezca el orden perturbado por el pecado. Luego hay que concluir que todo aquel
que muera contrito y absuelto de sus pecados, pero sin haber satisfecho plenamente por ellos a la divina justicia,
debe ser castigado en la otra vida. Negar el purgatorio es, pues, blasfemar contra la justicia divina. Es, pues, un
error, y un error contra la fe. Por eso San Gregorio Niceno añade a las palabras citadas más arriba: «Nosotros lo
afirmamos y creemos como una verdad dogmática». Y la misma Iglesia universal manifiesta su fe en él por las
oraciones que hace por sus difuntos «a fin de que sean liberados de sus pecados»; lo cual no puede entenderse sino
de los que están en el purgatorio. Ahora bien: el que resiste a la autoridad de la Iglesia incurre en el pecado de
herejía». (De purgatorio (Suplemento.), a.1).

«Sin embargo, se ha de tener en cuenta que, por parte de los buenos, puede haber algún impedimento para que sus
almas no reciban, una vez libradas del cuerpo, el último premio, consistente en la visión de Dios. Efectivamente, la
criatura racional no puede ser elevada a dicha visión si no está totalmente purificada, pues tal visión excede toda la
capacidad natural de la criatura. Por eso se dice de la Sabiduría que nada manchado hay en ella (Sab. 7, 25); y en
Isaías se dice: Nada impuro pasará por ella (Is. 35, 8). Y sabemos que el alma se mancha por el pecado al unirse
desordenadamente a las cosas inferiores; de cuya mancha se purifica en realidad en esta vida mediante la penitencia
y los otros sacramentos, como se dijo antes. Pero a veces acontece que tal purificación no se realiza totalmente en
esta vida, permaneciendo el hombre deudor de la pena, ya por alguna negligencia u ocupación o también porque es
sorprendido por la muerte. Mas no por esto merece ser excluido totalmente del premio, porque pueden darse tales
cosas sin pecado mortal, que es lo único que quita la caridad, a la cual se debe el premio de la vida eterna, como se
ve por lo dicho en el libro tercero. Luego es preciso que sean purgadas después de esta vida antes de alcanzar el
premio final. Pero esta purificación se hace por medio de penas, tal como se hubiera realizado también en esta vida
por las penas satisfactorias. De lo contrario, estarían en mejor condición los negligentes que los solícitos si no
sufrieran en la otra vida la pena que por los pecados no cumplieron en ésta. Por consiguiente, las almas de los
buenos que tienen algo que purificar en este mundo, son detenidas en la consecución del premio hasta que sufran
las penas satisfactorias. Y ésta es la razón por la cual afirmamos la existencia del purgatorio, refrendada por el dicho
del Apóstol: Si la obra de alguno se quemare, será perdida; y él será salvo, pero como quien pasa por el fuego (I Cor
3,15). A esto obedece también la costumbre de la Iglesia universal, que reza por los difuntos, cuya oración sería
inútil si no se afirmara la existencia del purgatorio después de la muerte; porque la Iglesia no ruega por quienes
están en el término del bien o del mal, sino por quienes no han llegado todavía» (Contra Gentes, IV, 91)

NATURALEZA DEL PURGATORIO

«En el purgatorio—escribe Santo Tomás—hay una doble pena: una de daño, en cuanto que se les retrasa la visión de
Dios; y otra de sentido, en cuanto son castigados con fuego corporal. Y son ambas tan intensas, que la pena mínima
del purgatorio excede a la mayor de esta vida» (De purgatorio (Suplemento) a.3).

A) La pena de dilación de la gloria

Propiamente hablando, sólo en el infierno se da una verdadera pena de daño, ya que ella es el castigo ultraterreno a
la aversión actual de Dios, que no se da en las almas del purgatorio.

El gran teólogo cardenal Cayetano prueba que no hay en el purgatorio verdadera pena de daño. Su razonamiento es
el siguiente:

En el purgatorio se expían únicamente los pecados veniales (perdonados o no antes de morir) y los pecados mortales
ya perdonados antes de la muerte. Por otra parte, la pena de daño corresponde al pecado por la aversión a Dios
realizada por el pecador al cometerlo, y la pena de sentido corresponde al goce ilícito de las cosas creadas. Ahora
bien: por los pecados veniales no se debe a nadie pena de daño, ya que el hombre no se aparta por ellos de Dios
como último fin, sino tan sólo se desvía un poco del recto camino, pero conservando su tendencia principal a Dios. Y
a los pecados mortales ya perdonados tampoco corresponde la pena de daño, ya que la aversión a Dios que hubo
cuando fueron cometidos fue rectificada por el pecador al arrepentirse de ellos y volverse nuevamente a Él. Luego en
el purgatorio no se da verdadera pena de daño por ninguna clase de pecados.

Toda la tradición católica está de acuerdo en que se trata de una pena intensísima, humanamente imposible de
describir.

Cuán grande sea este dolor, podemos conjeturarlo por cuatro consideraciones.

En primer lugar se ven privadas de un tan gran bien precisamente en el momento en que hubieran debido gozarlo.
Ellas comprenden la inmensidad de este bien con una fuerza que iguala únicamente a su ardiente deseo de poseerlo.

En segundo lugar advierten claramente que han sido privadas de ese bien por su propia culpa.

En tercer lugar deploran la negligencia que les impidió satisfacer por aquellas culpas cuando hubieran podido hacerlo
fácilmente, mientras que ahora se ven constreñidas a sufrir grandes dolores; y este contraste aumenta
considerablemente la acerbidad de su dolor.

Finalmente, se dan perfecta cuenta de qué tesoros inmensos de bienes eternos, de qué grados de gloria celestial tan
fácilmente accesibles les ha privado su culpable negligencia durante su vida terrestre.

Y todo esto, aprehendido con conciencia vivísima, excita en ellas un vehementísimo dolor, como acá en la tierra lo
experimentamos también de algún modo en las cosas humanas cuando se juntan y reúnen esas cuatro
circunstancias.
B) La pena de sentido

La tradición católica está perfectamente de acuerdo en que las almas del purgatorio, además de la pena de dilación
de la gloria en la forma que acabamos de exponer, sufren una especie de pena de sentido en castigo de los goces
ilícitos de los bienes creados que se permitieron durante su permanencia en el cuerpo mortal.

En el purgatorio tiene que haber, por consiguiente, una pena de sentido, con mayor razón todavía que una pena de
daño.

La tradición de los Padres latinos es casi unánime en favor del fuego real y corpóreo, en todo semejante al del
infierno. Lo mismo opinan casi todos los teólogos escolásticos antiguos y modernos. Santo Tomás de Aquino
identifica realmente ambos fuegos al colocar el purgatorio junto al infierno, de tal suerte que un mismo fuego
atormentaría a los condenados y purificaría a los habitantes del purgatorio, cf. De purgatorio (Suplemento) a.2.

San Agustín explica hermosamente cómo una misma causa puede producir contrarios efectos según los sujetos sobre
quienes recaiga: «Porque, así como con un mismo fuego resplandece el oro y la paja humea, y con un mismo trillo
se quebranta la arista y el grano se limpia, y, aunque se expriman en una misma prensa el aceite y el alpechín, no
por eso se confunden entre sí, así también una misma adversidad prueba, purifica y afina a los buenos, y reprueba,
destruye y aniquila a los malos. Por consiguiente, en una misma calamidad, los pecadores abominan y blasfeman de
Dios, y los justos le glorifican y piden misericordia; consistiendo la diferencia de tan varios sentimientos no en la
calidad del mal que se padece, sino en la de las personas que lo sufren; porque, movidos de un mismo modo, exhala
el cieno un hedor insufrible, y el ungüento precioso una fragancia suavísima» (De Civitate Dei, l I c.8 n.2)

Queda por determinar cómo un fuego material y corpóreo pueda atormentar a un alma espiritual. Todo se explica
fácilmente si consideramos que ese fuego material es un instrumento de Dios para purificar al alma, y Dios puede
muy bien utilizar un instrumento corporal para producir un efecto espiritual y aun sobrenatural; como ocurre, por
ejemplo, con el agua del bautismo, que produce en el alma del bautizado nada menos que la gracia santificante.

El fuego obra sobre el alma, no por propia virtud, sino como instrumento de la justicia divina, del mismo modo que el
agua bautismal produce, bajo la influencia de Dios, la gracia en nuestra alma. Si no se ha estado bien dispuesto a
recibir los instrumentos de la misericordia divina, habrá que sufrir de parte de los instrumentos de su justicia. Este
modo de obrar del fuego es misterioso; tiene por efecto, según Santo Tomás, ligar en cierto modo al alma, es decir,
impedirle obrar como ella quisiera y donde quisiera, y le inflige de este modo la humillación de depender de una
criatura material. Sufrimiento que no deja de tener analogía con el que experimenta una persona paralítica, que no
puede hacer los movimientos que quisiera.

EL INFIERNO

Asistamos con la imaginación a aquella escena tremenda, la más trascendental de la historia de la humanidad, que
tendrá lugar al fin de los siglos; y oigamos la sentencia de Jesucristo, sentencia de bendición para los buenos:
“Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que está preparado para vosotros”, y sentencia de
maldición para los réprobos: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno.”

Se trata de dos dogmas importantísimos de nuestra fe: la existencia del Cielo y del Infierno.

En primer lugar, debemos enfrentarnos con el tema tremendo, terriblemente trágico, del destino eterno de los
réprobos.

¿Qué dice el dogma católico sobre la existencia y naturaleza del castigo de los réprobos?

Existencia del Infierno

Existe el infierno, al que descienden inmediatamente las almas de los que mueren en pecado mortal. (De fe divina
expresamente definida.)

ANTIGUO TESTAMENTO:

¡Ay de las naciones que se levanten contra mi pueblo! El Señor omnipotente los castigará en el día del juicio, dando
al fuego y a los gusanos sus carnes, y gemirán de dolor para siempre (Iudith 16, 20).

Acuérdate de que la cólera no tarda. Humilla mucho tu alma, porque el castigo del impío será el fuego y el gusano
(Eccli. 7, 18-19).

Los pecadores de Sión se espantarán, y temblarán los impíos. ¿Quién de nosotros podrá morar en el fuego
devorador? ¿Quién habitar en los eternos ardores? (Is. 33, 14).

Y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra mí, cuyo gusano nunca morirá, y cuyo fuego no se
apagará, que serán objeto de horror para toda carne (Is. 66, 24).

Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para eterna vida, otros para
eterna vergüenza y confusión (Dan. 12, 2).

NUEVO TESTAMENTO

Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles... E irán al suplicio eterno, y
los justos a la vida eterna (Mt. 25, 41-46).

Y murió también el rico y fue sepultado. En el infierno, en medio de los tormentos, levantó sus ojos y vio a Abrahán
desde lejos y a Lázaro en su seno y, gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con
la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas (Le. 12, 22-24).

Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al
fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga (Mc. 9, 43-44).

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede
perder el alma y el cuerpo en la gehenna (Mt. 10, 28).

Así será en la consumación del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de los justos y los arrojarán al
horno de fuego; allí habrá llanto y crujir de dientes (Mt. 13, 49-50).
Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y
crujir de dientes (Mt. 22, 13).

Y a ese siervo inútil echadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes (Mt. 25, 30).

Y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el estanque de fuego (Apoc. 20, 15).

EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

Símbolo Atanasiano (“Quicumque”): «Y los que obraron bien irán a la vida eterna, y los que mal, al fuego eterno»
(Denz. 40).

Inocencio III: «La pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios, y la del actual es el tormento de la
gehenna eterna» (Denz. 410).

Concilio II de Lyón: «Las almas de los que mueren en pecado mortal o con sólo el original descienden
inmediatamente al infierno, para ser castigadas, sin embargo, con penas desiguales» (Denz. 464).

Benedicto XII: «Definimos, además, que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que mueren en actual
pecado mortal, inmediatamente después de su muerte descienden al infierno, donde son atormentadas con las penas
infernales» (Denz. 531).

LA RAZÓN TEOLÓGICA

Tratándose de una verdad sobrenatural, la existencia del infierno sólo puede ser conocida con certeza por la divina
revelación. La razón teológica se limita únicamente a mostrar las armonías y conveniencias de ese dogma con el
conjunto de los demás revelados y con los atributos de Dios. Sin embargo, son tan claras y convincentes las razones
que postulan la necesidad de un castigo ultraterreno, que incluso la mayoría de las religiones falsas y de los filósofos
paganos lo creyeron y enseñaron desde la más remota antigüedad.

La razón principal que puede invocarse para probar la necesidad de los castigos ultraterrenos es la que se toma de la
santidad y justicia de Dios.

Se ve la necesidad de las sanciones ultraterrenas para castigar los crímenes repugnantes que quedan sin sanción
adecuada en este mundo. Porque es un hecho que un número incalculable de crímenes monstruosos logran escapar
al control de la justicia humana y quedan impunes acá en la tierra.

NATURALEZA DEL INFIERNO

El catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen maravilloso de la doctrina católica, nos dice que
el Infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”.

Es la misma frase que pronunciará el día del Juicio final: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno”.

En esta fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del Infierno.
Porque el Infierno, fundamentalmente, lo constituyen tres cosas y nada más que tres: lo que llamamos en teología
pena de daño, lo que llamamos pena de sentido y la eternidad de ambas penas.

Esas tres cosas están maravillosamente registradas y resumidas en la frase de Cristo: “Apartaos de Mí, malditos
(pena de daño), al fuego (pena de sentido) eterno (eternidad de ambas penas)”.

PENA DE DAÑO

Lo principal del Infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que
consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad. Eso es lo fundamental del Infierno.

La pena de daño del infierno consiste en la privación eterna de la visión beatífica y de todos los bienes que de ella se
siguen. (De fe divina expresamente definida.)

Dios es el centro del Universo, la plenitud total del Ser. En Él está concentrado todo cuanto hay de verdad, bondad,
belleza… y de felicidad inenarrable.

El Infierno es perder ese océano de felicidad inenarrable para siempre, para siempre, para toda la eternidad.

Esto es lo que constituye la entraña misma de la pena de daño.

Consiste en la privación. Empleamos esta palabra en su pleno sentido filosófico. No se trata, en efecto, de una
mera carencia de algo indebido al hombre, sino de una verdadera privación de algo que, con la gracia de Dios,
hubiera podido alcanzar. Y así, por ejemplo, en el orden puramente natural, no es ninguna desgracia que el hombre
no tenga alas para volar (simple carencia, de algo que la naturaleza humana no exige), pero sí lo es carecer de ojos
para ver (privación de algo que el hombre debiera tener).

La pena de daño es objetivamente la misma para todos los condenados; pero admite, sin embargo, diferentes grados
de apreciación subjetiva. (Sentencia común en teología.)

Considerada en sí misma, la pena de daño es la misma para todos los condenados, ya que es igualmente para todos,
la privación total y definitiva del Bien supremo.

Pero, desde el punto de vista de la aflicción que reporta a los condenados, difiere según el grado de culpabilidad de
cada uno de ellos. Cuanto más culpables fueron, tanto más fuertemente son torturados por ella, porque han caído
tanto más profundamente en ese tenebroso y terrible abismo del alma y sienten con mayor intensidad el vacío
infinito causado por el alejamiento de Dios.

Cuanto más ha pecado un condenado, más se ha alejado de Dios. La pena de daño tiene por finalidad precisamente
castigar el pecado en cuanto que por él el pecador se ha alejado de Dios. El condenado siente, pues, en proporción a
sus pecados, el peso de la maldición de Dios, que se aleja a su vez de él y le rechaza de su presencia.

El condenado sufrirá tanto más cuanto tendrá una más grande capacidad y una mayor necesidad de gozar. Las
gracias recibidas y despreciadas han aumentado en él esta aptitud y esta necesidad en proporción a su número.

Cada gracia, en efecto, fue un llamamiento de Dios, una invitación a conocerle y amarle mejor. Fue, al mismo
tiempo, una luz y un medio para llegar a ese grado de conocimiento y de amor fijado por Dios. Por consiguiente, esa
gracia creó en el alma una más grande disposición para este conocimiento y amor, y, por una consecuencia natural,
una más grande necesidad de conocer y de amar a Dios. Luego a tantas gracias como el pecador haya rechazado
corresponden otros tantos grados inalcanzados de aptitud y de necesidad de amar y de poseer a Dios. Cada gracia
despreciada ha cavado más hondamente el abismo eterno en el que el alma se ha hundido.

Los más culpables son, pues, más aptos para sentir la privación del Bien supremo; así como en el Cielo, los más
santos entre los elegidos son más aptos para gozar de la presencia y de la posesión de Dios. La gracia de la que se
han aprovechado los santos y ha producido en ellos sus frutos, ha aumentado su semejanza con el divino ejemplar.
Esta mayor o menor perfección en la conformidad con él es lo que les hace más o menos capaces de gozar de la
divina esencia. Del mismo modo, el desprecio de las gracias y los pecados acumulados han aumentado en los
condenados su grado de desemejanza con la infinita pureza y santidad de Dios. Y esta mayor o menor oposición al
Bien supremo es lo que les hace sentir en mayor o menor grado su privación y diferencia en ellos la pena de daño.

Dios es la esencia misma de la bondad y de la felicidad substancial. La desgracia de su privación se mide, pues, por
el grado de oposición que el condenado tiene con relación a este Bien supremo, al que las gracias recibidas tendían a
aproximarle, mientras que esas mismas gracias despreciadas tienden a alejarle más y más.

Del mismo modo, pues, que los elegidos gozan tanto más en el Cielo de la visión beatífica cuanto mayores fueron sus
méritos, así los condenados sufren en el infierno tanto más de su privación cuanto mayores fueron los crímenes con
que están manchados.

La pena de daño consiste secundariamente en la privación de todos los bienes que se siguen de la visión beatífica.
(De fe divina, implícitamente definida.)

Lo que constituye primaria y esencialmente la pena de daño es la privación eterna de la visión beatífica, o sea, del
goce fruitivo de Dios como objeto de nuestra última y suprema felicidad. Pero como consecuencia natural e
inevitable priva también, secundariamente, de todos los demás bienes accidentales que la visión beatífica lleva
consigo.

Los principales:

* Exclusión eterna del Cielo, o sea de la verdadera patria de las almas, cuya belleza, claridad, esplendor,
magnificencia, amenidad, suavidad y felicidad que produce en el alma, ninguna inteligencia humana es capaz de
expresar. Los condenados son unos exilados eternos de su verdadera patria.

* Exclusión de la compañía y suavísima familiaridad de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María, de los Ángeles,
Santos y Bienaventurados del cielo, con todos los goces e íntimas alegrías que de esa compañía se desprenden.

* Privación de la luz con la cual los Bienaventurados del Cielo contemplan la hermosura de todas las cosas naturales,
el mundo de los seres posibles y el esplendor y magnificencia de la gloria de los bienaventurados.

* Pérdida para siempre de todos los bienes sobrenaturales que hayan recibido de Dios: la gracia santificante, las
virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, etc. No habrá más excepción que la del carácter sacramental (el que
imprimen los sacramentos del bautismo, confirmación y orden), que continuará eternamente en los condenados para
su mayor vergüenza y confusión en medio de aquella sociedad de enemigos irreconciliables de Dios.

* Privación de la gloria del cuerpo, que consiste en aquella maravillosa claridad, agilidad, impasibilidad y sutileza que
brillarán eternamente en los cuerpos de los bienaventurados, y que los propios condenados tendrán ocasión de
contemplar, en el paroxismo de la rabia y desesperación, el día del juicio final.