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Especial 20 años de la muerte de Luís Carlos Galán

Agosto 18 de 2009

“My Son Juan Manuel”


Por Juan Manuel Galán P.
Publicado en El Espectador

Hace algunas semanas recibimos unas cajas que estaban cuidadosamente guardadas
desde nuestra partida después del asesinato de mi padre. Mi mamá nos pidió a mis
hermanos y a mí abrirlas para descubrir su contenido. Se trataba del más valioso de los
tesoros para nosotros: una parte importante de la biblioteca de mi padre. Descubrimos
colecciones de clásicos de la literatura, catálogos de los grandes museos de arte en el
mundo, y memorias de los grandes líderes políticos del siglo veinte.

Para mí ninguno de esos libros puede compararse en valor con uno que tiene dos
características irrepetibles: el tema, mis primeros años de vida y el autor, mi padre. Más
allá del contenido, lo importante es que revela la naturaleza y el talante de la paternidad
de Luis Carlos Galán. Se tomó varias horas para escribir a mano cada página en un nivel
de detalle sorprendente.

En forma disciplinada hizo un estricto seguimiento mes a mes, año tras año, de mi
evolución física y de los rasgos de mi personalidad. El libro termina con un listado
minucioso de objetos que destruí durante nuestra permanencia en Roma cuando mi
padre ocupó la Embajada, las reparaciones respectivas y su costo económico. En la
conclusión final decía que guardaba la esperanza de que algún día yo le pagaría el
equivalente de su valor para “no poner en peligro el patrimonio familiar”.

A mediados de los años ochenta, vivía mi padre uno de los períodos de mayor zozobra
por el ambiente de inseguridad y las amenazas, a tal punto que decidió salir del país.
Viajó al Reino Unido con el apoyo de Malcolm Deas, quien lo recibió en Oxford y lo
alojó en su estudio. Tenía una alarma instalada por la policía en caso de emergencia. Un
día tuvieron que llegar la policía, los bomberos y el cuerpo de rescate de la ciudad, pero
no por un atentado. La causa fue una olla de arroz que intentó preparar para la llegada
de mi mamá.

En otra de las cajas que destapamos encontré varias postales enviadas durante los seis
meses de exilio forzoso. Entre ellas estaba una tarea para su clase de inglés con el titulo:
“My Son Juan Manuel”, “Mi hijo Juan Manuel”. En una cuartilla describía mis gustos y
mi personalidad con la agudeza y el sentido del humor que siempre distinguieron las
crónicas que redactó cuando ejerció el periodismo.

El recuerdo que guardo de mi padre es el de un ser humano lleno de vida, con escasos
45 años, que decía querer morir después de los noventa. Un hombre de mística, con un
profundo conocimiento de Colombia, su problemática y sus relaciones exteriores. Un
político en el sentido grande de la palabra, con una arraigada ética en el ejercicio de su
responsabilidad hacia la causa que defendía hasta el punto de entregar su vida.

Me hará falta siempre su amistad, su consejo, su risa y su obsesión por el deporte. Con
el paso de estos 20 años que parecen veinte segundos, he aprendido a vivir con su
presencia espiritual.
Guardo la esperanza de que mi esposa Carmencita, sienta la calidez de ese suegro
cariñoso que no pudo ser. Que mis dos hijos tengan la protección de su alma que
siempre he sentido a mi lado y que los jóvenes colombianos puedan reinventar hoy para
Colombia la esperanza que perdió hace veinte años.

José Eusebio Caro decía: “El hombre es una lámpara apagada; toda su luz se la dará la
muerte”. La luz de mi padre se siente más fuerte con el paso de los años y la evolución
de Colombia, mirando las últimas dos décadas de su historia, parece estancada en el
tiempo. Una nación que no ha podido superar lo que Galán llamó hace treinta y dos
años: “los desafíos de las mafias”. Un país con profundas inequidades y flagrantes
injusticias que vive de la esperanza en que algún día Galán será reinventado.

Hoy estoy seguro de que mi padre vive. Vive a través de sus ideas, vive por el cariño
que millones de colombianos le profesan y vivirá si las nuevas generaciones asumimos
el reto de enarbolar sus banderas de renovación.

Alberto Zalamea es el autor del texto más hermoso que se ha escrito en estos 20 años
sobre Luis Carlos Galán: “Contaba Galán que había contemplado en un atardecer de
Benares, al borde del Ganges impasible, el incesante lanzamiento de barquitos de paja
con una vela encendida, cada uno el símbolo de una vida y un destino, presagios
ominosos de un futuro incierto. El no tuvo que arrepentirse de haber interrogado al
enigmático río. Conocía perfectamente el arte de construir su propia vida”.

En esencia, el destinatario del mensaje de mi padre es la juventud como reserva vital de


la sociedad y esperanza moral para el ejercicio de la política. Galán logró tocar las
emociones de la gente para cambiar su manera de pensar e interpretar sus esperanzas.
Los jóvenes colombianos que no conocieron a mi padre pueden encontrar en su legado,
pero ante todo en su ejemplo, una fuente de inspiración para dignificar la política como
instrumento de transformación. Mi esperanza es que millones de jóvenes colombianos
asuman como propia la herencia de Luis Carlos Galán para que en nuestro país todos
sus habitantes sean verdaderos ciudadanos sujetos de derechos y con igualdad de
oportunidades.

Hago un llamado a esa juventud que Galán supo interpretar para que luche por un país
democrático y justo. Podemos rendirle un homenaje a mi padre y a cuantos han caído
por defender sus ideales y principios, reivindicando el derecho que tienen las victimas al
reconocimiento, la dignidad, la memoria, pero ante todo la verdad que constituye la
única reparación real. Sólo así la esperanza de Mahler en su Segunda Sinfonía, la de la
Resurrección, será también para Galán: “No naciste en vano, No has vivido ni sufrido
en vano. Lo que ha sido debe perecer, lo que ha perecido resucitará”.

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¡GALÁN VIVE!
Por Juan Manuel Galán P.
Publicado en El Colombiano

Me han preguntado si el Galanismo aún existe en Colombia. La respuesta a esta


inquietud la encuentro en una idea que repetía Luis Carlos Galán con frecuencia: “A los
hombres se les puede eliminar pero a las ideas no”.

En ese sentido diría que el Galanismo, como seguimiento de un líder, fue un producto
no buscado por el Nuevo Liberalismo y que como tal tuvo vigencia mientras Luis
Carlos Galán estuvo presente.

El galanismo como una declaración de principios y un programa político sí ha


trascendido y de manera sutil hoy la sociedad colombiana vive, se apropia y defiende
ese legado. La razón de ello es simple y emocionante, las ideas de Galán llenaron de
contenido la Constitución de 1991.

Hoy buena parte del marco constitucional que tenemos responde al ideario de Galán.
Los ejes del pensamiento de Galán son, al igual que en la Constitución, el valor
intrínseco del individuo y la importancia de la democracia.

Ya en 1985 en el programa del Nuevo Liberalismo se recogía la necesidad de hacer que


quienes ejercen la responsabilidad política ante los ciudadanos rindan cuentas y abrir
nuevos espacios de participación directa. En este contexto, se proponía la elección
popular de gobernadores y alcaldes, la democratización de los partidos y la creación de
circunscripciones adecuadas para facilitar el acceso al poder de las minorías, elementos
que hoy hacen parte de nuestro ordenamiento constitucional.

La política para Galán era algo que iba más allá de la simple actividad partidista, era un
compromiso personal con la solución de los problemas colectivos fundamentado en el
dialogo y en la persuasión racional. Por ello, promovió romper con prácticas que
desnaturalizan esta visión del hombre y la sociedad: Galán luchó por eliminar
actividades clientelistas como los auxilios parlamentarios, que abusan de la necesidad
para obtener votos; buscó la financiación de las campañas por el Estado y los topes para
evitar que la decisión electoral obedezca al impacto publicitario y no al contenido
programático; e insistió en la necesidad de un Estatuto que diera garantías al ejercicio
de la oposición, para garantizar la pluralidad necesaria en la construcción de la opinión
y de las leyes.

La reforma de las conductas políticas debe ir acompañada de la consolidación del


Estado de Derecho y el consecuente rechazo a la cultura de la ilegalidad en todas sus
manifestaciones. En este sentido acercar la ley al ciudadano y el fortalecimiento de la
justicia eran fundamentales, Galán propuso que la reforma a los códigos como el penal
dejara de ser privilegio de una comisión de técnicos y fuera producto de un proceso que
involucrara la participación ciudadana devolviendo la discusión al seno del Congreso.
La justicia, debía ser fortalecida en su independencia, profesionalización,
administración y presupuesto. Los jueces debían tener la certeza de que contarían con
condiciones de vida y seguridad dignas y sus puestos no estarían sometidos al vaivén
político.
Todas estas propuestas encontraron respuesta en la Constitución de 1991, así como sus
planteamientos para la mujer, la juventud y las minorías étnicas. Para Galán, como se
dijo anteriormente, el ser humano era el centro y fin de cualquier lucha política, y su
maestro sobre este tema fue un campesino de Landázuri Santander quien le dijo:
“Doctor Galán: yo antes que liberal, soy colombiano, pero antes que colombiano soy un
ser humano”.

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¡GALÁN VIVE! - Vanguardia Liberal
Por Juan Manuel Galán Pachón.
http://www.vanguardia.com/archivo/37013-igalan-vive

Eran casi las diez de la noche del viernes 18 de agosto de 1989 y había tomado la
decisión de hacer un discurso para mi papá en su despedida. Tenía sobre el escritorio de
la dirección del hospital de Kennedy una hoja en blanco y la mente en blanco. Supe que
era inútil escribir en ese momento y traté de concentrarme solamente en lo que sentía.

Superando enormes dificultades empecé a redactar a mano en papel mantequilla, el


único que encontré a esa hora y en ese hospital.

Durante estos veinte años me han preguntado siempre dos cosas: ¿Por qué tomé la
decisión de entregarle las banderas de mi padre a César Gaviria? y si ¿en realidad
Gaviria como Presidente supo interpretar las ideas de Galán?

Me parece importante escribir por primera vez sobre estas inquietudes en las páginas de
Vanguardia Liberal, un diario que tenía un lugar especial en el corazón de mi padre que
siempre asociaba a su admiración por don Alejandro Galvis Galvis. Hoy su admiración
por Vanguardia sería aún mayor por haber sido éste víctima de un atentado terrorista
perpetrado por sus mismos asesinos.

¿Por qué Gaviria?

La unión liberal fue un largo proceso de conversaciones para construir un pacto


ideológico y programático entre el Nuevo Liberalismo y el Partido Liberal.

Horas, días, semanas, meses enteros mi padre dialogó con sucesivos jefes del Partido
Liberal de la época: Eduardo Mestre, Miguel Pinedo, Hernando Durán Dusán y Julio
César Turbay Ayala. Finalmente el acuerdo de unión liberal tuvo tres ejes
fundamentales: un proyecto de reforma constitucional, una agenda legislativa y la
consulta popular para escoger el candidato único del partido.

La convención se reunió en Bogotá en julio de 1989, gracias en buena medida al


Presidente Turbay, las consultas fueron aprobadas por unanimidad. Ese día fue el más
feliz en toda la carrera política de mi padre, en ese momento se dio cuenta de que sería
el próximo Presidente de Colombia y sus enemigos entendieron que tendrían que
asesinarlo. Ernesto Samper y mi padre compitieron por la adhesión a sus campañas del
ex ministro Gaviria. Ambos le ofrecieron la dirección de la campaña y finalmente
Gaviria decidió apoyar la de mi padre.

Recuerdo la expectativa de toda la familia, el día que Gaviria llegó a nuestra casa para
darle la respuesta definitiva. Mi papá subió muy contento las escaleras y nos dijo a los
cuatro: “Aceptó”.

Durante los meses que trabajaron en la campaña “hubo química” entre los dos. Fue un
período fecundo en el que tuvieron un aprendizaje y complemento mutuo. A tal punto
que llegaron a redactar los primeros decretos de lo que sería el gobierno Galán.

La noche del sábado 20 de agosto, después de dejar a mi papá en cámara ardiente en el


salón elíptico del Capitolio, nos reunimos mis hermanos, mi mamá y yo en el comedor
de la casa con el propósito de encontrar una salvación para la consulta. Recuerdo la
conclusión a la que rápidamente llegamos: Gaviria es la única persona que puede
rescatarla.

En mi cabeza quedó gravitando esa conclusión durante la mañana del domingo.


Mentalmente le preguntaba a mi papá qué hacer para que su lucha sacrificada de más de
20 años no muriera con él.

Se me ocurrió que la única forma era ofrecerle a Gaviria asumir la candidatura para que
por lo menos las ideas que no podrían eliminar, siguieran en la contienda por la
Presidencia de la República.

Sabía que no podía consultarlo con nadie, especialmente con mi mamá quién siempre le
ha gustado meditar y consultar con serenidad las decisiones. Yo intuía que su respuesta
sería que debíamos esperar a que pasaran las honras fúnebres y consultar con los
miembros del Nuevo Liberalismo.

En el protocolo de los discursos en el cementerio quedó establecido que intervendría


Rodrigo Lloreda Caicedo en representación del Partido Conservador; César Gaviria por
el Partido Liberal; y Gabriel Rosas Vega en nombre del Nuevo Liberalismo.

Me correspondió hablar de último y había escogido para cerrar mi discurso la misma


frase con la que mi papá remataba los suyos: “siempre adelante, ni un paso atrás y lo
que fuere menester sea”.

Mientras los aplausos a Gabriel Rosas, los saludos y su descenso de la tarima,


rápidamente eliminé el final que había preparado y escribí la frase para Gaviria.

Cuando terminé, no podía creer todavía que había vivido los últimos dos días en la
pesadilla de haber perdido para siempre a mi papá. Anhelaba la esperanza de despertar,
verlo bajar a desayunar alegre, en su bata gris a cuadros comprada durante la Embajada
en Italia y en la que redactó los más importantes discursos de su vida.

Recordé los momentos en que recibí la peor noticia de mi vida, caminando por un
laberinto interminable de pasillos y puertas, llegamos a una pequeña sala de espera del
hospital de Kennedy.
Aparecieron médicos en atuendo de cirugía. Uno de ellos dijo: “Sentémonos”. Luego
afirmo: “Doña Gloria, no hay nada qué hacer”. Mi mamá inmediatamente repostó:
“¡Cómo así que no hay nada que hacer!”
Claudio y Carlos Fernando irrumpieron en llanto, yo sentí que el mundo se congeló,
estaba en shock, no sentía nada, el golpe fue tan brutal que me dejó paralizado en una
especie de limbo emocional. En segundos la sala se inundó de familia, amigos y
Galanistas.

Era imposible permanecer en esa sala. El médico nos ofreció ver a mi papá. Entraron mi
mamá y mis hermanos, yo me negué. No me sentía con fuerzas para ver sin vida a mi
papá en ese momento.

De vuelta a la realidad, abrí el ataúd en el cementerio, guardé el manuscrito en el


bolsillo interno de su saco, en el centro izquierda, del lado del corazón y con un beso me
despedí.

Colombia venía en un proceso inexorable de cambio, éste iba a llegar tarde o temprano.
En ese momento esperábamos hacerlo de la mano de Luis Carlos Galán.

Algunos creen que su muerte truncó un proyecto. Sin embargo, ello no consulta la
realidad histórica ni la visión del propio Galán. En sus palabras en la Convención
Liberal de 1988, advertía que el proyecto político del liberalismo tenía un horizonte de
20 años donde sus ejes centrales serían la democracia, la dignidad y la soberanía.

El gobierno de César Gaviria y la Constitución de 1991, recogieron las propuestas que


él venía realizando desde su primera campaña presidencial.
En el sepelio de Rodrigo Lara Bonilla en 1984 Galán llamaba la atención del pueblo
colombiano: “La lucha contra el narcotráfico no puede ser entendida como si fuese la
tarea de un puñado de idealistas que mueren como Rodrigo Lara Bonilla… todas las
fuerzas políticas y todos los sectores sociales debemos entender esta realidad como una
causa común imprescindible para la supervivencia del Estado. Poco o nada se puede
hacer en el desarrollo de la democracia y en la reconstrucción de los partidos mientras
se ignore o subestime la gravedad del problema.

La experiencia enseña que todo país productor de droga se convierte en consumidor de


la misma… la corrupción que genera la droga amenaza disolver a Colombia o por lo
menos debilitarla en el manejo de sus demás conflictos sociales”.No obstante, tras dos
décadas, Colombia aún trata de encontrar el camino para consolidar su democracia. La
dificultad para construir consensos sobre algunos temas esenciales ha generado
retrocesos y estancamientos. El país aún está en camino hacia la materialización del
Estado de Derecho, democrático y social.

En medio de estos escenarios algunos pueden sentirse pesimistas… pero Galán abrió los
espacios para que cualquier ciudadano, especialmente los jóvenes, participen en la
construcción de una nueva sociedad y una nueva política.

Y para los más pesimistas Galán dejó algo para el antes y el después de su muerte, una
verdad trascendente, estimulante, el juramento comunero de José Antonio Galán: “En el
nombre de Dios y de mis mayores, siempre adelante, ni un paso atrás y lo que fuere
menester sea!”