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LE HABÍAN ENSEÑADO…

El había nacido en los años inmediatos a la terminación de la Contienda


Civil que había vivido España entre los años 1936-1939, en el seno de una
familia numerosa, humilde, honrada y trabajadora, cuya residencia se hallaba
en una capital castellana de importante tradición universitaria.

Le habían enseñado y él había aprendido a sobrevivir cada día con las


carencias propias que caracterizan a una postguerra, asumiendo como algo
natural la alimentación, el vestido y confort doméstico que entonces era
considerado habitual en aquel momento y en aquella ciudad.

Igualmente le habían enseñado y él había aprendido en su entorno


familiar, en la escuela pública a la que acudía y durante su asistencia a algunas
de las organizaciones que de diferente índole frecuentaba, a valorar el respeto
principalmente a los mayores y a los educadores, que todo a lo que se deseaba
aspirar, el único medio de conseguirlo era el trabajo constante, y que el camino
más eficaz para todo ello era la constancia en el estudio y la obtención de una
buena formación.

Pero también le habían enseñado y él había aprendido, que era


necesario contribuir cuanto antes a la ayuda de la precaria economía familiar,
situación muy común en aquellos años de grandes carencias y grandes
sacrificios, motivo por el cual, aún en la edad escolar, realizaba diferentes
servicios o trabajos que reportaban a su familia una pequeña ayuda.

Le habían asimismo enseñado y él había aprendido, que concluida la


denominada entonces Enseñanza Primaria, aproximadamente a la edad de los
14 años, se hacía necesario iniciarse en la vida laboral, mediante el
aprendizaje de un oficio y a la vez comenzar a reportar a la familia unos
ingresos estables que permitieran a ésta poder atender la demanda de las
necesidades más elementales, que cada vez iban siendo mayores al
incrementarse la edad de todos sus componentes.

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Le habían enseñado y él había aprendido, que la superación del
individuo venía inevitablemente propiciada por la consecución de una constante
e ininterrumpida formación, la cual en ningún momento podía considerarse
concluida con la obtenida al finalizar aquella edad escolar de los 14 años, todo
lo cual obligaba a que tuviera que ser necesariamente compatible el trabajo de
aquella época, con la asistencia a escuelas o academias nocturnas, gratuitas o
asequibles económicamente, para conseguir una mayor formación que a su
vez pudiera deparar un mejor trabajo y por consiguiente una mejor retribución.

Más adelante le enseñaron y él aprendió, que la independencia y la


autonomía en la vida la proporcionaba el constante afán de superación, tanto
en los sucesivos trabajos que iba realizando, asumiendo la responsabilidad que
los mismos conllevaban, así como no poniendo límites al conocimiento de las
diferentes enseñanzas tanto de carácter humano como de cualquiera otra
índole social o estrictamente profesional.

Llegado el momento que entonces la familia y la sociedad entendía


adecuado y conforme a lo que igualmente le habían enseñado y él había
aprendido, creó su propia familia hallando la esposa que siempre, teniendo en
cuenta el concepto que él tenía de los distintos valores humanos, había
idealizado, completándola más adelante con dos hijos, que para él comenzaron
a representar una ilusión tan grande que a día de hoy aún no se ha
interrumpido.

Conforme le habían enseñado y él había aprendido, su objetivo en


aquellos años que se iban sucediendo, no era otro que mediante el trabajo
diario, conseguir el mayor bienestar para aquella familia que él encabezaba,
ilusionándole el poder proporcionárselo, pero abrigando en su interior la
esperanza de que sus hijos tuvieran acceso a la mejor formación tanto humana
como cultural e intelectual.

Según le habían enseñado y él había aprendido, los resultados de


perseverar en una determinad actitud en la vida no se obtienen de forma
inmediata, pues resulta inevitable afrontar los imprevistos y los contratiempos,
pero él ahora contemplaba a sus hijos realizando sus diferentes estudios
universitarios.

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A él le habían igualmente enseñado y él había aprendido, que las
fuentes del conocimiento podían proceder de cualquiera, y en este caso
observó que ahora eran sus hijos los que con su amplia formación empezaban
a proporcionarle distintas enseñanzas a las cuales era receptivo, pues a su
capacidad de asumir nuevos y constantes conocimientos todavía no se había
puesto límite.

El siempre había querido saber, pero constantemente le contrariaba en


sus reflexiones más íntimas el hecho de que habiendo nacido y desarrollado
toda su vida en una ciudad de gran raigambre universitaria, no hubiera tenido
nunca la posibilidad de tener acceso a una enseñanza universitaria, que
atendiendo a sus inquietudes la permitiera conocer de forma más amplia las
diferencias del Arte Románico con respecto al Arte Gótico, las peculiaridades y
ricas enseñanzas en la Psicología, de la maravilla que representa el
profundizar en el conocimiento de las Relaciones Interpersonales, el estudio
apasionado de la Historia de las Religiones, etc.

Finalmente a él le habían enseñado y él había aprendido que nunca es


demasiado tarde para conseguir aquella ilusión que cualquier persona tiene
derecho a albergar, aunque durante mucho tiempo haya podido considerarse
una utopía, y ahora él tiene ocasión de incrementar su saber aunque ya no
puede ser para enseñar, pero sí para enriquecerse en sus ansias de disfrutar
de esa cultura que tanto puede engrandecer al ser humano y que hoy la
sociedad no valora adecuadamente.

Nuestro hombre concluida su vida laboral y obtenida la jubilación disfruta


con júbilo (nunca una expresión así encajó tan bien) de su condición de Alumno
de la Universidad de su vieja y querida ciudad, anhelo que él tuvo
permanentemente desde su juventud y que más tarde avivó con los estudios
universitarios de sus hijos y las enseñanzas que ellos obtenían. Todo ello lo ha
podido lograr por medio de la realización del acertado y brillante proyecto que
representa el Programa Interuniversitaro de la Experiencia de Castilla y León.

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