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Testimonio de Pastoral Sanitaria

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Centre de Pastoral Litúrgica

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Fernando Poyatos

"ESTUVE ENFERMO Y ME VISITASTEIS"

Testimonio de Pastoral Sanitaria

Dossiers CPL, 94 Centre de Pastoral Litúrgica Barcelona

Título

original: /

Was Sick

and

You

Visited

Me:

A

Spiritual

Guide for

Catholics

in Hospital

Ministry,

Nueva York, Paulist

Press, 1999. Traducción y revisión del autor.

No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento sin la autorización escrita de la editorial.

Primera edición castellana: mayo del 2002

Edita:

Centre de Pastoral Litúrgica

ISBN:

84-7467-804-8

D.L.:

B - 23.393 - 2002

Imprime:

JNP

A quienes me permitieron, y permiten, atenderles en su sufrimiento y crecer con ellos

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos consolar a los que están en cualquier tribulación! (2 Corintios 1,3-4)

Honra al médico como se merece

[

...]

cuando estés enfermo [

...]

ruega al Señor y él te

sanará [

...]

y llama al

médico [

].

(Sirácida o Eclesiástico 38,1,9,12)

Los que visitan a los enfermos deben transmitir la esperanza. Cuando uno tiene en sí mismo la vida de Jesucristo, puede ver esperanza aun en las situaciones más imposibles. Dios es un Dios de lo imposible. (Dr. Wm. S. Reed, Healing the Whole Man: Mind, Body, Spirit, 158)

La enfermedad puede ser la ocasión solemne de la intervención de Dios en la vida de una persona. (Dr. Paul Tournier, The Healing ofPersons, 198)

Empezamos imaginando que les estamos dando a ellos; terminamos por darnos cuenta de que ellos nos han enriquecido a nosotros. (Homilía de Juan Pablo II, Londres, 1982)

Los enfermos fueron

pieza clave

en

el anuncio

del Reino que constitituyó la

misión de Jesús. ¿Lo son hoy en las comunidades de Jesús? (Labor Hospitalaria, 215/1, 1990,10)

SUMARIO

Introducción

11

Capítulo 1. Los enfermos, hermanos y hermanas en Cristo, y nosotros

La importancia de la pastoral sanitaria: samaritanos y obreros

del reino de Dios

13

Recibiendo al dar: crecimiento a través del ministerio de pas- toral sanitaria

15

"No estás lejos del reino de Dios"

16

La búsqueda de la santidad en la pastoral de enfermos y nues- tra actitud en el mundo

17

El sufrimiento:

enfrentados con el misterio más antiguo

18

"Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre"

20

Atender a toda la persona: cuerpo-mente-espíritu

22

El agente de pastoral sanitaria, promotor de la medicina y la oración

23

Capítulo 2. Relación y evangelización

Los enfermos, Dios y nosotros: cuatro principios

25

"Si tenéis favoritismos, cometéis un pecado"

27

Pastoral sanitaria y evangelización 28

Pacientes problemáticos y discutidores

32

Cuando un "No, gracias" es

sólo un "No" a medias

34

Capítulo 3. Aspectos no verbales de la pastoral sanitaria

El entorno y la gente

37

Cómo decimos lo que decimos

39

Gestos, maneras, posturas

43

Comunicando con el silencio, no temiéndolo

44

Capítulo 7. Con Jesús por el hospital

 

Distancia interpersonal y contacto físico

45

Tristeza, ansiedad y desaliento

95

El tiempo del enfermo y nuestro tiempo

47

Miedo

97

 

"Soy demasiado viejo, ¿qué hago en este mundo?"

98

Capítulo 4. La oración y la Biblia en la pastoral sanitaria

 

Visitando en Psiquiatría

100

Nuestro tiempo de oración

49

La visita en Cuidados Intensivos

101

Cuando no nos sentimos con ganas de visitar

50

El enfermo que está de duelo

104

Orando antes de visitar

51

La visita en Maternidad

105

Orando con el enfermo: aspectos verbales y no verbales

52

La visita en Pediatría

106

Nuestra lectura personal de la Biblia

54

Enfermedad terminal y muerte inminente

107

Nuestro

ministerio con la Biblia y basado en la Biblia

 

55

¿Orar por sanación?

109

El ayuno como complemento bíblico a la oración

59

Pastoral de enfermos y consej o no profesional

60

Capítulo 8. Orando con nuestros hermanos y hermanos

 
 

Nuestros propios hábitos dé oración

115

Capítulo 5. El ministerio sacramental en la pastoral sanitaria

 

La oración

 

de alabanza

116

La Comunión: nuestra maravilla como ministros de la Euca-

La oración

de gracias

118

ristía y la reeducación de los

fieles

65

La oración de aceptación y de gracias por la voluntad de Dios

119

La oración antes de la Comunión

 

69

La

oración

de

confianza, abandono y esperanza

121

Después de la Comunión: actitudes y problemas

70

La oración

ofreciendo nuestro sufrimiento

125

La Unción de enfermos: sacramento y sacramental

71

La oración por la tristeza, la ansiedad, el miedo y el desaliento

127

El sacramento de Reconciliación y la confesión no sacra-

La oración para perdonar

130

mental

:

73

La oración de intercesión: por el enfermo y por otros

131

 

La oración conscientes del año litúrgico

133

Capítulo 6. Nuestro encuentro con los problemas:

Ecumenismo en el hospital: promoviendo la unión del Cuer-

físicos y espirituales

po de Cristo

136

"Nunca he rezado"

77

¿Por qué hay tanto sufrimiento sin sentido en el mundo?

78

índice

145

Desesperanza de sí mismo

84

"Yo digo que tiene que haber Algo"

85

Pérdida de fe

86

Alejamiento de la Iglesia

87

Resentidos contra Dios por su enfermedad

88

Falta de perdón

90

INTRODUCCIÓN

Este libro, ideado como manual espiritual para quienes trabajan en el ministerio de pastoral de enfermos y personas recluidas, ofrece material para actividades como cursillos, seminarios, talleres y retiros, incluso más allá del campo sanitario. Basado en mi experiencia personal dentro de la pastoral de enfermos, mi original en inglés (Nueva York, Paulist Press, 1999) está sirviendo para la preparación de nuevos agentes de pastoral y para sus reuniones periódicas, en las cuales pueden ir presentándose los distintos temas, compartiendo después los participantes sus propias experiencias.

Seamos sacerdotes, religiosos o laicos, nos damos cuenta desde el primer día de que este ministerio sólo podemos enfocarlo con una perspectiva y actitud cristianas y cimentados en las Escrituras. Es más, las referencias y citas que leemos aquí de los escritos de santos, de algunas de las encíclicas de Juan Pablo II, del Catecismo de la Iglesia Católica y de otras obras espirituales cristianas católicas o no católicas, se basan rigurosamente en la Palabra de Dios, transcendiendo las barreras interconfesionales como corresponde al creciente espíritu ecuménico en este tercer milenio.

En nuestro sufrimiento múltiple de cuerpo, mente y espíritu, nos enfrentamos con problemas tan cruciales como son la angustia y la desesperanza, la pérdida de fe, el alejamiento de la Iglesia, la alienación de Dios, o la incapacidad para perdonar. Pero a medida que sintonizamos nuestro corazón con el de nuestros hermanos, se desarrolla un proceso mutuo en el que ellos y nosotros nos ayudamos a crecer espiritualmente y en el cual nos vemos ejerciendo, como «embajadores» de Cristo, una

misión evangelizadora según las circunstancias de cada una de esas personas y teniendo siempre en cuenta que muchas pueden haber sido 'sacramentalizadas' pero no tanto 'evangelizadas.' Como agentes de la pastoral sanitaria, nuestros medios, pues, serán: el consejo cristiano, la oración (de alabanza, de gracias, de confianza y abandono en él, de perdón, de intercesión), la Biblia y los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía.

Preparar esta versión española no me ha supuesto simplemente traducir

  • mi propio original, ya que, aún tratándose del mismo ministerio allá

donde sirvamos en él, se encuentran a veces ciertos enfoques y diferencias

culturales.

  • Mi gratitud para todos los pacientes católicos y no católicos con quienes

me he relacionado durante años, sobre todo durante mis últimos siete en Canadá en el Hospital "Dr. Everett Chalmers", de Fredericton (New Brunswick), así como a los que durante un año visité en el pueblo gaditano de San Martín del Tesorillo, y a quienes actualmente visito diariamente en la Residencia de Pensionistas "San José Artesano", de Algeciras. Muchos de ellos «se quedaron dormidos», como diría san Pablo, pero todos permanecen en mi corazón.

Capítulo 1

LOS ENFERMOS, HERMANOS Y HERMANAS EN CRISTO, Y NOSOTROS

Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo (lTs 5,23).

La importancia de la pastoral sanitaria:

samaritanos y obreros del reino de Dios

Sentía algo muy especial el primer día que fui a la Oficina de Pastoral Sanitaria del Hospital "Everett Chalmers" de Fredericton (New Brunswick, Canadá). Me había recomendado mi párroco y había sido aceptado por la persona a cargo del equipo católico y por el sacerdote supervisor. Es un lugar de mucho ajetreo en algunos momentos, con pastores de todas las iglesias cristianas, así como rabinos judíos y seglares como yo entrando y saliendo, firmando el registro, obteniendo del ordenador la lista de pacientes de cada confesión (por identificación optativa al ingresarse) y partiendo para las distintas plantas.

Aunque había visitado hospitales antes, aquel día me abrumaba darme cuenta de que me encontraba en un recinto único donde parte de la sociedad se encontraba recluida enfrentada con el sufrimiento, o la incertidumbre, o la crisis, o incluso la expectación de traer nueva vida al mundo. Viéndome parte de la mayoría sana (por así decirlo) se me revelaba de pronto,

con gratitud, que Dios me había dado la oportunidad de realizar lo

que supone el deber de esa mayoría:

enfermos y los que sufren.

servir

a

la

otra parte, la

de

los

Cuando aquel día entré en las habitaciones y encontré los ojos de mis primeros pacientes comprendí en lo más hondo la importancia social y espiritual de la pastoral sanitaria, la gran necesidad que esos hermanos y hermanas tienen de comunicarse con nosotros y, como iría descubriendo enseguida, de «la presencia evangelizadora de la Iglesia en los centros sanitarios existentes en cada diócesis». 1

Dos cosas vi muy claras aquel día. Primero, que los enfermos tienen el derecho moral de no estar solos, sino de relacionarse con otros mientras sufren, incluso mucho más que cuando no sufren. Cuando miraba ese río de visitantes durante las horas de visita, especialmente cuando salían a la calle, pude sentir, por experiencia propia, su instintiva satisfacción al verse entre los afortunados sobre cuyos cuerpos podía hacer sentir el sol sus cálidos rayos de vida cuando dejaban atrás no sólo el sufrimiento, sino tal vez también la muerte.

Pero ahora, habiéndoseme dado el privilegio de unirme a la pastoral de enfermos, también me hacía consciente de su inmensa relevancia para la sociedad, tanto para los enfermos como para todos aquellos que los atienden, completando así el cuidado integral del ser humano: cuerpo, mente y espíritu. Me daba cuenta de que al poner Dios en nuestro corazón el deseo de ocuparnos en este ministerio, se nos permite no sólo convertirnos en sus samaritanos, sino también en «embajadores de Cristo» (2Co 5,20), obreros de Dios en el vasto campo de sus hijos sufrientes, pues «la mies es mucha y los obreros pocos» (Le 10,2).

Para quienes practiquen la visitación de pastoral sanitaria en un hospital o en las casas, este ministerio llega a ser pronto un descubrimiento diario de su propia condición corno hijos de Dios y como miembros del Cuerpo de Cristo. Como visitador láco católico y ministro de la Eucaristía, siempre en estrecho contacto coi no católicos, me di cuenta desde el principio

1. Congreso Iglesia y Salud, Madrid,EDICE, 1995, pág. 443.

de que este ministerio estaba basado en las palabras de Jesús: «estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Me daba cuenta además de que, como cristianos, podíamos enfocarlo únicamante desde una perspectiva cristiana y con una actitud cristiana.

Toda situación y problema que se encuentre, independientemente de nuestra confesión religiosa, tiene un comentario o respuesta en las Escrituras, el faro infalible de todos nosotros. En nuestro múltiple sufrimiento de cuerpo, mente y espíritu nos enfrentamos con problemas cruciales y, a medida que nuestro corazón sintoniza con los de nuestros hermanos, nos esforzamos por asistirles.

Pero en este proceso ellos también nos ayudan a nosotros, en este mundo moderno y materialista, a crecer espiritualmente en nuestras necesidades de evangelización, de consejo cristiano, de oración y de la Biblia; y, dentro de la Iglesia Católica, de los sacramentos de la Reconciliación y la Comunión.

Recibiendo al dar:

crecimiento a través del ministerio de pastoral sanitaria

A medida que vivimos este ministerio nos damos cuenta de que, como dijo Juan Pablo II en una ocasión, «empezamos imaginando que les estamos dando a ellos; terminamos dándonos cuenta de que ellos nos han enriquecido».

Es en este frecuente enfrentamiento con el sufrimiento de tantos hermanos y hermanas, en su compartir con nosotros su caminar emocional y espiritual, y a veces incluso al rechazarnos calladamente, cuando ellos insospechadamente se convierten en un poderoso apoyo en nuestro propio caminar y un instrumento para nuestro crecimiento espiritual. Por eso, aunque es verdad que, como dijo Jesús, «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35), pacientes y visitadores son una bendición los unos para los otros, y estos pueden beneficiarse mucho en cada caso, sea cual sea la situación. Una vez, mientras oraba por un oficial jubilado de las Fuerzas Armadas a quienes estaban dando quimioterapia, sentí su mano acariciándome el hombro con un contacto fraterno, tal vez por

16

haberle dicho yo que había estado un poco bajo de forma últimamente y haberle pedido oración.

«No estás lejos del reino de Dios»

Las palabras de Jesús en Marcos 12,34, dirigidas al escriba que había declarado su amor a Dios y al prójimo, nos vienen a la mente en el contexto de la pastoral sanitaria. Nuestro ministerio del hospital, realizado por amor a Dios y a los demás, nos acercará sin duda alguna a Dios. Jesús estaba también citando la Ley, donde Dios nos dice cómo debemos amarle, «con toda tu fuerza» (Deut 6,5), y dijo al escriba cuando este le preguntó cuál era el primero de los mandamientos:

Amarás

al Señor,

tu Dios,

con

todo tu

corazón, con toda

tu alma

y

con

toda tu mente (Mt 22,37) [

...]

El segundo, semejante

a

este, es: Amarás

al prójimo

como

a

ti

mismo

(Mt 22,38-39). No existe otro

mandamiento

mayor que estos (Me 12,30-31).

Además de nuestro propio reflexionar sobre las palabras «con toda tu fuerza», es decir, no a medias, san Agustín nos dice:

El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del prójimo lo primero

que se debe practicar [

...]

amando al prójimo te harás merecedor de amarle

a él. El amor del prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como lo dice

claramente Juan: Si no amas a tu prójimo, que estás viendo, ¿cómo vas a amar a Dios, que no ves? (Un 4,20). 2

Y para que no tengamos duda alguna sobre dónde conseguir esta clase de amor para nuestros pacientes, san Agustín añade que se trata de «la gracia de Dios, por la cual es derramada la caridad de Dios en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». 3 Pidámosle a Jesús ese amor, pues él está intercediendo continuamente por nosotros y nos lo dará (Hb 7,25). Y puesto que todos necesitamos que nos animen, recordemos

  • 2. Tratados sobre el Evangelio de san Juan, XVII.8, Obras de san Agustín, XIII, Madrid,

Biblioteca de Autores Cristianos, 1955.

  • 3. «De la gracia de Jesucristo y del pecado original», I, XXVI.27. Obras de San Agustín, VI, Tratados sobre la gracia, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1956.

siempre las últimas palabras de Jesús al escriba:

Reino de Dios» (Me 12,34).

«No estás lejos

del

La búsqueda de la santidad en la pastoral de enfermos y nuestra actitud en el mundo

«Santifícaos por tanto y sed santos; porque yo soy Yahvé, vuestro Dios» (Lv 20,7). Como cristianos sabemos que la 'santidad' depende de nuestra vida diaria, no de grandes actos de santidad. Así pues, hemos de rogar a Dios que nuestro trabajo de pastoral de la salud sea una búsqueda de la santidad natural y dirigida por el Espíritu. Porque, sin la ayuda del Espíritu, corremos el riesgo de perseguir una buena imagen propia, un sentirnos bien por ser buenos y por hacer el bien, o un sentimiento de logro espiritual. Recordemos que lo que quiere Dios es «amor, no sacrificio» (Os 6,6; Mt 9,13). Para él la verdadera prueba de santidad está en lo que hacemos por otros, cómo llevamos a cabo nuestras obligaciones con un corazón lleno de amor por los pacientes, «pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (Un 4,20).

Es por nuestra relación con la gente, especialmente con nuestros pacientes en la pastoral de la salud, como podremos medir nuestra relación con Dios y ver cómo de auténtica es nuestra búsqueda de santidad. Esto no tiene nada que ver con 'sentirse santo'; nosotros no podemos tampoco medir nuestra santidad por cómo nos sentimos. Más bien es una cuestión de 'cómo relacionarse' con los demás de una manera santa, guiados suavemente por el Espíritu Santo, pues se nos dice en Hebreos: «Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hb 12,14). Por otra parte, podemos no sentirnos dignos de lo que hacemos -y yo personalmente tengo que esforzarme de vez en cuando para no caer en esta trampa-, pero pensemos que Dios, no nosotros, nos ha puesto ahí.

Pero hay otro aspecto de nuestra vida como agentes de pastoral que debemos tener muy presente: nuestra actitud en el mundo. Al estar dedicados a un ministerio como este, hemos de ver a Jesús en cada enfermo y ser también conscientes de que él nos acompaña (sobre todo en la realidad de su presencia eucarística) y de que somos sus intercesores ante Dios.

Pues bien, eso nos obliga, sencillamente, a no exponernos (aparte de nuestra conducta cristiana con los demás) a los continuos contactos que el enemigo nos proporciona en nuestra sociedad, por ejemplo, en nuestras conversaciones y, de la forma más adictiva, por la televisión. No se trata de decir que nada que veamos nos asusta, sino de que, lo mismo que ciertas revistas y libros, nos muestra y hasta glorifica vidas de pecado, sea en películas o en tertulias, y «ya sólo en mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza» (Ef 5,12).

El sufrimiento: enfrentados con el misterio más antiguo

«Si los ángeles pudieran envidiar, nos envidiarían dos cosas: primero, la Santa Comunión y segundo, el sufrimiento», 4 escribió santa Faustina Kowalska (muerta en 1938 y canonizada en 2000), una de las muchas personas santas misteriosamente escogidas por Dios para sufrir, o que le ofrecieron a él su sufrimiento. 5

Aunque en los capítulos 6 y 8 se habla del sufrimiento más extensamente, debemos reconocer ahora que, si nos proponemos verlo, dondequiera que vamos nos enfrentamos con él; y no siempre sufrimiento físico, sino, a niveles más profundos, el dolor continuo de las heridas de la vida que invade todo nuestro ser con mayor fuerza cuando nos encontramos debilitados por la enfermedad.

Nos damos cuenta de que si nos identificamos con los enfermos como debemos, si vemos a Jesús en cada uno de ellos y nos esforzamos por atenderlos en su nombre, descubrimos que, por su bien, tenemos que saber qué hacer ante ese sufrimiento. Como testigos de Jesús tenemos la misión de inspirar en ellos, con nuestra manera de hablar y de orar con ellos, la convicción de que «el sufrimiento, secuela del pecado original, recibe

4. Santa Faustina Kowalska. Diario.La Divina Misericordia en mi alma (1408), Stockbridge, Massachusetts, Ediciones de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, 1997.

5. Entre otras, por ejemplo, santa Teresa de Lisieux (muerta en Pío (muerto en 1968).

1897)

y

el

Padre

un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús" {Catecismo de la Iglesia Católica, 1521). 6

Cuando nos enfrentamos con el sufrimiento nos enfrentamos también con

otra cosa. Vemos pacientes que de pronto se preguntan por qué hay mal en el mundo, por qué hay sufrimiento y por qué están ellos sufriendo si no han hecho nada realmente malo, mientras que conocen a gente mala que vive felizmente. ¡Qué duramente nos hieren esas preguntas y comentarios! Podríamos decir que el sufrimiento es sufrimiento precisamente porque, o cuando, no vemos razón alguna para ello. Y si nuestra fe no ha alcanzado la solidez de la verdadera conversión y de una relación personal con Jesús y tratamos de ser 'lógicos,' nuestro sufrimiento puede convertirse en una peligrosa tentación y esa fe empezará a tambalearse peligrosamente. Y, por añadidura, como dice Juan Pablo II en su encíclica de 1984, Salvifici Doloris, «la sensación de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces

está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano [

...]

no sólo

consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una

carga para los demás [

...]

se siente condenado a recibir ayuda y asistencia

por parte de los demás» (27).

'Los demás' incluye a los visitadores pastorales que desean ayudar, y lo vemos cuando estamos visitando; por eso nos es mucho más fácil visitar a una persona de fe firme, aunque sea un paciente terminal, ya que tantas veces fortalece nuestra fe.

¿Cómo podemos ayudar a otros muchos que una vez acometidos por la enfermedad se quedan solos con su sufrimiento porque no están con Jesús, aunque Jesús sí está con ellos? Juan Pablo II ha dicho también que parte de nuestra misión de evangelización de los enfermos es «tratar de dar luz, comunicando los valores evangélicos, el modo de vivir, sufrir y morir del hombre de nuestros tiempos» («Cuidado del enfermo»). En una homilía de 1984 dirigida a varios cientos de enfermos, les animó diciendo:

¡Queridos enfermos!

¡Ofreced

vuestros sufrimientos

al Señor

con

amor y

generosidad por la conversión del mundo! El hombre debe comprender la

6. Abreviado de aquí en adelante como CCE.

gravedad del pecado, de ofender a Dios, y convertirse a él, que por amor

le creó y le llama a la felicidad eterna [

...]

Aceptad vuestros dolores con

valentía y confianza, también por los que están sufriendo

en

el

mundo

[

...]

¡La Iglesia necesita personas que oren y amen en silencio y en el

sufrimiento; y en vuestra enfermedad vosotros podéis ser verdaderamente

esos apóstoles!

Y para el Día del Enfermo de 1997, el Papa dijo:

El sufrimiento y la enfermedad son parte de la condición humana. Sin embargo, en la muerte y resurrección de Cristo la humanidad descubre una nueva dimensión de su sufrimiento; en lugar de ser un fracaso, se revela a sí mismo como ocasión para ofrecer un testimonio de fe y amor.

No muchos de nosotros creemos realmente que «en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman (Rm 8,28), pero ¿estamos dispuestos a aplicar esas palabras en la consulta del dentista cuando esperamos y soportamos el dolor? ¿Cuántos de nosotros, como primera reacción ante el sufrimiento, o el sufrimiento inminente, creemos que estamos a punto de tomar la cruz de Cristo sobre nuestros hombros? ¿Cuántos de los que queremos ser buenos cristianos creemos de verdad en las advertencias de Jesús sobre el sufrimiento, cuando nos dice que el seguirle a él no es fácil? «¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida!» (Mt 7,14).

El sufrimiento no es únicamente físico; puede ser causado por la ingratitud de un amigo, o por un cónyuge increyente o infiel. Es terrible sufrir cuando, además de enfrentarnos con la muerte, parece inútil, cuando no podemos ver en él significado alguno, cuando carecemos de fe para aceptar el regalo del sufrimiento de Cristo por nosotros en la cruz. ¿Creemos realmente que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna»? (Jn 3,16), ¿y que Dios nos lo dio, él mismo hecho hombre, por medio de la muerte más dolorosa y humillante?

«Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre»

Vemos, pues, que puesto que sanos cuerpo, mente y espíritu, el sufrir física o psicológicamente debilitael cuerpo, la mente y también el espíritu

cuando nos llega sin que tengamos puesta «la armadura de Dios» (Ef 6,11)

de la fe fuerte y la esperanza. La enfermedad no es vida sino muerte, no es luz sino oscuridad. Hemos de admitir, sin temerlos, que muchos de¿

esos «espíritus impuros» (Me

1,27)

como

los que echaba Jesús

en

¿

|

ministerio pueden estar atacando a algunos pacientes y pueden muy bSfn

haber hecho su morada en ellos.

^

.

A veces eso es con lo que los agentes de pastoral tienen que enfr^irs^ en un hospital o en una casa: «Había allí una mujer que tenía un «fcpír^su de enfermedad hacía dieciocho años» (Le 13,11). Esto no quiere decir que debamos sacar este tema, ni que siquiera lo mencionemos, cuando estemos visitando y orando con los pacientes, sino únicamente que debemos reconocer la presencia concreta del mal, pues sabemos que

«nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra [ Espíritus del Mal» (Ef 6,12).

...]

los

Puede hacerse mucho daño tratando de hacer el papel de los por otra parte bien intencionados amigos de Job, al sugerir que la enfermedad es consecuencia del pecado de la persona con quien hablamos. Aunque no descartemos la posibilidad, no debemos nunca precipitarnos con respecto a nadie; en lugar de eso, recordemos lo que Jesús dijo a los que le preguntaban acerca del hombre que había nacido ciego: «Ni él ni sus padres han pecado» (Jn 9,2), y afirmó que aquellos pobres galileos que habían sido atrapados al derrumbarse una torre no eran más pecadores que otros (Le 13,2-3).

Debemos tener muchísimo cuidado de no hacer asociación alguna entre la enfermedad y el pecado, a menos que el paciente saque el tema. Sin embargo, es necesario estar muy atentos, sin fanatismos, a la posibilidad de la relación entre el pecado personal y el sufrimiento, las consecuencias del pecado en nuestro árbol genealógico, 7 y la relación entre el pecado del

/ I (x i.slr una abundante literatura, así como retiros, dedicados a este campo de la sanación KiMiCTiicionul. bien conocidoentre católicos y no católicos. Véase, por ejemplo: Dr. Kenneth Mi'( 'nll, llc<iliiit> the Family Tree (Sanando el árbol genealógico) (Londres: Sheldon Press, l'M.'). el claretiano John Hampsch, Healing Our Family Tree (Sanando nuestro árbol tfi<ii«««ilrtj¡bi) (lluntington, Ind. OurSunday Visitor, 1989).

mundo y el sufrimiento colectivo e individual, sin interpretar el sufrimiento como castigo directo de Dios. Es esencial ser consciente -y para ello el conocimiento de las Escrituras es indispensable- de la relación, a menudo insospechada, entre el amor de Dios y el sufrimiento, así como del valor del sufrimiento que Dios mismo puede permitir. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos enseñan elocuentemente acerca de estas relaciones y las ilustran; por eso el familiarizarse con las enseñanzas divinas nos ayudará enormemente en la pastoral de la salud.

Atender a toda la persona: cuerpo-mente-espíritu

Al mismo tiempo, para estar al tanto de esas relaciones, necesitamos

reconocer que una persona es una unidad indivisible en la cual cuerpo, mente y espíritu no son partes independientes sino interrelacionadas. Dios

«creó, pues, al ser humano a imagen suya,

a imagen de Dios le creó [la

naturaleza espiritual de Dios]» (Gn 1,27), pero lo hizo «con polvo del suelo» (Gn 2,7), fundiendo así cuerpo, mente y espíritu y creando a un ser que era físico, pero también como él, que «es Espíritu» (Jn 4,24). Esta es la forma en que él, desde la eternidad, quiso venir a nosotros, porque «tanto amó Dios al mundo» (Jn 3,16).

Esto es lo que tenemos delante cada vez que nos acercamos a otra persona y por lo que todos experimentamos cómo la salud física puede afectar nuestro bienestar espiritual, cómo nuestro estado mental puede hacer enfermar el cuerpo, y cómo un serio desequilibrio en nuestra relación con Dios puede afectar nuestro estado físico y hasta el mental; así como el mantenerse cercano a Dios afecta positivamente todo nuestro ser. Consolemos a los hermanos que sufren citándoles, parafraseándoles o leyéndoles las palabras del salmista:

Pongo siempre a Yahvé ante mí sin cesar; porque él está a mi diestra, no vacilo. Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan, y hasta mi carne en seguro descansa (Sal 16,8-9).

Estamos llamados, por tanto, dentro de los límites de nuestra función en pastoral sanitaria, a atender a toda la persona, la cual puede estar necesitada tanto de sanación interioi (tan importante hoy entre los cristianos) como de

sanación física. Esto significa ser conscientes de su indivisible naturaleza tripartita como criaturas de Dios. Muchos médicos verdaderamente cristianos saben bien esto y combinan sus conocimientos médicos otorgados por Dios con sus conocimientos espirituales, «pues ellos también al Señor suplicarán (Eclo 38,14). Tal vez las palabras que más frecuentemente digo en oración con un paciente sean: 'Señor, te pido que llenes su mente, su corazón y su cuerpo de tu presencia y de tu paz, que ya son sanación.' Lo mismo que el salmista, san Pablo reconoce asimismo esta triple realidad nuestra:

Que él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha (lTs 5,23).

El agente de pastoral sanitaria, promotor de la medicina y la oración

Al comienzo de mi ministerio laico una paciente me dijo que un médico le había preguntado, refiriéndose a mí: ««¿Te ha dicho que Dios iba a curarte?» (o sea, sin medicación). Jamás había dicho tal cosa, por supuesto, y ninguno de los médicos cristianos que conocí en la Fundación Médica Cristiana Internacional haría tal pregunta. En uno de sus congresos oí a su presidente, Dr. William Reed, anglicano, citar de un pasaje favorito mío, precisamente de uno de los siete libros deuterocanónicos no incluidos en la Biblia protestante, el Eclesiástico (o Sirácida), los versículos 1-15 del capítulo 38.

Ojalá todo médico estuviera familiarizado con la Biblia y concretamente con ese libro; en él nos dice Dios que el pecado causa enfermedad y que debemos recurrir al médico y a él, que, últimamente, obra a través del primero, en particular cuando el médico es un verdadero creyente que se ve a sí mismo como instrumento de Dios.

Él mismo dio a los hombres la ciencia para que se gloriaran en sus maravillas. Con ellas cura él y quita el sufrimiento (Si 38,6-7).

No parece ser una opción

para el médico

el rezar

por

sus pacientes

como lo hacen los de la Fundación Médica Cristiana y muchos otros,

ya que se nos dice:

Recurre

luego al médico, pues

el

Señor

le creó

a

él

también,

que

no

se

aparte de tu lado, pues

de él has menester

[

...]

pues ellos también al Señor

suplicarán que les ponga en buen camino hacia el alivio y hacia la curación para salvar la vida (Si 38,12, 14).

Así pues, un paciente no es sólo un cuerpo para el internista, ni una mente para el psiquiatra, ni un alma para nosotros, sino un todo, un ser integrado devenido enfermo. Qué triste es cuando encontramos a algunos que han sido llevados a toda prisa al hospital, ansiando que les vea un médico, pero cuando nos ofrecemos a orar por ellos nos dicen: «No gracias, estoy bien». Claro que siempre podemos hacerlo en silencio en otro lugar, «y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús» (Col 3,17).

Capítulo 2 RELACIÓN Y EVANGELIZACIÓN

Apacienta mis ovejas (Jn 21,16)

Los enfermos, Dios y nosotros: cuatro principios

El ministerio de la pastoral de la salud debe basarse en cuatro principios.

El primero es que los pacientes son hermanos y hermanas en Cristo a quienes debemos acercarnos con amor, responsabilidad y reverencia. Amor, por la naturaleza misma que hemos adquirido como hijos de Dios Padre por medio de su Hijo Jesucristo, como «herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8,17). Responsabilidad, porque no estamos en este ministerio pastoral por nuestra propia iniciativa, sino por la de Dios, que nos ha puesto ahí como «embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros» (2Co 5,20). Y reverencia, porque esos hermanos y hermanas en Dios son sus criaturas, creados «a imagen suya» (Gn 1,27). Si los médicos cristianos, como el cirujano William Reed, tratan de promover una «reverencia por los tejidos» muy necesaria, queriendo decir por cada tejido con que entran en contacto en el quirófano, 1 cuánto más debemos nosotros relacionarnos con toda la persona con reverencia. Debemos referirnos a ellos como a 'mi hermano N7 o 'mi hermana N.' cuando oramos con ellos, lo cual establecerá un importante lazo al iniciar la visita.

1. William S. Reed, Surgery ofthe Soul: Healing the Whole Person: Spirit, Mind and Body (Cirugía del alma: sanando a toda la persona: espíritu, mente y cuerpo), págs. 106-107, Tampa, Christian Medical Foundation, 1995.

26

El segundo principio va más lejos aún. En palabras de san Pablo, refiriéndose a cuando estaba enfermo: «no me mostrasteis desprecio ni repulsa, sino que me recibisteis como a un ángel de Dios: como a Cristo Jesús» (Ga 4,14), que es como las hermanas de la Madre Teresa ven a cada persona a quien cuidan, como me dijo ella en Calcuta. Ni Pablo ni la Madre Teresa exagerarían, pues Jesús nos dice: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Al entrar en la habitación de los pacientes sé que Jesús los ama muchísimo y que es por la voluntad permisiva de Dios -porque él lo permite-, o por su voluntad volitiva -porque él así ha podido quererlo según sus designios y su plan para cada uno de ellos- por lo que se encuentran en esa situación indefensa, incapaces de hacer nada, y vulnerables al desaliento, a la depresión, a desanimarse social y espiritualmente, al miedo y a otros sentimientos negativos, Sé por experiencia propia que «a quien ama el Señor, le corrige» (Hb 12,6). Pero sobre todo, sé que «él es el que hiere y el que venda la herida, el que llaga y luego cura con su mano» (Jb 5,18).

El tercer principio es que mientras ellos son vulnerables al enemigo, se encuentran asimismo vulnerables y abiertos de manera especial a la gracia de Dios. Es entonces cuando nosotros y los sacerdotes entramos en sus vidas, lo mismo que hace el médico, ya que, como ministros de Dios para los enfermos, debemos oír su voz diciendo: «En su angustia me buscarán» (Os 5,15). Y puesto que pueden necesitar que se les anime un poco, debemos discernir el grado en que debemos ayudarles a buscar a Dios a través de Jesús, de un modo personal y tangible, durante su estancia en el hospital. De maneras diferentes, y no precisamente citando las Escrituras, podemos decirles: «Buscad a Yahvé mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano» (Is 55,6).

Finalmente, el cuarto principio es bastante sencillo: estamos ahí como «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4,1). Nunca podemos servir como es debido a nuestros hermanos y hermanos, a menos que tengamos «los mismos sentimientos que Cristo» (ICo 2,5). Ni tampoco podemos ser sus administradores entre los enfermos ni en

ningún

otro

lugar, a menos que

Dios nos

llene

con la gracia de saber

cuidar de ellos y saber cómo atraerlos hacia él, mostrando por ellos el

2. Relación

y

evangelización

27

Una mañana en que no me sentía con ganas de visitar, la primera persona a quien el Señor me condujo era una señora mayor en Cuidados Paliativos a quien ayudé a tomar el desayuno y por quien recé, tras lo cual me dijo con el rostro radiante: «¡Oh, ha sido como estar con el Señor!». Yo le expliqué, mientras le acariciaba la frente, que si sentía eso no era por mí, sino porque yo estaba allí con el amor del Señor, que él ponía en mi corazón por ella, y que, según su Palabra, cuando la visitaba a ella, estaba visitando al Señor mismo.

«Si tenéis favoritismos, cometéis un pecado»

Algunas veces, por razones diversas que yacen en lo profundo de nuestra debilidad e imperfección humanas, puede no resultarnos fácil amar a la persona. Si visitamos a los mismos pacientes unas cuantas veces, podemos establecer prioridades y hasta tener nuestros favoritos, aunque sabemos que Dios mismo, al ser perfecto, no muestra parcialidad alguna:

Si cumplís la ley regia de la Escritura que dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», hacéis bien. Pero si tenéis favoritismos cometéis pecado, y la ley os condena como transgresores (St 2,8-9).

Visitaba en cierta ocasión a una mujer de unos cincuenta años que había sufrido una hemiplejía. Su aspecto era penoso: la lengua la colgaba por un lado de la boca, babeando, incapacitada para hablar, y apenas podía comunicarse. Pero mientras le acariciaba la frente sentía en mi corazón el amor de Jesús por ella. Me acuerdo a menudo del hermoso testimonio de mi amiga enfermera Lynn Young, cuando tuvo que atender a una anciana a quien las demás enfermeras evitaban por lo desagradable que era en todos los sentidos. Lynn pidió a Dios que pusiera en su corazón la clase de amor que necesitaba para entenderse con ella, y durante la primera visita ya estaban cogidas de la mano y la señora le estaba contando su vida.

Esto nos enseña que lo que podamos dar a nuestros pacientes no es nuestro, sino que nos viene de Dios. De nada podemos jactarnos, a menos que nos jactemos en Dios (Sal 44,9), «pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar» (Flp 2,13).

28

Pastoral sanitaria y evangelización

En diciembre de 1978, sentada frente a mí al otro lado de una mesita en la salita de su casa madre de Calcuta, me dijo la Madre Teresa: «Mire, lo que yo hago, usted no puede hacerlo; y lo que usted hace, yo no puedo hacerlo. ¿Qué es usted?». «Profesor universitario», contesté. Y ella, siempre rápida en sus respuestas, replicó: «Entonces limítese a irradiar a Dios como lo que es». Era obvio que al decir 'irradiar' quería decir evangelizar.

La Biblia nos dice de muchas maneras diferentes que debemos irradiar las dos fuerzas de luz y calor. El mismo Jesucristo dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), «Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas» (Jn 12,46), y nos dijo que nos hiciéramos «hijos de la luz» (Jn 12,36). En él «estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,4), porque Jesús es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9); nosotros los que hemos recibido esa luz tenemos la obligación de no ocultarla y de obedecer su mandato: «Brille así vuestra luz delante de los hombres» (Mt 5,16).

Quiero aclarar enseguida que nunca me acerco a una persona nueva en el hospital o en una casa con un preconcebido propósito de 'evangelizar,' mucho menos 'predicar.' Bien lejos de ello, pues por evangelización quiero

decir, en primer lugar, una actitud de testigos del Evangelio y, sobre todo, de la clase de amor que sólo Dios puede poner en nuestro corazón. Pero

cuando Jesús nos dice: «seréis mis testigos [

...]

hasta los confines de la

tierra» (Hch 1,8), y también "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio

a toda criatura» (Me 16,15), quiso decir, y quiere decir hoy, quienquiera que tenga necesidad de él.

Puesto que un hospital, como cualquier otro lugar, está lleno de gente que le necesitan, también nos dice que no olvidemos los hospitales. Eso es lo que Juan Pallo II quiere decir cuando se refiere al «vasto campo de la salud, que es tan importante para anunciar y ser testigos del Evangelio». 2 Como nosdice en su encíclica de 1996, Vita Consécrala,

La Iglesia también recuerda a los consagrados y consagradas que esparte

de

su misión el evangelizar

los ambientes sanitarios

en que trabajan, tratando de

2. «Mensaje paa el Tercer Dia Mundial del Enfermo».

2. Relación

y

evangelización

29

iluminar, a través de la comunicación de los valores evangélicos, el modo de vivir, sufrir y morir de los hombres de nuestro tiempo. 3

Después de todo, por el hecho de ser cristianos, estamos obligados a considerarnos evangelizadores y actuar como tales; por eso Juan Pablo II nos exhorta con las palabras del apóstol Pedro, que bien claramente nos designa como «pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (IPe 2,9), y por eso su sucesor hoy nos recalca constantemente el mandato primordial de nuestra Iglesia para toda persona:

Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos participan

en su oficio real y son llamados por él para servir al reino de Dios y difundirlo

en la historia [

...]

en la propia entrega para servir [

...]

al mismo Jesús presente en

todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños. 4

Esto significa que se nos llama a extender el reino de Dios en la tierra, a esparcir la verdad que es el fundamento de su reino: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Pero recordemos que, estemos o no activos como evangelizadores, el maligno no cesa nunca de contrarrestar la obra de Dios que llevamos a cabo, pues, como nos dice Juan Pablo II, «hay también una poderosa antievangelización, que dispone de medios y de programas, y se opone con gran fuerza al Evangelio y a la evangelización». 5 Esto incluye todos los terrenos de nuestra vida social, desde el lugar de trabajo hasta los medios de comunicación, desde el aula universitaria hasta los libros tan desorientadores que proliferan como señales de nuestro tiempo. Y por si todo eso no fuera bastante, «el escándalo de los conflictos entre los cristianos oscurece el escándalo de la cruz, debilitando así la única misión

3. Encíclica Vita consecrata, 83, Madrid, San Pablo, 1996. 4. Encíclica Christifideles laici, 14, Madrid, San Patio, 1989.

5. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, pág. 125, Barcelona, Plaza & Janes, 1994.

30

del único Cristo», como leemos en la «Declaración de Evangélicos y Católicos Unidos», de 1994. 6

En nuestro propio sector de responsabilidad entre los enfermos sabemos que 'trabajo pastoral' quiere decir 'trabajo de pastoreo,' que pastoreo quiere decir atender y conducir a otros por un sendero concreto, y que los sacerdotes son los verdaderos pastores de la Iglesia ungidos por Dios. Así pues, los agentes de pastoral laicos están ahí -como apostolado laico tan necesario y tan alentado por la Iglesia de hoy- para ayudar a los sacerdotes en aquellas funciones que podemos asumir como cristianos responsables.

Esto debe hacerse en un espíritu de servicio, y servicio es el continuo latir de nuestro corazón lleno de amor por Jesús. Por eso, cuando Pedro respondió «Sí» a la pregunta «¿me amas?», Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas»» (Jn 21,16). Si servimos estamos imitando a Jesús, que dijo que

él «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar

su vida como rescate

por muchos» (Mt 20,28). Pero además estamos más que sirviendo a Jesús y trabajando 'para él', estamos 'atendiéndole a él,' 'cuidándole a él,' como hacían en Calcuta la Madre Teresa y el pastor pentecostal canadiense Mark

Buntain, porque Jesús dice que está en cada uno de esos pacientes: «Estuve

enfermo y me visitasteis [

...]

cuantas veces hicisteis esto a uno de estos mis

hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,36, 40). Ellos son Jesús, nos reciban con agrado o nos rechacen.

Dios, como parte de su plan para nosotros, ha permitido circunstancias por las cuales han terminado en un hospital o en cualquier otra institución sanitaria, o recluidos en su casa. Cuando entramos en conversación con ellos y empiezan a hablarnos de sí mismos, en ese frecuente compartir espontáneo y tan terapéutico, cuando saben que les escuchamos con el corazón, pensemos que el estar allí, afrontando la realidad de un sufrimiento

6. «ECT Statement» ("Evangelicals and Catholics Together" [ECU: Evangélicos y católicos unidos]), págs. XVI-XVII; documento principal en el importante libro sobre sus reuniones ecuménicas, editado por Charles Colson y Richard John Neuhaus, S.J., Evangelicals and Catholics Together, págs. XV-XXXIII, Dalas/Londres, World Publishing, 1995.

2. Relación

y

evangelización

31

que tal vez rehuyan, puede que sea el único modo en que su Padre amante podía atraerlos hacia él y hacia quienes pueden ayudarles en su nombre. Incluso es posible que seamos sus únicos instrumentos en esos momentos.

Una vez oré en Cuidados Intensivos por un hombre que podía oírme; cuando volví al día siguiente, había muerto. Lo mismo me ocurrió hace poco en Algeciras con un paciente de cáncer (según su hermana, alejado

de la Iglesia) que sólo me miraba fijamente cuando le hablé del gran amor de Jesús por él y pedí que le llenara de su paz, y me apretó la mano varias veces y también al preguntarle si le importaría que volviera a verle. ¿Me había querido Dios allí en ambos casos? En el hospital canadiense me sentí impulsado por dos veces a ver a un paciente terminal que no había querido

nuestras visitas, y las dos oré por

él después de hablarle un rato y me

cogió la mano que yo tenía sobre las suyas y me dio las gracias. A la

mañana siguiente ya no estaba allí.

Como cristianos en nuestro lugar de trabajo o en cualquier otro medio hemos de ser muy conscientes de que cada una de esas personas con quienes entramos en contacto se encuentra, lo mismo que nosotros, camino de la eternidad. Tal vez Dios, a través de nosotros, le esté dando una oportunidad para acercarse a él.

Es algo que me llena de asombro y a la vez me inquieta cuando considero mi responsabilidad personal. ¿Cómo podemos, en esta clase de pastoreo entre los enfermos, no damos cuenta de que cualquiera de esas ovejas de Dios puede ser la perdida que hay que traer de nuevo al redil? Aunque nos gustaría traerle a un sacerdote, puede ser necesario que primero la atendamos nosotros. ¿Qué podemos hacer sino 'dialogar de manera evangelizadora' cuando alguien comparte con nosotros que no puede perdonar a un pariente, o que no va a la iglesia desde hace mucho tiempo? Una paciente nueva empezó a contarme que no iba a la iglesia porque no le gustaba el cura. Poniendo la mano sobre mi Biblia, le dije:

«La absolución que Dios te da por tus pecados en la confesióón es la misma a través de un 'mal cura' que de un 'buen cura'» Me di cuenta de que aquellas simples palabras le habían llegado dentro. Eso fue evangelización.

32

A la vez que debemos considerarnos «embajadores de Cristo» (2Co 5,20) y embajadores de nuestra Iglesia y de nuestros sacerdotes, también es cierto que en este tipo de trabajo somos asimismo compañeros de los médicos

y ministros «de Jesucristo [

...]

ejerciendo el sagrado oficio [ministerio]

del Evangelio de Dios» (Rm 15,16). Podemos incluso incluir las palabras que he omitido de ese versículo, «los gentiles», ya que a menudo nos enfrentamos con personas que, hayan sido bautizadas o no, viven, actúan y piensan como paganos. Al principio de mi ministerio pastoral me di cuenta de que, como católico, qué privilegio tan grande era ejercer ese ministerio con muchos que habían sido 'sacramentalizados' pero no 'evangelizados,' en quienes Dios tenía aún que hacer el viaje más largo: de su mente a su corazóón, convirtiendo su 'religión' en 'relación.'

Por eso, tanto en el hospital como en cualquier otro ambiente, compartimos la responsabilidad de nuestro clero de volver a la gente hacia Dios y levantarles espiritualmente cuando su fe se ve debilitada por el sufrimiento. Puede que algunos de nuestros pacientes católicos no estén preparados para recibir la Comunión, pero siempre podemos ofrecernos a orar por ellos, especialmente cuando hemos descubierto su necesidad espiritual. ¿Cómo podemos estar seguros de que la oración que decimos con nuestro

hermano o hermana no va a ser 'vital' para su eternidad, sobre todo cuando sospechamos, o sabemos, que nosotros fuimos los únicos que oraron con ellos antes de morir? Nuestra oración puede ser la proclamación

del Reino de Dios, una manera de predicarlo sin

'sermonear,' pero sí

evangelizando. Porque, como dice san Pablo en ICo 9,16, «¡ay de mí

si no predicara el evangelio!».

Pacientes problemáticos y discutidores

A veces se encuentran pacientes que no quieren nada de nosotros, a pesar de que realmente necesiten oración, pero que tampoco nos dejan marcharnos sin haberse desahogado. Los hay de varios tipos, pero todos ellos son víctima de la confusión sembrada en nosotros por el enemigo, que, al ser mucho más listo que nosotros, intenta constantemente que seamos «llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina [ ...] que conduce engañosamente al error» (Ef 4,14).

2. Relación

y

evangelización

33

Naturalmente, lo que nos hace campo propicio para sembrar en nosotros la duda y la confusión es la tradicional ignorancia de tantos sobre su propia Iglesia. Tratar de ayudarles puede parecemos inútil; parecen tener ciertas cuestiones muy claras, pero siempre podemos intentarlo hasta cierto punto movidos por amor y compasión. Claro que si un incrédulo culto e intelectual llega a permitirnos siquiera acercarnos a él, probablemente nos dará un mal rato (si somos lo bastante ingenuos para dejarnos), ya que puede incluso querer discutir la existencia misma de Dios. Como no soy precisamente el apóstol Pablo, me identifico perfectamente con el famoso lingüista Kenneth Pike, que en un librito que me envió dice con respecto a esto de discutir sobre Dios con quien él llama «intelectual no-teísta»: «He desistido de intentar llegarle al intelectual con argumentos». 7

Jesús sabía esto muy bien cuando dijo a su Padre: «has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11,25). A través de todo el Antiguo Testamento vemos la actitud de Dios hacia los orgullosos, diciéndoles: «La soberbia de tu corazón te ha engañado» (Ab 3), y diciéndonos a nosotros que no nos inclinemos hacia «los soberbios y mentirosos apóstatas» (Sal 40,5), o hacia «los soberbios, los malditos, que se desvían de tus mandamientos» (Sal 119,21). Por eso la Palabra de Dios nos advierte: «Que nadie os engañe con vanas razones» (Ef 5,6).

En estos casos, no infrecuentes en mis años de pastoral, mi experiencia ha sido seguir hablando a estos pacientes amablemente como a hermanos y hermanas más o menos desviados -porque no puedo sentir por ellos otra cosa que pena y un profundo deseo de que algún día puedan conocer la verdad-, pero sin alargar mi visita si sólo me está sirviendo para involucrarme en la clase de argumentos que sólo pueden robarme la paz.

Lo cual no quiere decir que la corte abruptamente, ni que me muestre impaciente y como con prisa de salir de allí (lo que sería falta de caridad); de hecho, cuántas veces he dicho a la persona, cogiéndole la mano tan cordialmente como al entrar y con una sonrisa: "Bueno, pero yo rezaré

7. Kenneth L.Pike, With Heart and Mind: A Personal Synthesis ofScholarship and Devotion (Con corazón y mente: síntesis personal de erudición y devoción), pág. 13, Duncanville, Texas, Adult Learning Systems, 1996.

34

por usted, ¡eso no me lo puede impedir!". Ellos saben que en mis palabras de promesa (el pensar en ellos), en mi voz y en mi mirada no hay sino sinceridad, y hasta puede que me digan, como un hombre mayor hace poco: "¡Y yo se lo agradezco!" (aunque ese 'y' quiera decir 'Pero no me hable a mí de Dios').

«Dios, sí, pero no la Iglesia», o «¡Ah, sí, yo creo en Dios, pero no en la religión organizada, en la Iglesia como institución!», son cosas que oímos con frecuencia. Yo sé por experiencia lo fútil que resulta tratar de acercarnos a un corazón cerrado: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar [soportar] mi palabra» (Jn 8,43). Pero a veces uno se siente atrapado y confrontando una afirmación o pregunta inevitable. Y no podemos llamar a un sacerdote cada vez que nos encontramos en esta situación, pero sí debemos saber qué decir en defensa de la Palabra de Dios y del magisterio de la Iglesia (o, para muchas cuestiones, de cualquier Iglesia cristiana), y para eso tenemos obligación de estar preparados.

Allá donde estemos, sabemos que Dios nos dice a través de Pablo que «en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (ICo 12,13), y que «Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo» (Ef 1,22-23), fundada por él por medio de Pedro, dándole toda autoridad (Mt 16,18) y prometiendo que el Espíritu Santo estaría para siempre con la Iglesiapara guardarla en la verdad (Jn 16,13). Por tanto, debemos hablar en nombre de la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo, y tratar de conducir a cada cristiano ala Iglesia a la que pertenezca.

Cuando un 'No, gracias' es sólo un 'No' a medias

Cuando en mi hospital canadiense nos dice un paciente que «no necesita nada», encontramos en la lista de quien le visitó primero un "No" junto a su nombre. A veces es la madre de un recién nacido, que nos dice: «No gracias, estamos bien los dos». A muchos de los que se sienten tan aliviados por el buen resultado de una operación o de un parto, ni siquiera se les ocurre hacer con nosotros una oración de gracias; hasta puede que nos digan: «No gracias, me dan el alta enseguida».

2. Relación

y evangelización

¡¡

En algunas ocasiones, al preguntarles si necesitan algo, contestan riéndose:

«¡Espero que no!». Sin embargo, cuando su necesidad de oración es bien evidente, tal vez les diga: 'Bueno, siempre podemos usar la oración,' o '¿Te importaría que orara por ti (usted)?'. Un inseguro y penoso rechazo de la Comunión no es necesariamente rechazo de la oración. Si deseamos hacer la voluntad de Dios y dejarle en control a él, puede que nuestra oración sea importante en la vida de esas personas.

Una joven que no había querido nuestra visita pastoral no vaciló en aceptar cuando me ofrecí a rezar por ella. Le cogí la mano y oré, y ella se quitó las-lágrimas de los ojos, me dio las gracias y me besó la mano. Sé que otros no hubieran vuelto a visitarla después de su primera negativa. Quiero mencionar también que cuando rezo con enfermos que yo sé que se unen a mi oración en su corazón, a menudo encomiendo a esos otros que parecen rechazar a Dios cuando nos rechazan a nosotros -«quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza» (Le 10,16)-, sabiendo cuánto los ama y cómo está llamándolos.

Capítulo 3

ASPECTOS NO VERBALES DE LA PASTORAL SANITARIA

El corazón del hombre se refleja en su cara, lo mismo para el bien que para el mal (Si 13,25[31])

El entorno y la gente

Si actuamos desde el corazón en nuestro ministerio, nos hacemos cada vez más sensibles a todo lo que comunica más allá de las palabras, tanto en las personas como en cuanto nos rodea. No obstante, por su íntima relación con la pastoral sanitaria, conviene resumir los principales aspectos de lo que se llama comunicación no verbal.

Empezando por la habitación, siempre he sugerido a mis alumnos de enfermería que observen y escriban como proyecto de curso sobre las fuentes tan elocuentes de información que encontrarán allí: bombones, tarjetas humorísticas o con citas bíblicas, flores, regalos, fotos de seres queridos (que, sobre todo para pacientes terminales, llenan esas largas horas del día y de la noche con su silenciosa compañía), animalitos de peluche, la presencia o ausencia de flores, revistas del corazón, rompecabezas, libros de crucigramas, novelas rosas, libros de texto, libros (de algún enfermo terminal) sobre el morir y la muerte, libros espirituales, la Biblia, un rosario,

38

una radio o radiocasete, y el televisor y el teléfono de la habitación para mantener esos hilos de comunicación con el mundo exterior. 1

Podemos además aprender mucho de los visitantes: los que parecen estar sinceramente motivados; aquellos cuya actitud apresurada puede reflejar la superficialidad de sus sentimientos hacia el paciente; los que, al no quitarse el abrigo siquiera, le están diciendo que no quieren quedarse mucho; los que se ponen a mirar las revistas del enfermo o se abstraen en su televisión, o salen y entran de la habitación sin mantener nunca una verdadera interacción; los que fuerzan al enfermo a discutir los asuntos económicos de la familia porque "hay que ver lo que se va a hacer" sobre esto y lo otro; los que carecen de la necesaria compasión y comunican no verbalmente su incomodidad y su incapacidad para enfrentarse con el sufrimiento de los demás; e incluso miembros de la familia cercanos que no parecen tener una relación muy personal con su pariente enfermo.

En cuanto a la apariencia personal, podemos encontrar a los que en el hospital están muy disgustados, satisfechos, indiferentes o resignados, y a quienes llevan unos elegantes pijamas y batas que reflejan su posición social. Entre los primeros, el descuido personal puede delatar un gran decaimiento o incluso una depresión patológica. Por otra parte, podemos

1. Sobre estas cosas, y otras comentadas más adelante, debo hacer algunas observaciones comparativas de tipo cultural sobre los dos tipos de hospital que conozco mejor: los de Estados Unidos o Canadá y los españoles en general. Para empezar, en los dos primeros el paciente cuenta con mayor espacio (mayor 'territorio personal', como se llama), lo cual le permite crear un 'entorno objetual' personalizado y familiar (ej., con fotos y otros objetos personales) y recibir flores, bombones, regalos, libros, etc. Segundo, se refleja en aquellos países un hábito de lectura muchísimo mayor y a todos los niveles sociales; la Biblia, si no es personal (esta menos corriente entre pacientes católicos), se encuentra de todos modos (como en todo hotel o motel) en cada mesilla de noche, dejada allí por la Asociación Internacional de los Gedeones; hay tiendas dedicadas exclusivamente a tarjetas de todo tipo y para toda ocasión y son una sección en cualquier papelería: Navidad, san Valentín, Bautismo, Comunión, boda y aniversarios, cumpleaños, graduación, pésame (generalmente incluyendo una cita bíblica) y, por supuesto, para el hospital con deseos de un pronto restablecimiento, o por el recién nacido, lo cual refleja también su mayor hábito de escribir (lo mismo que en la correspondencia habitual); al paciente casi nunca se le oculta la verdad de su estado per parte del personal médico o su familia, de modo que algunos incluso desean leer libres sobre la muerte y 'el proceso de morir.'

3. Aspectos

no verbales

de la pastoral

sanitaria

39

encontrar una excesiva preocupación por la ropa, el peinado y el maquillaje en una mujer maníaco-depresiva durante un período maníaco.

En nuestro primer encuentro, todavía no he visto a nadie que no haya respondido a mi mirada directa, y aún más a que le dé la mano, que ya tiene un efecto positivo en nuestro encuentro. Como cada uno somos únicos, puede ser fútil pretender que los participantes en un taller de pastoral sanitaria 'practiquen' su papel como visitadores. Como ocurre en la psicología experimental, nunca dará el 'hacer como que' el resultado de una situación real, puesto que no podemos fingir lo que sentiríamos por un paciente real.

Otro aspecto no verbal de nuestras visitas, sugerido ya más arriba, es la presencia o ausencia de personas y cosas, ya que no sólo comunican con su presencia, sino precisamente por su ausencia. En ciertas situaciones las palabras que no se dicen pueden ser tan importantes como las que se dicen, y lo que no se hace, tan vital como lo que se hace.

En general tendemos a valorar las palabras, los gestos, los objetos -todo cuanto podemos captar con los sentidos, todo lo que 'ocurre'- más que lo que no se dice, está ausente o no ocurre. A veces encontramos a un paciente cuya habitación delata soledad, a una persona que no tiene nada tangible con que mostrarnos que sus parientes o amigos le recuerdan, que apenas tiene visitas o no tiene ninguna.

En el otro extremo encontramos a quien se le prodigan las visitas y todo tipo de cosas: tarjetas, flores, cestas de fruta, bombones, revistas, globos, peluches. Debemos saludar al que está rodeado de soledad incluso en una habitación doble, charlar con él o ella, ejercer nuestro ministerio con esa persona también y tal vez incluirla en nuestra oración por la otra persona, acercándola así más a su compañero de cuarto, aunque fuera este a quienes íbamos a visitar.

Cómo decimos lo que decimos

Nuestro hablar se compone de tres canales comunicativos simultáneos o en alternancia: 'lo que decimos,' es decir, las palabras, 'cómo lo decimos,' y 'cómo lo movemos' con gestos, maneras y posturas. Generalmente somos

40

conscientes de nuestras palabras, y podemos incluso seleccionar nuestro vocabulario cuidadosamente al hablar a un enfermo, procurando no ofender o infundir miedo o desconfianza, sino inspirar esperanza, euforia y confianza en Dios. Si nuestra interacción está imbuida del amor de Dios en nuestro corazón, el Espíritu Santo nos ayudará como ayudó a los profetas

a quienes Dios quería que hablaran a la gente: «"¡ Ah, Señor Yahvé! Mira

que no sé expresarme, que soy un muchacho" [ que contigo estoy yo" (Jr 1,6, 8).

...]

"No les tengas miedo,

La manera de decir lo que decimos se llama paralenguaje. Es lo que básicamente apoya, realza, debilita, contradice o camufla (consciente o inconscientemente) lo que estamos diciendo con palabras.

Comprende cuatro tipos de fenómenos de la voz. Primero, una serie de rasgos esenciales de la voz, tales como: el tempo de nuestro discurso, que no deberá ser apresurado, como si estuviéramos pensando en marcharnos en lugar de quedarnos, sino tranquilo; el tono o registro de la voz, que no debe desviarse del que utilizamos normalmente (ej., muchas enfermeras anglosajonas, como les he hecho notar siempre a mis alumnas, suben su registro al hablar a la mayoría de los pacientes: 'A ver, ¿me vas a tomar esta pastillita?'); el volumen de voz, que indica, por ejemplo, si es muy alto, una forzada euforia cuando no hay razón alguna para ello.

Segundo, hay muchos tipos de voz que podemos adoptar, cada uno con una función comunicativa que refleja una actitud concreta que el enfermo puede interpretar mejor aún que nosotros mismos (apagada, animada, emocionada, seca, tensa, relajada), y debemos tratar de hacer que refleje amor e inspire confianza y un deseo en ellos de comunicar y compartir, siempre tan terapéutico. El susurrar, por ejemplo, apropiado en la intimidad, sería de lo más inadecuado en un médico y una enfermera que se pusieran a cuchichear sobre un paciente junto a su puerta. La voz comprimida (o laringalizada) de un enfermo puede delatar dolor o incomodidad además de edad avanzada (cuando la llamamos cascada), pero si se trata de la nuestra, tal vez estará delatando nuestro aburrimiento. Una voz dura, como una bronca, está muy lejos de ser una voz amorosa, y una voz tensa puede estimular la ansiedad del paciente.

Tercero, el sonido de ciertas reacciones fisiológicas y psicológicas, entre

3.

Aspectos

no verbales de la pastoral

sanitaria

 

41

ellas la risa, el llanto, el gritar, el suspirar, el toser y el carraspear, incluso el bostezo, cumplen funciones interactivas a veces insospechadas. La risa no es algo que usamos sólo cuando algo o alguien nos resulta divertido o porque estamos contentos: «También en el reír padece el corazón» (Pr 14,13). Hay formas de risa que utilizamos incluso hablando con un enfermo terminal. Hay una risa que 'busca apoyo' y afecto, como la de muchos desvalidos y desamparados, o la 'risa compasiva' que se ofrece a pacientes graves (que sólo podríamos verbalizar con palabras de consuelo y comprensión). Algunas veces nuestro apoyo puede consistir simplemente en reír lo inreíble. Otras, oímos la risa nerviosa del paciente que busca alivio para su ansiedad, suscitada por una amenazante preocupación que se niegan a afrontar y por la necesidad de negarla; o la 'risa agridulce' que refleja sentimientos diversos y que también se muestra en el rostro como fusión de emociones.

Y

en

cuanto al lloro

o llanto,

una profesora

cristiana de

enfermería

nos dice:

 
 

Aquellos que se encuentran en las profesiones sanitarias, sean psiquiátricas, médicas o pastorales, tiene una oportunidad única de ayudar a la gente a

expresar las emociones 'negativas' [

...]

[el llorar es] una función otorgada por

Dios que sirve un propósito útil y que debe ser apoyada terapéuticamente por

el orientador cristiano [

...]

el cuerpo humano puede soportar sólo cantidades

limitadas de estrés. Dios en su providencia ha proporcionado diversos escapes para la tensión, uno de los cuales es el llorar. 2

Más tarde cita a Stott, que dice:

 
 

La moderna ausencia de lágrimas es una mala interpretación del plan de

salvación de Dios, una falsa presunción de que su obra salvadora ha terminado

[

...]

que no hay ya necesidad de más enfermedad, sufrimiento o pecado, que

son las causas de las penas. 3

 

2.

Judith F. van Heukelem, «'Weep With Those who Weep': (Llorad con los que lloran:

comprender y ayudar a la persona que llora), Understanding and Helping the Crying Person», Journal ojPsychology and Theology, 7 (2), 1979, págs 3-84.

3.

Ibid., pág. 86 (citado de J.R.W. Stott, «When should a Christian weep?» (¿Cuándo debe

llorar un cristiano?), Christianity Today, 14, 1969, págs. 3-5.

42

Y llega a la conclusión de que los que reprimen sus lágrimas

promueven deshonestidad emocional y el que se lleven máscaras dentro

del

pueblo de Dios

[•••]

unos de otros' (Ga 6,2). 4

cuando impiden

el

apoyo de

'llevar las cargas

Aparte de muchos otros ejemplos del llanto en la Biblia (ej., el dolor del rey Josías frente a la infidelidad del pueblo, en 2R 22,19, o el arrepentido rey David, en el salmo 6,8), recordemos la tristeza de Jesús cuando María estaba afligida por la muerte de su hermano Lázaro (Jn 11,35), el amargo llanto de Pedro tras negar a su Maestro (Mt 26,75).

Hoy podemos presenciar el llanto más desinteresado y sublime como manifestación de la conversión y el arrepentimiento, una vuelta radical

del corazón y la mente de una persona hacia Dios a través de Jesucristo por el poder del Espíritu Santo: «Había en la ciudad una mujer pecadora

[

...]

comenzó a llorar

[

...]

Jesús]» (Le 7,37-38).

y con sus lágrimas le mojaba los pies [a

El pastor pentecostal David Wilkerson nos narra algunos ejemplos excelentes de las lágrimas de arrepentimiento y conversión en su ya clásico libro La cruz y el puñal. 5

Finalmente, dentro del paralenguaje utilizamos gran número de emisiones de voz que actúan como palabras, tales como un gruñido aceptando algo de mala gana, 'Aaah' o 'Mmmm' que revelan indecisión o duda, espiraciones y aspiraciones audibles de ansiedad, un carraspeo de indecisión o tensión, un 'Mmm' agudo y suspirado para llenar un silencio embarazoso, o un sincero suspiro acompañado de un chasquido lingual conmiserativo, todo cuanto a veces podemos decir.

  • 4. Ibid., pág. 86.

  • 5. The Cross and the Switchblade (Nueva York: Pillar Books, 1976). La cruz y el

puñal,

Mitmi, Editorial Vida, 1965. Más correcto sería 'navaja' para traducir 'switchblade,'

la típica de las bandas callejeras.

3. Aspectos

no verbales

de la pastoral

sanitaria

Gestos, maneras, posturas

43

Kinésica es el término científico para 'lenguaje del cuerpo.' Hay una abundante literatura popular llena de generalizaciones simplistas y conclusiones superficiales que ignoran por completo los niveles más profundos de la interacción personal, como: 'Si se echa hacia atrás o cruza los brazos, está usted indicando falta de interés'.

Podemos echarnos hacia adelante y a la vez mostrar, por la manera de dejar vagar la mirada de vez en cuando, o de mirar a la otra persona sin pestañear, que nuestro pensamiento está en otra parte. En otras palabras, interaccionamos en complejos o combinaciones comportamentales y son esas combinaciones, y no una sola conducta, las que transmiten mensajes y significados concretos.

En cuanto a la conducta de la mirada, conviene recordar que debemos mantener un contacto ocular intermitente con la persona con quien estamos conversando, contacto que sirve como lo que se llama retrocomunicación y para calificar nuestras propias palabras y gestos. A través de nuestras miradas entrecruzadas establecemos una mejor intimidad para las confidencialidades y enfatizamos mejor lo que queremos que nuestro interlocutor comprenda si le miramos a los ojos. Hay ocasiones en que podemos hasta entendernos sin palabras con sólo mirarnos calladamente, sentados nosotros a una distancia íntima en la cama del enfermo.

También debemos saber que no debemos nunca mirar a otro a los ojos cuando está tratando de revelar algo muy íntimo, hablar de algo que le resulta difíícil o embarazoso, o recordar cosas penosas. Para eso debemos concederles un cierto grado de 'intimidad visual.'

Mucho más podríamos decir acerca de la mirada, pero baste con añadir que jamás debemos intercambiar miradas de entendimiento con otros delante del enfermo, pues son más vulnerables de lo que imaginamos a todo cuanto comunica. Los pacientes son conscientes de la importancia de la clase de ojos que ven al despertar después del tratamiento. Unos ojos de amor, de cuidado e interés se diferencian de los que

44

3. Aspectos

no verbales

de la pastoral

sanitaria

45

son

impersonales

o

muestran

irritación

y

disgusto.

Nuestros

ojos

El silencio es un lenguaje tan poderoso que alcanza el trono del Dios

hablan oración. 6

 

viviente. El silencio es su lenguaje, aunque misterioso, pero poderoso y vivo (888). Te hablo de todo, Señor, callando, porque el lenguaje del amor es sin palabras (1489).

Comunicando con el silencio, no temiéndolo

Si nos comunicamos por el sonido de nuestra voz y los movimientos y posiciones de nuestro cuerpo, no podemos ignorar el potencial expresivo del silencio y de la quietud. Sin embargo, sí que lo ignoramos, sobre todo el silencio. ¿Por qué? Nosotros, los occidentales, no podemos soportar los silencios interactivos de más de unos pocos segundos, ya que nos provocan ansiedad. Hasta en la Biblia vemos cómo tememos el silencio de Dios: «Tú lo has visto, Yahvé, no te quedes callado. Señor, no estés lejos de mí» (Sal 35,22), «No permanezcas silencioso, ¡oh Dios!» (Sal 83,2). En Apocalipsis (o Revelación) 8,1 sentimos un ominoso silencio mientras los siete ángeles se están preparando para tocar sus trompetas, a lo que siguen una serie de ¡ayes!: «Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora».

El silencio se equipara con la soledad y también con la soledad de un lugar y con la soledad personal. Una viuda canadiense ya mayor le aconsejaba a otra que acababa de perder a su marido: «¡Ah, sí, querida, tienes que tener la tele encendida!», y la viuda española que ahora vive en el piso de abajo se duele de que jamás nos oye y quisiera «sentirnos». El silencio con contacto ocular causa aún mayor ansiedad porque tenemos la sensación de que si nos estamos mirando tenemos que decirnos algo, y si nos miran se nos debe decir algo, lo que sea. Por eso tratamos de camuflarlo y, para llenar lo que nos parece un vacío, decimos cualquier trivialidad o carraspeamos.

¿No nos da miedo el silencio incluso cuando nos ponemos ante Dios en oración y ni siquiera podemos parar las palabras que nos decimos en nuestra mente? Como escribió santa Faustina Kowalska en su Diario:

6. ¥illiam S. Reed, Surgery ofthe Soul: Healing the Whole Person: Spirit, Mind andBody, pág. 148 (citando a su colega alemán, el psiquiatra Karlfried Graf Von Dürkheim).

La mayoría de las pausas que ocurren en la conversación están muy lejos de ser vacíos. Aunque no se diga nada verbalmente, podemos estar enviando todo tipo de mensajes corporales a través de una ligera expresión facial, un cabeceo conmiserativo, unos ojos al borde de las lágrimas o un sonrojo. Debemos darnos cuenta de que un silencio significativo durante nuestra visita no es un vacío o laguna, sino algo que es una parte importante de cualquier interacción, una elocuente declaración sin palabras de nuestro interés y amor por el enfermo cuando se ha alcanzado la verdadera comunicación y las palabras se hacen innecesarias.

El influyente psiquiatra suizo cristiano Paul Tournier nos ofrece un emotivo ejemplo del uso terapéutico del silencio -y también del tiempo, mencionado más abajo- en uno de sus inspiradores libros, donde nos habla de una médica a quien habían llamado para ver a un enfermo muy grave:

Ella se daba cuenta de que él no quería de ella un aluvión de palabras, ni exhortación, ni siquiera compasión; quería una compañía real y ardiente. Pasó con ella una hora entera en completo silencio, y esa hora fue para ella una de las más bellas de su vida. 7

El libro del Eclesiastés nos asegura que hay «tiempo de callar y tiempo de hablar» (3,7), y esto es exactamente lo que ocurrirá si actuamos con el discernimiento que nos dará el Espíritu si verdaderamente deseamos ser guiados por él y le elejamos hacerlo.

Distancia interpersonal y contacto físico

Un importante aspecto no verbal de la pastoral de enfermos es lo que

en la interacción social se llama proxémica, el

estudio sobre todo del

espaciamiento interpersonal y del tocarse. En la pastoral de enfermos quiere

7. Paul Tournier, A Doctor's Casebook in the Light ofthe Bible (Libro de casos de un médico a la luz de la Biblia), pág. 180, San Francisco, Harper & Row, 1974.

decir la distancia que mantenemos de nuestros pacientes durante la visita y cómo establecemos con ellos contacto físico.

Casi siempre, tras haber discernido qué clase de persona tengo delante, me siento en un lado de la cama del paciente. Independiente de su sexo, edad o estado médico, a algunos les pido permiso para hacerlo, a otros no, y con otros no lo hago. Pero con la persona adecuada y en el momento adecuado, el mero hecho de sentarnos allí por iniciativa nuestra puede desarrollar un lazo instantáneo de algo en común creado al actuar con naturalidad con una persona que acoge con alegría esa forma de acercarse a ella un corazón compasivo.

El tocar está estrechamente asociado con la compasión y con los milagros

de sanación

en

toda la Biblia.

Elias, Eliseo y Pablo

se

tendieron

sobre el muerto (IR 17,21; 2R 4,35; Hch 20,10). Jesús tocaba a la gente de distintos modos para curar y, al menos en un caso, «toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Le 6,19).

Yo siempre saludo a los pacientes dándoles la mano, muchas veces pongo una mano sobre la suya, y casi siempre tengo cogida su mano mientras rezo porque me cuesta no hacerlo si, como dice Francis MacNutt, quiero «orar con la gente en lugar de sólo para ellos». 8 Cuántas veces sentiremos la mano del enfermo apretándonos la nuestra, pues sienten nuestro amor por ellos. Una vez dio la casualidad de que no lo hice mientras oraba por Norbert, el oficial jubilado de las Fuerzas Aéreas que he mencionado antes, pero cuando terminé, él me buscó la mano que yo mantenía cerrada y le dio un cálido apretón.

Lo hago con menos frecuencia en la unidad psiquiátrica, por si pudiera interpretarse mal o suscitar sentimientos no deseados, y en Maternidad, a menos que vea una clara necesidad o una personalidad muy abierta. También he podido sentir la necesidad básica de ese 'estar con' cuando ellos aceptan mi sugerencia (sin palabras) de cogernos las manos para orar;

8. MacNutt, Francis. The Prayer that Heals (La oración que sana), pág. 43, Notre Dame, Indiana, Ave María Press, 1981.

3. Aspectos

no verbales

de la pastoral

sanitaria

47

en cómo un hombre mayor, liberado de los prejuicios de la juventud, toma la iniciativa cuando le visito por segunda vez; o en cómo, cuando tengo la mano sobre la mano o el hombro de un hombre joven, él y su novia se cogen a la vez de la mano, satisfechos de mi visita.

Por otra parte, no olvidemos que hay marcadas diferencias entre culturas en la conducta proxémica y en el tocarse. En algunas hay mucho más contacto físico (libaneses, magrebíes, hispanoamericanos, italianos, griegos, franceses, rusos), y en otras (Japón, Malasia) prácticamente ninguno pasada la infancia. Las lenguas de Ghana ni siquiera tienen una palabra para 'besar.' Sin embargo, en un grupo de oración en Tokio, de unas cien personas de la Renovación Carismática Católica, hermanos y hermanas de ambos sexos y de todas las edades se abrazaban con el mismo amor que he visto entre cristianos carismáticos de diferentes culturas y confesiones; y la misma experiencia tuve entre los médicos que asistían al congreso de la tan interconfesional Fundación Médica Cristiana Internacional, mencionada antes.

El tiempo del enfermo y nuestro tiempo

Otro aspecto no verbal de la pastoral de la salud es la duración de nuestras visitas y de lo que hacemos en ellas con nuestro tiempo: dar de comer a alguien (no necesariamente un paciente nuestro) cuando vemos que no puede hacerlo fácilmente solo y no está la enfermera, ahuecarle la almohada, llevar a algún sitio a alguien que va en silla de ruedas, o llevarnos a alguien adonde podamos estar tranquilos para orar por él y darle la Comunión.

Una alumna de uno de mis cursos de comunicación no verbal estudió la cronémica -es decir, la conceptualización, percepción y estructuración del tiempo en la interacción social- en una residencia de ancianos. Se refería al 'entorno temporal' de los pacientes y a la diferencia entre las dos clases de tiempo: el tiempo real de reloj de los residentes (así como el del personal y visitantes que se relacionaban con ellos) y el 'tiempo psicológico,' es decir, cómo es percibido el tiempo: muy corto cuando lo estamos pasando bien, pero insoportable si estamos esperando algo o a alguien.

48

Puesto que este ministerio está dedicado a Jesús mismo, como él mismo nos asegura, pronto reconocí que tenía que darme yo mismo y no ir nunca con prisa. Es mejor no aceptar esta responsabilidad que llevarla a cabo con apresuramiento. Cada individuo merece el tiempo que necesite, ni más ni menos. Debemos procurar no parecer como si estuviéramos ya pensando en el siguiente enfermo, sino que hemos de medir el tiempo según nos dice el corazón, no nuestro reloj.

Ser generosos con nuestro tiempo puede significar volver a una habitación más de una vez si es preciso. La primera vez que fui a ver a Pat, una enferma de cáncer, estaba hablando por teléfono, y más tarde la encontré durmiendo por dos veces, pero cuando volví por cuarta vez estuvimos hablando y oré por ella. Resultó que ese día quería recibir la Comunión, y agradeció mucho mi visita.

A veces sentimos la necesidad de visitar a ciertos pacientes en días cuando tal vez no nos toque realmente estar en el hospital. Esto, más que un simple 'sentir que tenemos que ir,' puede ser del Espíritu. Tal vez ese día los otros agentes del equipo de pastoral no pudieron, por cualquier razón, llevar la Comunión a un paciente que la esperaba o que realmente necesitaba oración, o sus parientes nos estaban buscando a nosotros o a un sacerdote. Dios nos da a veces lo inesperado y nosotros debemos siempre estarle agradecidos por ello.

Capítulo 4

LA ORACIÓN Y LA BIBLIA EN LA PASTORAL SANITARIA

sin que [ ...

Mí palabra [

...

]

no tornará a mide vacío,

] haya cumplido aquello a que la envié (Is 55,11)

Nuestro tiempo de oración

Nuestra propia vida de oración se reflejará en nuestro ministerio con los que sufren: cuanto más llenos estemos del Espíritu Santo, mejor podremos darnos a otros. Para muchos, yo entre ellos, la mejor hora para la oración es por la mañana al levantarse. A esa hora nos equipa, protege y prepara espiritualmente para el día que nos espera, y la Biblia nos dice: «A ti,

Señor, te invoco; de mañana me escuchas, de mañana me dirijo a ti» (Sal 5,4), «Yahvé, de madrugada va a tu encuentro mi oración" (Sal 88,14), «es preciso anticiparse al sol para darte gracias y salirte al encuentro a la aparición de la luz» (Sb 16,28), «Mañana tras mañana despierta mi oído para escuchar como los discípulos» (Is 50,4), y el mismo Jesús «de

madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó [ a hacer oración»» (Me 1,35).

...]

se puso

Nosotros vivimos en el mundo, y una de las cosas más difíciles de afrontar es que a menudo vamos de nuestro lugar de trabajo -donde tal vez nos molesten personas y situaciones que pueden quitarnos la paz- al hospital, donde la gente se enfrenta con la enfermedad, con la muerte y, en definitiva,

50

con nuestro Dios eterno. Es diferente ir a visitar a los enfermos directamente desde nuestra casa, donde podemos haber ya hecho oración y haber leído las Escrituras. Por eso siempre es necesario prepararnos con la oración, teniendo en cuenta que vamos a unirnos a esos pacientes y por tanto tenemos que protegernos nosotros mismos, nuestro corazón y nuestra mente, de todo aquello que pueda minar la eficacia de nuestro ministerio.

Cuando no nos sentimos con ganas de visitar

Puede ocurrir que lleguemos al hospital agobiados por algo que no deberíamos haber llevado con nosotros y que nos hace sentirnos indignos de atender a nuestros hermanos y hermanas en el nombre de Jesús. Una noche me sentía fatal. Hasta me quedé sin el rato de oración con mi mujer porque no hice el esfuerzo, como lo he hecho otras veces, de simplemente sentarme allí y unirme a ella en oración. Nada bueno podía venir de esa actitud. A la mañana siguiente, un sábado en que yo era el único católico de pastoral, cuando abrí el sagrario de la capilla del hospital para coger mi píxide, me arrodillé y dije:

Señor Jesús, perdóname por venir así. Ya sé que hoy soy aún más indigno que otras veces de servir a mis hermanos y hermanas en esas plantas. Pero, Señor, lo siento, soy el único a quien tienes esta mañana, nada mejor. Así que, Señor, te ruego que no dejes que esas personas sufran las consecuencias de mi pecado. Perdóname y limpíame, Señor. Déjame ir con tu bendición, Señor. Te amo, Señor, en mi debilidad y en mi nada. Gracias, Señor.

Y subí a la segunda planta. Mi primer paciente estaba en Cuidados Paliativos, era una mujer de gran fe y con gran confianza en Dios, a quien expliqué cómo me sentía y que me levantó el ánimo sólo con hablarme de ella misma. Más tarde, en Pediatría, encontré a una niña muy sonriente de cinco años, por la que habíamos intercedido en casa. Sentí el amor de Jesús por ella, y la nube que cubría mi corazón y mi mente se disipó. Dios es tan fiel, «¡grande es tu lealtad!» (Lm 3,23).

Otro día tuve que hacer algunas visitas muy especiales, particularmente una con toda una familia cuyo padre tenía que estar en nuestra lista, pero no aparecía en ella. Primero me sentí llamado a hablar con uno de los hijos, que estaba en el pasillo, y me enteré de que su padre estaba muriendo y

4. La oración

y

la Biblia

en la pastoral

sanitaria

51

era católico. Antes de ofrecerme yo, la familia me pidió que entrara. La habitación estaba llena de parientes, todos en silencio; únicamente se oía la respiración fatigosa del padre. Primero recé por él. Pedí que sus familiares le ofrecieran el sufrimiento de aquel hombre y su propio sufrimiento a Jesús, que había muerto por él y por cada uno de nosotros. Oré para que Dios le diera su paz. Rezamos todos el Padre Nuestro y el Ave María, y cinco o seis de ellos recibieron la Comunión.

Desde entonces supe que si volvía a llegar al hospital con alguna carga, que evidentemente no viene de Dios, empezaría a levantárseme como la niebla de mañana si me arrodillaba ante Jesús Sacramentado. Minutos después él se uniría a mí allá donde yo fuera. Cuando una vez en su casa de Calcuta le pregunté a la Madre Teresa, mirando a las hermanas cuando salían de su capilla, cómo tenían la energía para hacer lo que hacían día tras día, ella, mirando hacia al sagrario, me contestó: «Sólo el recibir a Jesús en la Comunión puede darles la fuerza cada mañana».

Orando antes de visitar

El siguiente paso es lapreparación antes de empezar a visitar a los enfermos.

Lo mismo

si somos parte de un pequeño equipo como

si lo hacemos

individualmente, debemos orar desde el corazón de una forma así:

Padre, venimos ante ti con alabanza y gracias por permitirnos atender a nuestros hermanos y hermanas en nombre de tu Hijo Jesús, y para pedirte que bendigas cada una de nuestras visitas. Libéranos de todas las distracciones que traemos de fuera y llénanos de tu Espíritu para que podamos atenderlos como tú quieres. Te los encomendamos, Señor, sabiendo cuánto los amas. Prepara sus corazones y sus mentes y está con nosotros en esas habitaciones. Oramos especialmente por los nuevos pacientes, para que no nos rechacen, Señor, y por los que lo hacen. Espíritu Santo, está con nosotros, ora con nosotros. Y a ti, Madre María, te pedimos tu intercesión, sabiendo que sólo quieres acercarlos a tu Hijo Jesús. En el nombre de Jesús. Amén.

Debemos de confiaren la misericordia de Dios y pedirle que abra los corazones de esos pacientes, sabiendo que, pase lo que pase después, él escucha nuestra oración antes de las visitas, y recordando cómo «el Señor había abierto su corazón para atender a las cosas que Pablo decía» (Hch 16,14).

52

Orando con el enfermo: aspectos verbales y no verbales

Hay dos componentes estrechamente relacionados en nuestro orar con los pacientes: el verbal y el no verbal. Sin palabras, comunicamos una actitud al sentarnos en su cama o quedándonos de pie mientras oramos. Cada persona es diferente. No hay que explicar nada para coger una mano o asir un hombro. A veces puede convenir justificar el que toquemos una pierna, un brazo o una espalda que están mal simplemente refiriéndonos a Jesús y diciendo: «impondrán las manos sobre los enfermos» (Me 16,18). Este ejemplo del mismo Jesús puede ser un descubrimiento para muchos al hacerles conscientes de la legitimidad de una manera bíblica y cristiana tan básica de rezar con alguien. De nuevo he de decir que ni una sola vez he detectado la menor incomodidad en un paciente por tocarle: todo lo contrario, algunas veces su propia mano apretando, buscando o permaneciendo sobre la mía, expresa sus sentimientos, con o sin palabras.

En cuanto a la oración oral, la mejor es, sin lugar a dudas, la espontánea, tal como les hablamos al Padre y a Jesús cuando oramos en privado, presentando las necesidades del enfermo con sencillez según su situación concreta. Nunca habrá dos iguales. Aun cuando nos encontremos entre los que sufren de la misma enfermedad, uno la lleva bien y con fe; otro está lleno de ansiedad, deprimido o descorazonado; a otro le atenaza el miedo; otro es víctima de heridas de su pasado; otro se siente solo; otro está afligido por la muerte de un ser querido.

Habrá veces en que no sepamos qué hacer, sin conocer las causas que aquejan a un paciente además de la enfermedad. Pero si oramos: 'Señor, te presento las necesidades de mi hermano/hermana,' reconociendo su amor y misericordia, sabemos que «el que escudriña los coraiones conoce cuál es el deseo del Espíritu, porque intercede por los santos según la voluntad de Dios» (Rm 8,27). En otras ocasiones puede que nos pidan que oremos por otra cosa que no sea la enfermedad. Una vez, por ejemplo, después de orar por una mujer, su marido me pidió que, por favor, rezase por una situación económica en la que a él le estaban tratando muy injustamente.

Aunque siempre rezo espontáneamente y de manera diferente con cada persona, me gusta empezar diciendo: 'Gracias, Señor, portraerme hasta mi hermano/a N.,' muy a menudo seguido de algo como:

4. La oración

y

la Biblia

en la pastoral

sanitaria

53

Te doy

gracias, Jesús, por tu presencia, porque

sabemos que tú

siempre

cumples tus promesas, y tú dijiste: "donde están

dos

o tres reunidos

en

mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." Por eso, Señor, N. y yo te

damos gracias por tu presencia.

Si por cualquier razón siento que debo ser breve y tal vez sólo dar la Comunión, empiezo: 'Pongámonos un momento en la presencia del Señor.

Mi hermano/a N. y yo te damos gracias, Señor

'.

Quisiera señalar que aun

... cuando no estemos acostumbrados a la oración espontánea podemos estar seguros de que, si nos ocupamos en este ministerio por amor al Señor y a

los enfermos, aprenderemos pronto a simplemente expresar con palabras lo que estamos diciendo en nuestro corazón, de una forma que variará con cada persona de manera natural. El Espíritu Santo nos dará palabras, ayudándonos a crecer en esta forma de orar tan importante.

A menudo iremos a ver a un paciente y nos encontraremos con que está ocupado con el médico o la enfermera, y podremos o no podremos volver. A veces sentimos que esa persona se encuentra en gran necesidad de oración. El hecho de que no podamos acercarnos al paciente no es excusa para marcharnos sin haber rezado por él. La primera vez que encontré a un enfermo en aislamiento total en Cuidados Intensivos, no hice más que quedarme de pie cara a él junto a su puerta de cristal y encomendarle a Dios.

En otras ocasiones me ha ocurrido que, si por la gravedad de su estado no se podía visitar al paciente, o se estaba sintiendo muy mal, no me he acercado siquiera a decirle nada. Una vez visitaba a una mujer de mediana edad que llevaba muchos puntos en el cuello y estaba con una náusea terrible. Sólo le dije que era de la pastoral de enfermos y que volvería más tarde, y me quedé de pie fuera de la puerta pidiéndole a Dios que la aliviara y le permitiera descansar. Pocos minutos después me asomé a mirarla y estaba tranquilamente dormida.

En ambas ocasiones vemos que, si el paciente claramente necesita oración, nada puede impedirnos que le encomendemos a Dios y que, como siempre, le dejemos los resultados a él.

54

Nuestra lectura personal de la Biblia

Si una condición previa para la oración espontánea 'personalizada' es nuestra propia oración personal, hemos de reconocer que ambos tipos de oración, y por tanto también nuestro ministerio con los enfermos, serán más profundos y ricos si los complementamos diariamente con la lectura personal y orante de la Biblia, la Palabra de Dios, donde él nos habla a cada uno personalmente. Por consiguiente, no debemos limitarnos a oírla cuando nos la leen en la Santa Misa, sino que debemos ser lectores asiduos, siguiendo la interpretación de nuestra Iglesia, pues «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo». 1

Andrew Murray, el gran escritor piadoso sudafricano y pastor de la Iglesia Reformada, que habló y escribió mucho sobre la oración y «el pecado de la falta de oración», recalcaba que nuestro estudio piadoso de la Biblia es indispensable para una oración con fuerza. 2 Nuestra oración con los que sufren necesita tener fuerza, no en la voz sino en profundidad, así como en íntimo contacto con Jesús y con el Padre.

Así pues, necesitamos conocer la mente del Dios del Antiguo Testamento, un Padre amante que nos llama constantemente a nosotros, su pueblo, para santificamos y preparamos para la salvación, anunciando la venida de Jesús cientos de años antes de que ocurriera y dándonos la verdad que es para todos los tiempos y como respuesta a cualquier-pregunta sobre él, sobre nosotros y sobre los demás. Jesús nos dice que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4); así pues, la lectura de la Biblia es una necesidad, no una opción.

Además, pensando en los muchos problemas de toda índole con que nos enfrentamos en nuestra interacción con los pacientes y en nuestra propia vida, no dudemos que, como dice muy bien Billy Graham en su ya clásico Paz con Dios, «el origen del noventa y nueve por ciento de las dificultades que experimentarás como cristiano puede relacionarse con la falta de

1. Constitución dogmática sobre la divina revelación, "Dei Verbum", n. 25

2. Murray, que murió en 1918, escribió muchos libros, entre ellos The Prayer Life (La vida de oración), Springdale, PA, Whitaker House, 1981.

4. La oración

y

la Biblia

en la pastoral

sanitaria

55

estudio y lectura de la Biblia», 3 es decir, que como Palabra de Dios que es -y, repitamos, fieles a la interpretación de la Iglesia, a lo cual el mismo Espíritu nos ayudará si le encomendamos nuestra lectura-, puede damos el discernimiento y la sabiduría necesarios para reconocer esos problemas y hacerles frente según su voluntad y no la nuestra.

Y si cualquier cristiano debe leer la Biblia asiduamente, cuánto más los que están dedicados a servir a sus hermanos en la pastoral sanitaria, para sacar del inagotable pozo de la palabra de Dios, donde encontramos a Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) como nuestro Protector (Sal 18,3), nuestro «maravilla de Consejero» (Is 9,6), nuestro Maestro (Mt 23,10), nuestro Consolador (2Co 1,3) y nuestro Guía (Hch 13,4). Además, hay muchas ocasiones en nuestro ministerio en que necesitamos asimos a «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17), sabiendo exactamente lo que queremos decir.

Es sólo por nuestra propia lectura diaria de la Biblia con nuestra Iglesia como tendremos suficiente sabiduría para afrontar situaciones con el discernimiento para saber lo que está bien y lo que está mal y lo que va contra los mandamientos de Dios. ¿Cómo podemos cumplir nuestra obligación de ser testigos de Dios si no podemos transmitir a nuestros hermanos lo que dice la Biblia sobre algo, puesto que «la fe viene por la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo» (Rm 10,17).

Nuestro ministerio con la Biblia y basado en la Biblia

Tras estas reflexiones sobre la íntima relación entre la oración y la lectura personal de la Biblia, vemos que la Palabra de Dios es una herramienta

3. Durante más de veinte años ha sido una verdadera bendición para nuestro crecimiento espiritual (y para nuestro ministerio de pastoral) The Word Among Us (editada en EEUU para casi un millón de lectores por una comunidad católica de sacerdotes y seglares), bimensual en español como La Palabra entre Nosotros. Además de disciplinarnos en la lectura diaria de la Biblia, nos permite hacerlo con nuestra Iglesia, ya que (además de artículos para nuestro crecimiento espiritual) indica las lecturas de la misa diaria y ofrece una meditación muy ungida por el Espíritu. Dirección: LaPalabra entre Nosotros / 9639 Dr. Perry Road, 126 / Ijamsville, Maryland 21754-9900 /EEUU. Fax: 1-301-831-1188.

56

indispensable en la pastoral de la salud. Mi primer día en el hospital había olvidado mi Biblia. La echaba de menos. Sabía que la mayor parte del tiempo no la hubiera leído realmente, sino sólo citado o tal vez parafraseado. Sin embargo, si llevo la Biblia conmigo discretamente, sé que, en caso necesario, puedo abrirla, leer algo de ella y mostrar cómo el Señor quiere hablar, por ejemplo, a una nueva madre y a su niño con el salmo 139,13-16, siempre un feliz descubrimiento para esos padres que encontramos en Maternidad, cuando a menudo esas hermosas palabras del niño a su creador les traen lágrimas a sus ojos.

Me resultaría difícil mi ministerio si no estuviera familiarizado con la Palabra de Dios y no la leyera diariamente. Cuántas veces, después de leerla en actitud de oración por la mañana, 4 he tenido la oportunidad de compartirla con alguien. Y es una gran bendición para el ministerio pastoral porque a menudo leemos justo lo que necesitaremos más tarde para determinados pacientes.

Es también una forma de mantenerlos en contacto con la Iglesia, especialmente los domingos. Un domingo me dijo un paciente que no quería la Comunión porque había estado alejado de la Iglesia muchos años; la lectura del Evangelio de ese día era Mt 20,1-16, sobre los trabajadores

que llegan tarde a la viña. Otras veces, para asegurarle a un paciente cínico o desesperanzado del amor que Dios le tiene a alguien 'como él', puede

que recurra a Le

15,1-7, la parábola de la oveja perdida, o lo que sigue

en el resto de Le 15, la parábola del hijo pródigo. Podemos estar seguros de que si las Escrituras son nuestro pan diario, Dios nos dirá, como dijo a

Ezequiel cuando le hizo comerse el rollo: «ve luego a hablar a la casa de Israel y habíales con mis palabras» (Ez 2,9, 3,1, 4).

Indudablemente, estaremos mejor equipados para llevar a cabo nuestro ministerio, puesto que

Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar e n lajusticia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena (2Tm 3,16-17).

4. Billy Graham, Peace With God (Taz con Dios'), pág. 168, Word Publishing, 1995.

4. La oración

y la

Biblia

en la pastoral

sanitaria

57

Y equipados sí que tenemos que estar en todo momento con «el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17), sabiendo que

la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante

[ ...]

y penetra hasta la división

del

alma

y

del

espíritu

[ ...]

del corazón (Hb 4,12).

y discierne los sentimientos y las intenciones

La ex-enfermera psiquiátrica Barbara Shlemon, hoy muy conocida en el ministerio de sanación y como predicadora y conferenciante católica, anima a «los visitadores de enfermos voluntarios» diciendo haber «escuchado incontables testimonios de personas cuya enfermedad empezó a desaparecer cuando invocaban el poder de un pasaje de las Escrituras». 5

No estoy en modo alguno sugiriendo un enfoque de la Biblia sin discriminar, pero sí que seamos totalmente conscientes de su importante función en

la pastoral de enfermos, no sólo para nosotros o para el clero, sino para los mismos médicos y enfermeras, con quienes formamos un equipo que atendemos a toda la persona. Por eso las enfermeras Sharon Fish y Judith Alien Shelly hacen hincapié en que «uno de los medios personales de

la enfermera es el conocimiento de las Escrituras [

..]

poder consolar y

utilizar las Escrituras terapéuticamente», confirmado por organizaciones médicas como la Medical Foundation International y la Association of Christian Therapists.

Me apresuro a añadir que no podemos leer la Biblia indiscriminadamente a los que están sufriendo, pues

El aplicar pasajes de la Biblia demasiado pronto puede crear innecesarias

barreras para la comunicación

[ ...]

aumentar aún más la expresión de las

necesidades [ ...]

comunicar un Dios impersonal que tiene respuestas fáciles

para toda pregunta, pero se niega a preocuparse de los verdaderos sentimientos y frustraciones délos seres humanos sufrientes que necesitan una comprensión compasiva. Para un paciente que tiene muy poco conocimiento de la Biblia y que tal vez cuestione la existencia de Dios y su participación en su

5. Barbara Shlemon, To Heal as Jesús Healed (Sanr como sanaba Jesús), pág. 43, Notre Dame, Indiana, Ave María Press, 1978.

58

vida, las respuestas fáciles de las Escrituras pueden servir para alienarle aún más de Dios. 6

No hay nada que no podamos encontrar en la Palabra de Dios. Dios parece incluso advertirnos contra el citarla inoportunamente en la sarcástica reacción de Job ante los intentos de sus amigos para enseñarle sin empatia alguna en medio de su sufrimiento: «En verdad vosotros sois el pueblo, con vosotros la Sabiduría morirá» (Jb 12,2). Así que debemos tener cuidado de cuándo, cómo y a quién transmitimos las palabras de Dios, pues utilizadas fuera de tiempo pueden hacer más mal que bien y tal vez oigamos a alguien casi citando literalmente a Job: «¡He oído muchas cosas como esas! ¡Consoladores funestos sois todos vosotros!» (Jb 16,2). Sin embargo, después de advertir a sus colegas contra el usar la Biblia indiscriminadamente, Fish y Shelly animan a recurrir a lo que ellas llaman «pasajes de identificación», y relatan varios casos en los que los pacientes podían identificarse con las situaciones y necesidades que encontramos en ellos.

El consejo de estas autoras sugiere, por lo tanto, que los agentes de pastoral

deben discernir cuándo deben dejar que Dios hable directamente a sus pacientes, pues, cuando se usa la Palabra de acuerdo con su voluntad, Dios dice: «la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí sin resultado, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión» (Is 55,11). ¡Cuántas veces he visto esto! Como cuando me vino a la oficina

de pastoral un muchacho, novio de una paciente que iba a tener

un

parto muy peligroso, y estaba alteradísimo; pero cuando, tratando de calmarle, conseguí que se sentara a mi lado, además de algún otro consejo

apropiado para su caso, le leí Romanos 8,28, Filipenses 4,6-7 y el salmo 139,13-16, y se le fue la ansiedad; y cogiéndome las dos manos me dijo: «¡Ya me siento mejor!».

Añadiré que con frecuencia, y significativamente, puedo ver que el tener

la Biblia

en el hospital es algo que fomenta la buena comunicación y

6.

Sharon

Fish, and Judith Alien Shelly. Spiritual Care: The Nurses's Role (Atención

espiritual: la función de las enfermeras), págs. 110, 111, Downers Grove, InterVarsity

Press 1978.

 

4. La oración

y

la Biblia

en la pastoral

sanitaria

59

comprensión entre los no católicos y yo y entre ellos y mis pacientes católicos cuando son compañeros de cuarto, cosa ya no infrecuente en los hospitales españoles.

El ayuno como complemento bíblico a la oración

¿Suena la mera mención del ayuno como una exageración en el contexto de la pastoral sanitaria? No cuando continuamos intercediendo por nuestros hermanos y hermanas enfermos en nuestro tiempo de oración.

Cuando eran ellos los enfermos, vestía de sayal, me humillaba con ayuno y en mi interior repetía mi oración (Sal 35,13).

Puede que habitualmente guardemos un día de ayuno durante la semana, como hacen muchos cristianos de las diferentes Iglesias, en cuyo caso podemos ofrecerlo por los pacientes; o podemos querer hacer algo más de esfuerzo en casos particulares. Sabemos que el ayuno es el complemento de la oración prescrito por Dios, como nos dice el libro de Tobías: «Buena es la oración con ayuno» (Tb 12,8).

A través de todo el Antiguo Testamento encontramos numerosas enseñanzas sobre los objetivos y efectos del ayunar, bien personal o colectivamente:

durante el tiempo de duelo (2S 1,12), para pedir protección (Esd 8,21; Est 4,6; 2Cro 20,2-3), en señal de arrepentimiento (IR 21,22, 27; Jl 2,12; Jon 3,5), para petición (2S 12,15-16, aunque ineficaz para David, según la voluntad de Dios) y como intercesión (Sal 35,13; Dn 9,3-5).

En el Nuevo Testamento, Jesús, que nos asegura: «No penséis que he

venido a abolir la ley y los Profetas.

No he venido a abolir, sino a dar

cumplimiento» (Mt 5,17), ayunó él mismo para fortalecerse en el Espíritu (Mt 4,2), nos dice cómo ayunar (Mt 6,16-18), nos amonesta por no hacerlo (Mt 17,21; Me 9,29) y nos aclara que ahora, después de que él nos ha

redimido en la cruz, es el tiempo de ayunar (Mt 9,15).

Más tarde vemos que sus apóstoles, siguiendo la tradición del Antiguo Testamento y el ejemplo de su Maestro, reforzaban su oración con ayuno (Hch 13,2-3; 14,23; 15,23), y san Pablo lo menciona como acto meritorio «como ministros de Dios» (2Co 6,4-5, 11,27).

60

En la Didaché o Escritos de los Doce Apóstoles 7 el escrito cristiano más antiguo aparte del Nuevo Testamento se recomienda el ayuno en miércoles y viernes. Para John Wesley, el gran fundador de la Iglesia Metodista en el siglo XVII, era una condición para ordenar a sus ministros, y el rey inglés de su tiempo proclamó un día de oración y ayuno (como hace el rey Josafat en 2Cro 20,2-3) para protegerse de la invasión francesa. Pablo VI nos exhortó al ayuno en su encíclica sobre la penitencia.

Hoy día el ayuno, según lo admita cada uno, ha recobrado gran importancia en la vida espiritual ordinaria de muchísimos cristianos, los cuales han descubierto sus frutos, con la particularidad de que se tiene conciencia de la posibilidad de privarse de las cosas que a uno le atraigan más (ej., la televisión, el tabaco), si el hacerlo con la comida no supone ningún sacrificio o no lo permite la salud. 8

Los agentes de pastoral pueden también enriquecer su vida espiritual

y la eficacia de su ministerio de intercesión ofreciendo sacrificio personal.

al Señor

este

Pastoral de enfermos y consejo no profesional

Las normas que recibí como voluntario pastoral laico católico hacían constar que estábamos allí «para asistir a los sacerdotes de la zona en la atención a las necesidades físicas, psicológicas, sociales y espirituales de

los pacientes y sus familias durante el período de enfermedad o daño [ ...]

refiriendo a los pacientes a los profesionales (como sacerdotes [ se vea la necesidad de orientación».

...

]) cuando

La mayoría de nosotros no somos consejeros profesionales y no debemos precipitarnos a asumir tal responsabilidad, ni usurpar la función del sacerdote o religioso. Pero a veces una visita de pastoral requiere lo que sólo podríamos llamar orientación. Por ejemplo, puedo encontrarme

  • 7. En Didaché, DoctrinaApostolorim, Epístobdel Pseudo-Bernabé (ed. por J.J. Ayán Calvo).

Nuevas Fuentes Patrísticas, 3, Madrid, Editorial Ciudad Nueva, 1992.

  • 8. Para los católicos, aparte de las pocas ocasiones en que se prescribe estrictamente.

4. La oración

y

la Biblia

en la pastoral

sanitaria

61

en Cuidados Intensivos con unos familiares que lloran la muerte de un paciente. Aunque haya orado antes con esa persona, lo que ellos necesitan en ese momento es lo que puede llamarse consejo espiritual, por ejemplo, hablandoles del amor incondicional e incuestionable de Dios por el paciente, de que él ha permitido que las cosas hayan ocurrido así, el sufrimiento de Jesús en la cruz por esa persona querida, y la necesidad que ellos, sus familiares, tienen ahora de tener en cuenta las palabras de Flp 4,7 y buscar esa paz de Dios «que supera todo conocimiento [que sobrepasa toda inteligencia] [y que] custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Naturalmente, no podemos acercarnos del mismo modo a cualquier familia en esta situación, pero, con experiencia, sí que veremos cuándo apreciarán cierta forma de oración.

En alguna ocasión en que la familia esperaba llena de ansiedad en el saloncito contiguo a Cuidados Intensivos de mi hospital, les he invitado a pasar a la capilla (también al lado) y ante el sagrario he orado con ellos por el paciente. De cualquier modo, si dejamos que el Espíritu nos guíe podemos estar seguros de que él nos inspirará la actitud y oración apropiadas para cada clase de personas en el momento apropiado.

Aunque por norma no debemos nosotros tomar la iniciativa de crear una situación de consejo, es también cierto que a veces nos enfrentamos con una gran ansiedad que sabemos que posiblemente aliviemos hablandoles, lo cual he experimentado muchas veces.

Pero hay también ocasiones en que deberemos referir al paciente a un sacerdote. Claro que esto requiere a menudo un poco de orientación preliminar si el paciente inicia un tema concreto o empieza a hablarnos de sus problemas, y en ese momento tenemos dos alternativas: una, evitar ofrecer una opinión o aconsejar, limitándonos a escuchar con empatia, pero con 'discreción,' es decir, de una manera desligada y bastante inútil, en lugar de aceptar nuestra pobreza y actuar a través de ella confiando en un Dios que nos acompaña; o podemos ayudar a nuestros hermanos utilizando el discernimiento que hemos ganado por el conocimiento de las Escrituras y, para un católico, del Catecismo (gran parte del cual puede aplicarse a cualquier cristiano).

62

Hay ocasiones en que digo a los pacientes que deberían hablar a un sacerdote, especialmente cuando veo, por ejemplo, que la confesión sacramental es la solución, o que han estado alejados de la Iglesia mucho tiempo. Pero a menudo, precisamente porque no se encuentran preparados para ello aún, no quieren hablar 'con un cura,' pero sí podremos tal vez 'conducirles' hasta uno. Si siento en mi corazón que estoy ayudando al sacerdote en este ministerio, digo lo que tengo que decir y el resultado se lo dejo al Señor. Cuando sabemos que lo que decimos no se basa en la manera que el mundo tiene de mirar las cosas, sino en la manera de Dios y de su Palabra, no podemos equivocarnos.

Una vez una mujer joven me dijo que hacía años que no iba a la iglesia y que no le apetecía comulgar. No pude evitar ver en ella a la oveja descarriada que por un momento estaba acercándose al redil. Le hablé del gran amor que Dios le tenía, de su compromiso como católica que había recibido los sacramentos, y de cuánto mejor se sentiría si se decidiera a volver a la Iglesia, ponerse en contacto con un sacerdote y vivir como una cristiana en su Iglesia. A la mañana siguiente, cuando el marido estaba a punto de llevársela a casa, me hablaron los dos en un tono muy amistoso y él me dijo de manera muy significativa que ella le había hablado de

mí ...

¿Hubiera sido mejor si me hubiera abstenido de aconsejarle al faltar

una persona más 'profesional'?

En otra ocasión, sólo después de hablar bastantes veces con un muchacho y darle varias cosas para leer, pude hacer que viera a un sacerdote para confesar y que empezara a asistir a misa y recibir la Comunión. Debemos recordar una vez más que Dios nos dice en Is 55,11: «mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié». Podemos intentar plantar la semilla y él la hará crecer si esa es su voluntad.

Hay muchísimo material basado en la Biblia del que podemos beneficiarnos para este tipo de orientación circunstancial. Los católicos tienen su nuevo Catecismo, un tesoro doctrinal con el que todo agente de pastoral debe estar familiarizado, lo mismo que debe estarlo con las encíclicas del Papa, que escribe para todos nosotros. A menudo los pacientes hacen preguntas sobre moral, para lo cual el Catecismo y la encíclica de 1993, Veritatis

4. La oración

y

la Biblia

en la pastoral

sanitaria

63

Splendor ('El esplendor de la verdad'), contienen las respuestas, y nosotros, como católicos al cuidado de ellos, tenemos la obligación de responder a esas preguntas.

A veces esta orientación puede requerir cierto seguimiento, dándoles tiempo para recapacitar sobre nuestra conversación o para leer algo que les hayamos prestado y darnos su reacción. Y podemos hacer eso fuera de nuestras horas de visitas, tal vez ya en su casa.

En cierta ocasión encontré a una paciente que había recibido ya mal consejo. Me dijo que ya no iba más a misa los domingos porque sus amigos, «muy buenos católicos», le habían dicho que «no le estaba permitido asistir a misa porque estaba divorciada». Me sentí indignado y dolido, viendo su estado de amargura y su complejo de culpabilidad. Le aseguré que por supuesto podía ir a misa y recibir los sacramentos, siempre que no estuviera casada de nuevo sin haber conseguido la nulidad para su matrimonio, y que podía y debía hacer uso del sacramento de la Reconciliación, y la animé a ver a un sacerdote.

No podemos limitarnos a escuchar como muñecos compasivos cuando los pacientes comparten con nosotros cosas que llevan en lo profundo de su corazón y que les duelen más de lo que ellos mismos creen. ¿Cómo podemos demostrar que somos escuchadores compasivos si no exteriorizamos esa compasión? Naturalmente, debemos estar preparados, y cimentados en la Palabra de Dios. Y este conocimiento se adquiere sólo con la lectura y meditación diarias de las Escrituras, como debe hacer todo cristiano, así como con la lectura de materiales basados también en la Biblia.

Muchas cuestiones que no pueden resumirse aquí surgen durante nuestras visitas cuando menos lo esperamos. Mencionaré sólo una cuya dimensión espiritual es ignorada por la mayoría de la gente: el fumar. He visto pacientes con cáncer de pulmón que no pueden liberarse de esa esclavitud, y uno de los primeros alumnos que yo tuve en un instituto español murió hace años de tanto fumar. Recuerdo a un especialista en cirugía torácica enseñando a sus colegas en el congreso de la Christian Medical Foundation una diapositiva de los tejidos pulmonares de una fumadora normal, y diciendo con un nudo en la garganta: «¡Si al menos nos creyeran!».

64

Para animar a los enfermos fumadores a quitarse del tabaco les cuento cómo mi mujer, que fumó durante veinte años sin poder dejarlo a pesar de su gran fuerza de voluntad, lo consiguió cuando un día se enfrentó con Dios con el cigarrillo en la mano y le dijo: «¡Señor, si tú quieres que lo deje, hazlo tú, porque yo no puedo!». En ese momento lo dejó en el cenicero y nunca más fumó ni tuvo el deseo de hacerlo.

En cuanto a la gravedad moral del fumar, me refiero siempre a las palabras de San Pablo: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis» (ICo 6,19). El Catecismo nos dice: «La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común» (CCE 2288), y «debemos evitar toda clase de excesos, el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas» (CCE 2290). Luego está claro que nadie puede decir, como dicen algunos, «¡De algo hay que morir!», puesto que el fumar es elegir conscientemente una posible forma de morir.

Como agentes de pastoral, si deseamos hacer la voluntad de Dios y ayudar a que otros la hagan también, podremos ser testigos de sus promesas:

El Señor Yahvé me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora (Is 50,4).

Capítulo 5

EL MINISTERIO SACRAMENTAL EN LA PASTORAL SANITARIA

Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío (Le 22,19)

La Comunión: nuestra maravilla como ministros de la Eucaristía y la reeducación de los fieles

La Iglesia primitiva consideraba la Eucaristía como el sacramento ordinario de sanación, puesto que nuestro Señor Jesucristo se hace uno con nosotros de modo que podemos decir: «es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). A través de la Eucaristía él quiere ser uno con nosotros, física y espiritualmente. Sobre el valor de la Comunión como fuente de fuerza para quienes sufren tenemos las palabras del propio Jesús en sus revelaciones privadas a santa Faustina Kowalska:

has de saber que la fuerza que tienes dentro de ti para soportar los sufrimientos la debes a la frecuente Santa Comunión; pues ven a menudo a esta fuente de la misericordia y con el recipiente de la confianza recoge cualquier cosa que necesites. '

Cuánto mejor podríamos beneficiarnos de este maravilloso misterio si recibiéramos siempre el cuerpo de Cristo como debemos, hasta esperando la sanación de nuestras enfermedades de cuerpo, mente y espíritu. El Catecismo, refiriéndose al mandato de Jesús, «Curad a los enfermos» (Mt 10,8), nos asegura:

1. Diario, 1487

66

la presencia vivificante de Cristo, médico de las almas y de los cuerpos [

...]

actúa

[ ...]

de manera especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (cf. Jn 6,54,58)

y cuya conexión con la salud corporal insinúa san Pablo (CCE 1509).

Por

eso

Tomá s

de

Kempis,

XV, nos dice que

el

famoso

sacerdote

holandés

del

siglo

Tanta es a veces esta gracia, que de la abundancia de devoción que da, no sólo el ánima, mas aun el cuerpo flaco siente haber recibido fuerzas mayores. 2

En su Camino de Perfección, una de las obras místicas de santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, relata cuántas veces se veía libre del dolor físico nada más recibir «este santísimo Pan» (XXXIV, 6), pues, como escribe ella:

Pues si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa? (XXXIV.8)

[ ...]

no perdáis tan buena sazón de negociar, como es la hora después de

haber comulgado (XXXIV.10). 3

En nuestros días, la monja irlandesa Briege McKenna, muy llena del Espíritu (a quien tuve ocasión de conocer en un seminario sobre sanación en 1978), escribiendo sobre la Eucaristía relata algunos sorprendentes milagros presenciados por ella durante la Misa. 4 A menudo, cuando doy

la Comunión hago hincapié en las palabras «[

...]

y mi alma sanará» o

«sanaré». ¡Qué gran instrumento de amor y compasión es este en la pastoral de enfermos, junto con la Palabra de Dios!

El primer día que llevaba mi píxide con las formas consagradas, me sentía como alguien muy especial por el gran privilegio de llevar el cuerpo de Jesús como lo llevan sus sacerdotes. Y me venían a la mente las palabras del gran san Francisco de Asís, del siglo XIII, en sus Admoniciones, sobre la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento:

  • 2. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo (trad. de Fray Luis de Granada), Madrid, Aguilar, 1989, IV, I; Madrid, San Pablo, 1996, IV.I.ll.

  • 3. Vida de Santa Teresa de Jesús escrita por ella misma. En Obras de Santa Teresa, ed. de

Santa Teresa, C.D, Burgos, El Monte Carmelo, 1922.

4. Miracles

Do Happen

Servant Books, 1987.

(Los

milagros sí que ocurren), págs. 55-68, Ann

Arbor,

5. El ministerio

sacramental

en la pastoral

sanitaria

67

Diariamente se humilla [

...]

desciende del seno del Padre al altar en manos

del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera,

así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado [

...]

con

la vista corporal veían solamente su carne, pero con los ojos que contemplan

espiritualmente creían que El era Dios, así también nosotros, al ver [

...]

el

pan y el vino, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. Y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (cf. Mt 28,20). 5

En su Vida, santa Teresa, que recibía frecuentes visiones de Jesús, nos dice cómo se sentía al haberle recibido en la Comunión:

Cuando yo me llegaba a comulgar, y me acordaba de aquella majestad grandísima que había visto, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento, y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia, los cabellos se me espeluznaban y toda parecía me aniquilaba. ¡Oh Señor mío! (XXXVIII. 19). 6

Un siglo después, santa Margarita María Alacoque escribía sobre cómo ansiaba hacerse religiosa para poder comulgar más a menudo, y cómo se sentía antes y después de la Comunión (lo que ciertamente nos hace examinar lo que hacemos nosotros antes y después de recibir a Jesús):

Las vísperas de la comunión sentíame abismada en tan profundo silencio, que ni hablar podía, sino violentándome, a causa de la grandeza de la acción que debía ejecutar, y cuando ya había comulgado, ni siquiera beber, ni comer, ni ver, ni hablar: ¡tan grandes eran la consolación y la paz de que gozaba! 7

Por la relación que establecemos con nuestros pacientes cuando les llevamos la Comunión, podremos medir nuestra propia relación con Dios, pues en esta tarea tan única, que realizamos en su servicio, respondemos al mandamiento «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18), confirmado por Jesús (Mt 2,39).

  • 5. «Admoniciones», 1.16-22. En San Francisco de Asís. Escritos, Biografías, Documentos de la

época (ed, de J.A. Guerra), págs. 77-78, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1958.

  • 6. Vida, XXXVIII, 19.

  • 7. Autobiografía de Santa Margarita María Alacoque

Sevilla, Apostolado Mariano.

(trad. A. Sánchez Teruel, S.I.)

6S

No debemos ofrecer el cuerpo de nuestro Señor indiscriminadamente. Asegurémonos primero de que los enfermos son católicos practicantes que se sienten dispuestos a recibir la Comunión. A veces les indico que, si quieren, puede ir un sacerdote, por el cual algunos podrían volver a los sacramentos, y quizá también a la Iglesia. Pero sobre todo, no vendamos barato el cuerpo de Cristo. La experiencia nos enseña a detectar la manera como algunos reciben la Comunión, como sin darle importancia. Por regla general, si encontramos a una persona mirando algo en la televisión que realmente distrae (en el sentido moral de la palabra) o es claramente ofensivo, o está comiendo, es mejor llevarles la Eucaristía en otra ocasión, aunque nos la hubieran pedido, pues sería dar el cuerpo de Cristo en circunstancias totalmente inapropiadas.

Una vez encontré a un hombre que nos había pedido la Comunión, en una silla de ruedas y en mitad de su desayuno, mientras miraba absorto la televisión. Me dijo, sin dejar de mirar la pantalla, que sí, que la recibiría en cuanto tragara lo que tenía en la boca. Sin demostrar mi dolor ante su ignorancia, le expliqué que no me parecía el mejor momento para darle la Comunión, lo que pareció comprender fácilmente, pero, como no quería dejarle así, aceptó agradecido que le impusiera las manos y orara por él unos momentos, después de lo cual le sugerí a un sacerdote que tal vez debería hablar con él.

La increíble familiaridad con que podemos acercarnos a la' Eucaristía, unida a nuestra propia inmadurez espiritual, puede convertir ese acto sagrado en una tibia rutina dominical o incluso diaria, y, como dice Kempis:

No vamos con vivo fervor a recibir a Cristo [

..]

¡Oh ceguedad y dureza del

corazón humano, que tan poco mira a tan inefable don, antes de la mucha

frecuentación ha venido a mirar menos en él! 8

Debemos aconsejar a los enfermos que traten de evitar demasiada distracción de visitas, lecturas o televisión cuando saben que estamos a punto de llegar y que traten de recogerse y prepararse un poco, como debemos hacer en la iglesia. Dándome cuenta de mi responsabilidad como portador y ministro de la Eucaristía, yo trato, con discreción, de identificar

8. Imitación de Cristo, IV, I (IV.I.12en otras ediciones).

5. El ministerio

sacramental

en la pastoral

sanitaria

69

las revistas o novelas que lee el enfermo y me fijo en los programas de televisión que está viendo.

A veces no puedo menos de hacer alguna observación, más en serio que en broma, y siempre según la persona, sobre lo inapropiado que son ciertos materiales de lectura o algunos programas cuando se está enfermo, ya que debemos desear más que nunca estar en los brazos de nuestro Salvador y Sanador y hasta recibir su cuerpo en la Comunión. Muchas anécdotas podría contar acerca de este tipo de situación, y debo añadir que nunca dejaban de reconocer -aunque fuera riéndose- que tenía al menos 'cierta razón' en mis observaciones u objeciones.

La oración antes de la Comunión

Como ministros extraordinarios de la Eucaristía tenemos la responsabilidad de ayudar a quienes visitamos a darse cuenta de que «debemos prepararnos para este momento tan grande y santo» (CCC 1385). El hecho de que, desgraciadamente, veamos tanta indiferente familiaridad hacia la Comunión en la iglesia no quiere decir que debamos descuidar el ayudar a nuestros pacientes (como en las parroquias debería hacerse como necesaria reeducación de los fieles) a reconocer que «Recibir la Eucaristía en la [«Santa», ed. inglesa] Comunión da como fruto principal la unión íntima [«o comunicación», ed. inglesa] con Cristo Jesús» (CCC 1391).

Por eso dice santa Faustina: «El momento más solemne de mi vida es cuando recibo la Santa Comunión. Anhelo cada santa Comunión y doy gracias a la Santísima Trinidad por cada santa Comunión». De hecho, Jesús le reveló:

Pero quiero decirte que la vida eterna debe empezar ya aquí en la tierra a través de la Santa Comunión. Cada Santa Comunión te hace más capaz de comunicar con Dios por toda la eternidad. 9

Y santa Teresa nos cuenta cómo el Señor la bendecía abundantemente con visiones después de la Comunión. A menudo, con ciertos pacientes, incluyo algo así en mi oración antes de comulgar:

Señor Jesús, te damos gracias por el gran

regalo que nos haces en nuestra

Iglesia de poder recibir tu cuerpo, el mismo cuerpo que murió en la cruz por

9. Diario, 1804, 1811

70

cada uno de nosotros. Te pedimos, Espíritu Santo, que nos hagas darnos cuenta de que estamos recibiendo a Jesús, nuestro Señor, en nuestro cuerpo. Haznos cada vez más conscientes de este misterio tan maravilloso, que podemos recibir tu cuerpo, Jesús, con el asombro y reverencia y gratitud que tú te mereces, Te damos gracias, Padre, por habernos dado a tu Hijo Jesús por tu gran amor por cada uno de nosotros. Te damos gracias, Jesús, por permitirnos recibirte.

También me gusta preceder las palabras «Este es el Cordero de Dios ...»

con «Este es Jesús

...»

o «Esto es el cuerpo

y sangre de Jesús

...

».

Hace

unos años vi celebrar misa al párroco de un pueblo de nuestra provincia canadiense de New Brunswick, y lo hacía con verdadero fervor y predicaba «como quien tiene autoridad» (Mt 7,29). Decía las últimas palabras del ritual que he mencionado, y cuando luego le hablé, me dijo con el rostro radiante: «¡Estoy enamorado de la Eucaristía!». ¿No es nuestra misión, la de cada ministro de la Eucaristía y la de cada sacerdote, propagar este amor a Jesús y al maravilloso misterio de la Eucaristía?

Después de la Comunión: actitudes y problemas

Santa Teresa de Jesús aconseja para después de recibir la Comunión:

«procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma, y miraros al corazón». 10 Y Tomás de Kempis dice:

Conviene que te aparejes a la devoción, no sólo antes de la comunión, sino

después, y que te conserves con cuidado en ella, después de recibido el santísimo

sacramento [ ...]

Guárdate de hablar mucho, y recógete a algún lugar secreto, y

goza de tu Dios, pues tienes al que todo el mundo no te puede quitar."

Para fomentar la debida reverencia cuando los enfetmos se encuentran recibiendo la Comunión en un ambiente que no es el más familiar de su iglesia, encuentro muy útil quedarme en silencio y con los ojos cerrados durante un par de minutos para evitar establecer cualquier canal de comunicación. A veces alabo y doy gracias a Jesús audiblemente por la recepción de su cuerpo, y algunos pacientes no dudan en secundarme.

10. Camino de Perfección. Obras de Santa Teresa, ed. de El Monte Carmelo, 1922, XXXIV. 12.

Santa Teresa, C.D, Burgos,

11. Imitación de Cristo, I, XII (IV.I.12).

5. El ministerio

sacramental

en la pastoral

sanitaria

71

Algunas veces, en este momento tan especial, repito cualquier punto importante que hayamos podido mencionar en la oración, como la inminente operación, el dolor que les aqueja o su restablecimiento.

A algunos agentes de pastoral, tras un breve momento, tal vez les guste leer una oración o un pasaje apropiado de las Escrituras. A menudo, cuando me preparo para dar la Comunión, les indico que me marcharé inmediatamente después «para dejarles con el Señor». Con esto, naturalmente, pretendo sugerir ese momento de recogimiento durante el cual deben evitar volver enseguida a su lectura, a la televisión o a su conversación con el otro paciente o con una visita, los cuales tal vez hayan recibido también la Comunión.

Desgraciadamente, en cuanto a volver inmediatamente a lo que estuvieran haciendo antes, podría contar muchos casos de tales actitudes, que muchas veces me han causado gran dolor al ver la falta total de reverencia y respeto hacia la presencia de Jesús en la Eucaristía, a su vez reflejo de la actitud de muchos en la misma iglesia.

La Unción de enfermos: sacramento y sacramental

Quisiera mencionar la Unción de los enfermos porque muchos todavía conservan el concepto pre-Vaticano II de la 'Extrema Unción' o 'Últimos Ritos,' términos ominosos que evocaban -y aún es así para muchas personas mayores- la muerte inminente y hacían ver al sacerdote como el mensajero de la muerte.

Sin embargo, la Unción de enfermos fue restaurada por el Concilio Vaticano II como el verdadero sacramento de sanación, para ser administrado no sólo a quienes «se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez», 12 orando

12. «Constitución sobre la sagrada liturgia» n. 73. Véase también el Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos (Editores Reunidos, 1979), libro oficial de la Iglesia, adaptado a España, con los Prenotandos oficiales de Roma y las Orientaciones del Episcopado

72

concretamente por el restablecimiento de la persona, tal como lo instituyó Jesús cuando envió por primera vez a sus apóstoles y «les dio poder sobre

los espíritus impuros [

...]

Y [ellos] ungiendo con óleo a muchos enfermos

los curaban» (Me 6,7, 13). Desde el mismo principio de la Iglesia

fue

parte del ministerio de sanación y el apóstol Santiago instaba a los enfermos a acudir a los presbíteros de la Iglesia: «que oren sobre él y le unjan con óleo en nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo» (St 5,14-15).

Tengamos en cuenta los agentes de pastoral que no debemos limitarnos a quienes pidan la Unción de enfermos, pues tampoco muchos enfermos saben pedir al médico el tratamiento que necesitan y sin embargo el médico se lo ofrece, se lo explica y se lo administra. Es más, el Catecismo nos dice bien claramente que «es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento» (lo cual compete igualmente a los laicos de pastoral, en contacto más frecuente con los enfermos), añadiendo que «los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento» (CCE 1516).

Por eso debemos hablarles para que sepan exactamente lo que reciben en este sacramento, por qué y cómo, y describirles las partes más importantes del ritual: imposición de las manos sobre la persona enferma, oración por ella y su unción con el aceite bendecido.

Bárbara Shlemon dimitió como enfermera psiquiátrica a mediados de los años 60 y se dedicó al ministerio de intercesión precisamente después de haber visto a una paciente de cáncer moribunda, por cuya sanación había pedido, recuperarse literalmente de la noche a la mañana tras recibir el sacramento de los enfermos. 13

Recordemos que cuando el Jueves Santo el obispo consagra este

español. Conviene que todo equipo de Pastoral conozca asimismo la segunda parte del libro Los enfermos terminales, La Unción de los Enfermos (Barcelona, Centro de Pastoral Litúrgica, 2001).

13. Barbara Shlemon, Healing Prayer (Oración de sanación), págs 13-16, Notre Dame, Indiana, Ave María Press 1976.

5. El ministerio

sacramental

en la pastoral

sanitaria

73

aceite de oliva manos), dice:

(con

el

que

se unge

al enfermo

en

la frente

y

en

las

Señor Dios, Padre de todo consuelo, que has querido sanar las dolencias de los

enfermos por medio de tu Hijo [

...]

derrama desde el cielo tu Espíritu Santo

Parááclito sobre este óleo [

...]

para que [

...]

sientan en cuerpo y alma tu divina

protección y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores. 12

Y Dios siempre honra este sacramento según su voluntad, tanto para resultados físicos como espirituales.

Pero existe a la vez la unción no sacramental de una persona enferma con aceite bendecido por un sacerdote, no necesariamente un obispo (véase lo que dice el Catecismo sobre los sacramentales [1668-1671]). Aunque yo personalmente no solía hacerlo en Canadá, conozco concretamente a sacerdotes, religiosas y agentes laicos de pastoral de muchos otros lugares, incluyendo otros países, que -siempre como complemento a la oración- ungían con aceite (haciendo la señal de la cruz en la

frente y manos del enfermo)

cuando rezaban por sus enfermos;

naturalmente después de explicarles, si era preciso, la diferencia

entre el sacramento y el sacramental, y nunca indiscriminadamente y de manera rutinaria.

El sacramento de Reconciliación y la confesión no sacramental

La Iglesia Católica Romana y las Iglesias Ortodoxas conservan la Penitencia como sacramento. La Iglesia Anglicana permite la confesión no sacramental con un sacerdote, mientras que otras Iglesias creen en el acto personal de arrepentimiento y de reconciliación con Dios, bien en la oración privada o hablando con un hermano o hermana: «Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros» (St 5,16), «Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados» (Un 1,9).

14. Misal Romano Completo:

Autores Cristianos, 1988.

Texto Litúrgico Oficial, vol. I. Madrid, Biblioteca de

74

Los agentes de pastoral católicos encontramos a veces a personas que, en el transcurso de nuestra conversación, empiezan a comunicarnos sus preocupaciones, su dolor interno y lo que ellos consideran pecados. No debemos en tales casos tratar de evitar este sincerarse tan espontáneo, sabiendo lo terapéutico que puede ser, sino intentar ayudarles con las palabras que cualquier Iglesia cristiana tendría para ellos. Es algo que considero un deber cristiano básico que, lo mismo que el tipo de orientación mencionada antes, puede llevar al católico a desear ver a un sacerdote para la confesión sacramental, una experiencia que en bastantes ocasiones he visto como el gozoso resultado de nuestra interacción.

En algunos casos encontramos a personas que han estado alejadas de la Iglesia durante algún tiempo y que tienden a cuestionar la confesión sacramental, diciéndonos que sus amigos no católicos no lo hacen y refiriéndose a palabras de la Biblia como las citadas más arriba y, por ejemplo, al salmo 32,5: «dije: "Me confesaré a Yahvé de mis rebeldías." "Y absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado», o la de los escribas en Me 2,7, cuando Jesús le perdona los pecados al paralítico: «¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?».

Como católicos, no podemos simplemente evitar esta asunto una vez que ha surgido durante la visita. Yo trato de explicarles brevemente que la autoridad que tenía Jesús para perdonar los pecados como Hijo de Dios fue la que les dio a sus apóstoles cuando dijo a Pedro: «lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19); y que también dijo Jesús después de su resurrección: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). 15

15. Véanse detalles muy interesantes sobre el desarrollo del Sacramento de Reconciliación en: Alan Shreck, Catholic and Christian: An Explanation of Conmonly Misunderstood Catholic Beliefs, Ann Arbor, Servant Books, 1984,137-140; Paul A. Feider, The sacraments:

Encountering With the Risen Lord, Notre Dame, Ave Maria Press, 1986, Capítulo 4. Véase también el libro del P. Enric Moliné, Los siete sacramentos, Madrid, Rialp, 1998. Véase en general el Catecismo de la Iglesia Católica (1440-1470).

5. El ministerio

sacramental

en la pastoral

sanitaria

75

Algunos pacientes expresan el deseo de recibir la Comunión, pero tal vez añadiendo que llevan mucho tiempo alejados de la Iglesia. Yo les aconsejo que con mucho gusto les visitaría un sacerdote para la confesión y, para darles ánimo, les hablo del amor incondicional de Dios y suelo contarles cómo el hijo pródigo de la hermosa parábola sobre el arrepentimiento, la confesión y el perdón (Le 15,11-31), cuando decide volver a su casa, ve que su padre ya le sale al encuentro con los brazos abiertos. ¡Qué alegría ver su gozo cuando se han reconciliado con Dios y con la Iglesia a través de los sacramentos de la Reconciliación y la Comunión! A menudo están de acuerdo conmigo cuando les pregunto: '¿A que ha valido la pena esta estancia en el hospital?'.

Capítulo 6

NUESTRO ENCUENTRO CON LOS PROBLEMAS:

FÍSICOS Y ESPIRITUALES

Él estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te desanimes (Deut 31,8)

'Nunca he rezado'

Pronto aprendemos en nuestro ministerio a mirar el hospital como un gran caldero repleto de vidas, vidas que reflejan muchos hogares felices, infelices y hasta rotos, e infestado de problemas espirituales que requieren mucha sanacion interior. A veces la persona por quien estamos a punto de orar nos confiesa candidamente: 'Nunca he rezado antes'. Se nos parte el corazón. A mí me recuerda a Clara, una alumna de una universidad de Hungría a mediados de los años 80; paseando con ella por su campus (donde me fijé en su iglesia universitaria abandonada), me dijo exactamente esas palabras y me preguntó: «¿Cómo se reza?». En situaciones así puede ayudarnos el decir, por ejemplo:

¿Sabesuna cosa?

Jesús

te ama muchísimo, está ansioso de que tú le busques,

.. y por eso te da una oportunidad como esta. Y te dará más si tú lo deseas en tu

corazón, porque ahora mismo él te está diciendo: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él» (Ap 3,20). Tú no tienes más que hacer eso, abrirle tu corazón, si le hablas tan sencillamente

78

6. Nuestro encuentro

con los problemas: físicos

y

espirituales

79

 

como

me estás hablando

a

mí,

ahora

mismo

en

tu

cuarto. No

busques

muchos inocentes. El consumo excesivo de drogas, alcohol y tabaco abusa

palabras bonitas, simplemente

dile

lo

que

sientas, como

se

lo

dirías

a

de nuestros cuerpos y los destruye.

tu mejor amiga, dile que sientes no haber hecho el esfuerzo de intentar comunicarte con él antes. Prueba y verás cómo sentirás su presencia en tu corazón, respondiéndote.

También les recuerdo a los pacientes que Jesús nos dio la mejor oración, y les invito a decir conmigo el Padre Nuestro, despacio y escuchándonos cada palabra. Luego parafraseo o explico brevemente cada una de sus partes, sugiriendo que a partir de entonces, además de rezar esas palabras, empiecen ellos a dirigirse a él como lo harían a su mejor amigo, porque descubrirán que le están hablando a alguien que escucha y quiere dialogar en nuestro corazón.

¿Por qué hay tanto sufrimiento sin sentido en el mundo?

La persona que no ha llegado a conocer a Dios personalmente ni ha comprendido, por medio de un encuentro personal con Jesús, el sacrificio de su Hijo en la cruz, corre el riesgo de crearse una serie de preguntas torturantes acerca del sufrimiento y hasta un duro cinismo, alimentado diariamente por las imágenes de sufrimiento en la pantalla de televisión, en la prensa y a nuestro alrededor. Esto aflorará a la superficie tan pronto como tratemos de hablar con Dios con esa persona, pues o le culpan a él de su sufrimiento o niegan tácitamente su existencia. '¡No hay nada que tenga sentido!' nos dicen a menudo. Nosotros no podemos ni debemos ignorar ese grito que sale de su corazón.

En primer lugar, gran parte del sufrimiento que vemos a nuestro alrededor sí que tiene sentido, pues es causado por los muchos pecados del mundo. El hombre maltrata la creación de Dios destruyendo sus recursos naturales (como al quemar tantas selvas tan necesarias), contaminando el mar (como con el mercurio industrial que había en el pescado que luego comía la gente de la isla japonesa de Minimata y estuvo causando terribles defectos congénitos y enfermedades) y el aire (destruyendo la capa de ozono con el uso de productos químicos). El odio entre grupos étnicos y religiosos genera guerras devastadoras que causan la muerte de los que odian y de

Todo esto y mucho más produce reacciones de sufrimiento en cadena que se propagan de las víctimas individuales a las familias, a grupos y a naciones enteras a través de generaciones, arrastrando consigo a incontables víctimas. Podemos decir con Juan Pablo II:

La segunda mitad de nuestro siglo -como en proporción con los errores y transgresiones de nuestra civilización contemporánea- lleva en sí una amenaza tan horrible de guerra nuclear, que no podemos pensar en este período sino en términos de un incomparable acumularse de sufrimientos. 1

A la vez, el sufrimiento es acogido en el amor de Dios por la humanidad. Aunque es «secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús» (CCE 1521), gracias a su propio sufrimiento y muerte en la cruz por todos y cada uno de nosotros. Santa Faustina Kowalska, mientras oraba por los niños que sufrían en su nativa Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, vio al Señor Jesús «con los ojos llenos de lágrimas y me dijo: "Ves, hija mía, cuánta compasión les tengo; debes saber que son ellos los que sostienen el mundo"». 2

Cada una de las personas que visitamos se encuentra en una etapa diferente en su camino hacia Dios y en su conocimiento de él. Incluso Job, que personifica la búsqueda de la respuesta a las preguntas '¿Por qué hay sufrimiento?' y '¿Por qué tengo que sufrir yo?', no había alcanzado madurez espiritual hasta que, habiendo sufrido mucho, pudo al final confesar: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento» (Jb 42,5-6). Siempre podremos rezar para que así les ocurra a los que tal vez nosotros nunca podamos llegarles por su descorazonamiento y actitud amargada hacia Dios, a quien culpan de su sufrimiento.

Preguntar siempre es legítimo. Como nos dice Juan Pablo II: «Dios espera la pregunta y la escucha», 3 como vemos en el libro de Job. Job se veía a sí

1. Encíclica Sabifici doloris, 8, Madrid, San Pablo, 1984.

  • 2. Diario, 286.

  • 3. Salvifici Doloris, 10.

80

mismo inocente y sin embargo sufriendo. ¿Por qué? ¿Por su pecado? No, no siempre sufrimos por nuestro pecado, como pensaban sus amigos. El libro de Job es como un prólogo a la respuesta cristiana al sufrimiento, que refleja el sufrimiento de Cristo. Pero incluso en el Antiguo Testamento vemos que Dios castiga a su pueblo con un sufrimiento que es realmente una 'corrección misericordiosa':

Ruego a los lectores de este libro que no se desconcierten por estas desgracias; piensen antes bien que estos castigos buscan no la destrucción, sino la educación de nuestra raza; pues el no tolerar por mucho tiempo a los impíos, de modo que pronto caigan en castigos, es señal de gran benevolencia (2M 6,12-13).

Dios, al ser justo, puede traernos amorosamente a una crisis en nuestra vida y hacernos saber su gran amor, lo mismo que nos protege de las tentaciones y de las situaciones difíciles. A veces creemos que estamos buscando a Dios, cuando es él realmente quien nos busca. Por eso debemos esforzarnos en mostrar a los demás que él obra verdaderamente a través del sufrimiento que permite en nuestras vidas. Esperamos que, como dice Ralph Martin:

Todo sufrimiento puede obrar para producir una clara comprensión de lo que es importante. Puede ayudarnos a tener claras nuestras prioridades. Puede producir confianza en Dios antes que en nosotros mismos, haciéndonos humildes, mostrándonos nuestras limitaciones y debilidades, convenciéndonos de cuánto necesitamos poder de lo alto y ayuda de Dios. ¿Nos es difícil aceptar que tal vez sea nuestro sufrimiento físico o emocional

4

parte del plan de Dios? Si un médico prescribe una teiapia dolorosa, nos

fiamos de él y vamos a ella de buena gana. Pero si Dios,

en su infinita

sabiduría, y como parte de su plan para nosotros, nos proporciona una

terapia espiritual por medio de pruebas y de sufrimiento, no podemos soportarlo, porque:

Duele estirar músculos atrofiados, y duele ensanchar los corazones contraídos y de piedra para que puedan dar y recibir más amor. Llegar aser santo es a menudo

4. Ralph Martin, Calleé toHoliness (Llamados a la santidad), pág. 128, Ann Arbor, Servant Books, 1988.

6. Nuestro encuentro

con los problemas: físicos

y

espirituales

81

un proceso dolorosísimo de rehabilitación

[

...]

Él sabe

lo

que

necesita ser

purificado en nosotros y cuánta presión necesita ejercer. 5

Una vez que descubrimos lo que está pasando realmente, podemos decir, aunque aún estemos experimentando una prueba: «nos gloriamos hasta en las tribulaciones» (Rm 5,3), porque entonces podemos reconocer los propósitos de Dios: «Mira que te he apurado, y no había en ti plata, te he probado en el crisol de la desgracia» (Is 48,10).

De una cosa podemos estar bien seguros: si nuestro médico conoce nuestro cuerpo mejor que nosotros, Dios conoce todo nuestro ser, cuerpo-mente- espíritu, infinitamente mejor. Debemos tratar de tranquilizar a nuestros hermanos y hermanas orando con ellos, pidiendo esa gracia ganada ya por Jesús en la cruz por la cual podemos vencer, si no el dolor físico y psicológico, sí el sentimiento de su inutilidad, sobre todo, la compasión de sí mismo. Qué difícil es atender a quienes se han abandonado a ella, envueltos por un espeso velo que la luz de Dios apenas puede penetrar.

A veces vemos sufrir a personas que ven la mano correctiva pero amante de Dios, pero muchas otras son incapaces de comprender que pueda derivarse fruto alguno de su sufrimiento. Y sin embargo, puede que aún tengan fe suficiente -y debemos ayudarles en esto- para creer a Dios cuando nos dice: «Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros

caminos son mis caminos» (Is 55,8). Puede que en otras ocasiones nos falten las palabras, que casi nos dé miedo oír la amonestación de Dios: «¿Quién es este que empaña mi providencia con insensatos discursos?» (Ib 38,2).

Es sobre todo el pecado del mundo, no siempre nuestro pecado personal,

lo que Dios castiga. Es

más, cuando me uno al pecado del mundo con

mi propio pecado, puedo incluso conducir a otros al pecado en una interminable reacción en cadena, un veneno, transmitido de uno a otro, cuyo origen es en definitiva el pecado original. Pero Dios Padre, creador del universo, nos dio a su Hijo Jesús, que, con

5. Ralph Martin, When Triáis Weigh You (Cuando te pesan las pruebas): New Covenant, agosto 1994, págs. 12-13.

82

la fuerza del Espíritu Santo, se dio a sí mismo en la cruz para ofrecernos la oportunidad de liberarnos. Cuando sufrimos debemos recordar su sufrimiento y su muerte como parte del plan de Dios, un plan que conocía y aceptó. A Pedro le mandó controlarse durante su arresto, porque «¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así?» (Mt 26,54). Sin embargo, acababa de derramar lágrimas de sangre por ese plan de su Padre, gritándole: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39).

¡Qué bien conocía las Escrituras! pasión en las palabras de Isaías!:

¡Cómo debió de pensar durante su

Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados (53,5).

El soportó el castigo que nos trae la paz, y en sus llagas hemos sido curados

[

...]

Yahvé cargó sobre él la iniquidad

llevado al matadero (53,5-7).

de todos nosotros [

...]

como cordero

La pasión de Jesús nos da la oportunidad de hacer buen uso de nuestro sufrimiento, sobreponiéndonos a nuestra sensación de inutilidad. Nos permite ofrecérselo a él e interceder por otros, sabiendo que, como explica Juan Pablo II, si hacemos eso nuestro sufrimiento se hace «creativo» porque lo convertiremos en algo bueno, confirmando así que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28). Ese sufrimiento, como dice él, puede ser el principio de nuestra gloria en el cielo cuando participamos en el sufrimiento de Jesús, pues, como dice san Pablo: 6

Somos hijos

de Dios,

y

si hijos,

también herederos; herederos de Dios,

coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con él para ser con

él glorificados

[

..]

[pues] los padecimientos

del tiempo

presente

no

son

nada en comparación cor la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rm 8,16-18).

En estas palabras vemos la relación entre sufrimiento y santidad: gloria implica 'santidad.' Cuando conozco la actitud de una persona hacia Dios y oro con ella cogiéndole la maro, siento una profunda reverencia porque sé

6. Salvifici Doloris, 24.

6. Nuestro encuentro

con los problemas: físicos

y

espirituales

83

que es como si nosotros tres, Jesús, el enfermo y yo, estuviéramos cogidos de la mano mientras él nos dice: «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). En un momento así me siento tan pequeño e insignificante, porque sé que Dios está diciendo a esa persona: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2Co 12,9).

Cuando a Donna Thibodeau le estaban inyectando un calmante y yo tenía su mano en la mía para ayudarla a sentir la presencia de Jesús más tangiblemente mientras yo oraba, porque el dolor la traspasaba a pequeños intervalos, me apretaba la mano cada vez que le venía. Y me dijo: «¡Gracias! ¡Es tan bueno él! ¡Siempre viene cuando le necesito!».

Cada vez me ocurre más que, cuando estoy con un hermano o hermana en fase terminal, me maravilla pensar que tengo ante mí a una persona que está ya tan cerca de verse frente a Dios, de encontrar a nuestro amoroso Jesús al final del plan del Padre para él o ella, y cerca de pasar a la eternidad que el Hijo ganó para nosotros en la cruz y a la que todos nos aproximamos un poco más cada día. Como Harry, un amigo protestante muy querido, que nos dijo mirando hacia la puerta de su habitación con un rostro radiante:

«¡Estoy impaciente por encontrarme con mi Creador! ¡Es que no veo el momento de traspasar esa puerta!».

Sin embargo, como nos dice el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, evitamos el lema de la eternidad y ni siquiera oímos sermones sobre ello, porque el secularismo, que él define como algo

que «olvida [

...]

el destino eterno de la raza humana [

...]

 

concentrándose

únicamante en [

...]

el tiempo presente y en este mundo

[

...]

[es] la herejía

más extendida e insidiosa de la edad moderna». 7 De hecho, nos aleja nuestra mente del plan eterno de Dios y nos impide enfrentarnos con el sufrimiento de un modo cristiano. Ralph Martin escribe:

Lealtad a Dios significa

necesariamente el purgar del mal nuestra propia

vida

[

...]

A mí me ha ayudado mucho [

...]

el eliminar mucha música popular,

7. Raniero Cantalamessa, OFM, In Love With Etemity (Enamorados de la eternidad):/Vew Covenant, NOY 1992, pág 10; de su libro Jesús Christ: The Holy One of God, Collegeville, MN, Liturgical Press, 1992 (Jesucristo, el santo de Dios, Madrid, Ediciones Paulinas, 1991).

84

televisión, revistas y películas mundanas que no ayudan a conseguir nuestro objetivo de seguir a Cristo con una lealtad exclusiva. El estar expuesto a muchas de las actuales diversiones populares debilita inevitablemente nuestro deseo de seguir a Cristo, apaga nuestra sed de oración y nos va adormeciendo hasta aceptar la inmoralidad como normal y "no tan mala." 8

¡Quién va a pensar en la vida eterna cuando la vida aquí y ahora es tan buena! No es tan fácil contemplar la idea de la eternidad sin miedo de perder todo, a menos que pidamos a Dios que nos haga discernir su plan para nosotros. Pero para esto necesitamos la compañía de hermanos cristianos y estar familiarizados con su Palabra y con la literatura espiritual hasta que, aun cuando suframos, poseamos la certeza que Dios nos da de que «la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna» (2Co 4,18).

Desesperanza de sí mismo

El sentimiento de futilidad de la persona que, al carecer de formación espiritual, es incapaz de comprender la existencia del sufrimiento, produce un sentimiento aún peor de desesperanza personal. Esa persona, al ver su pecado, sin saber que Dios está constantemente ofreciendo su perdón a quienes se arrepienten sea cual sea su pasado, cae inevitablemente en un temible estado de desesperanza espiritual que puede enmascararse con cinismo, una peligrosa coraza que debemos intentar traspasar por el bien de la salud espiritual y física de esa persona.

Para ello tenemos que saber lo que dice la Biblia sobre el perdón incondicional de Dios si nos arrepentimos y transmitir el amor de Dios, como hizo él a través de Ezequiel:

En cuanto al malvado, si se aparta de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, vivirá sin duda.

Ninguno de sus crímenes que cometió se le recordará más [

...]

¿Acaso me

complazco yo en la muerte

del malvado [ ...]

y no más bien en que se convierta

de su conducta y viva? (Ez 18,21-23).

8. Ralph Martin, Calleé to Holiness,

pág. 74.

6. Nuestro encuentro

con los problemas:

físicos

y

espirituales

85

Jesús expresa ese gozo de Dios cuando nos habla de la oveja perdida en Le 15,7 y dice qué «habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

'Yo digo que tiene que haber Algo'

Hace sólo unos días, en la sección de cuidados paliativos de un hospital español, donde visitaba a José, un hermano de gran fe y gran amor a Dios, Pedro, su compañero de cuarto, de 80 años, me dijo: «No, eso de ir a la iglesia, ni hablar. Yo, sólo cuando voy a un funeral o algo así. ¡Ahora, yo -añadió señalando hacia arriba- creo que debe de haber Algo, yo creo que debe de haber un Algo ahí!».

¡Cuántas veces oímos esta penosa confesión de una necesidad de Dios oculta bajo la carga de la ignorancia y de no haber sido debidamente evangelizados, pero sí 'sacramentalizados'! Me decía que sí, como cosa lógica, cuando le pregunté si había recibido el Bautismo, la Confirmación, la primera Comunión y el Matrimonio en la Iglesia. ¡Qué impotentes podemos sentirnos ante ese muro en apariencia infranqueable! Yo le dije que ese gran ánimo que él mismo decía que tenía después de calcularle los médicos unos cinco años de vida, le venía precisamente de nuestro Dios, que Jesucristo había muerto en la cruz por él y por cada uno de nosotros, y le pregunté si no creía que, al menos por agradecimiento, debía acercarse a él y a su Iglesia. Así se lo pedí al Señor durante un retiro ese fin de semana.

Siempre que oigo hablar de ese 'Algo que debe de haber' mi mente corre a aquel areópago de Atenas donde Pablo (Hch 17,23) se enfrentó con aquellas gentes que hasta tenían un altar dedicado «Al Dios desconocido» que llegaban a reconocer, y mi corazón quiere gritar: «Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17,23). Es el mismo grito que oímos en nuestro corazón al ver a tantos en 'bautizos' (más que en bautismos), primeras comuniones, bodas, tanatorios, funerales y misas de aniversario.

Pedro al menos aceptó gustoso que yo le incluyera en mi oración con

K6

José y terminamos rezando juntos el Padre Nuestro (que confesó no haber dicho hacía muchos años) y pidiendo con el Ave María la intercesión de

nuestra Madre del cielo. El próximo día estaba dormido con su máscara de oxígeno, pero le dejé una estampa de Jesús llamando a una puerta, una tarjeta sin texto alguno que desde la calle descubrí una vez en una tienda nada recomendable de Zagreb como ilustración de las palabras del Apocalipsis 3,20, y que le escribí dedicadas «A mi hermano Pedro»: «Mira

que estoy a la puerta y llamo [

...

]».

Pérdida de fe

Si san Pablo confirma nuestra naturaleza tripartita cuando expresa sus buenos deseos para los Tesalonicenses: «todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo», deducimos que si una de esas partes sufre, sufren también las otras dos. Así, cuando el cuerpo sufre, tanto la mente como el espíritu pueden debilitarse, sobre todo cuando no han sido fortalecidos por la fe y la confianza en Dios. No todo el mundo puede soportar el sufrimiento y mantenerse 'espiritual.' Incluso Job se dejó llevar por la desesperación cuando Dios permitió a Satanás que le probara hasta el límite. A veces encontramos nosotros a personas que, al no tener una fuerte base espiritual, han perdido la fe, o la poca que tenían, y no pueden ni pensar en Dios.

Craig era un muchacho con quien hablé durante una hora, después de decirme que había perdido su fe por los muchos problemas serios de salud que había tenido desde los dieciséis años. Yo sencillamente le hablé sobre lo que dice la Biblia con respecto al sufrimiento, y él empezó a animarse un poco. Luego le impuse las manos en una herida gangrenosa que tenía en la pierna y que le hak'a estado doliendo hacía bastante tiempo. Días más tarde me dijo que el dolor se le había ido después de habernos visto y que los médicos estaban muy satisfechos de su rápido restablecimiento. Sabemos que a menudo la sanación espiritual produce también la física, y tal vez le ocurriera eso a Craig. Le presté unos libros, que leyó con muchas ganas y hasta se los dejó a su madre. Durante mis visitas iba contándome la nada edificante historia de su vida, cosas por las que íbamos pidiendo.

6. Nuestro encuentro

con los problemas:

físicos

y

espirituales

87

Le dejé un libro sobre los sacramentos y pronto se confesó por primera vez (aunque había recibido la primera Comunión). Me dijo que le había hecho sentirse «estupendamente» y empezó a pensar en la Confirmación, así que se lo dije a un sacerdote de nuestra parroquia. Empezó a venir a misa con nosotros los domingos, aprendió las principales oraciones y nunca dejaba de dar gracias a Dios por su restablecimiento y su nueva fe. Hasta le encontré un día rezando el Rosario, después de darle Alex, un compañero de pastoral, un rosario y el delicioso librito de san Luís de Monfort sobre el Rosario. Esperemos, Señor, que su fe no haya vuelto a debilitarse y que no haya vuelto a la oscuridad de antes.

Alejamiento de la Iglesia

El alejamiento de la Iglesia se deriva frecuentemente de una situación o estilo de vida de pecado, junto con la pérdida de la fe. Con el paso del tiempo encuentro cada vez más personas que me cuentan que hace mucho tiempo que no van a la iglesia. Generalmente, y sin que yo les pregunte nada, hacen esta confesión con un sentimiento de culpa. Yo trato de explicarles lo mucho mejor que se sentirían si trataran de volver a la Iglesia y cómo se beneficiarían de los sacramentos. A menudo dicen que creen en Dios y rezan, aunque no asistan a la iglesia. En ocasiones así podemos recordarles Hebreos 10,25, que nos exhorta a vivir «sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacerlo», y aplicarnos las palabras de san Pablo, es decir, como «embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos:

¡reconciliaos con Dios!» (2Co 5,20).

Sandy, una niña muy mona de trece años, me dijo candidamente: «Yo no voy a la iglesia. Lo encuentro aburrido, el cura no hace más que decir chistes para hacernos reír». Me causaban dolor sus palabras y una vez más pensé en la necesidad de evangelizar a los que únicamante han sido 'sacramentalizados,' y en «la necesidad urgente que tenemos de una

evangelización que [

...]

sea también sencilla y esencial, lo que se logra

haciendo de Jesucristo el punto inicial y focal de todo». Acababa de leer esas palabras en uno de los libros del padre Cantalamessa, donde también dice que hoy corremos el riesgo de pasar «la mayor parte del tiempo

88

cuidando a la oveja que ha permanecido en el rebaño, en vez de ir en busca de las noventa y nueve descarriadas». 9

Y hoy pienso en la triste declaración hecha ante el Sínodo Europeo de 1999 por uno de los cardenales: «La prioridad en Europa hoy no es bautizar a los convertidos, sino convertir a los bautizados», desgraciadamente aplicable también al continente norteamericano. 10

Traté de explicarle a Sandy que también yo había encontrado a algunos 'curas aburridos,' pero que aunque un sacerdote no lo haga mejor, Dios está en esa iglesia suya y que Jesús nos muestra el inmenso amor que nos tiene y nos habla en nuestro corazón.

Otras veces puede ocurrir que la persona alejada se encuentre en la última fase de una enfermedad terminal. Como Vincent, de setenta y dos años, a quien visité aunque inicialmente me había dicho: «Gracias, pero no necesito nada», después de decirme que hacía mucho que no iba a la iglesia. Pero, pareciéndome que eso no le hacía precisamente feliz, le dije que siempre podía ver a un sacerdote y le pregunté si le importaba que rezara por él. Aceptó lo segundo, de modo que puse las manos sobre las suyas y recé, dando gracias a Dios por ser fiel a su promesa de estar presente allí donde dos o más estén reunidos en su nombre, reconociendo su amor por «mi hermano Vincent» y pidiéndole que llenara su corazón, su mente y su cuerpo de su paz, que ya es sanación. Vincent me apretó la mano y me dio las gracias. Dos semanas más tarde oré por el de nuevo, y también se mostró agradecido. Al día siguiente encontré su cama vacía.

Resentidos contra Dios por su enfermedad

«Me ha dado una patada en el trasero», me dijo Lloyd, un hombre impedido de las piernas. Con una risa amarga me había dicho lo mismo dos años antes.

9. Raniero Cantalamessa, O.F.M., Ungidos por el espíritu, pág. 79, Valencia, Edicep, 1993 (basadoen un retiro para 1500 sacerdotes y 70 obispos de Hispanoamérica en 1992).

10. Palabras del Arzobispo de Genova, Cardenal Tatamanzzi (en Zenit, 9 de octubre de 1999).

6. Nuestro encuentro

con los problemas: físicos

y

espirituales

89

En aquella ocasión había pensado yo en la desesperación comprensible de Job, cuando «maldijo el día de su nacimiento» (Jb 3,1). Yo había tratado

de asegurarle acerca del amor y compasión de Dios. Mi

mujer y yo le

habíamos incluido durante algún tiempo en nuestra oración de intercesión. Esta segunda vez se alegró de verme y se acordaba de cosas de Dios y de mí que yo le había dicho. Convencido de la injusticia de su condición, la amargura le había mantenido alejado de la Iglesia durante unos años. Ahora, sin embargo, mientras me hablaba de un restaurante español de Tampa, cambió de pronto el tema y dijo que le gustaría hablar a un sacerdote porque estaba pensando en volver a la Iglesia.

«La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios» (CCE 1501). Frecuentemente, el perder una fe débil es consecuencia directa de culpar a Dios por la enfermedad y el sufrimiento que tenemos. Personalmente, me es muy difícil hablar a la persona amargada. Sí, puedo decir lo que quiera decir, pero a veces me oigo mis propias palabras «como bronce que suena o címbalo que retiñe» (ICo 13,1).

Aunque recuerde que la cruz de Cristo es la respuesta al misterio del sufrimiento y que hay beneficios en compartirla con él por medio de nuestro propio sufrimiento, a menudo mis propias limitaciones me impiden saber cómo hablar a una persona que está con dolor, deprimida o enfadada, las palabras de san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Decir a destiempo que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28), suena más bien a acusación, como si dijera 'Esta promesa no es para ti.'

Muchas otras veces, sin embargo, veo cómo esas mismas palabras tocan el corazón de la persona como un bálsamo de esperanza. Este pensamiento me da a veces la fuerza para compartir lo que hay en mi corazón en lugar de simplemente escuchar las quejas de la persona, y recuerdo que fue precisamente por su propio sufrimiento como Job pudo descubrir la majestad de Dios y terminar confesando: «Yo te conocía sólo de oídas, más ahora te han visto mis ojos» (Jb 42,5-6).

Cuando hemos podido establecer cierta intimidad, puede ser sorprenden-

w

temente positivo el asegurar a alguien que el sentirse así es 'humano,' aunque en ese momento nuestra interacción se limite más bien a un monólogo.

Falta de perdón

La falta de perdón, si no nos enfrentamos con ella, es una herida espiritual que sigue enconándose por mucho que pensemos que hemos olvidado o ignorado la causa. El psicólogo franciscano Benedict Groeschel nos cuenta haber visto a personas debilitadas por heridas así de cincuenta años."

Sus dañinos efectos son reconocidos incluso en contextos seculares, como leímos en 1984 en el editorial de Time sobre el perdón de Juan Pablo II al que podía haberle asesinado:

Los que no perdonan son los menos capaces de cambiar las circunstancias de

su vida [ ...]

No perdonar es estar aprisionado por el pasado, por viejos agravios

que no permiten que la vida continúe con las cosas nuevas. No perdonar es entregarse al control de otro. Si uno no perdona, entonces está controlado por las iniciativas de otro y está encerrado en una secuencia de acción y respuesta, de ultraje y venganza, diente por diente, siempre en aumento. El presente está interminablemente agobiado y devorado por el pasado. El perdón libera al que perdona. Arranca al que perdona de la pesadilla de otro. 12

Como cristianos sabemos que el mismo Dios nos quita la carga de los hombros cuando lo hemos pedido en oración y que nos concederá la gracia de perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22). Perdonar es lo más difícil que se nos pide, pero, para poder perdonar a nuestros peores enemigos, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

La holandesa Corrie ten Boom, de la Iglesia Reformada, superviviente del campo de concentración de Ravensbruck, se encontró más tarde en

11. Benedict J. Groeschel, CFR, Forgiveness: Digging Up the Root ofBitterness (El perdón:

extrayendo la raíz del rencor). New Covenant, septiembre 1991, págs. 7-10.

12. Lance Morrow, enero, 1984, pág. 28.

/ Spoke

...

As

a Brother (Hablé

...

como

un hermano): Time, 9 de

6. Nuestro encuentro

con los problemas: físicos

y

espirituales

91

una iglesia, al terminar de dar una charla, con «uno de los guardianes más crueles» (ante el cual recordó cómo ella y su hermana, muerta allí, habían pasado desnudas), que, al no reconocerla, le extendió la mano y le pidió que le perdonara, porque ella había mencionado aquel campo.

Parecía que se me había helado la sangre [

...]

...]

Pero el perdón no es una emoción.

El perdón es un acto de la voluntad [

'¡Jesús, ayúdame! [y ella le dio

la mano] [

...]

Y entonces

el

calor del perdón

pareció inundar todo mi

ser,

trayéndome lágrimas a los ojos. '¡Te perdono, hermano!' exclamé con emoción.

'Con todo mi corazón' [

...]

no

era

mi

amor

[

..]

Era el poder del Espíritu

Santo, como consta en Rm 5,5.

 

Las palabras del Time se ajustan perfectamente Corrie:

a

lo

que

nos

cuenta

Los que pudieron perdonar a sus enemigos pudieron también volver al mundo exterior y reconstruir sus vidas, por muchas que fueran las cicatrices físicas. Los que alimentaron su amargura quedaron inválidos. 13

El pastor evangélico rumano Richard Wurmbrand fue torturado durante catorce años en las cárceles de su país:

Los comunistas que nos habían torturado terminaron también en la prisión

[ ...]

los torturados y los torturadores en la misma celda. Y mientras que los no

cristianos mostraban su odio hacia quienes habían sido sus inquisidores,

los cristianos les defendieron [

...]

dándoles su última rebanada de pan

(en aquel tiempo teníamos una rebanada a la semana) y la medicina que

podía salvarle la vida a un torturador comunista enfermo, que ahora era compañero de prisión. 14

Muchos de nosotros aún no hemos llegado a comprender la seriedad del mandamiento de Dios sobre el perdón y las consecuencias de no obedecerlo:

«si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,15). De hecho, en varias ocasiones (ej., en la parábola del siervo despiadado, Mt 18,21-35) repitió lo que las Escrituras habían declarado ya:

  • 13. Corrie ten Boom, Tramp for

Nueva York, Pillar Books, 1976.

the Lord (Vagabunda para el Señor), págs. 53-55,

  • 14. Richard Wurmbrand,

Tortured for

York, Bantam Books, 1977.

Christ (Torturado por Cristo), pág. 43, Nueva

92

Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados. Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Señor espera curación?

[ ...]

Acuérdate de las postrimerías, y deja ya de odiar (Si 28,2-3, 6).

Hay una forma de falta de perdón que me he encontrado más frecuentemente de lo que podía imaginar. Una mujer católica había cambiado de parroquia tras haberse sentido profundamente herida por su párroco. Le dije que había estado viviendo con esa falta de perdón mucho tiempo y que, aunque ella dijera que le había perdonado, se había mantenido desde entonces alejada de su parroquia. Traté de reflexionar con ella sobre dos cosas: primero, que un sacerdote es un ser humano, vulnerable a los fallos y necesitado de ser perdonado por Dios diariamente; y segundo, que debemos ver a Jesús en ese ministro suyo. Como escribió san Francisco de Asís en sus Admoniciones:

Y ¡ay de aquellos que los desprecien!; pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí solo el juicio sobre ellos. Pues cuanto más grande es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y que ellos solos administran a otros, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo que lo hacen contra todos los otros hombres de este mundo. 15

Hay también un aspecto médico y patológico en la falta de perdón documentado a través de la Biblia: «se apoderó de Saúl un espíritu malo de Dios» (1S 18,10) cuando estaba celoso de David; el salmista nos advierte:

«Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te acalores, que es peor» (Sal 37,8), mientras que en Proverbios se nos dice que «la ansiedad en el corazón deprime al hombre» (Pr 12,25), que «la envidia es la caries de los huesos» (Pr 14,30) y que «el espíritu abatido seca los huesos» (Pr 17,22). Ben Sirá aconseja: «echa lejos de ti la tristeza; que la tristeza perdió a muchos, y no hay en ella utilidad. Envidia y malhumor los días acortan, las preocupaciones traen la vejez antes de tiempo» (Si 30,23-24).

Recuerdo un caso descrito por el psiquiatra William Wilson, de la Christian Medical Foundation, de una mujer que, después de sufrir de una terrible

15. «Admoniciones», XXVI.

6. Nuestro encuentro con los problemas: físicos

y

espirituales

93

migraña incurable durante ocho años, e incapaz de perdonar la infidelidad de su marido, fue totalmente sanada cuando, tras mucha oración con el Dr. Wilson, pudo finalmente perdonarle. 16

Uno de los casos más penosos de falta de perdón que he encontrado fue el de una mujer joven que visité en Cuidados Intensivos, que en cuanto

abrió los ojos, me dijo: «Echo de menos a mi hermana [

...]

fue violada

y asesinada [ ...]

estrangulada». Yo le aseguré que el

Señor quería sanar

esos recuerdos y que tenía que perdonar al asesino de su hermana porque Jesús nos pide que perdonemos a nuestros enemigos. Oré por ella y le di la Comunión. Al día siguiente se alegró de verme y de nuevo hablamos y comulgó. Otro caso fue el de una mujer en Psiquiatría que no podía

perdonar a su madre desde que tenía quince años porque se burlaba de ella cuando «me negaba a tener relaciones sexuales con un chico

porque yo pensaba que eso estaba mal». Después de hablarle y de orar

por ella, pudo ya decir: «Sí

...

tengo

es mi madre

...

Gracias».

que perdonarla, después de todo,

Algunas veces encontramos a pacientes que no pueden perdonarse a sí mismos. Debemos ayudarles a reflexionar sobre la injusticia que se están haciendo, puesto que Dios está dispuesto a perdonarles, y debemos tratar de llevarlos, si son católicos, al sacramento de Reconciliación. El sentimiento profundo de culpa por nuestros pecados del pasado y el no haber buscado el perdón de Dios puede conducirnos al tipo de depresión que una vez vi en una mujer de unos cuarenta años: «No puedo perdonarme por todos los pecados de mi vida pasada». Le leí una breve oración llena de esperanza:

«De los pecados de mi juventud no te acuerdes, pero según tu amor acuérdate de mí» (Sal 25,7), y recé más o menos así:

Padre, mi hermana y yo nos ponemos ante ti para pedirte que limpies su mente y su corazón para que, a través de Cristo, podamos acercarnos a ti como a nuestro Padre amante. Muéstrale, Señor, que necesita pedir tu perdón sólo una vez, porque tú la has conocido desde que nació, y que tu Hijo Jesús la está llamando a su brazos y que tu Espíritu Santo la llenará de tu paz.

16. W. Wilson

es director del programa de Psiquiatría Cristiana, Duke University,

EEUU,

y autor, entre otras obras, de The Grace to Grow (La gracia de crecer) "Waco,

Word Books, 1984.

94

Finalmente, no debemos ignorar cierto aspecto temible de la falta de perdón. Así como podemos interceder por otros con nuestra oración y ayuno, y ser canales de las bendiciones de Dios para cuerpo, mente y espíritu, también podemos afectar a los tres negativamente al abrigar y alimentar sentimientos negativos como el resentimiento y la ira, que son realmente maldiciones. Cuando nos hieren, la herida genera fácilmente ira, se implanta en nosotros el resentimiento profundo y, en vez de responder a lo que Dios nos manda -«Bendecid a los que os persiguen; bendecid,

y no maldigáis [ ...]

No devolváis a nadie mal por bien» (Rm 12,14, 17),

«No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto» (1 Pe 3,9)-, hacemos lo contrario, convirtiendo a esa persona en nuestro enemigo. En el libro del padre George Kossicki sobre intercesión leemos:

Tenemos gran poder para maldecir y bendecir, pero la mayoría de nosotros no somos conscientes de este poder. Por medio de nuestro resentimiento, nuestra

ira, nuestras críticas o sentimientos negativos hacia otra persona [

...]

podemos,

en

efecto, maldecirla y mantenerla atada -y también a nosotros mismos- [ ...]

El poder de atar y desatar (véase Mt 16,19 y 18,18) acompaña a las llaves

que le son confiadas a la Iglesia. No sólo podemos liberar, sino que podemos, sin querer, encerrar y atar y no darnos cuenta de que somos responsables. Por medio de nuestro perdón, y cuando desatamos y bendecimos, podemos llevar la libertad a la gente a distancia. 17

17. George W. Kossicki, C.S.B., intercession: Moving Mountains by Living Eucharistically (Intercesión: Moviendo montaias viviendo eucarísticamente), pág 15, Milford, Faith Publishing Company, 1996.

Capítulo 7 CON JESÚS POR EL HOSPITAL

El día de su visita

resplandecerán,

y como chispas en rastrojo correrán

(Sb 3,7)

Tristeza, ansiedad y desaliento

«Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte» (CCE 1500), y esto invariablemente causa ansiedad hasta que recobramos la paz por medio de la fe y la oración. Es este un problema acerca del cual podemos inquirir abiertamente y que a veces puede mostrarse claramente apenas conocemos a un paciente: en su voz, en su respiración irregular, en su falta de interés por leer, incluso en la manera distraída con que mira la televisión. Si nos menciona la operación ya próxima, las pruebas que tiene que hacerse, el esperado diagnóstico o la causa desconocida de su dolor o malestar, hay razón para que oremos por esa situación. Pero a menudo es bueno preguntar concretamente: '¿Tiene(s) ansiedad?' o '¿Y cómo se encuentra de ánimo?' Invariablemente admiten que sí sienten ansiedad, como si, consciente o inconscientemente, buscaran su alivio. Sólo unos pocos dicen ' ¡Me encuentro bien!'. Lo que a menudo sentimos es su tristeza, que mueve en nuestro corazón el amor de Dios. Puede ser provocada por la soledad y alienación o por un sentimiento de pérdida.

Nosotros tenemos que intentar traer un poco de alegría a su mente., Como nos dice san Francisco de Sales (1567-1622):

96

La tristeza (la cual al principio es justa) engendra la inquietud, y la inquietud engendra después un crecimiento de tristeza que es en extremo peligrosa. 1

Cuando es este el caso, no estamos presenciando ni la tristeza de la compasión ni la del arrepentimiento, según san Francisco las únicas dos clases buenas. En 2 Corintios 7,10, san Pablo habla de «la tristeza según Dios», pero lo que llama «la tristeza del mundo» dice que «produce la muerte». San Francisco nos dice: «El enemigo se sirve de la tristeza para usar de sus tentaciones con los buenos», y «causa temores extraños, quita el gusto de la oración, adormece y oprime el celebro, priva el alma de consejo, de resolución, de juicio y de ánimo»; y, aludiendo a St 5,10, añade que «la oración es un soberano remedio porque levanta el espíritu en Dios». 2

Esto es lo que debemos tratar de hacer con los enfermos, rechazar a esos espíritus de tristeza que los mantienen esclavizados, pidiendo a Dios que los libere en el nombre de su Hijo Jesús, alabándole y dándole gracias y reclamando las promesas hechas por él a su pueblo exiliado:

«cambiaré su duelo en regocijo, y les consolaré y alegraré de su tristeza» (Jr 31,13).

En cuanto a la ansiedad misma, mezclada a veces con la tristeza, san Francisco de Sales nos asegura que:

Es el mayor mal que puede venir al alma, excepto el pecado [

...]

procede de un

deseo desordenado de librarnos del mal que sentimos, o de conseguir el bien que nos deseamos. "Y no obstante esto, no hay cosa que empeore más el mal y

que aleje más el bien que la inquietud y congoja. 3

  • 1. San Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota, Parte IV, Capítulo XI, pág.

362, Madrid, Cuadernos Palabra, 1999.

  • 2. Ibid., XII, pág. 365-366.

  • 3. Ibid., XI, pág. 362.

7. Con Jesús

por

el

hospital

Miedo

97

Con los que tienen propensión a dejarse tentar por el miedo, es bueno animarles a recurrir al nombre del Señor, pues «el nombre del Señor es torre fuerte; a ella corre el justo y no es alcanzado [o 'en ella se refugia el justo y está seguro']» (Pr 18,10), y decir cuando ataca el enemigo:

'Señor Jesús, ayúdame', o la primitiva y poderosa Oración de Jesús:

«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí». El Dr. Reed entiende esto muy bien:

El miedo, bien a la muerte o a la enfermedad, es un arma de Satanás utilizada para derrotar a los cristianos y producir toda clase de enfermedades y problemas emocionales. El miedo activa el proceso de la enfermedad así como los síntomas. La Santa Biblia declara: «No hay miedo en el amor; pero el amor

perfecto expulsa al temor, porque el temor tiene el tormento [

Dios

es

amor [ ...]

(Un 4,18).

... cuanto más miedo tenemos, menos tenemos de Dios;

cuanto más tenemos de Dios, menos miedo tenemos. Pablo declara en Rm 8,15: «Pues no habéis recibido el espíritu de la esclavitud otra vez para temer; sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual

gritamos: 'Abbá, Padre'». 4

También nos ilumina con respecto a esos pacientes que:

Desarrollan un miedo morboso a su enfermedad que les paraliza para hacer

cualquier cosa que sea de naturaleza constructiva con referencia a su enfermedad

[ ...]

El miedo es quizá el mayor aliado del cáncer y sólo puede quitársele a la

persona por medio de un acto de la voluntad para hacer algo por su enfermedad

y por intervención de Dios en la persona total del individuo -espíritu, alma y cuerpo. El ministerio de sanación no debe nunca llevarse a cabo aparte del médico y de la enfermera. 5

Leer lo que dicen un santo y un médico cristiano acerca del miedo debería ser suficiente para los agentes de pastoral que tienen que tratar de hacer algo cuando se enfrentan con una emoción tan avasalladora. Y si estamos familiarizados con la Palabra de Dios y con su fidelidad a ella deberíamos poder reclamarla cuando recordamos las palabras que nos dio para decírselas a él:

  • 4. Surgery ofthe Soul, págs. 79-80.

  • 5. Ibid., pág. 54.

98

Él estará contigo, no te dejará

(Dt31,8).

ni te abandonará; no temas

ni te desanimes

Yahvé es mi roca, mi fortaleza, mi liberador, mi Dios, la roca en que me amparo (2S 22,2-3).

Sé para mí una roca de refugio, eres tú, mi fortaleza (Sal 31,3-4).

alcázar fuerte

que me salve; pues

mi

roca

He buscado a Yahvé, y me ha respondido: me ha liberado de todos mis temores (Sal 34,5).

El día en que temo, en ti confío (Sal 56,4)

Con frecuencia, si veo algún signo de miedo, pregunto con suavidad pero directamente: '¿Tiene miedo?'. Algunas veces me contestan que sí, y entonces sugiero que oremos por eso. Empiezo alabando y glorificando a Jesús y dándole gracias porque sabemos que si estamos juntos en su nombre, él está con nosotros porque lo ha prometido. Puede que me dirija al Padre y reclame, en nombre de su Hijo, las promesas citadas más arriba, pidiéndole que libre a la persona de la esclavitud del miedo. Porque él envió a Jesús «para proclamar la libertad a los cautivos» (Le 4,18). Debemos siempre tratar de infundir en el corazón y en la mente de nuestros hermanos y hermanas la sencilla confianza en Dios que san Pedro fomentaba entre los primeros cristianos, expuestos siempre a la persecución y a la violencia: «Descargad sobre él todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros» (1 Pe 5,7).

'Soy demasiado viejo, ¿qué hago en este mundo?'

Algunos nos dicen estas mismas palabras cuando han alcanzado una ancianidad ya avanzada. Yo tenía un tío de 97 años que muchas veces me decía: «¿Y yo qué hago aquí? Yo no sé por qué Dios me tiene aquí, ya es hora de que me lleve». Una anciana muy querida de la misma edad, a quien hemos estado viendo en Fredericton durante más de veinte años, nos decía: «Ya he estado aquí bastaate, ¿no os parece? ¡Ya es hora de dejar este país!». Mi tío vivía en una residencia y nuestra vieja amiga, hasta que murió el año pasado, vivía ya en una habitación en una pequeña casa de familia, rodeada de otras ancianas que apenas se comunicaban.

Los ancianos que viven como parte de su propia familia y disfrutan

7. Con Jesús

por

el

hospital

99

diariamente de la compañía de hijos y nietos, raramente se quejan, ni se preguntan qué están haciendo en esta vida. Pero cuando hablo con los otros trato de asegurarles que si Dios les permite estar aquí es porque él tiene un plan para cada uno de nosotros y que él nos conoce y nos ama a cada uno personalmente: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía» (Jr 1,5). Si leemos su Palabra, reconoceremos ese conocimiento eterno que tiene de nosotros: «en tu libro están inscritos todos los días que han sido señalados, sin que aún exista ni uno solo de ellos» (Sal 9,16). Además se nos ha dicho: «Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así soy vosotros en mi mano» (Jr 18,6).

Tengo en mis manos la hermosa Carta a los ancianos, de Juan Pablo II, 6 en la que cita el salmo 92, que nos dice que el justo «todavía en la vejez seguirá dando fruto» (8). Por eso, a quienes veamos dominados por el temor a la muerte tan humanamente lógico -pues «no estaba en el proyecto original de Dios» (14)-, debemos acompañarles de vez en cuando en oración, ayudándoles a tomar la perspectiva cristiana de ver «el ocaso de la existencia terrena como un "paso," de un puente tendido desde la vida a la vida» (16). Y, a quienes se quejan de una existencia inútilmente prolongada, procurar infundir en ellos que su ancianidad sea, como dice el Papa, «años para vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios» (16); y que, aunque no hagan las cosas que solían hacer, pueden servir a Dios rezando por sus familiares y amigos muertos y por los enfermos, por los que no tienen la misma fe que ellos y por las muchas necesidades del mundo, con la seguridad de que Dios escucha sus oraciones. Como escribió el Dr. Tournier:

Lo que es importante para los ancianos no es lo que aún pueden hacer, ni siquiera lo que han acumulado y no pueden llevarse. Es lo que son. Esta es la causa del terrible sentimiento de inutilidad que tan profundamente aqueja a

la mayoría de las personas mayores [

...]

Todo lo que puedo esperar cuando se

me acabe mi tiempo de actividad es que pueda todavía llegar más lejos en la

riqueza de este conocimiento [de Dios]. 7

  • 6. Carta a los ancianos, Madrid, San Pablo, 1999.

  • 7. Paul Tournier, TheSeasons of Life (Las estaciones de la vida), págs. Í5, 61, Atlanta,

John Knox Press, 1977.

100

Visitando en Psiquiatría

Reconocimos en el primer capítulo que quienes estamos en este ministerio tenemos que enfrentamos con el pecado y la oscuridad:

Porque nuestra lucha no es contra la sangre y la carne, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas (Ef 6,12).

En definitiva, con el «padre de la mentira» (Jn 8,44), que sabe muy bien agudizar nuestros sentimientos y emociones cuando estamos debilitados por la enfermedad. Sin embargo, debemos evitar cualquier tendencia a interpretar la enfermedad mental como obra del demonio.

Como cualquier otra zona del hospital, Psiquiatría (o una clínica psiquiátrica independiente) es un lugar donde, respaldados por la oración, con nuestra confianza en el amor de Dios por nuestros hermanos y hermanas y armados en nuestra mente con «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17), podemos hacer mucho bien, a la vez que tendremos gran cuidado de no interferir con los profesionales cuando hablemos con sus pacientes. Tampoco debemos quedarnos demasiado tiempo con ellos, ni darles 'lecturas espirituales' (aparte déla Biblia, que en Canadá y Estados Unidos encontramos en la mesilla de noche de cualquier hotel u hospital), sobre todo sobre sanación, ya que podríamos hacerles más daño que bien; ni, en general, ser demasiado efusivos con pacientes del sexo opuesto cuyo problema no conozcamos muy bien, por el riesgo de una mala interpretación.

Recordemos, por si nos sintiéramos tentados de abusar de nuestras prerrogativas como visitadores de pastoral y ver a los psiquiatras como antagonistas, que el Señor puede usar toda circunstancia y a cualquier persona para llevar a cabo sus propósitos, incluso a profesionales no creyentes, lo mismo que en la Biblia vemos cómo a veces utiliza Dios a los enemigos de su pueblo paraayudarle.

Podemos usar en Psiquiatría alguna de las muchas oraciones que

encontramos en las Escrituras, por ejemplo: «¡[

...]

tiende hacia mí tu oído,

date prisa! [ ...]

pues mi roca eies tú, mi fortaleza, y, por tu nombre, me

guías y diriges» (Sal 31,3-4). Un día las lecturas de la misa eran pasajes

7. Con Jesús por el hospital

101

bíblicos sobre la esperanza y la misericordia de Dios. Llevé la Comunión a una mujer joven que sufría de depresión y antes la invité a tomar la Biblia que se había llevado de su casay aleer conmigo el salmo 103, del cual escogí los versículos 1-3, comentándole las ideas que aquí enfatizo:

¡Bendice, alma mía, a Yahvé, y bendiga todo mi ser su santo nombre! ¡Bendice, alma mía, a Yahvé, y no olvides ninguno de sus favores! El perdona todas tus faltas y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te corona de piedad y de misericordia. Él sacia de bienes tus deseos, renueva tu juventud como la del águila.

Le dejé una copia de la estampa de Jesús llamando a la puerta de una casa, que he mencionado antes, en la que había escrito las palabras de Ap 3,20, y le di una fotografía de santa Teresa de Lisieux, diciéndole qué maravillosa intercesora es esa joven santa, en cuyo dorso le escribí las siguientes referencias para que ella las leyera luego: Sal 34,18-20, Rm 5,3-5, Rm 8,28, ICo 10,13 y Flp 4,6-7. Nuestra Biblia, usada sabiamente, puede ser un maravilloso instrumento en nuestro ministerio pastoral.

Puesto que a menudo no sabemos exactamente por qué debemos orar, y por regla general tampoco debemos hacer preguntas -además algunos pacientes ni siquiera pueden explicamos por qué están allí-, debemos solamente pedir a Jesús que llene su mente con su paz y que les defienda de todo lo que pueda no venir de él. Quienes tengan el don de lenguas -un don del Espíritu renovado hoy día con gran fruto entre muchos cristianos- pueden usarlo en voz baja, pues «el Espíritu mismo intercede por nosotros» (Rm 8,26).

La visita en Cuidados Intensivos

Es triste ver que algunos agentes de pastoral se resisten a visitar en Cuidados Intensivos, ya que estos pacientes son precisamente los que más necesitan nuestra oración. Y si tienen con ellos a familiares, tal vez también ellos necesiten nuestras palabras piadosas de consuelo. El hospital donde yo he trabajado tiene, contiguo a Cuidados Intensivos, algo que todos deberían tener: una cómoda salita con unaminicocina, donde lps familiares o amigos pueden estar siempre que quieran cuando no acompañen al

102

paciente. La función social y hasta espiritual de un lugar con atmósfera hogareña como este es muy importante. En él hay suficiente intimidad para hablar con la gente e invitarles a hacer oración con nosotros como lo mejor que puede hacerse por el enfermo, o el que ha sido víctima de un accidente.

Yo he tenido experiencias muy hermosas en Cuidados Intensivos, tanto en la sala de estar como en la misma Unidad, y siempre encontré a los familiares dispuestos a que les dirigiera en la oración. En ciertas ocasiones, si pertenecen a distintas confesiones cristianas, tenemos una buenísima oportunidad para el tipo de contacto ecuménico que se comenta en el capítulo siguiente.

Puesto que la capilla está siempre abierta, y muy cerca de Cuidados Intensivos (otra buena característica de un hospital), a veces he invitado a alguna familia católica, como ya he mencionado, a orar con ellos ante el Santísimo. En este tipo de interacción pueden establecerse estrechos lazos con los familiares del paciente.

Dentro de la Unidad, a los nuevos pacientes que están conscientes les preguntan primero si quieren vernos cuando llegamos. Si parece ser imposible comunicarse con ellos, me quedo junto a la cama y pongo una mano sobre ellos o les acaricio suavemente la frente mientras les hablo y rezo en voz baja, confiando en que oyen lo que digo, y, en todo caso, siempre sabiendo que el Señor está con ellos, que él los ama y que él escucha nuestra oración. Mis palabras no son solamente de intercesión, pidiendo a Dios, en el nombre de Jesús, que esté con ellos, que tenga misericordia, que les proteja y les toque con mano sanadora, sino de ánimo, diciéndoles cuántas ganas tengo de verles cuando se pongan mejor y de dar gracias y alabar a Dios juntos por su restablecimiento.

Es muy importante entreverar nuestra oración con alabanza al Padre y a Jesús y pedir a los pacientes que se unan a nosotros en su corazón, a veces citando o leyendo las Escrituras:

El estará contigo, no te dejará ni te abandonará;

no temas ni te desanimes

7.

Con Jesús

por

el

hospital

103

Aunque vaya por un valle tenebroso, no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo (Sal 23,4). Ten piedad de mí, ¡oh Dios!, ten piedad de mí (Sal 57,2). ¡Tú, mi Padre, mi Dios y roca de mi salvación! (Sal 89,27). ¡Oh Yahvé, mi fuerza y mi refuerzo, mi refugio en día de apuro! (Jr 16,19)

Señor Dios, tú has creado el cielo y la tierra hay imposible para ti! (Jr 32,17).

con tu gran fuerza

[

...]

¡Nada

También hay que mencionar, respecto a Cuidados Intensivos, que debemos tener mucho cuidado de lo que decimos delante de pacientes que estén comatosos o anestesiados. Y si los que están con ellos empiezan a hablar inadecuadamente, no dudemos en hacerles un gesto cortés para que cambien de tema o se callen.

El Dr. William Reed explica:

Mi opinión, comprobada después de observar a muchos pacientes anestesiados, es que se pueden implantar ideas negativas en la mente subconsciente y posiblemente

en el ser espiritual del paciente durante el tiempo que dura la anestesia o la inconsciencia, que definitivamente influyen en el curso postoperatorio del paciente y en el resultado general del procedimiento que se haya utilizado para

corregir la anormalidad [

...]

es totalmente posible que el paciente se vea afectado

adversamente por lo que ocurre mientras está inconsciente. 8

También Barbara Shlemon dice:

Una persona en coma puede a menudo oír lo que se está diciendo, aunque no

pueda responder de modo visible [

...]

Personas que han sobrevivido a estados

comatosos nos relatarán frecuentemente conversaciones enteras que tuvieron

lugar en su habitación [

...]

Muchas veces esas personas me han contado el

efecto tan tremendo que tuvo sobre ellos la palabra de Dios en su estado

de impotencia. Una mujer [

...]

dice: "Me daba el valor para vivir cuando

oía decir a mi repetidamente: 'Puedo hacer todo a través de Cristo que me fortalece" (Flp 4,13). 9

Por eso no debemos nunca dejar al paciente simplemente porque vemos que no está consciente. Yo a menudo le digo que Jesús está con él porque le

(Dt31,8).

Yo te amo, Señor,

eres

mi fuerza, mi roca, mi fortaleza, mi liberador, mi

  • 8. Surgery ofíhe Soul, pág. 88.

Dios, mi roca donde yo me refugio (Sal 18,3).

  • 9. To Heal as Jesús Healed, pág. 43.

104

ama muchísimo y que no debe tener miedo porque está con él cada minuto, obrando a través de los médicos y enfermeras, y que se va a poner bien. También debemos recordar que cada una de esas visitas en la UCI puede muy bien ser -como me ocurrió la primera vez que fui allí- la última oportunidad que tenga una persona de que se ore por ella, de oír hablar del amor de Jesús y de que se la encomiende a Dios. Puede que incluso seamos nosotros los últimos que recemos con esa persona antes de que muera, como me ocurrió a mí con Alma, una mujer a quien, la segunda vez que fui a verla en Cuidados Intensivos, le habían retirado toda ayuda clínica. Yo sabía que Jesús había estado muy cerca de nosotros.

El enfermo que está de duelo

No es raro que algunos de los pacientes que encontramos en el hospital estén a la vez llorando la muerte de un pariente o amigo íntimo. Por eso es conveniente conversar un poco con ellos, aunque nos hayan dicho antes que no nos necesitan, y ofrecernos a orar por ellos. Yo he encontrado a algunos obsesionados por la muerte años antes de una hija o un hijo, que nos dejan ver una profunda y torturante herida que nosotros sabemos que Dios quiere sanar. Invariablemente nos damos cuenta de que el grado de dolor varía con la fuerza que tengan su fe y su confianza en Dios. Y sabremos cuándo les va a ayudar que abramos nuestra Biblia y leamos algo o que, a nuestro modo, apliquemos esas palabras a su situación:

Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento

alguno [

...]

por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los

sometió a prueba y los halle dignos de sí (Sb 3,1, 5).

Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieronen Jesús (lTs 4,13-14).

Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm 8,18).

Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras (lTs 4,18).

7. Con Jesús

por

el

hospital

La visita en Maternidad

105

Hablo deliberadamente de visitar en Maternidad y Pediatría a continuación de la muerte porque representan los dos extremos de nuestra existencia terrena y por simbolizar el transcurso de una vida, que no es sino «vapor que aparece un momento y después desaparece» (St 4,14).

Al principio no me atraía precisamente esa zona del hospital, pero luego empecé a ver allí el maravilloso misterio divino de la vida en ese niño, acompañado de su madre, o de ambos padres, o en la mujer que aún no ha dado a luz. Pero cuando ya está el niño, casi siempre les leo los versículos 13-16 del salmo 139, dejando que saboreen cada palabra:

Tú formaste mis entrañas, tú me tejiste en el vientre de mi madre. Confieso que soy una obra prodigiosa, pues todas tus obras son maravillosas; de ello estoy bien convencido. Mis huesos no se te ocultaban cuando yo era formado en el secreto, tejido en lo profundo de la tierra. Tú me veías cuando era tan sólo un embrión, todos mis días estaban escritos en tu libro, mis días estaban escritos y contados antes de que ninguno de ellos existiera.

No hace mucho, mientras escuchaba el latido del corazón del niño a través de la máquina ultrasónica, pensé en Isabel, cuando «saltó de gozo el niño en su seno» (Le 1,41). A menudo la madre llora de gozo mientras el padre, con ojos brillantes, le alcanza un 'kleenex.' A veces les leo también las palabras de la Biblia:

Este niño pedía yo y Yahvé me ha concedido la petición que le hice. Ahora yo se lo cedo a Yahvé por todos los días de su vida (1S 1,27-28).

Así ayudaremos

a esos padres

a reconocer

ese regalo

de Dios, que

le

pertenece a él y que ellos deben ofrecerle para que se haga su voluntad en su vida. Mi oración por el niño (y a veces antes de dar de comulgar a la madre) suele ser algo así:

Y Señor, protégele/la, bendice cada uno de sus días y dale la oportunidad de llegar a conocerte de una manera personal como a su Salvador. Te damos gracias, Señor, por N. como parte de tu pueblo. Que te sea siempre fiel, lo mismo que tú le eres fiel a él/ella. Al recibir su madre tu cuerpo, Señor, toca también el cuerpo de su niño, que es tu cuerpo.

También encuentro en Maternidad a madres que piensan que están bien y que no necesitan nada de nosotros. Entonces, naturalmente, me marcho,

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pero no sin antes recordarles que el hecho de que todo haya ido bien es razón suficiente para dar gracias a Dios. De vez en cuando, si percibo una actitud bondadosa, también les leo del salmo 139; y aunque no quieran nada más, les encanta y les vienen las lágrimas a los ojos.

Eso es también evangelización, al menos esa pequeña semilla que debemos sembrar, dejando que el Señor la riegue. Algunas veces me he encontrado con una madre jovencísima sin casar, con quien también me encanta leer esos cuatro versículos, y de una manera especial, reflexionando con ella sobre cómo a otros hijos e hijas como el suyo se los mata por medio del aborto. Cuando rezo le doy gracias a Dios por el amor que ha puesto en el corazón de esa madre y encomiendo al Señor a aquellas que puedan estar contemplando un aborto, para que, por intercesión de María, Madre de todos, el Espíritu Santo ponga en ellas la decisión de no hacerlo.

A veces esta interacción puede conducirlas a confesar su deseo de bautizar a su niño y, en algunas ocasiones, incluso a casarse por la Iglesia. Aunque inmediatamente sugiero que hablen con un sacerdote (y generalmente me pongo en contacto con el párroco de su parroquia), suelo tener que responder a ciertas preguntas básicas que tienen sobre el bautismo, el matrimonio, etc.

Nos encontramos, pues, como he dicho antes, en la situación de tener que aconsejarles -gracias a lo cual podemos llegar a llamar a un sacerdote- y dejar bien clara la posición de nuestra Iglesia.

La visita en Pediatría

En el hospital donde he estado ejerciendo mi ministerio de pastoral sanitaria, Pediatría y la unidad de Cuidados Paliativos están separados sólo por unas puertas de cristal: a un lado los niños enfermos, al otro una mayoría de ancianos muy enfermos y hasta agonizantes.

Durante mucho tiempo me parecía más difícil visitar a los niños que a los pacientes terminales. Una de las razones era que a menudo los padres jóvenes eran los que, como otros muchos pacientes en el hospital, decían:

'Estamosbien, no necesitamos nada, gracias,' reflejandodesgraciadamente la actitud de tanta gente joven hoy día.

7. Con Jesús

por

el

hospital

107

También hay ocasiones en las que se siente la ansiedad de esos padres y su necesidad grande de que se ore con ellos y por su niño. Estos generalmente lo aceptan con gratitud si nos acercamos a ellos con sensibilidad, y algunas veces hasta lo pedirán ellos mismos, si les hemos indicado en qué consiste nuestra pastoral. En casos así siempre podemos orar sabiendo el gran amor de Jesús por ese niño, poniéndolo en sus brazos, pidiendo a su Madre María que muestre su amor por esa madre y ese niño. A menudo me ha gustado tocar a la vez el cuerpo del niño con la píxide -sabiendo que era el cuerpo de Cristo lo que estaba tocándole a él o ella-, a la vez que le doy gracias y le alabo por ello. Una vez hice eso con una niña muy pequeña que estaba excitadísima, llorando y retorciéndose en brazos de su madre e impidiendo que sus padres se concentraran en mi oración. Instantáneamente cesó de llorar. Yo repetía con calma bastantes veces: 'Gracias, Jesús; gracias, Jesús; tranquilízala, Jesús, tranquilízala; gracias, Jesús; alabado seas, Jesús.' Siguió totalmente tranquila y como dormida, y salí de la habitación sin decir nada más.

Enfermedad terminal y muerte inminente

A veces nos enfrentamos con lo peor: el paciente agonizante y la sombría actitud de los demás ante la muerte inminente. Parece que se nos va el corazón hacia todos ellos y querríamos ayudarles, sobre todo cuando vemos que están dispuestos a hablar o a orar. Estos son los momentos cuando necesitan nuestro consuelo. Claro que el grado de consuelo que podamos ofrecerles depende, primero, de la fe de la persona, y luego de lo sólidamente que nuestras palabras estén fundamentadas en la Palabra de Dios. Podemos parafrasearlas, o citarlas textualmente, pero deben comunicarse a ese hermano o hermana, pues es lo único que realmente «penetra hasta la división del alma y del espíritu» (Hb 4,12).

¡Cuánto amor necesitamos pedir a Dios que ponga en nuestro corazón por los que están muriendo y cómo se nos va el corazón hacia ellos! Les estamos visitando, oramos con ellos, se entrelazan nuestras manos, a veces hasta nos abrazan con amor cuando intimarnos con ellos. Pero hay también veces cuando instintivamente tendemos a hacer nuestra visita más breve porque queremos escapar del dolor.

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Es duro enfrentarse con quien sabe que nosotros sabemos que se acerca su muerte, que ya está más cerca del juicio de Dios que de este mundo. Y sin embargo, he llegado a apreciar precisamente ese privilegio, dándome cuenta de que estoy hablando a una persona que va a encontrarse pronto con Jesús y que podrá interceder por mí ante el trono de Dios.

Aunque es algo a lo que siempre me acerco con un profundo respeto, independiente de la actitud del paciente, he de confesar que me comunico infinitamente mejor con una persona verdaderamente cristiana. De hecho, a mi mujer (también agente de pastoral) y a mí nos ha confortado enormemente muchas veces, y nos ha servido para sanar algo nuestro propio temor a la muerte, cuando hemos estado con alguien que podía enfrentarse con la muerte con fe y confianza, sin la más mínima actitud de rebelión y con una apacible aceptación de la voluntad de Dios, o cuya confianza en Dios era tan firme y profunda que su rostro se iluminaba con expectación, como si estuvieran a punto de ir a su propia boda. Las almas de personas así parecen arder dentro de ellas por su unión con el Esposo:

Vedlo ya que se para/ detrás de nuestra cerca,/ mira por las ventanas, atisba por las rejas (Ct 2,9).

Hace muchos años una comunidad canadiense de monjas españolas nos ofreció a un amigo mío y a mí una comida llena de alegría. Dos semanas después visitábamos a una de las hermanas, que estaba muriendo de cáncer en el hospital. En aquel entonces me maravillé cuando nos dijo con una sonrisa: «¡Jesús me está esperando!».

En la primavera de 1997 estábamos visitando a nuestro querido amigo protestante Harry, a quien he mencionado en el capítulo anterior. Durante muchos años, Harry, un modesto mecánico de coches de una profunda vida espiritual y con un vasto conocimiento de las Escrituras, compartía con nosotros su erudición y su don de la oración y, junto con su mujer, su gran amor al Señor y su oración. Cuando estaba ya muy debilitado por el cáncer, recibió de Dios una auténtica sanación después de orar por él nosotros y luego un grupo de hermanos pentecostales. Durante dos meses disfrutó de cortar leña en el bosque nevado alrededor de su casa y de trabajar muchas horas seguidas en sus coches, y comía bien, aunque

7.

Con Jesús

por

el

hospital

siempre había sido sorprendentemente frugal. Después de ese «suplemento del Señor», como él y Elaine lo llamaban, sabía que ya iba a morir, y cito de nuevo lo que nos dijo con la sonrisa luminosa que siempre tenía hablando de las cosas de Dios: «¡Estoy impaciente por encontrarme con mi Creador! ¡Es que no veo el momento de traspasar esa puerta!».

Empieza a hablar mi amado, y me dice: «Levántate, amada mía hermosa mía, y vente. Porque, mira, ha pasado ya el invierno» (Ct 2,10)

Otra muerte que mi mujer, María, y yo nunca olvidaremos fue la de Sana Gebrael, una bella muchacha de 24 años de una familia libanesa, que murió en nuestro hospital tras una infección cerebral que le duró cuatro años y la dejó totalmente inerte durante sus dos últimos meses. Aun durante las semanas cuando ya no podía ni abrir los ojos, ver su apacible expresión era ver a Jesús, a quien irradiaba, pues su amor llenaba aquella habitación. Sus padres, Gebrael y Samira, que estuvieron con ella día y noche durante cuatro meses, fueron un gran ejemplo de aceptación de la voluntad divina. Cuando murió la vistieron como a una novia, de blanco, y en su funeral se oía suavemente una marcha nupcial. Sus padres estaban destrozados, pero a la vez «la paz de Dios que supera todo conocimiento» (Flp 4,7) reinaba en su hogar por encima del dolor desgarrador.

No he tenido ocasión de presenciar esta situación en una familia increyente, ya que generalmente no solicitan los servicios del sacerdote o de otras personas de pastoral. Pero en todos los demás casos, al orar por la persona agonizante, o hablando a la familia, intento asegurarles que Dios está en control de toda circunstancia y que nosotros los cristianos creemos en todas sus promesas de vida eterna y aceptamos su voluntad, sabiendo también que Diosha estado uniendo ese sufrimiento al sufrimiento de su Hijo Jesús en la cruz por su familiar y por cada uno de nosotros. Siempre aprecian oír las palabras de Dios en momentos así.

¿Orar por sanación?

Sabemos que «Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será por siempre» (Hb 13,8), que él mismo dice que está entre nosotros «para dar la libertad a los oprimidos» (Le 4,18), que, así como «le trajeron todos los que se

110

encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó» (Mt 4,24), también nos da como instrucción: «Curad enfermos, resucitar muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10,8), y los que le siguen «impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Me 16,18). Por eso, la mayoría de las veces simplemente obedezco ese mandato, dejándole a él el resultado.

También sabemos que siempre ha obrado sanaciones y milagros extraordinarios por medio de los santos y de muchos otras santas personas cristianas, así como a travéés de otras bien corrientes y humildes que aman a Dios porque saben que él es amante y fiel y cumple sus promesas. Hoy Jesús continúa obrando toda clase de señales y prodigios en medio de nosotros, curando a la gente física, emocional y espiritualmente, multiplicando la comida y realizando asombrosas conversiones por el poder de su Espíritu Santo en quienes confían en sus promesas.

Me he enterado personalmente de algunos milagros concretos por los testimonios de unos hermanos y hermanas mejicanos pobres que viven en Juárez con el padre jesuíta Rick rhomas y la monja Sor Linda Koontz, así como de los médicos de la interconfesional Christian Medical Foundation International (EEUU y Canadá), los de Caring Professions Concern (Inglaterra) y los de la Association of Christian Therapists (EEUU). Por otra parte, muchísimos católicos y no católicos experimentan hoy sanaciones y profundas conversiones durante su visita a santuarios marianos famosos, como Medugorje (que he visitadoen dos ocasiones y donde he presenciado la centralidad de Jesús) o Lourdes, pues la Madre de Jesús sigue intercediendo por nosotros como lo hizo por primera vez en las bodas de Cana. Y existe hoy una vasta literatura que hace crecer nuestra fe acerca de la sanación dentro de las Iglesias cristianas através de sacerdotes yobispos, religiosos, pastores y muchísimas personas muy llenas del Espíritu.

¿Quién debe orar por la curación, cuándo y cómo, en nuestro ministerio pastoral? Necesitamos discernimiento, y Dios nos lo dará en proporción

directa a la profundidad

de nuestra vida

espiritual y de acuerdo con

el grado

en

que nos rindamos a él sabiéndonos pecadores y que sólo

con su gracia podemos ser canales

de

su

paz,

de

su Palabra

y

de

su

amorosa sanación.

7. Con Jesús

por

el

hospital

111

En 1978 pasé un mes hospitalizado. En la habitación contigua estaba RayViennau, un hombre encantador de 81 años que tenía cáncer de garganta. Como no podía tragar ni agua, le alimentaban por vía intravenosa. Nunca olvidaré cómo ansiaba «una taza de te caliente». También sufría de un asma terrible que ni un aerosol cada cuatro horas podía aliviar. Cuando me nacionalicé también como canadiense en 1976, la jueza me había dado un Nuevo Testamento, y lo estaba leyendo seriamente por primera vez durante aquel regalo de Dios que fue mi estancia en el hospital. Lo que más me atraía eran las promesas de Jesús: «pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán» (Me 16,18), «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis» (Mt 7,7), «Y todo lo que pidáis con fe en la oración, lo recibiréis» (Mt 21,22); y los testimonios personales que iba encontrando en el libro de los Hechos, cuando Jesús estaba aún tan reciente en la mente y en el corazón de aquellos primeros cristianos. Había yo leído un año antes el libro, hoy ya clásico, Healing ('Sanación'), del católico Francis MacNutt, 10 y los de la extraordinaria mujer episcopaliana (anglicana estadounidense) Agnes Sanford.'' Todo me sonaba tan lógico, y Jesús se iba haciendo tan real en mi corazón que, lo mismo que Job con Dios Padre, empezaba a ver a Jesús con mis propios ojos, desde luego con los ojos del corazón.

Una noche, cuando el hospital estaba ya en silencio total hacia las nueve y Ray estaba durmiendo, pasé a su habitación y le puse mis manos sobre su pecho jadeante y oré: «Señor, yo sé que va a morir, ¡pero si al menos pudiera respirar normalmente! Por favor, Señor, ayúdale a respirar», y me volví a mi cuarto. A la mañana siguiente, cuando pregunté por Ray a las enfermeras, una contestó: «¡Pues al menos ya no necesita más el aerosol!». Eso hizo algo en mí. Cuando salí del hospital seguí visitando a Ray todos

  • 10. Francis MacNutt, Healing (Sanación), Notre Dame, Indiana, Ave María Press, 1974;

Nueva York, Bantam Books, 1977.

  • 11. Agnes Sanford, The Healing Light (La luz sanadora), Nueva York: Ballantine books,

1983; Seded Orders: The Autobiography of a Christian Mystic (Ordenes selladas:

autobiografía de una mística cristiana), North Brunswick, Bridge-Logos, 1972; The Healing Touch ofCod (El toque sanador de Dios), Nueva York, Ballantine Books, 1987; ed. by A. Sanford, The Healing Gifts of the Spirit (Los dones sanadores del Espíritu), Berkhamstead, Arthur James Ltd., 1990.

112

los días, pero en agosto María y yo íbamos a una asamblea de la Renovación

Carismática Católica de veinte mil personas en South Bend, Indiana. Fui a decir adiós a Ray y, con dolor todavía por aquel simple deseo de «una taza de te caliente», dije otra breve oración: «Señor, ya sé que está muriéndose,

¡pero si por lo menos pudiera tragar su tacita de te, Señor!

Señor

».

Por favor,

... Cuando volvimos a las dos semanas le encontré tomándose su

... tacita de te, y los últimos diez días hasta que murió, no sólo se tragaba su te, ¡sino los bizcochos que yo le mojaba!

No siempre oramos por las cosas 'importantes'. Pero es de esperar que un discernimiento básico nos guíe cuando entramos en interacción con los enfermos. Yo a veces me retraigo de compartir esa clase de oración con ellos, pero es sólo porque mi propio pecado me está quitando aún la libertad que debo tener en mi relación con Dios, porque todavía necesito mucha sanación en mí mismo para hacerme un canal limpio de intercesión. Sin embargo, no tengo la más mínima duda de que el Señor puede curar a cualquiera de mis enfermos agonizantes, porque «para Dios todo es posible» (Mt 19,26), como lo hace a través de otros hermanos, por ejemplo, dentro de la Christian Medical Foundation International.

Yo mismo recibí una sorprendente sanación de mi terrible asma durante su congreso de 1984 -al que su presidente me había invitado como observador, y donde aquellos médicos compartieron muchos testimonios de sanaciones

físicas, emocionales y espirituales- cuando el Dr. Reed me impuso las manos y oró por mí en dos ocasiones, la segunda, concretamente,

tras haber

yo pedido perdón a Dios en una reunión suya de oración:

«Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros» (St 5,16).

Podría contar, para gloria de Dios, muchos casos de sanación en diferentes iglesias cristianas. Pero lo que nunca dejo de hacer en mi ministerio es pedir que el Señor llene al enfermo de su paz. Todo agente de pastoral sanitaria (y el personal médico debe considerarse como tal) debe orar por esto, especialmente cuando se ve que falta lapaz de Dios en el enfermo y a su alrededor (pues a veces son sus visitas, por diversas razones, quienes pueden impedirla). Recuerdo que decía el Dr.Reed: «Nunca pronuncio un caso incurable hasta que no veo ala persona muerta».

7. Con Jesús

por

el

hospital

113

Pero, a pesar de todo, muchos de nosotros tenemos miedo de poner nuestras manos sobre los enfermos y orar por su sanación, aunque lo hagamos a distancia. Una vez en las preces de una misa el sacerdote leyó la siguiente oración de intercesión por un sacerdote de unos 60 años que se encontraba en fase terminal (a quien años antes yo había visitado en el hospital para

llevarle la Comunión y orar por él): «[

...]

y que Dios le ayude a vencer el

miedo, la soledad y la ansiedad». Esas palabras me entristecieron, pues yo sentía que debería haber dicho más bien: 'Padre, te pedimos, en el nombre de tu Hijo Jesucristo, que no permitas que a nuestro hermano le invada ninguna sensación de temor, soledad o ansiedad. Y, Señor, nosotros, tu pueblo aquí reunido, te rogamos que, de acuerdo a tus promesas, le sanes, para tu gloria.' Es cierto que era un enfermo terminal, pero no podía yo evitar el recordar cómo en 1961, en nuestra ciudad de Fredericton, el Rev. Bill Drost (más tarde pastor de la Iglesia Pentecostal en Colombia y en Málaga, España) fue sanado en pocos días, cuando iba a morir de una metástasis cancerosa abdominal, por sus propias oraciones y las de su congregación. 12

Concluyo este capítulo citando una carta de 1995 en la que el Dr. William Reed me daba la información más reciente sobre la sanación de su cuñado cuando, al instante de desconectarle los médicos de cuanto le manteníía clínicamente vivo, el Dr. Reed y el hijo del paciente le impusieron las manos y empezaron a orar:

Es realmente asombroso que se esperase que muriera, pero realmente, cuando

se le desconectó de todo, empezó inmediatamente a ponerse bien [

...]

Estoy

convencido de que cuando oramos siempre le pasa algo espiritualmente a la persona por quien oramos, es decir, a nivel del espíritu, y que esta sanación se

extiende paulatinamente por el psicosoma.

12. Bill Drost (con Mike y Loma Wieteska), Un hombre con una misión: Bill Drost El Pentecostés (1985) y Un destino más allá de la muerte: Bill Drost El Pentecostés (1988), Burlington, Ont., Welch Publishing (Mrs. Ruth Drost, reside aún en Málaga, y sus cuatro hijos son pastores en Hispanoamérica, España y Canadá).

Capítulo 8

ORANDO CON NUESTROS HERMANOS Y HERMANAS

Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el hombre que se refugia en él (Sal 34,9)

Nuestros propios hábitos de oración

Como católico siempre pienso que, en cuanto miembros de la Iglesia

apostólica que Jesús «comenzó [

...]

con el anuncio de la Buena Noticia»

(CCE 763) -que preparó con «los Doce con Pedro como su cabeza» (CCE 765), estableció a través de él (Mt 16,18) y confirmó con la efusión de su Espiritu en Pentecostés (Hch 2,2-4)-, poseemos la más antigua tradición en la oración -seguidos de las Iglesias de la Reforma- mantenida a través de los siglos por los santos, por las comunidades monásticas y otras comunidades y por los mismos fieles. Contamos con un verdadero tesoro de oraciones escritas, empezando por las de la Misa (muchas de ellas atribuidas a los mismos santos), que siempre apreciaremos como parte de nuestro patrimonio.

Sin embargo, a pesar de una vasta literatura sobre la oración espontánea vocal, así como la mental y contemplativa, la mayoría de nosotros, sobre todo delante de los demás, preferimos las oraciones ya establecidas -además del Rosario, ya de siglos, centrado sobre todo en la vida y pasión de Cristo- a la oración espontánea dirigida por el Espíritu Santo, mucho más común entre muchos no católicos.

116

Algunos sectores de la Iglesia Católica, muy característicamente dentro de movimientos eclesiales como la Renovación Carismática, han alcanzado en las últimas décadas un justo equilibrio entre ambos tipos de oración. Yo he oído personalmente, o leído, testimonios de toda clase de personas, desde obispos y sacerdotes a religiosos y laicos, sobre cómo se ha enriquecido su vida de oración al crecer en la oración espontánea con la libertad del Espíritu Santo, así como en el ejercicio del don de lenguas (1C 12,10; 14,2,5: 14,18).

Todo esto lo presenciamos en asambleas multitudinarias católicas o ecuménicas y en retiros y grupos de oración. De una manera especial en la pastoral sanitaria, la oración espontánea nos permite expresarnos de acuerdo con las necesidades de cada persona según el Espíritu nos guíe, y por supuesto que nuestros pacientes aprecian nuestra oracióón 'personalizada' y a menudo experimentan su efecto terapéutico de distintas maneras.

La oración de alabanza

«Bendeciré al Señor a todas horas, su alabanza estará siempre en mi boca» (Sal 34,2), «Mi boca está llena todo el día de tualabanzay de tu gloria» (Sal 71,8), leemos en la Biblia. Y sin embargo, un aspecto de la oración que

los católicos tienden a descuidar es la oración de alabanza, simplemente alabar a Dios por ser quien es, porque él mismo nos dice: «El que me ofrece sacrificios de alabanza me glorifica» (Sal 50,23). A través de toda la Biblia, llena de exhortaciones a la alabanza, el pueblo de Dios la practica porque «¡Qué bueno es cantar para el Señor!, ¡qué agradable alabar a nuestro Dios!» (Sal 147,1), porque «todo el día se le bendecirá»

(Sal 72,15) y porque proclamamos: «[

...]

Tú eres

el Santo

en los laudes de Israel!» (Sal 22,4). Por eso, «ofrezcamos

que moras a Dios sin

cesar un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que

confiesan su nombre» (Hb 13,15).

Es sorprendente que, mientras que la alabanza es la forma de oración más importante en la mayoría de las demás Iglesias, los católicos no nos damos cuenta de que la historia de nuestra Iglesia abunda precisamente en alabanzas ya establecidas, de manera más sobresaliente en la Misa:

el Gloria, el «¡Te alabamos, Señor!» tras las lecturas y el «¡Gloria a ti,

8. Orando con nuestros hermanas y

hermanos

117

Señor Jesús!» después del Evangelio y antes el Aleluya; «Bendito seas por siempre, Señor» al presentar el pan y el vino; dentro de la plegaria eucarística, la aclamación «¡Santo, santo, santo, Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria! ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!»; hasta el Padre Nuestro que Jesús nos enseñó empieza alabando al Padre; y después la aclamación «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor».

Sin embargo, la mayoría de los sacerdotes y sus fieles parecen recitarlas mecánicamente y con una expresión que jamás delataría la alabanza gozosa, mientras que en algunos sectores de la Iglesia Católica y de otras Iglesias la gente pasa mucho tiempo en la alabanza porque saben muy bien que es cierto que Dios habita y se goza en nuestra alabanza, como nos dice en su palabra. La alabanza es sencillamente la forma de oración más importante de todas, a través de la cual puede Dios actuar incluso antes de que le hayamos pedido nada. Personalmente, me gusta, suave pero audiblemente, alabar a Jesús después de dar su cuerpo a los pacientes y también durante mi oración por ellos. Debemos fomentar la alabanza, a veces explicando por qué lo hacemos:

Te damos gracias, Señor, por tu presencia entre nosotros y te alabamos porque sabemos que tú quieres nuestra alabanza sobre cualquier otra oración, y que tú ya estás respondiendo a nuestra oración cuando estamos alabándote.

Un día oí el llanto desconsolado de una mujer de unos 60 años que estaba en una silla de ruedas a causa de su avanzada artritis. Estaba gimiendo, gritando, con tal dolor de corazón que le cogí las manos y empecé a acariciarle la cabeza, alternando entre la oración por ella y el decirle cuánto la amaba Jesús. Cuando vi que tenía un rosario le dije cuánto la quería María también y oré por ella y la invité a que alabara a Jesús y le hablara, lo que empezó a hacer al momento y pidiendo perdón por sus pecados. Me habló de ver a un sacerdote y me pidió que le diera la Comunión, que ya nos había ella pedido. Orando por los recuerdos que tuviera que sanar, y de nuevo alabando a Dios Padre y a Jesús, le cité las palabras del Evangelio de aquel día, Juan 3,16: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio su Hijo único». Cuando me marché estaba de lo más tranquila y contenta.

118

María, mi mujer, debido a una racha de poca salud, se había ido hundiendo en un estado de fatiga y depresión. Una tarde en que no conseguía levantarse de la cama para preparar la cena (la comida principal en Canadá, hacia las 18,00), tuvo dos llamadas telefónicas: primero, de una hermana de un grupo de oración anglicano que ella frecuentaba,

pero que había querido marcar otro número

...;

así que prometió llamar

a su cadena de oración; poco después, llamó otra hermana, esta vez del grupo hispánico de oración, y la animó a no parar de alabar al Señor, lo que María empezó a hacer enseguida, sintiendo que su paz iba invadiéndola, ¡hasta que pudo incluso preparar una cena estupenda!

La oración de gracias

Recordemos que de los diez leprosos curados por Jesús, como se relata en Le 17,11-19, sólo uno, «viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias». Vemos a muchos que, lo mismo que los otros nueve leprosos sanados, no parecen sentir la necesidad de darle gracias a Dios por su curación, y se refieren sólo al personal médico o a su buena suerte.

Muchos de los que nos piden oración no se muestran tan dispuestos a hacerlo en acción de gracias como antes a su petición. Y sin embargo, el salmista nos invita a decir: «No está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, Yahvé, la conoces entera» (Sal 139,4), y el mismo Jesús nos asegura:

«vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo» (Mt 6,8). Es cierto que Jesús también nos dice: «Porque todo el que pide, recibe» (Le 11,10), pero Pablo nos recuerda en Ef 5,20 que, sobre todo, debemos estar «dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo». Con mucha frecuencia tengo que decir a un paciente que está restableciéndose y parece no necesitarnos ya: 'No debemos dar nada por sentado, esto es para dar gracias a Dios.'

Dietrich Bonhoeffer, pastor, teólogo y mártir luterano, dice:

Sólo el que agradece lo pequeño recibe también lo grande. Impedimos que

8. Orando con nuestros hermanas y

hermanos

119

Dios nos conceda los grandes dones espirituales que nos ha reservado, porque no le damos gracias por los dones diarios. 1

La otra oración de gracias aún más importante es cuando alabamos a Dios Padre, o a Jesús, no por lo que hemos recibido visiblemente, sino por su amor, su misericordia, su fidelidad, su protección, su presencia y, por supuesto, por el hecho de que él nos permite recibir los cuidados médicos que también damos por sentados, cuando tantos en el mundo sufren y mueren por carecer de ellos. Cuando les veo con su bandeja de la comida, a veces les pregunto: '¿Puedo dar gracias con usted?'

En cuanto a la costumbre cristiana de bendecir la comida antes de empezar, procuro mencionarles que Jesús siempre lo hacía (Mt 15,36; Mt 26,26; Me 6,41; Me 8,6; Le 22,19), que Pablo daba ejemplo de ello, como debemos hacer nosotros como cristianos: «tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y se puso a comer» (Hch 27,35), y que en su primera carta a Timoteo se refiere a los «alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes y por los que han conocido la verdad» (4,4).

Cuando un día fui a decir adiós a un enfermo de cáncer y su mujer, contento de que dejaran ya el hospital, oramos juntos, uniendo nuestras manos y agradeciéndole a Dios el habernos juntado allí y haber cuidado de él todos esos días a través del personal médico.

La oración de aceptación y de gracias por la voluntad de Dios

Otra ocasión para evangelizar y familiarizar a nuestros hermanos con la Palabra de Dios es tratar de hacerles conscientes de cómo su voluntad obra en nuestras vidas y cómo debemos desear siempre hacer su voluntad, no la nuestra, aun cuando nos enfrentamos con el sufrimiento.

A veces lo que los enfermos necesitan

aceptar no es precisamente su

enfermedad, sino alguna circunstancia en sus vidas que les está haciendo

  • 1. Dietrich Bonhoeffer,

1966 (Munich 1939).

Vida en comunidad, pág.

106, Buenos Aires: Editorial Aurora,

120

desgraciados y les tiene desalentados. Una mujer me habló de lo desgraciada que era por haber tenido que mudarse a un pueblo pequeño y aburrido porque su marido había comprado una casa allí. «Diana», le dije, «Dios controla nuestras vidas, especialmente si le dejamos ser Dios y creemos en él y aceptamos las cosas que él permite, porque él te ama. Mira, nosotros tenemos una casa en España de la que también yo me quejo cada vez que me olvido de que Dios nos permitió adquirirla cuando lo hicimos. Mira lo que él nos dice sobre esto de aceptar lo que es su voluntad para nosotros». Y le leí Efesios 5,17 y 20:

Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad del Señor

[ ...]

dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de

nuestro Señor Jesucristo.

El famoso obispo católico estadounidense Fulton Sheen escribió: «Las cosas ocurren en contra de nuestra voluntad, pero nada, excepto el pecado, ocurre en contra de la voluntad de Dios», 2 y cita la conocida reacción de Job cuando se entera de uno de sus infortunios: «Yahvé dio, Yahvé quitó:

¡Sea bendito el nombre de Yahvé!» (Jb 1,21). Luego desarrolla esta idea y dice lo que yo le dije a Diana, que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28), asegurándonos que «si confías en Dios y te rindes a su voluntad, siempre eres feliz».

Muchas otras veces es el sufrimiento de la misma enfermedad (y la depresión que puede causar cuando no estamos espiritualmente preparados para hacerle frente, e incluso a veces si lo estamos) lo que impide aceptar la voluntad de Dios. Santa Teresa de Jesús se refiere a una de las muchas veces cuando se sentía deprimida viéndose tan llena de dolores y tan agotada ala hora de acostarse: «me apareció el Señor y me regaló mucho, y me dijo que hiciese yo [o sea, aceptando su voluntad] estas cosas por amor de él y lo pasase, que era menester ahora mi vida»; y que, habiendo experimentado eso, le decía algunas veces a él: «Señor, o morir o padecer; no os pido otra cosa para mí». Y añade: «Dame consuelo oír el reloj;

2. Fulton

Sheen, Preface to Religión,

"Hope"

(Prefacio a la religión: La esperanza),

pág 717,

en John A. Hardon,

SJ

(ed.), A

Treasury qf Catholic Wisdom (New York,

Doubleday, 1987)

8. Orando con nuestros hermanas y

hermanos

121

porque me parece me allego un poquito más para ver a Dios, de que veo ser pasada aquella hora de la vida». 3

Recordémosles a los enfermos cómo Jesús, sabiendo que iba a morir en la cruz, oró así: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Le 22,42), y, con la fuerza que le daba el Espíritu Santo, soportó el horror de su Pasión y triunfó así sobre su sufrimiento y el del mundo entero.

Así pues, cuando vemos a algunos cuya fe está desmoronándose bajo la presión del sufrimiento, pensemos en las palabras de la carta a los Hebreos: «No perdáis ahora vuestra confianza, que lleva consigo una gran recompensa. Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido» (Hb 10,35-36). Y no dejemos de añadir en nuestra oración:

Señor, danos

la

fe

y la confianza

en

tu

amor y misericordia

para

darte

gracias por todo lo que tú permites que ocurra en nuestras vidas, para

ofrecerte estas adversidades y pruebas y para recordar tus palabras: «no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (Is 55,8),

y tengamos siempre en cuenta que «Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman» (Rm 8,28).

La oración de confianza, abandono y esperanza

Ralph Martin dice: «Cuando vienen las penalidades a nuestras vidas lo mejor que podemos hacer es rendirnos y abandonarnos en Dios. Es menos doloroso a la larga cooperar con Dios que resistirle». 4 Para hacer eso necesitamos aprender a confiar más en su infalible fidelidad y su amor, especialmente cuando se está en el hospital y nuestras defensas espirituales están bajas a causa de la ansiedad que nos desequilibra. Son momentos

3.Vida, XL,20.

4. Ralph Martin, Hardship and Holiness (Penalidades y santidad): New Covenant, noviembre 1987, pág. 13.

122

críticos cuando esa misma ansiedad puede a menudo llevar a esos pacientes, aunque sean personas que van a la iglesia, a declinar toda ayuda porque creen que prefieren estar solos. Sus palabras reflejan siempre su estado anímico y nosotros debemos tratar de aliviar su ansiedad asegurándoles que Dios controla esa situación y que deben confiar en él. Mi oración puede ser así:

Padre, Creador de cielos y tierra, te alabamos y te damos gracias por reunimos en el nombre de tu Hijo Jesús, a quien tú permitiste morir en la cruz por N. y por cada uno de nosotros para que podamos ponernos ante ti como lo hacemos ahora. Jesús, tú dijiste que cuando dos o más están reunidos en tu nombre, tú estas allí con ellos. Por eso te damos gracias por tu presencia. Te damos gracias porque sabemos que tú eres tan compasivo como lo es tu Padre. De nuevo, Padre, te pedimos, reunidos en esta habitación en el nombre de tu Hijo Jesús, que nos ayudes a querer poner esta situación en tus manos y entregarnos a ti, que nos des la gracia de confiar y esperar en ti. Amén.

Dios puede muy bien poner paz en sus corazones a través de nuestra oración, preparándoles mejor para lo que pueda venir. Podemos incluso sentirnos inclinados a añadir algunos versículos bíblicos apropiados, por ejemplo, las tan conocidas y alentadoras palabras del Sal 23,1-4, o las del Sal 27,13: «Yo estoy seguro que he de ver los bienes del Señor en el mundo de los vivos. Espera en el Señor, ten ánimo, sé fuerte, espera en el Señor»; o

He aquí a Dios mi salvador: estoy seguro y sin miedo, puesYahvé es mi fuerza y mi canción, él es mi salvación (Is 12,2).

He buscado

a Yahvé

y

me

ha respondido,

me ha librado

de todos

temores (Sal 34,5) El día en que temo, en ti confío (Sal 56,4).

mis

Puesto que sabemos que «el temer delante de los hombres es un lazo, el que confía en el Señor está seguro (Pr 29,25), suelo pedir la protección contra

toda clase de pensamientos negativos, 'porque sabemos que no vienen de ti, Señor,' y trato de apoyar mis propias palabras en la Palabra de Dios, ya que «todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra,

para que [ ...]

mantengamos la esperanza» (Rm 15,4), y muy concretamente

las de Filipenses 4,6-7, ya citadas, siempre recordando que cuando nos ponemos ante Dios «acerquémonos con sincero corazón, en plenitud

8. Orando con nuestros

hermanas y

hermanos

123

de fe» (Hb 10,22). De este modo podemos contribuir a ese proceso de santidad que se nos promete,

sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,3-5).

Esta ocasión es buena también para compartir algunos testimonios, como cuando les cuento la vez que mi mujer sufrió una operación muy seria para quitarle un pequeño tumor de un pulmón, y cómo tras el primer sobresalto puso su situación en manos del Señor y casi nunca más le atacó el miedo, incluso antes de saber que no era maligno. En 1996 Dios nos dio el regalo de conocer a los canadienses Glen y Emily Ager, miembros residentes en España de los Wycliffe Bible Translators. 5 Cuando a finales de ese año a Glen le tuvieron que tratar un cáncer en Canadá, Emily nos decía en una carta:

Todo va muy bien, nos sentimos defendidos y envueltos en oraciones. Es la única explicación que encontramos para nuestra falta de miedo, nuestra

confianza

en

Dios, sea

cual

sea

el futuro,

y mucha

paz

[

...]

Recibimos

toneladas de aliento y fuerza de la familia de Dios y nos sentimos satisfechos

y

en

paz

con

lo

que

está

ocurriendo. Dios está aquí, bendiciéndonos y

fortaleciéndonos.

 

Describiendo la temible y arriesgada radiación, Emily escribía:

En muchos aspectos, este roce con el cáncer ha sido una experiencia muy rica. ¡¡¿¿Rica??!! Si, rica. Hemos visto nuestra tendencia a controlar, lo que significa que no le dejamos controlar a Dios. Hemos visto nuestra propia ira cuando las cosas nos van mal. Hemos visto nuestra propia impotencia y nuestro deseo de manipular a Dios.

Finalmente, en marzo, Glen nos escribía hablando de las «lecciones» que había aprendido a través de esta experiencia respecto a sus limitaciones espirituales y nos pedía que nos uniéramos a ellos dando gracias a Dios por

5. Asociación misioneradedicada a la traducción de la Biblia en las lenguas menos comunes. John Wycliffe (1330-1384) fue uno de los reformadores religiosos de Inglaterra y primer traductor de la Biblia al inglés a partir de la Vulgata de san Jerónimo.

124

haberle mostrado su amor de tantas maneras y «por el regalo del cáncer, por su paciente gracia conmigo», y terminaba con estas citas:

Dios nos disciplina para provecho nuestro, para hacernos partícipes de su

santidad. Ninguna disciplina parece de momento agradable, sino

penosa,

pero luego produce fruto apacible de justicia y de paz para los que han

sido ejercitados en ello (Hb

12,10)

[

..]

Él

[

...]

multiplicará la cosecha de

vuestra justicia. Se os hará ricos en todos los aspectos para que podáis

ser

generosos en toda ocasión

[

...]